CHAPTER 5 ON THE TWO-PHASE THEORY OF FLUIDIZATION FOR
5.4.4 Further discussion of the correlation for correction factor Y
El concepto de discriminación y su descomplejización es una categoría de análisis fundamental en la ciencia política, para la comprensión y búsqueda de soluciones eficaces, de los problemas políticos y sociales contemporáneos más acuciosos. Entre esa problemática, los problemas de las mujeres, se deben ubicar en el primer orden. Sin excepción, en todos los estudios analizados en detalle o como vistazo general, sustentados con estadísticas y bibliografías sólidas, extraídas de diferentes fuentes acreditadas en el mundo académico, encontramos rasgos comunes en cuanto a la descripción de las difíciles condiciones de existencia, que en todos los órdenes sociales padece la mujer, en la totalidad de los países del mundo y de manera acentuada en Colombia. El rasgo que más se denota, es el que señala, que para el desarrollo de las funciones fundamentales de la vida humana las mujeres en la mayor parte del mundo carecen de apoyo. La comparación con el hombre de estas funciones vitales, y de acuerdo conNussbaum (2012), están peor alimentadas que los hombres, es inferior su nivel de salud, están mayormente expuestas y son más vulnerables a la violencia física y al abuso sexual.
En relación a su nivel educativo para las mujeres pobres, que según se ha acuñado por voces feministas "la pobreza tiene rostro de mujer" y "las mujeres son las más pobres entre los pobres", existe una mayor probabilidad de que no estén alfabetizadas, y entre las trabajadoras, es menos probable que posean educación profesional o técnica. El mundo laboral de las mujeres es absolutamente precario, en la última década millones de mujeres han incursionado en el trabajo productivo, 22.8 millones en el mercado de América Latina y el Caribe según la OIT, al cual ingresan despojadas de todos los derechos labores, ésta situación en Colombia, paradójicamente aumentó los índices de pobreza, donde a la vez el desempleo nacional sigue siendo mayor para las mujeres que para los hombres y en el caso de ser empleadas, lo son en los sectores de servicios,
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sociales, comunales y personales, poquísimas mujeres tienen alguna cobertura en seguridad social, la mayoría reciben menores ingresos y sufren la acrecentada brecha salarial entre hombres y mujeres; deben enfrentar obstáculos mayores, entre ellos, la discriminación por su sexo en el trabajo, y acoso sexual en su lugar de trabajo. La doble jornada, la laboral y la domestica, aleja a las mujeres, de las actividades políticas, educativas, recreacionales y afectivas, perjudicando su bienestar emocional, tienen por lo tanto menos oportunidades que los hombres de vivir libres de temores. Estas maneras marcadamente desiguales de desarrollar las funciones fundamentales de su existencia nos permiten hacer dos afirmaciones de acuerdo al análisis de Nussbaum (2012) una, que "las desiguales circunstancias sociales y políticas dan a las mujeres capacidades humanas desiguales" (Nussbau, 2012, p.28) y otra, que a las mujeres no se les trata como "personas con una dignidad que merece respeto por parte de las leyes y de las instituciones. Por el contrario, se las trata como meros instrumentos para los fines de otros" (Nussbau, 2012, p.28) lo que explica su rol
de reproductoras, encargadas de cuidados, puntos de descarga sexual, o agentes de la prosperidad general de una familia, entre otras actividades para la que se les tiene destinadas.
El cuadro anteriormente descrito no excluye a ninguna mujer, independientemente de la clase social a la que pertenezca, aunque se hace referencia al sector de mujeres pobres o de escasos recursos, desempleadas, y de trabajadoras, técnicas y profesionales, pertenecientes a las clases consideradas bajas y medias hasta su nivel alto, que son las que conforman la gran mayoría, por no decir la casi totalidad de la población femenina en una país, no significa que las mujeres de estratos altos no participen, aunque a su nivel, de los rasgos generales señalados. Esta situación, que caracteriza la vida de las mujeres de América Latina y el Caribe, países de escaso desarrollo, se hace más compleja y dramática cuando la desigualdad de trato para hombres y mujeres, se
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desarrollan inmersas y estructuralmente dentro de las abismales desigualdades económicas, políticas, sociales y culturales que caracterizan, a su vez, a los países de ésta región.
Sustentar esta primera conclusión requiere detectar la tendencia del cambio que registra el mundo actual en las últimas décadas del cual se puede afirmar que ha venido convirtiéndose cada vez más en un mundo fuertemente interrelacionado, fenómeno producido por lo que comúnmente se conoce como la globalización, a la cual acompañan dos grandes características, las revolucionarias innovaciones científico y tecnológicas, que facilitan la producción de bienes y servicios a grandísima escala y que promueven continuados y poderosos avances en las áreas relacionadas con la electrónica, la química, la biología, la administración, y otras, que a su vez conlleva a modificaciones radicales, en las comunicaciones, el transporte, las redes de información, etc.; la otra característica consiste en el intenso proceso de concentración económica en manos de grupos empresariales que se fusionan de múltiples formas decuplicando su poderío económico que llega a ser más importante que el de muchos Estados nacionales; esta fuerte concentración del capital financiero ha logrado eliminar o disminuir el sistema arancelario mundial y circula ampliamente sin regulación ni control, alguno para el flujo de sus capitales. Lo importante, a señalar es que la globalización ha afectado en gran manera a los países en desarrollo, como los latinoamericanos por su situación de alta vulnerabilidad.
Los defensores de este proceso afirman que el mundo así generado, está colmado de oportunidades de desarrollo para toda la población a escala mundial, sin embargo también está planteado el debate, que ubica la paradoja de que entre este sinnúmero de avances y de posibilidades de progreso, lo que resalta es el estancamiento, cuando no el retroceso y deterioro en las condiciones de vida básicas de grandes porciones de la población mundial, cuya estadísticas de los organismos internacionales especializados, señalan que más de la mitad de la población
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mundial se encuentra por debajo de la línea de pobreza, las desigualdades ascienden a límites insospechados, graves problemas surgen en las posibilidades y acceso al trabajo, y donde amplios sectores del género humano están totalmente excluidos de las oportunidades y los progresos proclamados.
Las alarmas que advierten de la afectación dramática de la globalización a amplios sectores de la población, se resumen, en el aumento de la pobreza, que hoy significa carecer de lo más básico, como adecuada alimentación y servicios públicos, lo que tiene gran incidencia negativa en los parámetros esenciales de vida, que los afecta mucho más debido al precario acceso a la salud, educación, empleo y bienestar. La desigualdad social es la expresión de la desigualdad económica. Si la económica puede medirse, la social es la que registra, los cambios. Según el informe de Riesgos Globales 2014 del Foro Económico Mundial, el mayor riesgo mundial en la próxima década es el aumento de la brecha entre ricos y pobres, dada la disparidad de ingresos. Agréguense episodios meteorológicos extremos, desempleo y crisis fiscal.
Pero lo que mayormente concita el interés de las investigaciones de los organismos internacionales especializados en los problemas de la mujer, es la corroboración de las estadísticas, del profundo impacto negativo que causa la globalización en la afectación de las funciones vitales de la mujer, las cuales, ven constreñidas por diversos obstáculos, su situación básica de existencia. De esta manera, la desigualdad de género dentro de la desigualdad economía, política y social imperante le imprime a la discriminación histórica de la mujer una mayor sinergia abarcando dimensiones aún mucho más profundas de su existencia.
De otra parte la globalización, al convertir los países en nodos donde se contienen bajo formas nacionales particulares las desigualdades socioeconómicas a nivel mundial que genera, crea niveles de análisis estandarizados, por ejemplo los hallazgos investigativos se refieren a
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determinar cómo se comporta el eje inclusión-exclusión de la brecha mundial entre desarrollo- pobreza en cada país, y cómo impacta la vida de las mujeres y no a la inversa cuando no existía la concatenación mundial actual y predominaba la condición económica y social propia de cada nación. La estandarización de problemas no solo crea expresiones y situaciones de estrecha similitud en las regiones del mundo, sino que los interrelaciona, de esta manera se puede afirmar que las diferentes formas de discriminación tienden a recaer contra la mujer, y son utilizadas como instrumentos que apuntalan la desigualdad en todos los órdenes de la sociedad y a su vez esta desigualdad apuntalada perpetua las diferentes formas de discriminación y acentúan su impacto negativo en las mujeres. Esta concatenación se traslada al ordenamiento político, donde la abundante investigación mundial especializada centra su atención en el fenómeno repetido y cada vez más protuberante de la desigualdad política en los países de América Latina y del Caribe, la dimensión de esta desigualdad corre a la par de la desigualdad socioeconómica pues contrasta su accionar mutuo y sus resultados como se podrá establecer en las conclusiones de éste aspecto.
El concepto básico en la globalización, para poder determinar el grado de desigualdad política, es el de equidad, como, el mecanismo del Estado, que le garantiza efectivamente al ciudadano, unas condiciones mínimas socioeconómicas de existencia, llamadas piso, que le permitan enfrentarla dignamente, para esto es indispensable que el Estado desarrolle un marco de políticas generales y una acción correctiva sobre el mercado y que esté focalizada en ciertos sectores sociales para asegurar una distribución de bienes que alcance para el piso. La equidad apunta, a corregir, la marcada desigualdad en el ingreso de los individuos, exige del Estado una acción redistributiva.
De acuerdo a estos criterios, un estudio de la OEA, calificó, a América Latina y el Caribe (ALC), como la región que continúa ostentando el primer lugar como la región más desigual del
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planeta, definida por una larga historia de desigualdades y exclusiones múltiples por motivos de estatus socio-económico, género y origen étnico. Tan arraigada desigualdad se refleja en una aguda y extendida percepción de injusticia. Colombia es el 14º país con mayor desigualdad dentro de 134 observados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Los altos índices de desigualdad económica y social y la parálisis de los gobiernos de ALC para corregirla, permite deducir hacia qué polo de la desigualdad han estado y están orientadas, tanto las añejas democracias parlamentarias, como la colombiana, o las nuevas, como las Centroamericanas y las del cono sur.
Otro indicador del control de las políticas estatales, a favor de los intereses de los grupos con mayor poder económico, son las barreras impuestas en la distribución del poder político, al acceso al mismo, de representaciones de intereses de los grupos subordinados. El alto índice de abstencionismo electoral, la incidencia negativa de los factores socioeconómicos desfavorables, en la participación electoral de los sectores pobres, excluidos o, discriminados, la baja convicción en la utilidad del sufragio, hacen probable que los elegidos, no incluyan en el desarrollo de los programas de gobierno, los intereses sociales de tan amplios sectores. A su vez, esa baja participación, obtiene como resultante un marcado desequilibrio, a favor, de la representación política de los grupos de poder económico tradicional, frente a la que promueve políticas coherentes a favor de los sectores sociales desfavorecidos, lo que plantea la réplica permanente de políticas de inequidad. La precaria participación y subrepresentación de las mujeres está ampliamente inmersa en los niveles más bajos de esa característica, de tal manera que es parte esencial de la misma; el estudio también concluye que en general, la región aún está muy distante del logro de la paridad legislativa.
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Mucho menos positiva ha sido la evolución de la presencia femenina en otros espacios de poder, como los partidos políticos y los gobiernos locales. La participación de las mujeres en posiciones de liderazgo partidario es muy limitada. Un análisis realizado en 94 partidos de 18 países latinoamericanos por IDEA Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2009, revela que su compromiso con la igualdad de género aún es débil y que sus estructuras no promueven las mismas oportunidades para la participación política de hombres y mujeres. La copiosa investigación, coincide en que, aunque se han reducido con respecto al pasado, las brechas de género en el acceso al poder político –al igual que aquellas por motivo de clase o etnia— continúan siendo un elemento que caracteriza el desempeño de las democracias de la región.
La forma limitada y precaria como participan los mayoritarios sectores de la población, contrasta con el poderío con el que lo hacen los grandes grupos económicos y políticos, que conciben el ejercicio del poder como una eficaz palanca para apuntalar las estructuras sociales y económicas existentes. El financiamiento de las campañas electorales con grandes recursos y la utilización a su servicio de los medios de comunicación más influyentes, son lo que tornan invencibles a los partidos políticos que representan el interés de los grandes grupos empresariales y financieros, esta constante tiende a eternizarlos en el ejercicio del poder. El financiamiento de las campañas electorales en América Latina recae, casi sin excepción, en un círculo extremadamente reducido de donantes, sean personas físicas o jurídicas, reclutadas entre los círculos empresariales de cada país. Los análisis disponibles sobre países como Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y las naciones centroamericanas sugieren la abrumadora importancia de las contribuciones empresariales, recaudadas en este exclusivo círculo social.
Los hechos anteriores, sucintamente descritos, que caracterizan la desigualdad política, en la participación electoral, y los obstáculos al acceso a los recintos de las decisiones del poder, por
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parte de personas pertenecientes a grupos diferentes al entronizado de los grupos de poder económico y social, así como la no independencia de los elegidos para contrariar esos poderosos intereses, marcan el contexto en que se han venido desarrollando, similarmente en los países de la región, las políticas que tienen como objetivo reducir o eliminar la desigualdad, y que para el caso de las mujeres juegan en su contra por partida doble.
Resultó providencial la orientación de la directora de esta tesis, de encontrar el hilo conductor de la misma, en dos aspectos que constituyen la génesis del problema planteado, uno el de la conceptualidad: en teorías, como la de Mill y el otro, el de la práctica: en las del movimiento feminista y en la del movimiento antisegregacionista de la población negra estadounidense que dio origen a la acción afirmativa. Interrelacionar estas dos variables en su evolución histórica, le permitió al análisis, arribar con conocimiento de causa, a los elementos que permitieron dilucidar las condiciones que determinan la solución a los interrogantes planteados y que se pueden resumir de manera completa en los siguientes apartes:
El feminismo desde sus inicios y en cada época introduce desde la óptica de las mujeres, la reinterpretación a manera de reclamo, de los derechos otorgados a los hombres, que a su vez, han constituido siempre, un avance para la democracia y la civilización entera; de entrada, el feminismo, buscó "purificar" los Derechos del Hombre, originados por la revolución burguesa, desentrañando su falso universalismo, que excluía la mitad del universo, su aberrante principio de igualdad, que en la realidad implantaba el igualitarismo formal y dictatorial de la desigualdad de las oportunidades, que ejercitan, en el choque contra las mayorías ciudadanas desprovistas, las elites privilegiados con el poder en sus manos, y especialmente en ese inicio, protestó porque la libertad otorgada al exclusivo grupo de poder económico dominante de "hombres blancos" aherrojó mucho más, las cadenas de la esclavitud que "ataban a la mujer burguesa al cielo" y a la
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mujer proletaria y sus hijos al infierno de la sobreexplotación en la gran industria. Con la publicación “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” de Olimpya de Gouges (1791) como respuesta a la “Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano”, publicada en 1789 y de Mary Wollstonecraft, que por esos mismos años publicó “Vindicación de los derechos de la mujer”. La visión propia de la mujer, apareció en el escenario de la historia, enarbolando la categoría política central que la caracteriza y la convierte en la condición sine qua non que toda investigación, sobre los problemas de la mujer y sus soluciones, deberá tener como su eje central: la de, que la visión de mujer busca como objetivo principal "perfeccionar la democracia"; entendiendo por perfeccionar, la introducción de características a la misma, que la ensanchen, la fortalezcan, le impriman eficacia y posibilidades reales y no demagógicas a los principios fundamentales de libertad, igualdad y justicia sobre los que pretende erigirse.
El otro componente fundamental que acompaña este proceso histórico, conocido como
empoderamiento, es el de la resonancia o duplicidad que la visión o enfoque de género, encuentra en los resortes más avanzados de la democracia, en su centro de poder por excelencia, el legislativo que se ejercita en el parlamentarismo. No es casual que la osadía de Gouges sucumba en el patíbulo de la Revolución francesa, mientras que la débil voz de Wollstonecraft encuentre, décadas después, una pequeña porción de tierra, en la democracia parlamentaria de Inglaterra, la más avanzada de la época, para sembrar su poderosa semilla argumental de esperanza, en la voz solitaria y de
Sororidad del brillante intelectual Mill, y de las innumerables que después fueron sumándose desde todas las democracias del mundo, alrededor del otorgamiento del voto a la mujer, la batalla más crucial librada por el feminismo, en toda su historia. La estrecha correspondencia de estos dos componentes esenciales que se mezclan para, como ya se ha dicho y expresarla en otros términos,
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más críticos y amenazantes para la existencia de la civilización, como en los periodos pacíficos o turbulentos que demandan desde los mecanismos de la democracia, los únicos posibles, soluciones a los problemas urgentes de la sociedad, surgida a partir de la era Moderna.
Cada paso en ese sentido, como el voto femenino conquistado, gracias a la arrolladora movilización de la sociedad a su favor, propiciada por largos años del debate de las mujeres y del amplio accionar de los resortes más avanzados de la democracia, contra las rémoras protuberantes que la dificultan, conducen a nuevas dimensiones la lucha por su perfeccionamiento, que incluye la eliminación por completo de todas las formas de discriminación. En esa dirección histórica, encuentra sentido, lo que se ha vuelto el rasgo común de toda investigación relacionada al tema, cuando llega el momento de la evaluación de resultados, la de registrar avances, pero la de señalar los muchos y mayores obstáculos que aún quedan por remover.
La ausencia histórica de la visión de género, de los centros de decisión y de poder, y las condiciones materiales de existencia de las mujeres y de la ciudadanía valorativa de la democracia, que convierte los momentos de su movilización masiva en excepcionales, ha convertido la acción