El tiempo a partir de lo cotidiano se experimenta en los capítulos 9, 18 y 27, entre otros. El noveno, titulado “Fin de semana”, es un repaso de lo
ocurrido en los últimos días de una semana en la casa de María Inés. Allí los niños desarrollan actividades cotidianas, como dibujar, nadar, jugar con sus padres (María Inés y José Ignacio), pasear constantemente por el jardín, entre otras actividades de carácter no trascendental. La marcación del transcurso del tiempo es dada por el momento del día en que se realizan las actividades, es decir, palabras como “mañana”, “tarde”, “al atardecer”, “al anochecer” son las que permiten que el lector sienta cómo pasa el tiempo. Por su parte, parece existir en los personajes la conciencia de que un grupo de actividades banales son las que llenan ese tiempo también banal (en el sentido de ser un tiempo sin gran carga semántica, aparentemente) como lo manifiesta la voz narrativa:
La absoluta banalidad de comer juntos y la imperceptible diferencia, que, sin embargo, establecía entre la mayoría de los fines de semana y el resto de los días (…) (García Ponce, 2001, 356)
Este tiempo es un tiempo no convulsionado, un tiempo de lo cotidiano, de lo banal, a lo que se entregan los personajes pero que, como en una partitura musical, representaría los silencios necesarios para que los sonidos puedan tener lugar. Es decir, este capítulo, en el que se narra sencillamente la vida cotidiana, a la que la liberación de la obligación laboral abre paso, guarda la intencionalidad de reconstruir el mundo en el que se dará lo particular: la matanza. Se muestran entonces los rasgos humanos más simples pertenecientes a ese mundo: las tardes en familia, los juegos, los pasatiempos, la interacción familiar:
Absortos en el juego, divertidos tanto por su habilidad como por su torpeza, festejando por igual los aciertos del otro, José Ignacio y Luís ni siquiera repararon en la salida de María Inés al jardín. Ella se acercó hasta el rectángulo con arena roja y la alta red en el centro que formaba la cancha y se sentó en el
pasto a mirarlos, con las pantorrillas bajo los muslos, el tronco muy derecho, la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y las largas manos extendidas sobre la falda. Entonces, ellos la vieron también. Intencionalmente, José Ignacio dirigió su respuesta al último envío de Luís hacia la figura inmóvil. El ‘gatillo’ blanco cayó cerca de ella, sobre el pasto verde. María Inés se levantó a recogerlo y lo tiró hacia Luís, diciendo que esperaba que le fuera ganando a su padre. Y ahora ella era la espectadora que tomaba también parte en el juego. Sus comentarios de apoyo y sus risas se unieron también a los de los jugadores, perdiéndose igualmente en el aire. En la inmensa quietud del jardín el movimiento de las figuras. Un espacio que las recoge y en el que habitan (García Ponce, 2001, 356)
Esta narración de lo cotidiano, e inclusive lo rutinario, es la narración de un tiempo que se desdibuja, que no presenta unos límites determinantes en la vida de los personajes. Es decir, es el recuento de un tiempo que se dilata en la narración porque cualquiera de estos fines de semana podría ser el mismo, aún si la matanza se acercara o no. La narración de lo cotidiano en estos días es la narración de todo el pasado que el instante dilatado contiene dentro de sí y que en ese sentido le pertenece; esa repetición rutinaria de los días, que los despoja de individualidad, será la mejor manera de dilatar ese tiempo, de hacer que esos días formen parte del instante dilatado en la novela.
Esta narración de lo cotidiano va más allá de las puertas de la casa de María Inés y José Ignacio, y es contrastada en el capítulo con otras actividades en las que se desenvuelve una vida social también poco trascendente:
Luego, con Santiago y Cristina, los representantes del otro mundo de María Inés, del que la había apartado y que en verdad no le gustaba, irían al cine y después a cenar. José Ignacio hablaba con Santiago de los problemas de producción en alguna de las fábricas, de política nacional y de política
internacional, con algunas intervenciones de Cristina en estos dos últimos aspectos. (García Ponce, 2001, 372)
Como en esta cita, es común que en otros capítulos de la novela se establezca el paso del tiempo en actividades de corte práctico (las laborales) o de mero divertimento (cenas y espectáculos); pero en general, estas narraciones son las que permiten el paso a la narración de sucesos particulares ligados a la matanza y, especialmente, a las significaciones que esta implica en el instante dilatado.
En el capítulo 18, los protagonistas son Mariana y Esteban, quienes deciden hacer un viaje a un pueblo cercano. La sensación del tiempo en este capítulo es, tanto para los personajes como para el lector, muy similar a la sensación experimentada en el capítulo noveno, pues, durante este viaje, las actividades de la pareja están desprovistas de toda trascendentalidad. La diferencia en este capítulo radica, por una parte, en que los sucesos vividos desde la cotidianidad pertenecen exclusivamente a la intimidad de la pareja y en la manera como esto contribuye desde lo íntimo a la elaboración del mundo en el que se dará el instante dilatado de la matanza. En común podemos decir que se encuentra la diferencia clara que se da cuando la vivencia no depende de las obligaciones laborales; dicho de otro modo, la flexibilidad laboral de los participantes o su desempleo laboral, posibilitan un tiempo vivido desde la libertad de obligaciones determinadas por otros (a decir, los jefes u otros encargados).
Por otra parte, el capítulo 18 se diferencia del noveno en la cantidad de acciones que realizan los personajes en el paso de los días. Su estadía en el pueblo se desarrolla en ir a la playa y caminar; no hay obligaciones (laborales) ni tampoco premura por tomar decisiones acerca de la partida.
La sensación del tiempo en este capítulo es muy cercana a la sensación de una rutinaria lentitud determinada por el hecho de que entre menor cantidad de sucesos vividos en un día, menor parece hacerse la necesidad de prestar atención al paso del tiempo. Si poder medir el paso del tiempo se encuentra estrechamente ligado con la necesidad de organizar un grupo de actividades alrededor de una cantidad de tiempo disponible, aquí esta funcionalidad de la medida del tiempo se desdibuja, es decir, no es necesario prestar atención a su paso.
El tiempo parece nuevamente estar nutrido de unos eventos que se repiten en sí mismos y que, en ese sentido, son intercambiables. Es decir, todas las mañanas en la playa podrían ser cualquiera y, como pasado de Mariana, están contenidas en el instante dilatado en el que ella morirá. De tal modo que en este capítulo la cotidianidad de un tiempo lineal se convierte en la generalidad en la que se dará lo particular: la caracterización de los personajes, de lo que ellos son, de su comportamiento, sus conversaciones, las maneras en que viven sus ideas y así, lo que se suspende en la narración es el conocimiento de lo que con ellos morirá en la matanza.
En el capítulo 27, titulado “Páginas de diario”, el primer indicador del énfasis en el tiempo cotidiano se encuentra en que, en efecto, el capítulo esté construido como una recreación de los sucesos que transcurren en un tiempo registrado, a decir, en un diario. Fray Alberto, escritor del mismo, narra lo habitual en lo que se desliza el tiempo, entendiendo que para el fray lo cotidiano está enmarcado en sus oficios religiosos y en la reflexión de dichos oficios. Hay una intensificación en la sensación de la linealidad del transcurrir del tiempo lograda a partir de la exacerbación de
la sensación de la angustia existencial del sacerdote; de hecho, la mirada del Fray se hace tan lineal que establece el paso de la vida a la muerte:
21 de abril: Escribo fuera del convento. El hábito que me acompañaba desde que dejé a mi familia me ha abandonado, aunque, formalmente se suponga que yo renuncié a él. (García Ponce, 2001, 1290)
8 de mayo: Es más fácil subrayar mi condición de cura mientras doy clases que sentir que lo soy en verdad dentro de la iglesia mientras cumplo con mis deberes. Frente al altar no me reconozco más que como farsante. Un mal actor que realiza gestos y sigue con seguridad su papel sin llegar a creer nunca en él (García Ponce, 2001, 1300)
22 de junio: Muchas veces siento una desolada nostalgia. Es como si dentro de mí habitaran todas las personas que he sido y la lucha que sostienen entre sí me convirtiera en el escenario dentro del que se debate el demonio, los demonios que me habitan y me configuran (García Ponce, 2001, 1327)
30 de junio: ‘Las Horas mi locura las esconde’, leí anoche en Quevedo. Ayer, hoy, mañana. No he dejado de experimentar el tiempo como un cristiano. Toda meditación sobre el paso de los días, las cenizas del pasado, la fugacidad del presente, la incógnita del futuro es una reflexión moral al final de la cual se encuentra la muerte (García Ponce, 2001, 1328)
Sin embargo, después de esperar vacío de todo, en la media luz, dentro del confesionario, sin que llegara ningún nuevo penitente, tuve que dejarlo. Cordero de Dios que borra los pecados del mundo… No es cierto, no lo creo. No hay pecados; pero para mí tampoco hay mundo. (García Ponce, 2001, 1337)
Sentí con una extrema intensidad cada minuto mientras la tarde se acercaba a su final y la naciente oscuridad nacida de la luz empezaba a convertir cada árbol en un mero perfil. Ya había escogido el mío… mañana, cuando amanezca, mi cuerpo penderá de ese árbol (García Ponce, 2001, 1338)
A medida que el lector avanza en las fechas del diario, la atmósfera de angustia en el personaje es mayor; dicho de otro modo, la sensación en aumento refuerza la linealidad del acontecer narrado en el diario. Lo cotidiano que se resume para el fray en oficiar, dar clase, escribir para el periódico, se convertirá en la generalización de una vida en la que se dará lo particular: la muerte.
Los capítulos nueve, dieciocho y veintisiete son ejemplos de la sensación de tiempo que se proyecta a partir de lo cotidiano. Estos capítulos son claves respecto a la dilatación del instante porque sólo la sensación de un recorrido lineal de la historia permite que tanto los personajes como el lector sientan que en el instante dilatado se han recopilado otros muchos que le antecedieron. La cadena de retenciones es alimentada a través de la narración de estos otros instantes que, contados bajo la experimentación de un tiempo humanizado (en el que sólo se siente un instante vivido a la vez) resaltan la variedad imaginativa que se genera. Es decir, estos capítulos en los que se da una sensación del tiempo desde lo cotidiano, una sensación del tiempo lineal, será necesaria para consolidar el gran instante dilatado, pues si este no contara con la inclusión de instantes del pasado, de cosas acontecidas, sería simplemente otro instante que tuvo lugar en el futuro.