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entre las "inquitudes personales del tedio" y los "probletas públicos

de la estructura social". Véase Mills, Wright: La itaginación so­

ciológica, FCE, México, 1969 (3a), pág. 27.

varias décadas y, al mismo tiempo, se hacía frente a las posibles rupturas del orden establecido por parte de esos nuevos, desconocidos y peligrosos su­ jetos sociales.

Durante años se había ido perfeccionando el Esta­ do ordenador y creador de sociedad. Esa capacidad de respuesta anticipada a las demandas sociales era, junto a la meticulosidad en el diseño jurídico e institucional, la mejor expresión de esa caracterís­ tica. Dentro del auge petrolero, "el Estado orde­ nador de sociedad es a la vez el Estado de Bienes­ tar: ante la sociedad se presenta como el portador de una serie de soluciones que lograrán, casi por ley natural, mejores condiciones de vida. Estas no son vistas como el producto de las propias condi­ ciones sociales -como tampoco se ve al Estado como resultado de esas condiciones-, sino simplemente como el efecto de la acción de un Estado que existe precisamente para la solución de problemas" (16).

Es justamente dentro de este contexto que surgen los primeros intentos por definir un ámbito especí­ fico de políticas sociales. Vinculado al retorno ai orden constitucional y respondiendo a las expectati­ vas generadas por el nuevo gobierno -sobre la base de un decreto tardío del último gobierno militar- se crea el Ministerio de Bienestar Social. Aunque ante­ riormente ya se habían conformado otras institu­ ciones (como la Junta Nacional de la Vivienda), este es un paso trascendental dentro de la definición de la acción estatal y de la concepción de las acciones en el campo social. Desprendido del Ministerio de

16

Pachano, Simón: "Marco de políticas sociales", IEE Quito, 1989

(mecanog.), pág. 16. La mayor parte de las afirmaciones que se plantea

a continuación están tomadas de esa fuente.

Trabajo, al nuevo organismo se le asigna todo lo residual, lo que no entra en las categorías recono­ cidas y validadas por su vinculación con las activi­ dades laborales. Desde cooperativas hasta bomberos, desde mujeres hasta ancianos, desde niños hasta mi­ nusválidos, todo tiene cabida en este engendro que, sin embargo, no deja de ser un reconocimiento a la existencia de aquellos sectores (y en esa medida un débil asomo de superación de la estrecha visión la- boralista).

Ello no significa que se haya superado la visión paternalista y asistencialista del Estado. Por el contrario, éste sigue siendo, a la luz de sus admi­ nistradores y de la sociedad en su conjunto, el único ente activo, desde el que deben emanar las soluciones, mientras que la sociedad es percibida como el pasivo receptor. Hablar de problemas y solu­ ciones en el campo social es, dentro de este marco, referirse exclusivamente a las acciones que se pueden impulsar desde el Estado y, sobre todo, es aludir a medidas cargadas de un contenido estricta­ mente técnico. Asi, el asistencialismo y el verti­ cal i smo encuentran la cara escondida de su propia medalla: "tecnificación" que lleva a la despoliti­ zación de esas medidas. Entendidas unidirecional- mente como obligaciones del Estado, mal pueden ser concebidas como politicas: son simplemente medidas que deben ser tomadas y en tanto "más técnicas" mejor.

Es reduntante señalar que esto coadyuca en el divorcio Estado-sociedad y que fija con mayor fuerza la linea divisoria ya existente entre ambos. Antes que constituirse en un puente entre aquel y ésta, se convierte en un factor de profundización de la

brecha ya existente de antemano. La tecnificación y su resultado, la despolitización, llevan a los límites más extremos la concepción que ve en el Estado a un ente ejecutor y en la sociedad a una masa informe y pasiva. No se trata de establecer una fluida relación entre uno y otra, sino en el mejor de los casos en impulsar sin mucho énfasis las reivindicaciones coyunturales. De ese modo, no .sólo se deja al Estado en total libertal de acción (una acción definida por los técnicos, los nuevos brujos de la modernidad), sino que se impide la definición del papel activo que le cabría a la sociedad. Es ella misma, en gran medida, la que se autolimita en ese sentido.

El hecho de dejar toda la iniciativa en la cúpula estatal, aún cuando se pudiera tratar de una acción exitosa, conlleva un grave riesgo: la sociedad (en especial los grupos más pobres) pierde la posibili­ dad de expresar toda su capacidad y de manifestar su propio potencial. La despolitización de las acciones sociales, su transformación en problemas exclusiva­ mente técnicos, implica una negación de la idea cen­ tral de democracia e inclusive ‘de la más global de desarrollo en que se enmarcan esos planteam,jntos.

"Al situar la solución de sus necesidades en un nivel que es intencionalmente velado y lleno de códigos indescifrables, se concreta otro tipo de marginación que de hecho se añade al de carácter económico que ya es manifiesto. La marginación política pasa a ser, de esta manera, una condición inevitable para la aplicación de esas políticas: las reivindicaciones populares, las demandas por techo, alimentación, espacio urbano, asistencia social, control de precios, etc., son tratadas como hechos

que no se sitúan en el campo de lo político, así como no se sitúan en ese campo las soluciones que se plantean desde el Estado" (17).

Dentro de ese contexto va cobrando fuerza una noción que ve a lo político -a pesar de manifestarse en un contexto constitucional- como algo restringido al juego parlamentario y partidista. El ancestral carácter cupular de la política ecuatoriana adquiere una nueva dimensión, revestido esta vez de un ropaje constitucional que se autotitula como democracia. La estrechez y casi total ausencia de mecanismos de participación social, así como la priorización de temas socialmente neutros en la agenda política, se convierten en las características más destacadas de esta etapa. Por ello, el discurso político, emitido desde la esfera gubernamental, acerca de la partici­ pación social tiene una connotación puramente retórica que no transciende a quienes deberían ser, por definición, sus interlocutores.

Este es el apropiado escenario en que hace su debut la crisis. Largamente nombrada y sentida, pero no por ello explicada a satisfacción, ésta aparece como la gran sombra proyectada sobre la década de los ochenta. Todos los sucesos -e inclusive las ausencias- se explican por la presencia de ese ex­ traño monstruo que invade economía, sociedad, política, valores establecidos y creencias heredadas. Son los ribetes dramáticos de muchos de los países del continente -debido sobre todo a la mermada pero aún presente disponibilidad de divisas petroleras- la crisis ha sentado su presencia en el panorama nacional, y allí está instalada sin que se avizore alguna solución a corto plazo.

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