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M ycenaean T ablets a n d E c o n o m ic H isto ry, sa E c o n o m ic H isto ry R eview , 10, 1957-58, pág. 128 y s s ., a la caracterización del despotism o asiático com o la presenta K. W ittfo- gel; las consideraciones de P . V idal-N aquet, en H o m è re e t le m o n d e m ycénien, en A n ­ nales, 18, 1963, pág. 712 y ss.; para la obra de W ittfogel, finalm ente, se puede hacèr referencia a la traducción española. E l despotism o oriental. Ed. Guadarrama, Madrid

Es evidente que, en parte, las causas de esta laguna dependen de las dificultades interpretativas de los mismos docum entos micénicos; en nuestra opinión, hay que añadir que en buena parte han contri­ buido otros dos factores concomitantes: la polarización, indudable­ mente comprensible, de la investigación sobre los datos proporciona­ dos por las tablillas y la decadencia subsiguiente del testimonio a r­ queológico como objeto de análisis casi exclusivo de la historia del arte tradicional. En este sentido resulta de máximo interés la publica­ ción a cargo de M. Majewski de una recopilación de ensayos arqueo­ lógicos, editados en los países socialistas durante los últimos cin­ cuenta años, bajo el título de La cuestión du «m ode de production

asiatique» dans la civilisation égéenne à la lumière des sources ar­ chéologiques, Varsovia, 1969. P or otra parte, si se excluye alguna

alusión muy genérica de M. Godelier (cfr. E l concepto del m odo de

producción asiático..., op. cit., págs. 125 y sgs.), los antropólogos

culturales no han dado ningún estímulo al tema.

Teniendo presentes estas premisas, consideramos que puede ser interesante poner en evidencia algunos puntos esenciales que sirven de hilo conductor en el desarrollo expuesto por P arain y compararlos con la reciente aportación de G. Bockisch (Die Rolle der Volksmas­

sen bei der Entstehung der frühen Polis, en Die Rolle del Volksmassen in der Geschichte der vorkapitalistischen Gesellschaftsformationen,

Berlin, 1975, págs. 87 y sgs.), que ya hemos recordado y que repre­ senta una profundización y una reconsideración de algunos concep­ tos ya esquemáticamente evidenciados en el trabajo elaborado jun to con H . Geiss, que hemos presentado anteriorm ente3.

Procedam os con orden. La introducción de Parain sobre los p ro ­ blemas conectados a una definición del «modo de producción asiá­ tico» resulta verdaderamente de extraordinario interés. La dem os­ tración del autor se centra en la «esclavitud generalizada», concep­ to que más parece un punto de llegada que de partida. Volvamos a considerar el análisis de M. Godelier y algunas observaciones de G. Sofri, que parecen bastante clarificadoras.

Respecto a la naturaleza del «modo de producción asiático», el investigador francés escribe lo siguiente: «A través del concepto de modo de producción asiático, Marx nos ha dado la imagen de so­ ciedad en cuyo seno determinadas comunidades aldeanas están some­ tidas al poder de una minoría de individuos que representan una co­ m unidad superior, expresión de la unidad real o imaginaria de cada com unidad. Un poder que tiene su origen en el cumplimiento de fu n ­

1966; una óptima introducción al respecto es la de P . Vidal-Naquet, publicada en la edi­ ción francesa de la obra y reeditada com o artículo en A nnales, II, 1964, pág. 531 y ss.

3 Téngase tam bién presentes las dos recientes contribuciones de los autores: G. Bockisch, Voraussetzungen u n d A n fä n g e d e r antiken P ro d u k tio n sw e ise im alten G riechenland, en E th n ologisch -A rch äologisch e Z ;itsc h rift, 16, 1975; H . Geiss, D as L eben im m ykenischen Griechenland, H andel, Schrift, P a la stw irtsch a ft u n d E r ­ nährung, en A lteru m , 21, 1975; id ., Z u r E n tsteh un g d er kretischen P a la stw irtsch a ft, en K lio , 56, 1974.

dones de interés com ún y que se transform a gradulamente, sin per­ der su naturaleza, en un poder de explotación. Las ventajas particu­ lares de las que se beneficia esta m inoría a título de servicios presta­ dos a la comunidad se transform a en obligaciones sin contrapartida, es decir, en explotación (...). Se da, pues, una explotación del hombre y la aparición de una clase explotadora sin que exista la p ro ­ piedad privada del suelo. Nos parece que esta imagen pone en eviden­ cia una form a de organización social caracterizada por un a estructu­ ra contradictoria» (op. cit., págs. 134-135).

Con anterioridad, el antropólogo francés sacó a la luz la «fun­ cionalidad originaria» en beneficio de cada comunidad de esta espe­ cie de leadership, que se crea en cuanto que satisface las necesidades «comunes» que precisan una coordinación «superior»: «La unidad que reúne como instancia superior las varias comunidades constituye la condición de la eficacia del trabajo y de la apropiación del suelo de las comunidades locales» (op. cit., pág. 112).

De esta m anera se llega al punto más problem ático, que nos afec­ ta particularm ente de cerca, en el análisis de Parain. ¿Cuáles serían las necesidades cuya satisfacción está garantizada por esta unidad su­ perior (en este caso, el palacio, de m odo que perm ita su consolación? Refiriéndose a las alusiones sobre el tema, contenidas en los escritos de Marx y Engels, Godelier considera: «(Marx y Engels) ligaban esta aparición sobre todo a los grandes trabajos, en particular a los de riego; transform ación que parece adaptarse particularm ente a ciertas sociedades de Asia y que ofrecía la clave para comprender el «despo­ tismo oriental» (op. cit., pág. 121).

Llegamos así al concepto de «esclavitud generalizada» o, m ejor dicho, de «general esclavitud del Oriente». Sin embargo, unir esen­ cialmente este concepto a la vasta movilización de m ano de obra para grandes empresas de construcción o de riego y conectarlo con la afir­ mación de M arx, para el que «un estudio más especializado de las fo r­ mas de propiedad com ún asiática, en particular indias, dem ostraría cómo de las diferentes formas de la propiedad común espontánea re­ sultan diferentes formas de su disolusión. Así, por ejemplo, los dife­ rentes tipos originales de la propiedad privada rom ana y germánica se pueden derivar de diferentes formas de propiedad com ún india». (K. Marx, Per la critica dell’econom iapolitica, trad. it. Rom a, 1974, págs. 15-16, nota), significaría limitar la form a asiática a la caracteri­ zación del «despotismo oriental» y a la realización de grandes obras públicas (de carácter esencialmente agrícola). Y nos parece que, b a­ sándose en esta relación «esclavitud generalizada-grandes obras pú­ blicas», se ha llegado no sólo a interpretaciones aberrantes (como las de K. W ittfogel), sino tam bién, en nuestro caso particular, a una calle sin salida en el análisis de P arain (véase tam bién P . Vidal- Naquet, H om ère..., op. cit.), que se ve obligado a agarrarse a un cla­ vo ardiendo para buscar en el m undo micénico cualquier form a de «gran movilización para vastos trabajos públicos».

tema, una de Sofri y otra de Godelier; el prim ero observa los siguien­ te: «La aparente oscuridad (del pasaje de Marx antes citado) depende del empleo relativamente equívoco que M arx hace de los adjetivos «asiático» e «indio». P or una parte, definen u n tipo particular, ana­ lizado y descrito con riqueza de detalles de la prim era form a (donde dice «las condiciones comunes de la efectiva apropiación mediante el trabajo, sistemas de riego, muy im portantes p ara los pueblos asiáti­ cos, medios de comunicación, etc,, aparecen ahora como trabajo de la unidad superior, del gobierno despótico que se yergue por encima de las pequeñas comunidades», K. M arx, F orm e..., op. cit, pág. 73). P or otra parte, M arx tiende a identificar «tout court», como ya se ha dicho, la form a asiática o «india» con la «propiedad de la com uni­ dad» (...). E n este segundo sentido, donde la form a asiática aparece como m atriz originaria tam bién de la antigua y de la germánica. Es obvio, por tanto, que en este caso el uso de los adjetivos «asiático» e «indio» no tiene ningún significado geográfico y no puede evocar el despotismo oriental, los grandes trabajos públicos, los embalses, etc., sino solamente la propiedad com ún del suelo» (op. cit., pág. 48).

Más adelante: «Se puede decir que (Marx) divide las formas pre- capitalistas en dos grandes grupos. El primero incluye las formas más primitivas, las que incluso estando ya notablem ente diferenciadas (en m odo y m anera variable) se caracterizan todavía de algún modo por la persistencia de la com unidad primitiva. Estas son la form a asiática (...), la form a antigua y la form a germánica. Un segundo grupo comprende las formas caracterizadas por el sometimiento, tanto en su aspecto de la esclavitud de la gleba como en el de la esclavitud ver­ dadera» (op. cit., pág. 51).

Godelier, por otra parte, siempre a propósito del m odo asiático, a partir de las consideraciones ya indicadas, sustancialmente de que «el estado es propietario del suelo en cuanto que personifica todas las co­ m unidades», mientras «la dependencia de un individuo a un fu n ­ cionario del estado es indirecta, m ediatizada por la dependencia de la com unidad de origen al estado que este funcionario representa», y recordando la im portancia del papel desempeñado por las grandes obras públicas, llega a la siguiente consideración: «Supongamos que pueda existir otra form a de m odo de producción, otro camino a tra ­ vés del cual una minoría domine y explote a la com unidad sin interve­ nir directamente en las condiciones de producción, pero intervinien­ do indirectamente llevándose, como provecho, un surplus en trabajo o en productos naturales. Efectivamente, en A frica occidental la ap a­ rición de los reinos de Ghana, Mali y Sanghai no nació de la organi­ zación de grandes trabajos, sino que parece ligada al control del co­ mercio intertribal o inter-regional (...), en M adagascar (...) apareció el reino Sakalase que se basaba en la ganadería nóm ada y en el co­ mercio (...). Confrontando las dos formas de m odo de producción asiático, con o sin grandes trabajos, constatamos que tienen un ele­ mento en común: la aparición de una aristocracia que dispone de un

poder estatal y funda las bases de su explotación en la acaparación de una parte del producto de las comunidades (en trabajo o en especie») (op. cit,, pág, 137),

Según el investigador, se relaciona con el hecho de que la form a asiática no representa otra cosa que la fase de paso de la sociedad sin clases a la de clase: «Nos parece que esta hipótesis técnica permite comprender por qué se ha recurrido siempre más el concepto de «m o­ do de producción asiático» para esclarecer determinadas épocas y so­ ciedades de E uropa (m onarquías minoico-micénicas)... de Africa negra (,.,), de América precolom biana» (op. cit., pág. 135).

De aquí, la conclusión final teórica-práctica de «construir una tipología de las diversas formas de este m odo de producción con o sin grandes trabajos, con o sin agricultura, y de construir contem porá­ neamente una tipología de las formas de comunidad en cuyo seno se edifica dicho m odo de producción» (pág. 138).

Volvamos ahora al ensayo de C. P arain y, teniendo presente cuan­ to pueda haber surgido de la lectura de las colaboraciones incluidas en la primera y en la segunda parte, veamos qué elementos, relacionados con una caracterización en sentido «asiático» de la sociedad micénica, vuelve a considerar G. Bockisch en su reciente ensayo arriba citado. El factor esencial, que da sumo interés a este escrito e impulsa a com ­ pararlo con el de P arain, radica en que Bockisch intenta resolver la confusión, en la que parece haber caído Parain, delineando el «tipo» particular de «form a asiática» que caracterizaría la sociedad micéni­ ca. La puntualización se verifica, como si el autor siguiera el propósi­ to de Godelier, a tres niveles:

a) Caracterización de la organi- b) Particular « fu n cio n a lid a d » zación interna de la estructu- «---» de la «com unidad superior» ra com unitaria rural. o palacio.

\

κ

c) C onsiguiente particular tipo de relaciones que se estable­ cen entre palacio y com uni­ dades locales.

Donde:

a) «La m ayor parte de los productores vivía dentro de las com u­ nidades aldeanas, en las que la organización de carácter «gentil» se había m antenido» (pág. 89). En un análisis más profundo, con expresa referencia a la tipología expuesta por Marx en los Grundrisse, resultaría que «las sociedades de tipo oriental egeas representan, en cuanto concierne a los productores directos dentro del proceso, de producción agrícola, el tipo de trabajo realizado por cada uno, inde­ pendiente, con su familia en la parcela de terreno hereditaria asigna­ da (trabajo sobre tierra parcelada); la unidad, en cuanto relación entre los jefes de familia, por tanto, la form a dem ocrática o de de­

m ocracia m ilitar, y la posesión privada hereditaria (pág. 91) («pose­ sión», repárese bien, y no «propiedad», que permanece, por el contrario, en últim o análisis, en las manos de la comunidad superior a través de la mediación de las comunidades aldeanas» (cfr. K. Marx,

F orm en..., op. cit., pág. 95).

b) «Este tipo de comunidad aldeana está en estrecha relación con las condiciones que permitieron en las regiones del Egeo el naci­ miento de una sociedad de tipo oriental antiguo. Esta se form ó, aun ­ que faltase la necesidad de efectuar obras colectivas por parte de to ­ dos los productores directos, y, por tanto, tam bién la dirección de tales trabajos a través de una «unidad superior» para el riego y sanea­ miento de las tierras, factores que, sin embargo, son típicos en los principales territorios de las sociedades antiguas orientales como In­ dia, M esopotam ia y el antiguo Egipto. En el Egeo, la organización del trabajo y la explotación de los poseedores dependientes, realiza­ dos por las ciudadelas, se concentró sobre la producción artesanal, así como sobre el comercio, efectuado a larga distancia y tam bién sobre comisión» (ibidem).

c) «Estas comunidades aldeanas no se encuentran en situación de sometimiento en relación a las ciudadelas. Los productos agríco­ las y artesanales, que se entregaban al palacio, deben entenderse como un equivalente de una especie de cambio interno de productos, orga­ nizado por las ciudadelas, m ejor que como el cumplimiento de una entrega por parte de los poseedores dependientes del «déspota» en cuanto «padre de muchas colectividades» (pág. 89).

Es evidente que nos encontramos ante un alto nivel de generaliza­ ción que resulta estimulante respecto a una serie de problemas sobre los que induce a reflexionar. Ante todo, hay que tener presente el ti­ po de relación entre palacio y centro rural en cuanto a los productos debidos, considerado por el investigador alemán como una especie de circuito interno de cambio de productos (binnenländischer P rodukte­

naustausch), que aparece, sin embargo, contradecir cuanto han seña­

lado Polanyi y J. P . Olivier en sus aportaciones, que se ofrecen a continuación. Queda claro que este punto se encuentra estrecham en­ te ligado y en cierto sentido es consecuente a la «funcionalidad» ori­ ginaria de la unidad superior, el palacio, y, por tanto, a su mismo n a­ cimiento. Llegamos a abordar un problem a muy delicado que im pli­ ca tanto el nacimiento de la leadership micénica, señalada por la a p a­ rición de las famosas tum bas de fosa en Micenas, como el desarrollo de la intensa actividad comercial micénica en el extranjero, que no parece incluir el presunto circuito interno.

U na respuesta a la prim era pregunta se puede encontrar en el en­ sayo, incluido en la prim era parte, de los dos investigadores alem a­ nes, apareciendo estrechamente ligada, al mismo tiempo, con lo que Childe ya había puntualizado en la edición del 57 de su Prehistoria de

la sociedad europea. Pero siempre queda el problem a de la participa­

ción activa de una parte de la población al menos (¿cómo se la puede caractericar socialmente?), que vivía en las comunidades aldeanas,

en la organización y tam bién en las «ganancias» que proporcionara la actividad comercial. P or o tra parte, si se acepta como posible esta hipótesis (que Bockisch y Geiss formulan en el ensayo aquí recogido), permanece la interrogante sobre el tipo de beneficios (com prendien­ do incluso los eventuales «bienes ideológicos») que el palacio podía dar a cambio a las comunidades aldeanas en el ám bito del postulado circuito de cambio interno. Además, si es una característica esencial de la situación grecomicénica el que no se reconstituyera con la caída de los palacios la organización estatal y burocrática de tipo asiático, sino que, al contrario, se afirm aran las estructuras fundadas en el p a­ rentesco que caracterizaron las comunidades aldeanas, entonces hay que preguntarse en consecuencia, no tanto cuál pudo ser la causa ocasional de la caída de las ciudadelas, sino en qué m anera se estruc­ turaba la misma ciudadela, como entidad social, cuál fue su activi­ dad «externa», que le permitía una cierta acumulación de bienes, y qué relación ya había consolidado con el m undo rural que le prop or­ cionaba no solamente ingresos regulares de productos naturales, sino también una determ inada fuerza-trabajo artesanal a su disposición (recordemos, por ejemplo, que una serie de tablillas de Pilos registra cantidades de metal dadas para que lo trabajasen broncistas repar­ tidos por varios centros secundarios (cfr. M. Lejeume, L es forgerons

de Pylos, en M ém oires de philologie mycénienne, Deuxième série,

Roma, 1971, págs. 167 y sgs.).

P or otra parte, recientes investigaciones y estudios, tan to de ca­ rácter arqueológico como epigráfico, han vuelto a plantear con p arti­ cular insistencia dos problemas principales, a los que frecuentemente se alude en la literatura micenológica (y que de vez en cuando tam ­ bién aparecieron en los diferentes ensayos presentados en las partes precedentes), pero que, por escasez y estado de los datos que dispo­ nemos, no se han podido afrontar hasta hoy de m anera directa. En primer lugar, nos referimos a las indicaciones sobre posibles em pre­ sas de «racionalización» en el uso del terreno mediante el empleo de fuerza-trabajo a gran escala (tema que afecta directamente las m oti­ vaciones del ensayo de C. Parain); en segundo lugar, a una precisa caracterización económica del elemento religioso-institucional que parece, según la lectura de las tablillas, entrar en múltiples niveles de los procesos productivos del m undo rural y artesanal micénico (tema que se relaciona tam bién con los problemas de circulación interna de los bienes, problemas que se abordan más adelante a propósito de las colaboraciones de K. Polanyi y J. P. Olivier).

Respecto a este últim o punto, por ejemplo, el estudio ya varias veces citado de Lejeune sobre las entregas en productos naturales a que están obligados los detentadores de tierras de la localidad de sa-

rapeda (tablillas Er, 880, 312; U n, 718) y el similar mecanismo de

entrega que encontram os para la localidad de kiritijo (serie Es; véase también D oes.2, págs. 276 sgs, 456 sgs.), pone en evidencia cómo los encargados de recibirlos, oficialmente registrados, petenecen a la es­ fera de las instituciones religiosas (los mismos broncistas de Pilos,

arriba recordados, no parecen, en parte, extraños a esta esfera, mientras que aparecen nuevos problemas relacionados con este tem a en las nuevas tablillas tebanas de la serie O f (cfr. J. Chadwick en The

Tebes Tablets II, op. cit.). Es evidente que en todos estos casos, y se

podrían citar otros, pero sobre todo en el de las entregas regulares de productos agrícolas efectuadas en base a la extensión de los campos, nos encontram os frente a un triángulo sociopolítico (las com unida­ des rurales, el palacio y la entidad/institución religiosa), cuyas in- terrelaciones, en el juego de la producción y circulación de los p ro ­ ductos naturales y m anufacturados, no aparecen todavía bien claras.

Un elemento, sin embargo, resulta evidente: como justam ente han hecho notar L. G odart y J. P. Olivier (cfr. Tirnys V III, op. cit., págs. 39 sgs.) en el caso de la mención de personajes particulares que parecerían dirigir la producción de alfarería y las ganaderías de ovi­ nos, personajes que tal vez no aparecen más que como simple refe­

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