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Las habilidades de la regulación emocional emergen desde la misma infancia y suponen el núcleo del desarrollo de una propia y compleja regulación en el comportamiento y en la cognición en etapas posteriores de la vida; elementos que han contribuido a que se brinde mayor interés por este constructo desde etapas evolutivas tempranas (Balsa, 2012).

Por tal motivo, la regulación emocional ha sido abordada en Psicología por diversos autores, existiendo diferentes conceptualizaciones al respecto. Aunque quedan muchas cuestiones por comprender aún, es indudable que este campo de la psicología se ha afianzado, fundamentalmente a partir de la década de los 90 y 2000, ampliándose el espectro de análisis de la regulación emocional y sus implicaciones para la vida de las personas.

Las principales definiciones y perspectivas en el estudio de la regulación emocional se resumen por Rendón (2007) en dos grandes grupos: las definiciones por dominios o centradas en el individuo y las definiciones relacionales y centradas en el concepto de ajuste. Dentro de las primeras, se recogen una serie de concepciones acerca de la regulación emocional que la vinculan de una u otra forma a tres constructos: temperamento, afrontamiento y autorregulación conductual, convergiendo tres dominios básicos: neurofisiológico, cognitivo y motor (Scherer, 2000, citado por Rendón, 2007). Como parte de las conceptualizaciones del segundo grupo centradas en el concepto de ajuste y desde una perspectiva relacional más que individual, se encuentran gran parte de las definiciones surgidas desde la perspectiva funcionalista.

El modelo de Gross y Thompson (2006), constituye uno de los más consensuados actualmente en el campo de la regulación emocional, el cual propone una secuencia de momentos en el proceso emocional, desde que el sujeto se encuentra frente a una situación y centra su atención en ella, la evalúa y emite la respuesta emocional. Cada uno de estos momentos puede ser blanco potencial para la regulación emocional.

De esta manera, la regulación emocional se puede centrar en diferentes momentos y variables del proceso emocional, agrupándose o diferenciándose las estrategias de regulación emocional en función de cada uno de estos momentos en los cuales inciden, pero ocurriendo no aisladamente, sino de forma interrelacionada. Así, unas estrategias se centran en los antecedentes de la emoción, siendo estrategias

proactivas, según Clemente y Adrián (2004), las cuales impactan antes de que las tendencias de respuesta emocional hayan sido activadas y hayan cambiado nuestro comportamiento. Por lo tanto, se plantea cómo la persona tiene la posibilidad de acercarse o alejarse de determinadas situaciones, de anticiparse a éstas valorando el posible impacto que tendrán sobre ella, y donde el modelo cognitivo de la emoción cobra especial importancia como base a estas ideas. Mientras, otras estrategias se focalizan en las respuestas emocionales generadas.

De acuerdo con el modelo de Thompson, se comprende que la regulación emocional va más allá de lo que hace algunos años se entendía, condicionada esta evolución por la visión contemporánea de las emociones que cobra cada vez mayor fuerza: la perspectiva funcionalista, anteriormente abordada. Es así que la regulación emocional ha dejado de concebirse como simple supresión de emociones y control de impulsos, para ser comprendida como modulación de estados afectivos en función de metas, como ajuste del estado emocional con los beneficios a nivel adaptativo a que esto conlleva (Rendón, 2007).

Sobre la base de las ideas anteriores, la presente investigación se acoge a la definición de regulación emocional ofrecida por Gross y Thompson (2006), los cuales consideran que consiste en una serie de procesos extrínsecos e intrínsecos responsables de controlar, evaluar y modificar reacciones emocionales, especialmente sus características de intensidad y temporalidad para alcanzar un objetivo. Es importante tener en cuenta que la eficacia y adaptabilidad del proceso de regulación emocional es probablemente una función de muchos factores que actúan juntos, ya sea intrínsecos al propio proceso o externos. En este sentido y para comprender con mayor claridad el proceso de regulación emocional, se hace necesario profundizar en las diversas variables que se encuentran implicadas en el mismo. Dichas variables se presentan en cada individuo de forma particular y en correspondencia con su situación social de desarrollo, desempeñando un papel relevante en este sentido la etapa evolutiva en que los mismos se encuentren, aspectos que serán tratados a continuación.

La regulación emocional tiene como base la percepción emocional, la cual no es más que la habilidad para identificar y reconocer tanto los propios sentimientos como los de aquellos que nos rodean. Implica prestar atención y descodificar con precisión las señales emocionales de la expresión facial, movimientos corporales y tono de voz. Se refiere al grado en que los individuos pueden identificar convenientemente sus propias emociones, así como los estados y sensaciones fisiológicas y cognitivas que éstas conllevan (Fernández y Extremera, 2005). Una percepción adecuada facilitará una mejor comprensión emocional.

Por tanto, la comprensión emocional implica la habilidad para desglosar el amplio y complejo repertorio de señales emocionales, etiquetar las emociones y reconocer en qué categorías se agrupan los sentimientos. Implica una actividad anticipatoria y retrospectiva para conocer las causas

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generadoras del estado de ánimo y las futuras consecuencias de nuestras acciones. Igualmente, supone conocer cómo se combinan los diferentes estados emocionales dando lugar a las conocidas emociones secundarias. Por otra parte, incluye la habilidad para interpretar el significado de las emociones complejas, tanto las propias como las ajenas. Contiene la destreza para reconocer las transiciones de unos estados emocionales a otros (Fernández y Extremera, 2005). Por tanto, de la manera en que comprendamos y valoramos tanto las emociones propias, como las ajenas, surgirán entonces, las diferentes estrategias de afrontamiento que se lleve a cabo ante determinadas circunstancias.

De esta forma, emergen las estrategias de afrontamiento, las cuales resultan esenciales dentro del proceso de regulación emocional y se refieren, según Pérez (2006), al conjunto de esfuerzos cognitivos, emocionales y /o conductuales que lleva a cabo la persona ante diversas experiencias vitales y/o más o menos cotidianas, que demandan de la misma dicho esfuerzo. Específicamente, en relación a las formas de afrontamiento, los investigadores plantean la existencia de dos amplias estrategias: “afrontamiento focalizado al problema”, que hace referencia a los esfuerzos dirigidos a modificar las demandas o eventos ambientales causantes de la situación difícil y el “afrontamiento focalizado a las emociones”, que implica realizar esfuerzos para reducir o eliminar los sentimientos negativos originados por la situación difícil (Muela, Torres y Peláez, 2002), aunque también se conoce de una tercera estrategia: “afrontamiento orientado a la evitación”, el cual se refiere al uso de estrategias evasivas dirigido a rodear o evitar la situación estresante, que incluiría distanciamiento conductual y mental, negación, entre otras (Piemontesi y Heredia, 2009).

Campos, Iraurgui, Páez, y Velasco (2004), enfatizan cómo resulta muy difícil concluir cuáles estrategias son mejores, porque las formas de afrontamiento que resultan más adaptativas, son precisamente aquellas que cumplen determinadas funciones psicológicas y objetivos, (dependiendo de la persona y su contexto), tales como la función emocional (lograr disminuir la afectividad negativa y aumentar la positiva); función instrumental (resolver el problema); función motivacional defensiva (proteger la autoestima y mantener el autoconcepto como persona digna) y la función de integración social (manejar las relaciones sociales, manteniendo o mejorando el ajuste e integración social). No obstante, existe un gran consenso en considerar determinado tipo de estrategias como adaptativas, destacándose aquellas que buscan cambiar el medio activamente, aumentar los vínculos con otros y cambiar la forma de pensar y sentir. Mientras, generalmente se agrupan como estrategias menos adaptativas, las que evitan acercarse a la situación; pensamientos y emociones, que se aproximan de forma extrema, rígida y que no cambian la situación o la empeoran, como la rumiación y la descarga (Campos, Iraurgui, Páez, y Velasco (2004).

También la expresión emocional resulta necesaria para analizar la regulación emocional. Esta variable se refiere a la habilidad para expresar los sentimientos y necesidades asociadas a los mismos,

de manera que no se produzcan tensiones entre los diferentes sistemas de respuesta involucrados y que dichas respuestas se ajusten a las normas de expresión y demandas de las situaciones sociales- culturales, pero igualmente favorezca el cumplimiento de metas y objetivos personales. Se debe tener en cuenta que la persona puede modular esta expresión, hacerla más o menos abierta, en dependencia del contexto, la situación, sus necesidades, etc., sin que ello implique un ajuste que lo dañe y de igual manera, estaríamos hablando de una correcta expresión emocional.

Además de los indicadores anteriormente mencionados, se consideran muy importantes para todo el proceso emocional y su análisis, la interpretación, evaluación y valoración que realiza el adolescente del estímulo o situación elicitador de dicho proceso, así como la percepción de control, tanto general como específica, que el adolescente posee de las diversas situaciones que se le presenten. Esta última es entendida como aquella creencia sobre el grado de seguridad que se posee para alcanzar un resultado exitoso y dominar de forma eficiente el proceso para conseguirlo (Molerio, 2004). Las creencias favorables sobre dicho control posibilitan la realización de una conducta efectiva y reducen la magnitud y duración de estados emocionales displacenteros, por lo cual facilita la adaptación y regulación emocional y, por tanto, favorece la salud. En lo anteriormente mencionado inciden múltiples factores, tales como: características personològicas, características de la situación, sentimiento de autoestima y expectativas de autoeficacia, etc.

Considerando los elementos abordados hasta el momento, se comprende la implicación que presentan para la eficacia o las dificultades en la regulación emocional, pudiendo éstas últimas conducir a estados emocionales desfavorables. Una vez que comienzan a manifestarse dichos estados, las estrategias de autorregulación emocional que se utilicen para afrontarlos actuarían, ya sea como factores de protección o como factores de riesgo (Cuervo e Izzedin, 2007). Aunque, claro está, que la regulación emocional no es la única variable en la pérdida del valor funcional de las emociones. Para que una emoción se convierta en estado desadaptativo, influyen otros factores, tanto vinculados a la persona como al contexto social, tales como: el significado atribuido al evento que la produce, el apoyo social con que se cuenta, la edad del sujeto, etc.

De este modo, todas las dimensiones de la emoción mencionadas anteriormente (cognitiva/subjetiva, de conciencia; fisiológica; expresivo/motora, conductual), pueden tener implicación en el mecanismo por el cual las mismas pierden su función adaptativa y se convierten en perjudiciales para el individuo, ya que pueden estar relacionadas con la menor o mayor tendencia del sujeto para presentar un proceso emocional disfuncional, que conlleve a desequilibrio, desajuste y/o enfermedad.

Por tanto, se reconoce que las investigaciones acumuladas señalan la conveniencia de fomentar la regulación emocional como uno de los pilares de la socialización saludable, así como la necesidad de intervenir en aquellas situaciones tempranas, relacionadas con una pobre regulación emocional

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(Keenan, 2000), lo que puede generar en el adolescente hipertenso fundamentalmente, afectaciones en el funcionamiento armonioso de la personalidad y, por ende, en el bienestar emocional.

Es evidente, entonces, que dicho bienestar se fundamenta en las vivencias y las experiencias emocionales, cuyo influjo sustentan y conmocionan los estados de ánimo. Sin embargo y coincidiendo con Paredes (2008), las personas sí cuentan con el privilegio cualitativo de valorar conscientemente la intensidad, la frecuencia y la acumulación de las emociones, lo que le posibilita la regulación eficiente de sus estados emocionales y por tanto, la obtención o no, aunque muy subjetivo, del bienestar emocional.

De esta manera, las dificultades en cuanto a la regulación emocional pueden derivar en la pérdida de la capacidad adaptativa de las emociones, conduciendo a estados emocionales determinados, cuya influencia puede ser determinante para la aparición y desarrollo de la HTA en el adolescente, en interacción con otras variables.

Precisamente, la adolescencia se convierte en una etapa vulnerable, donde la búsqueda intensa de la identidad y de la independencia, puede traer consigo el incremento de tales estados emocionales, requiriendo habilidades de regulación emocional por parte del menor, que le permitan hacer frente a las múltiples demandas de su Situación Social del Desarrollo.

Es así que las habilidades y procesos anteriormente abordados, como parte de la regulación emocional, adquieren características distintivas en la adolescencia, siendo necesario abordarlas evolutivamente, para lo cual resulta imprescindible adentrarse en dicha etapa del desarrollo.

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