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el concepto de posmodernidad para preguntarse sobre su utilidad en el nuevo contexto que implicaría el cambio de siglo. Si bien el análisis de cómo diversos factores pueden hacer pasar de moda un concepto es fundamental (y aquí habría que ver cómo conviven el rechazo a lo nuevo como valor que se defendió desde diversas teorías sobre el pos- modernismo y la tensión entre nuevo y novedad puesta en el centro por Theodor Adorno y retomada por Peter Burgüer para pensar las vanguardias), lo que me interesa del artículo de Foster es la periodiza- ción que arma y los ejes que elige para observar las singularidades de los diferentes períodos. Las décadas de Foster son 1930, 1960 y 1990; los ejes para captar los pasajes son las concepciones occidentales del sujeto individual, del otro cultural y la relación entre tecnología y cul- tura. Y, en una nueva selección de estos tres ejes, me interesa en parti- cular el último, en la última década, y las preguntas que Foster formula en torno a él:

“¿El nuestro es un mundo mediático de generosa interacción, tan inofensivo como un retiro de dinero de un cajero automáti- co o una navegación por internet, o es un mundo de disciplina invasora, cada uno de nosotros un “dividuo” electrónicamente

rastreado, genéticamente registrado, no como una política de un maléfico Hermano Mayor sino como una cuestión administrativa cotidiana? ¿El nuestro es un mundo mediático con un ciberespa- cio que torna los cuerpos inmateriales, o es un mundo en el cual los cuerpos, en absoluto trascendidos, están marcados, a menudo en forma violenta, según diferencias raciales, sexuales y sociales? Claramente, ocurren ambas cosas al mismo tiempo, y esta nueva

intensidad de desconexión es posmoderna.” (Casullo 2004: 324).

Se utilice o no el concepto de posmodernidad, la mención de las nuevas tecnologías es un elemento central en las reflexiones que intentan ha- cerse cargo del contexto actual. Lev Manovich en su libro El lenguaje

de los nuevos medios de comunicación define las cinco características

que determinarían la lógica de los nuevos medios, que son a la vez productores y productos de la transformación de la cultura en cultura electrónica: representación numérica, modularidad, automatización, variabilidad, transcodificación. Es decir: informática, computadoras, internet; la informatización de la cultura. La televisión ocupa un lu- gar ambiguo en todo el libro. La televisión, en tanto tecnología, pare- ce suponer ese lugar paradójico (que se puede leer entre líneas en los datos que Manovich reúne a propósito de la informática, pero que al autor no le interesa explicitar). La televisión no define enteramente el presente pero tampoco puede ubicarse en el pasado. Si por una parte, es deudora y continuadora de los medios técnicos centrales de la mo- dernidad, como lo fueron el cine y la fotografía, en la medida en que muestra una sucesión de imágenes con las que el espectador no puede interactuar (es decir, no posee la lógica de la interfaz), al mismo tiempo es el primer medio electrónico que difunde ampliamente una “pantalla en tiempo real”. Y, sin embargo, mantiene cierta lógica de la “pantalla dinámica”, que es propia del cine (Manovich, 2006: 149-150).39 Un lu-

gar igual de paradójico ocupa en la teoría: si Guy Debord coloca lo te- levisivo en los setenta en el centro de una sociedad del espectáculo que

39 Lev Manovich lista los hechos pero no analiza el papel que puede otorgársele a la televisión si uno “lee” esos hechos: el caso claro es el fenómeno de zappeo. Si por una parte la interfaz de usuario es limitada, la posibilidad del cambio rápido de canal se asemeja a la desestabilización que supone el despliegue de ventanas coexistentes en la pantalla del ordenador, antes que esa desestabilización se expandiera como tal.

sigue planteando en términos de alienación, Jean Baudrillard, desde otra perspectiva, la coloca en el centro de la sociedad simulacral, que ya no puede pensarse según las categorías de realidad y de representación que han regido el S. XX.

Si para Manovich, la informatización de la cultura redefine la cul- tura visual ya existente, es cierto también que la televisión parece ade- lantar, vehiculizar y expandir ciertos aspectos de esa lógica, de manera diferente de lo que podrían hacerlo las redefiniciones del cine y la fo- tografía. En ese camino se orienta el análisis de Martín Kohan (2001) sobre la transmisión del atentado a las torres gemelas en simultáneo con el reality show argentino, y las realidades que se ponen en cuestión. Y esto implica no sólo pensar en la expansión de cierta lógica de la cual la televisión sería la principal distribuidora, como piensa Frederic Ja- meson a propósito de la expansión y normalización de la imaginación catastrófica (Casullo, 2004: 273) o Carlos Monsivais en referencia a la representación de la violencia latinoamericana mediante la ideología del determinismo fatalista (Rotker, 2000), sino también, como hace Kohan siguiendo a Paul Virilio, reflexionar sobre velocidades de propagación de la información que afectan las capacidades perceptivas y sobre los modos en que las imágenes televisivas de un evento de alcance mundial que se articula con otro de masividad local se tensionan entre realidad e irrealidad (interactuando necesariamente y al mismo tiempo con el principio de realidad que rige la televisión).

En un contexto diferente al que se le planteaba a McLuhan en los sesenta, y desplazando, especificando y complejizando, los debates a través de las nuevas reflexiones teóricas y la puesta en juego de apa- rición de nuevos medios técnicos, las preguntas de Manovich y de Kohan confluyen: ¿cuáles son los códigos que regirán (o rigen ya) la percepción, la construcción, de la realidad, en relación con los nuevos medios de comunicación?