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A ello contribuye la formación de un hogar propio, la ceremonia nupcial, el anillo y los regalos de boda. Pero el pronóstico sobre este “nosotros conyugal” depende, en cuanto a su duración en el tiempo, mucho menos de las condiciones iniciales que de aquellas otras que los propios cónyuges deber ir creando. Con

esto aludimos a la misma historia de la vida conyugal, historia que fundamenta el ser el uno para el otro.

La elección del cónyuge presupone una serie de posibilidades a este respecto, aunque muchas veces la libertad de la elección conyugal este coartada por prejuicios y normas sociales. De cara a la madurez hay que partir de una gran libertad en la elección del futuro cónyuge. Hay que asegurar al máximo, ya de antemano, el mejor ajuste posible en la vida matrimonial, ya que esto es básico para facilitar una equilibrada y serena madurez.

A este aspecto dice Zutt, gran psiquiatra y antropólogo alemán, que el hombre abandona el protector cobijo del hogar de sus padres y transita por el mundo con su sexualidad a cuestas, tomando día a día mayor conocimiento de la vida hasta que al fin construye su propia casa y con su cónyuge alcanza recogimiento, paz y reposo, siempre que logre dar este paso hacia la madurez. El hombre maduro en su nuevo hogar alcanza así mismo la nueva seguridad que le proporcionan unos hábitos y costumbres estables.

Las seguridades del hombre maduro no responde exclusivamente a unas normas definibles de un modo sociológico, como por ejemplo las de los prejuicios (hay que hacer esto o hacer lo otro está mal visto), o de la institución (colegio, vida de cuartel, empleo, etc.), o de los mandamientos categóricos que determinan la buena o mala conducta,

El hombre maduro se trata más bien de una seguridad de orden psicológico. Los hábitos ejercen un intenso poder sobre los hombres y les proporcionan una parte de tranquilidad, seguridad y estabilidad. De toda manera implica una calidad distinta a la de los impulsos y efectos. El riesgo que supone los hábitos estriba en la posible rigidificación, rutina y en su resistencia a modificaciones flexibles y espontaneas. Pero, por otra parte, si se procura flexibilizarnos al máximo, tienden de por si a una experiencia y apropiación optimas, por ejemplo: de la configuración perceptiva del otro cónyuge, desconocido en cuanto a sus reacciones, de los movimientos voluntarios e involuntarios del otro, de las modalidades de su percepción de las cosas.

El compartir lecho, comida, trabajo, penas y alegrías, implica innumerables procesos parciales de adaptación y ajuste mutuos, adaptación que se extiende también a lo desagradable, penoso, e incluso a veces repugnante.

No cabe duda, pues, de que tales actitudes de habituación desempeñan un papel sumamente importante cuando las exigencias y deseos sexuales se han aplacado. Se deduce por tanto que los hábitos integrados en la vida conyugal pueden reflejar determinadas características esenciales de la estructura matrimonial.

La palabra habito indica ya su relación con un hábitat, con un habitar en alguna parte o con estar habituado a lo que sea. Cohabitar alude al habitar juntos, al dormir juntos, o sea, alude a la pareja que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Y alude a otra persona en cuanto esta dispone también de sexualidad, entonces con la cohabitación, el otro se transforma en mío, esto es, es diferenciado expresamente de los demás, de los extraños y ajenos a mí.

En este ámbito se realiza la madurez un espacio interior y un mismo techo. Durante el sueño el hombre se halla indefenso, ya que su conciencia no vigila. El dormir con otro supone confianza, la cual se ha desarrollado sobre la base de los hábitos, del con-vivir con otro. Uno en principio no se fía de un extraño y mantiene una distancia o se retrae, bien espacialmente, bien en cuanto actitud. Para mantener la distancia uno se suele servir de los típicos formulismos convencionales. Tan solo poco a poco se va realizando una aproximación en el conocimiento del otro o a veces bajo la presión de los demás se establece una con-fianza.

Esta confianza puede suponer un suprimir el distanciamiento pero también un mutuo entregarse y un despertar juntos, tanto en sentido general como espacial. Es como si aquella confianza emanase de todo cuanto está en el interior de la casa y un determinado lugar. Tan solo cuando uno se ha acostumbrado a un conmutador de la luz y se le encuentra fácilmente, aun a oscuras, la inseguridad de localizarlo se convierte en la seguridad de un automatismo.

La confianza es una seguridad psíquica que no se comprende por sí misma, al igual que el hábito. En la confianza se trata, especialmente de aquello que estimula y asegura la fidelidad. Dentro de este marco es donde puede vivir la madurez sexual humana, pero si en concreto nos preguntamos qué es o en qué consiste esta madurez sexual, debemos buscar una forma de definirla.

La madurez sexual es aquel estado al que han llegado el hombre y la mujer en cuanto poseen una capacidad de decisión y realización gradualmente adquirida, la cual, sobre la base de un pleno desarrollo orgánico, puede elaborar una conducta sexual consciente.

Desde un punto de vista psicológico, lo sexual se presenta como madurez o plenitud de la vida cuando el individuo, actuando con responsabilidad, inscribe su sexualidad en una recta ordenación antropológica y psicosexual, la cual se manifiesta en la realización y la renuncia.

En la meta final de un proceso de maduración (pubertad y adolescencia) durante el cual se prepara el cuerpo para la futura vida sexual y la maternidad o paternidad. En la pubertad las sensaciones orgánicas de naturaleza sexual van en aumento y el proceso afecta cada vez más predominantemente al cuerpo. En la madurez se han terminado los procesos de maduración interna y el individuo se ha preparado psíquicamente.

El matrimonio no es el punto culminante ni la meta de un camino, sino un volver a empezar, el inicio de un nuevo camino que si bien conducirá a metas más elevadas, presentara nuevas dificultades. Como ya hemos dicho, en la vida conyugal se da un hecho nuevo que empieza entonces: es el vivir juntos y el nosotros.

La habituación a esta vida en común se enfrenta con no pequeñas dificultades. Se trata de continuar, día tras día, mes tras mes, viviendo en compañía del cónyuge; es preciso acomodar a esta comunidad de vida todos los actos, incluso los más corrientes, poniéndose de acuerdo en el horario del dormir, de las comidas, etc. y en el empleo del tiempo libre.

Lo que se había iniciado en la infancia, lo que la gradual maduración fijó como propio de cada sexo, lo que, en la época del encuentro entre dos jóvenes de sexo opuesto, se ganó como actitud fundamental ante la vida, ahora fructifica abundantemente en el matrimonio.

Cada uno de los esposos ya no puede pensar solamente en sí mismo, ya no puede hacer planes, ni comer, ni dormir, etc., contando únicamente consigo. Ya no es posible hacer algo sin tener en cuenta al cónyuge, cuando menos en pensamiento.

La madurez sexual viene dado en el matrimonio a través de la realización de la sexualidad en el ámbito personal de la comunidad de los esposos. El esposo se va dando cuenta de que su sexualidad se va ajustando poco a poco a la de la esposa y se libera de una forma definitiva de sí mismo, renunciando a cualquier tipo de autoerotismo. Desde entonces la plena satisfacción sexual queda definitivamente por encima de la pura satisfacción genital. El placer sexual es desde entonces una fuente de alegría y un engrandecimiento de la persona en cuanto ha dejado de ser algo parcial y se ha convertido en ternura y altruismo, en autentico camino del amor. El placer sexual ha quedado en un equilibrio psíquico estable junto a las restantes aspiraciones del individuo.

La madurez sexual humana supone así mismo una función procreativa tanto en el hombre como en la mujer. Mientras que el hombre solo acepta de un modo secundario y a la larga su papel de procreador, la mujer desea constante y profundamente ser madre desde los orígenes de su desarrollo afectivo. Una o más maternidades obtenidas en condiciones biológicas satisfactorias, favorecen en gran manera su aptitud erótica. La profunda satisfacción afectiva que supone para la mujer la maternidad la compensa de muchas decepciones eróticas y calma en gran parte su ancestral angustia sexual. La función sexual y la función procreadora no están en pugna, la misma presencia del hijo en el seno de la madre aumenta la disposición paternal en el hombre y la maternal en la mujer.

El esposo empieza a ser padre antes del nacimiento de su hijo, le corresponde por lo tanto guiar a la esposa con altruismo en el periodo del embarazo, con sus oscilaciones del estado afectivo, su inseguridad y sus caprichos, especialmente en las seis semanas anteriores al parto y las seis posteriores.

UNIVERSIDAD PRIVADA TELESUP

TEMA 2

Identificar los trastornos psicosexuales en la

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