palm ente los derivados en — ios, cuyo valor es probablem ente el de p atroním ico: are- k u tu ru w o etew o k erew eijo , etc. Se puede preguntar si n o se trata en este caso de un título hereditario, justifican d o de esta m anera una fórm ula on om ástica d esa co s tumbrada: ’AkxTQj }ώ>< sería entonces evénxs en cu an to hijo de ’ErejoxJt'jj/s, etc.
No se puede partir de lo anteriorm ente expuesto, ya que faltan términos de com paración, para efectuar una valoración de la im por tancia jerárquica del damakoro. Si el soberano se encarga absoluta mente de tom ar las decisiones en el nom bram iento de funcionarios, ¿hasta qué nivel alcanza su intervención (provincia, distrito, etc.)? P or otra parte, ¿quién nos garantiza que wanaka teke no sea más que una fórm ula adm inistrativa de uso generalizado, que incluye, junto a las nóminas procedentes en directo del soberano, tam bién las que, a niveles inferiores, realizan otros en su nombre?
13. Queda el testimonio de On 300, texto m utilado y de difícil com prensión55, que menciona una distribución de mercancías (no identificadas), ideograma * 154, entre los funcionarios principales de la provincia próxim a (líneas 1-7), seguida de la provincia lejana (líneas 8-12), enum erando primero los prefectos de los distritos (ko-
rete), después de un duma (líneas 6 y 12) y, finalmente, un dam okoro
(línea 7) y teposeu (línea 12), respectivamente.
El texto presenta numerosas lagunas. Además, no está completa mente conform e con el sistema administrativo «canónico», ya que, si se puede adm itir (especulando con las lagunas) que enumerase nueve
korete para la provincia próxim a, no indica posiblemente que fueran
seis para la provincia lejana (en lugar de los siete que sería de esperar). En tercer lugar, se trata de una redacción que no es hom o génea: para la provincia próxim a encontramos (línea 2) entre los k o
rete (designados solamente por el título y la indicación de su distrito)
un antropónim o apia2ro), sin que sepamos si se trata o no del nom bre de un korete; en caso afirmativo, desconocemos el m odo de ex plicar esta particularidad en la redacción. O tra disparidad: el duma de la línea 6 debía ser identificado, respectivamente, por su nombre,
(du)nijo, por la indicación de su título y por la de su lugar; el· de la
línea 12, sin em bargo, no puede ser identificado más que por su nombre o por su lugar (la segunda posibilidad resulta más verosímil), aunque conste su título. Ultima disparidad: tenemos un apelativo da
m okoro, línea 7) y un antropónim o (teposeu, línea 12) que forman
pareja al final de las dos líneas. Todas estas observaciones menosca ban la fe que se pueda tener sobre el rigor en la presentación del tex to.
Considerarem os las indicaciones de On 300, aunque no sin reser vas, como simétricas para las dos provincias y dispuestas, respectiva mente, en un orden jerárquico decreciente. Aceptando esta hipótesis, el texto enum eraría, para cada provincia, ante todo, los responsables de distrito (los koretere), después dos funcionarios provinciales (de quienes ignoramos sus respectivas competencias), un duma y un da-
55 Cfr. L. R. Palm er, In te rp re ta tio n ..., op. cit. págs. 89-374 y ss.; ya hem os trata do sobre este docum ento en el artículo L e s circoscription s ad m in istra tives d e Pylos, en R evu e d es E tu d e s A n cien n es, LX V II, págs. 5-24. (N . del E.: Reeditado en M ém oires d e p h ilo lo g ie m ycéniennes, III serie, R om a, 1972, pág. 115 y ss.; véase tam bién C had wick, D o cs. 2, pág. 466 y ss.).
m okoro. P o r sim etría, se debería adm itir que teposeu (línea 12) fuera
un damakoro. En relación a Ta 711, se podría considerar que auke-
wa. fuera, o estuviera a punto de serlo, el dam okoro de la provincia
próxim a (línea 7 ) 56.
En conclusión, en la m edida en que nos podem os basar sobre On 300, tendrem os que adm itir al dam okoro como personaje im portante (pero no el único) dentro de la provincia (no del estado), personaje del que ni los textos conocidos ni el análisis de la palabra perm iten precisar sus atribuciones.
Es t r u c t u r a p o l í t i c a d e l a s RESIDENCIAS M ICÉNICAS
por K. W undsan
A nte todo, consideram os necesario afrontar dos posibles obje ciones de principio; después, profundizam os en el tem a. L a prim era, de carácter fundam ental, se refiere al problem a de si al tra ta r la épo ca micénica se entra en los dominios de la historia antigua; la segun da, más im portante, es de carácter m etodológico, consiste en pregun tarse si para investigar la estructura política y social de los palacios micénicos no se deben considerar tam bién otras fuentes, además de las tablillas en Lineal B; en otras palabras, si es posible llegar a consi deraciones auténticas sobre las relaciones en la época micénica sin te ner en cuenta el descifram iento que llevó a cabo Ventris.
El prim er tem a se puede localizar en el título de un trab ajo de J. Chadwick, Una burocracia prehistórica ', pese a que el autor no aclare el motivo que le decidió a definir como «prehistórica» la burocracia micénica. P o r otra parte, a partir de la definición de R. Pittioni sobre el concepto de «prehistoria», resulta evidente que la época micénica, tras el descifram iento de sus testimonios escritos, ya ha entrado en los dominios de la historia. El investigador escribe lo siguiente2:
56 Es necesario pensar que On 300 fuera redactada cuando el puesto de d a m o k o ro para la provincia próxim a estaba todavía vacante, en espera de la n om in ación de auke- wa, mientras tep o seu ocupaba todavía el puesto para la otra provincia; ¿esto explicaría la diferencia de las redacciones?
1 En D iógenes, 26, 1959, pág. 7 y ss.