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Su mente sabe cuál es la causa de esa irritación que tiene en su piel. Su mente sabe por qué se le congestionan los senos nasales. Su mente sabe por qué desarrolló esa tos. Pero su mente no se lo dice. Usted puede conseguir que su mente le cuente la causa de su alergia. Las siguientes ideas pueden serle de interés.

Supongamos tres situaciones diferentes.

A. La causa es una sustancia conocida entre varias. B. La causa es una sustancia desconocida.

C. La causa es una sustancia o cualquier otra cosa.

A. Cuando la causa de la alergia es una entre varias sustancias o alimentos conocidos, lo que resulta evidente por el tiempo y el lugar en que la alergia se presenta, siga el siguiente procedimiento.

2.Visualice a su médico frente a usted. O, si lo prefiere, visualice a un investigador destacado o a algún científico de renombre por el que usted sienta respeto.

3.Pregunte a esa figura si la alergia puede ser causada por la primera sustancia (nómbrela) o por la segunda (nómbrela).

4.Desplace su atención desde la figura respetada a las sustancias involucradas. Una respuesta surgirá. Acéptela.

5.Compare la sustancia en cuestión con el tercer elemento y repita el procedimiento, desconectando de la figura y permitiendo que una respuesta aflore.

6.Cuando haya comparado todos los alimentos o sustancias presuntamente responsables, habrá una que se presente como culpable en este proceso de elección múltiple.

7.Finalice su sesión.

B. Comemos unos 700 kilos de comida al año. Esta comida contiene casi 5 kilos de aditivos químicos, entre los que se cuentan varios miles de conservantes, agentes colorantes, sustancias que resaltan el sabor, estabilizadores e insectici- das. Cualquiera de estas sustancias podría provocar una reacción alérgica. Es mejor identificar y eliminar el irritante o la comida que lo contiene, que programar la desaparición de los síntomas alérgicos, que podrían reaparecer de alguna for- ma todavía menos aceptable.

Cuando usted no sepa qué sustancias o alimentos pudieran estar implicados, haga lo siguiente.

1.Entre a su nivel 1.

2.Visualice a su médico o a un investigador o científico que respete frente a usted.

3.Pregunte a esa figura qué alimento o sustancia causa la alergia. 4.Desconecte, es decir, trate de imaginar la causa de la alergia.

5.Una respuesta surgirá. Acéptela. La primera impresión suele ser la más fuerte... y la correcta.

C. Es posible que la sustancia que cause la alergia no sea un alimento. Por ejemplo, V.M. había sufrido durante años una alergia por la que su nariz se congestionaba y sus ojos se llenaban de lágrimas cuando entraba en una habitación en la que había rosas. Finalmente fue al médico que le diagnosticó alergia a las rosas.

—Pero, doctor —repuso V.M.—, me pasa incluso con las rosas de plástico. —Eso es algo emocional —contestó el médico tras pensarlo unos instantes. V.M. asistió posteriormente a un curso del Método Silva. Decidió usar su nivel 1 para buscar un momento en su vida que pudiera estar relacionado con las rosas y que hubiera derivado en la reacción alérgica. Se imaginó junto a un calendario y se preguntó cuándo comenzó el problema. Volvió las páginas del calendario hacia

atrás, mes a mes, año a año. Cuando llegó al mes de febrero de su cuarto año de edad, una escena comenzó a dibujarse en su mente.

Sonaba el timbre y su madre abría la puerta. Un repartidor traía unas rosas, regalo del día de San Valentín. Ella las colocó en su mejor jarrón que puso después sobre el piano y volvió a la cocina. V.M. nunca había visto rosas, así que se encaramó en una silla y empezó a tocar y a oler las maravillosas flores. De repente, se cayeron con un buen estrépito. Su madre volvió corriendo a la sala, vio lo que había pasado y empezó a chillarle.

V.M. sintió en su nivel 1 lo que entonces. Pánico.

Su madre ya no iba a quererle. ¿Quién le cuidaría? ¿Quién le alimentaría o le vestiría? Lloró desconsoladamente. Durante todo el tiempo en que su madre limpiaba el desastre y colocaba las rosas en otro jarrón, las lágrimas le corrían por las mejillas.

—No vuelvas a hacerlo —le dijo su madre con cariño mientras le besaba y le acariciaba la cabeza. Dejó de llorar y la escena terminó.

De vuelta en su nivel exterior, V.M. se dio cuenta de lo que había sucedido. A los cuatro años su madre era todo su sistema de apoyo en la vida. Cuando su madre dejó de quererle, sintió su vida amenazada. Toda la experiencia de las "rosas" estaba almacenada en el departamento de supervivencia de su cerebro. Por eso, siempre que estaba en presencia de rosas, incluso años más tarde, sonaba la alarma y las neuronas de su departamento de supervivencia se ponían a trabajar. Tal vez entre ellas se comunicaban de este modo:

—Amenaza para la vida... rosas. —¿Qué hicimos antes?

—Lloramos... y eso nos salvó la vida. —Lloremos, pues.

De esta forma llegaba el mensaje a los ojos, la nariz y el resto de los mecanismos del llanto. Cada vez que se daba una "amenaza para la vida", se reforzaban los síntomas alérgicos como mecanismo de supervivencia.

V.M. decidió visitar una floristería y observar el proceso. Provisto de su nueva percepción, se acercó a las rosas que estaban en un panel refrigerado, lo abrió, aspiró su fragancia y esperó que sus ojos y su nariz empezaran a gotear. No volvieron a hacerlo. V.M. se dio cuenta después de lo que había sucedido. Al identificar lo que había sucedido había pensado: "Esto es ridículo. Mi madre no dejó de quererme en ningún momento. Mi vida no estuvo realmente amenazada. Cualquiera reaccionaría del modo que lo hizo mi madre si le hubiera pasado eso a sus rosas." La nueva comprensión corrigió por sí sola esa programación indeseada. Tal vez las neuronas se hablaron así:

—¡Eh, chicas! Ha habido un error de clasificación. Las rosas no deben estar en el departamento de supervivencia.

Fin de la alergia.

Capítulo 50

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