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Chapter 2 Patterns of CDF Politics in Asia and Africa

2.2. Two Dimensions in Explaining the Variation of CDF Politics

Imagen 16. Página Web Sugranel S.A.S. www. Sugranel.com

¿Sabes dónde está ese proyecto? Ese proyecto está en Bogotá. ¿Y sabes cómo planearon ese proyecto? Mejor dicho, ¿sabes hacia dónde miran las ventanas del Departamento Nacional de Planeación en Bogotá?

Hacia el norte, así está planeado este proyecto ¡No te digo más!

Funcionario Gobernación del Meta, abril 15 de 2015

Esta fue la respuesta de uno de los funcionarios de la oficina de planeación de la Gobernación del Meta a mi pregunta sobre la participación de la institución en el PN-RMETA. Para el funcionario este proyecto respondía a los intereses de empresarios y políticos de Bogotá y de los poderes económicos internacionales, por eso su referencia al norte, lugar donde, según el imaginario sobre la ciudad y el mundo, viven los ricos y poderosos. Al final dijo: “A nosotros [los llaneros] no nos preguntaron nada”. Al leer los documentos del PN-RMETA, al igual que los Planes Nacionales de Desarrollo, el acuerdo de IIRSA y los CONPES, se va haciendo evidente que prevalece esta mirada

desde el norte construida en función del capital.

En el Plan Nacional de Desarrollo 2006-2010 Estado Comunitario: Desarrollo para todos se afirma que el río Meta es “un corredor intermodal estratégico para el comercio exterior de

es que el rio Meta conecte al Atlántico y al Pacífico por una ruta diferente a Panamá ―proyecto IIRSA―. Para la integración regional se plantea que una vía de comunicación facilitará: el transporte de los productos de la región hacia el mundo y el mejoramiento de las condiciones de vida de las poblaciones locales. También se afirma en el proyecto técnico realizado por la Universidad del Norte (2013c): “[el PN-RMETA] supone en esencia un derrotero de desarrollo

económico principalmente —y uno social derivado— en el marco de estrategias de integración

regional a nivel suramericano” (p. 10).

Este es el sentido de formular el proyecto en función del capital, es decir, crear las condiciones para la acumulación de este (Moore, 2014). Mirada promovida por agentes de poder político y económico, localizados en las metrópolis o en la capital administrativa. El capitalismo entendido como “cualquier sistema social en el que predominan de forma hegemónica los procesos de circulación y acumulación del capital a la hora de proporcionar y configurar las bases materiales, sociales e intelectuales para la vida” (Harvey, 2014, p. 22), explica que este no es solo un proyecto económico, sino que es una formación social y cultural que construye unas relaciones particulares con el entorno para la producción de capital (Angelis, 2004; Moore, 2015).

El PN-RMETA en función del capital hace del Meta un eje de integración, una ruta privilegiada para conectar una región —concebida como un área de frontera— con los mercados internacionales. Y este interés, que no es nueva ni exclusiva del PN-RMETA, puede ser rastreado desde La Colonia, donde el río Meta ha servido como centro para los procesos de expansión y acumulación del capital. La primera expresión de esta mirada se dio en el siglo XVII a cargo de los misioneros jesuitas; luego, en la segunda mitad del siglo XIX, asociado al auge agroexportador promovido desde el centro administrativo y el actual, que desde 1985 busca insertar el Meta en el corredor intermodal que conecta al Atlántico con el Pacífico. Para cada uno de estos momentos

puede asociarse una proyecto de integración que se planteaba como una integración a nivel político-administrativo, como ejercicio de soberanía, desde lo cultural, el objetivo era civilizar las tierras y a sus pobladores salvajes.

Hay diversas formas de integración: política, social, cultural, económica o una integral que las vincule todas. Según Ospina (2000), los ríos siempre han estado presentes en los discursos políticos sobre la integración suramericana como motores del progreso social, cultural y económico: desde Bolívar y Humboldt en el siglo XIX, pasando por Rafael Reyes a inicios del siglo XX, evidentemente por su abuelo el expresidente Mariano Ospina Pérez entre 1946 y 1950 y en la actualidad desde la presidencia de Belisario Betancur en 1982. En cada uno de sus discursos hay un énfasis en la integración económica y en este sentido, la afirmación de Zibechi (2006) sobre la integración a la medida de los mercados, no solo se cumple para los objetivos de IIRSA como lo plantea el autor, sino que puede ser pensada para la región, y en general para América Latina, desde el inicio del proceso de colonización.

Lo interesante de la sucesión de estos proyectos es que nos remite a pensar, siguiendo a Ferguson (2006), si son proyectos fallidos o si su intención el lograr ciertos cambios aun cuando lo logre sus objetivos. En el caso de los proyectos a analizar, la evidencia inicial muestra que ninguno ha logrado el objetivo propuesto de integrar política, económica y socialmente a la región; sin embargo, cada uno tuvo efectos sobre la región y transformó sus ecosistemas y a sus poblaciones. Preguntarse la integración cómo y para quién resulta fundamental para estos proyectos del Meta y más adelante veremos qué resultados tienen y cómo esto contribuye a entender el proyecto como una tecnología de gobierno.

El análisis de los proyectos de integración del río Meta muestra que la integración que han buscado es principal y básicamente económica, en el sentido de crear rutas comerciales que

faciliten la salida de los productos de la región hacia el comercio exterior; otro aspecto importante era el control de los recursos, entre ellos la tierra, como estrategia de dominio sobre las poblaciones. De esta manera, cada proyecto reorganizó el territorio y las poblaciones en torno a redes comerciales que poco a poco se fueron expandiendo y consolidando. Sin embargo, no debe entenderse esto como un caso aislado, la apertura de nuevas rutas comerciales fue lo que trajo a Colón a América y durante la colonización europea la inserción de los recursos americanos fue lo que facilitó la constitución del imperio colonial que enriqueció a Europa y con el que pudo situarse a sí mismo en el centro del mundo (Alimonda, 2011; Castro H., 2000).

En el caso particular de los Llanos colombianos, las estrategias de los proyectos de integración estaban insertos dentro de la concepción de la región como una frontera. Los supuestos sociales, ambientales y económicos sobre los que se formularon la describen como un lugar vacío, sin historia, con suelos y clima difíciles y poblado por salvajes. Una invitación, como diría Durán (2012), con carta abierta para conquistar y colonizar este espacio que se presenta dispuesto a ser transformado. La concepción de frontera es, como afirma Serje (2017), una condición de

posibilidad del capitalismo, la cual es fundamental en la construcción del proyecto en función del capital en tanto que en estos espacios se localizan posibilidades para la apropiación de los recursos

y de expansión del sistema. Así, frontera e integración son conceptos complementarios, cada uno se basa en ideas y prácticas particulares con las cuales lanza hacia adelante cada proyecto.

El objetivo de este capítulo es presentar un análisis de cada uno de los proyectos de integración. Cada uno parte de un diagnóstico de la región anclado en la concepción de frontera, que da forma y contenido a los objetivos y estrategias para ordenar el territorio y sus poblaciones acorde a intereses particulares. En una perspectiva temporal, cada proyecto hace evidente que las estrategias están dirigidas a la expansión y consolidación del capitalismo en la región. Asimismo,

cada uno produce fronteras “a través de la extensión geográfica de las relaciones de producción capitalistas” (Barney, 2009, p. 147). Así, cada uno de los proyectos, como tecnología de gobierno, tenía como fin último gobernar la conducta de las personas para su vida social se organice de acuerdo con nuevas formas de producción y extracción de recursos que tienen como destino el mercado externo. Sin embargo, antes de presentar cada uno de los proyectos de integración, es importante contextualizar la noción de frontera para los Llanos.

Los Llanos como frontera de recursos

Imagen 17. Sabanas de los Llanos en La Primavera, Vichada. Foto: C. Ardila Luna, 2015

“La frontera había llegado a Kalimantan. No siempre había estado allí” dice Anna Tsing (2005, p. 30) para referirse a la isla de Borneo, Indonesia, que en las últimas décadas se ha visto transformada por la inserción de sus bosques a la economía global. Me gusta la forma en que expresa que este lugar, que tiene una larga historia de poblamiento que incluye la colonización alemana, en un momento dado del siglo XXI se convirtió en frontera. Lo mismo pasó en los Llanos, solo que varios siglos antes, pues la frontera llegó a los Llanos en el siglo XVI una vez los españoles no encontraron El Dorado y hallaron difícil reproducir el sistema colonial por la presencia de indígenas salvajes, sus tierras cálidas y húmedas. Esta noción ha permanecido vigente en el tiempo y ha sido la justificación para diversas intervenciones que, como el PN-RMETA, se conciben en función del capital.

Frontera no hace alusión a una característica esencial del espacio sino a una asignación histórico-geográfica que es dinámica, resultado de procesos de producción socio-culturales que construyen espacios periféricos a partir de discursos y prácticas (Núñez, 2014). La frontera es definida y delimitada con respecto a un centro y, en este sentido, debe ser entendida en términos de una relación (Barney, 2009). Las fronteras nacen con el capitalismo, como parte de las estrategias espaciales de este que siempre está en la búsqueda de anexar nuevos espacios para ser apropiados y explotados que son descritos como desiertos para crear una imagen de lugares vacíos de historia, de personas y a la vez de riquezas maravillosas que son una “condición de posibilidad del proyecto colonial e imperial” (Serje, 2017, p. 36).

Para el caso de los Llanos se ha hecho referencia al concepto de frontera desde diversas perspectivas: como una línea divisoria entre la civilización y la barbarie —al estilo turneriano— como lo muestra Lina González (2015) al analizar la concepción de frontera para los misioneros jesuitas; como una frontera móvil entre indígenas y colonos en disputa por la tierra (Gómez López, 1991); como una frontera permanente que enfatiza que los Llanos siguen siendo un espacio no del todo controlado por el Estado (Rausch, 1999); como frontera agrícola desde el siglo XIX a causa de su carácter supuestamente baldío que está disponible para la colonización y producción, que en el siglo XXI se acompaña de la idea de ampliación de la frontera de desarrollo (DNP, 2014; Rausch, 2003) como área en el margen del Estado, como fuera del orden administrativo, económico y social (Calle Alzate, 2016).

Para este trabajo me interesa el concepto de frontera de recursos que me permite integrar algunos de los aportes anteriormente mencionados y hacer énfasis en la noción de recurso que considero es esencial para entender la historia de los Llanos. Frontera de recursos es un concepto utilizado en la ecología política para referirse a las nuevas fronteras que se crean en el mundo

después de la II Guerra Mundial y que aparecen como un descubrimiento de suministros de nuevas necesidades globales que son accesibles gracias a nuevas tecnologías y organización de la economía global (Barney, 2009; Tsing, 2005). Sin embargo, como muestra Majumdar (2016), esta noción no es exclusiva del siglo XXI, pues las fronteras de recursos se caracterizan por producir un “peculiar régimen legal y cultural de extracción” —característico de contextos coloniales— como el que describe para la explotación de caucho en la India en el siglo XIX. Y dicho régimen se caracteriza por un proceso permanente de confinamiento [enclosure] y mercantilización

[commodification], propios del capitalismo, que inician con la creación de fronteras en “espacios

de la vida social que no han sido colonizados por las relaciones de producción capitalista y sus formas de acción” (Angelis, 2004, p. 29).

Para entender los Llanos como frontera de recursos es necesario partir de las definiciones dicotómicas con las que ha sido descrita: la civilización opuesta a la barbarie; región extensa y vacía con una gran cantidad de recursos no explotados y disponibles y, simultáneamente, como un territorio poblado por salvajes donde prevalece el caos, la violencia, la ilegalidad (Serje, 2005). En diferentes momentos se han utilizado estas dicotomías para describir a los Llanos: los misioneros se referían a estos como desiertos para enfatizar su carácter de vacío de humanidad (González Gómez, 2015), aunque a la vez estaban maravillados de su riqueza en aguas, pesca y otras formas de alimento disponibles (Gumilla, 1944; Rivero, 1956); en el siglo XIX, Codazzi describió el Casanare como un lugar con alta presencia de salvajes, mal clima y simultáneamente señala la potencialidad para la producción agropecuaria (Codazzi et al., 2000), y, en el siglo XXI, los Llanos son una tierra aislada y poco poblada por la falta de infraestructura, pero que cuenta con una enorme biodiversidad que puede generar riqueza (Andrade Pérez et al., 2011).

Estas dicotomías definen el carácter fronterizo de los Llanos y que hacen evidente lo que investigadores han asociado como al margen del Estado, que hace referencia a lugares que no están del todo socializados dentro de la ley y que tienen dificultades para ser leídos por el Estado (Das y Poole, 2004); como lugares no mapeados, no regulados, que se ven e imaginan como no mapeados (Tsing, 2005, p. 28). Y también como una lugar de excepción, donde el poder soberano y la ley simultáneamente excluyen estos lugares por no hacer parte del orden (Agamben, 2004). Sin embargo, estos espacios que están fuera realmente hacen parte de aquello que los excluye, incluso, le dan sentido a la existencia del orden, la ley y el poder soberano; de tal forma que lo que se establece en realidad es una relación entre la exclusión y la inclusión, que, como dice Serje (2012), “los márgenes como espacios y como procesos que se conciben por fuera de su ámbito, aunque aparecen como espacios – geográficos y sociales – de exclusión, se constituyen a partir de formas particulares de inclusión y de penetración mediante las cuales se crean formas particulares de orden social” (párr. 14).

La idea del margen y la excepción remite a lo que Tsing (2005) llama un estado de

confusión entre lo legal y lo ilegal, entre la empresa y el contrabando, entre la violencia y la ley,

es decir, un estado de turbulencia o desgobierno [wildnes]. Tsing (2005) y Barney (2009) concluyen en sus investigaciones que esta nueva frontera lleva a que el paisaje sea vaciado

[emptied]: de sus recursos y sus poblaciones; vaciado a través de la privatización, la expropiación

y la exportación de los recursos comunes. La idea de vaciamiento no es nueva, investigadores como Dussel (1994) y Subirats (1994) la propusieron en el contexto de la reflexión de los 500 años de La Conquista; desde su perspectiva América fue vaciada —Subirats— o en-cubierta — Dussel— de todo su contenido material e intelectual para imponer una nueva forma de vida y de

pensamiento; inicialmente de manera violenta y luego a través de la evangelización —también había violencia—, con la cual negaban la historia y las poblaciones que habitaban en la región.

Los Llanos desde su conquista han estado inmersos en procesos de vaciamiento: las sabanas fueron ocupadas con ganado por los jesuitas, luego con árboles o plantas para hacer las tierras productivas en el siglo XIX y, en las últimas décadas, la idea es cambiar los pastos por extensas plantaciones de caña, soya, maíz, pino, teca, entre otras. Frontera de recursos permite entender la frontera más allá de un problema de la soberanía o de la ley, más bien constituye una serie de prácticas dirigidas a facilitar la expansión del capital y la posibilidad de apropiarse de recursos para la producción y acumulación de nuevo capital (Serje, 2005).

Proyectos de integración del río Meta

Hipólito Pérez (1952) describe los ríos de los Llanos como caminos que andan. Impresionado por la majestuosidad del Meta y su facilidad de navegación, Pérez repite una idea que viajeros, exploradores, misioneros y gobernantes, anteriores y posteriores a él, han mencionado constantemente: el Meta es un camino para la integración de la región. Como mencioné previamente, dicha integración es formulada a partir de una mirada en función del capital, la cual se ha materializado en proyectos que han buscado hacer de esta idea una realidad. Y una de sus razones fundamentales para ser pensado como eje es la ubicación del río Meta respecto a Bogotá, su recorrido por las sabanas y desembocadura en el Orinoco, que conectaba, de manera efectiva, a la capital con los Llanos y con el Atlántico.

Desde el siglo XVII se han propuesto tres grandes proyectos de integración con el río Meta como eje: el de las misiones religiosas en el siglo XVII que vieron en el río Meta una inmensa red de aguas que les permitiría llegar a distantes lugares para fundar hatos, misiones y haciendas donde

los indígenas se iniciaran en la vida cristiana y civilizada (Rivero, 1956); en el siglo XIX el río fue pensado como una ruta —alterna al Magdalena— para comerciar con el Atlántico con productos de alta demanda internacional (Franco García, 1997) y a finales del siglo XX como parte del corredor multimodal para conectar el Atlántico con el Pacífico y exportar alimentos, hidrocarburos y agrocombustibles (DNP, 2014)

Aunque los Llanos eran una frontera de recursos, esto no implicaba que estuvieran aislados ni que fueran desconocidos; por el contrario, fue justamente a través del río que la región fue explorada, colonizada y sus recursos se comercializaron en el mercado exterior. Como iremos viendo a lo largo del capítulo, los proyectos de integración lograron su objetivo principal de establecer rutas comerciales, pues los productos de los Llanos lograron llegar a diferentes lugares del país y del Atlántico; sin embargo, ninguno logró que fueran rutas permanentes. Lo que sí lograron fue transformar los ecosistemas y las relaciones de las poblaciones con estos al introducir fauna y flora nuevas, así como tecnologías agropecuarias que reorganizaron las formas de poblamiento, las actividades de la vida cotidiana con las cuales se fueron insertando de manera particular al sistema-mundo capitalista.

Primer proyecto: Las misiones religiosas

La colonización de los Llanos fue difícil, las encomiendas y fundaciones de pueblos no funcionaron como en la región andina a causa de la presencia de poblaciones salvajes e itinerantes. El clima cálido, húmedo y las tierras pantanosas de las sabanas inundables, contribuyeron a que no fuera un espacio muy apetecido para la agricultura o fundación de pueblos porque se asociaba a la presencia de enfermedades. Igualmente, hubo un factor geográfico importante que creó una línea divisoria entre los Andes y los Llanos: la Cordillera Oriental se concibió como una barrera

existían rutas aborígenes que las conectaban históricamente—. Sin embargo, la ausencia de oro fue lo que marcó que no fuera un área prioritaria para la conquista y colonización.

Frente a este problema, la Corona buscó implementar otras formas de colonización para ampliar la frontera colonial e integrar los nuevos territorios. Las compañías religiosas propusieron hacer presencia en la región para encargarse de la vida material y espiritual de los indígenas15

(Cassani, 1741). La Corona estuvo de acuerdo y entregó mercedes de tierras a las compañías religiosas para que se instalaran en dichos territorios, evangelizaran y civilizaran a los indígenas, lo que se conoce como reducción de indios (Colmenares, 1984). La compañía de mayor presencia en los Llanos fue la de los jesuitas, quienes hicieron su primera entrada en 1625 hasta que les retiraron sus facultades en 1628 y posteriormente ingresaron en 1659 hasta 1767, año de su