La convivencia escolar puede definirse como la formación para vivir en democracia; asumir la tolerancia, el respeto, el diálogo y participación como principios que han de regir la vida (Gómez y Alcocel, 2002), desde otra mirada, convivencia significa “vivir unos con otros basándose en unas determinadas relaciones sociales y en unos códigos valorativos, forzosamente subjetivos, en el marco de un contexto social determinado” (Bravo y Herrera, 2011, p.174). Sin embargo y como método en la escuela, la convivencia es un espacio (un día especifico) donde los estudiantes buscan mejorar las relaciones interpersonales saliendo del aula y el colegio en compañía de la psicóloga; por lo general, se alquila una finca con piscina y cancha de futbol (requisito de los adolescentes). Es el momento de solución de situaciones de conflicto que vienen afectando la convivencia escolar. No obstante, para los adolescentes, las convivencias tienen una connotación muy diferente a la antes definida y descrita. Para ellos, la convivencia se ha convertido en una pérdida de tiempo, en un espacio para la asignación de reproches o virtudes que poco o nada ayuda a solucionar los conflictos entre ellos. Existe un reclamo constante a la psicóloga y especialmente a la forma como maneja las convivencias: La psicóloga se las da de mucho y no sabe nada, nunca hace nada en las convivencias, es hablar una hora y lo demás es para jugar y ya, pero no se preocupa por lo que le pasa a uno realmente (S: F; N: I; I: E. P549). El adolescente es quizá la persona que más identifica y cuestiona si los miembros del colegio (rectora, coordinadora, psicóloga y profesores, entre otros), realmente se preocupan por sus sentimientos o por aquellas situaciones que afectan sus vidas. El tema del trabajo psicológico es mencionado por ellos como un espacio para contar algunas cosas negativas que alteran la naturalidad de las relaciones, pero expresan se hace por requisito u obligación y no por querer ayudar. De esta forma, el departamento de psicología ha perdido la validez y confianza en los adolescentes, y se alude porque reprochan de forma vehemente los pocos espacios para el manejo convivencial: nosotros hemos tenido una sola convivencia que se hace en todo el año (S: M; N: F; I: E. P195).
A continuación se muestran algunos relatos que expresan además de la estructura de las convivencias, la inconformidad, la funcionalidad y las opiniones que se deprenden de ellas:
Pues en las convivencias hablamos de nuestros problemas para poder resolverlos, hablamos casi dos horas y el resto hacemos actividades como por ejemplo jugar y eso. Igual creo que ayudan a mejorar pero muy poco (S: F; N: K; I: E. P343-344).
Tuvimos como convivencia una charla y pues a cada uno nos dijimos lo que teníamos que cambiar, o sea fue como que a Guido por ejemplo que yo quiero que cambies esto y ya. La verdad pues yo en esa convivencia no vi que casi como que hicimos nada hicimos una lectura y la psicóloga nos hizo hacer como una reflexión, pero seguimos igual, nos demoramos por ahí una hora y el resto de tiempo nos pusimos a jugar en la piscina o a bobear más o menos de 9 a 1 pm (S: F; N: L; I: E. P192-194).
El problemas de las convivencias es que le dicen dígale el defecto a los demás y entonces mentimos porque no vamos a decirle los defectos a nuestros amigos, osea el que es amigo defiende al amigo obvio, entonces mejoran más o menos las dificultades (S: M; N: N; I: E. P275).
Las convivencias sirven para recalcar las cosas que uno debe mejorar, pero aun así las cosas siguen mal, se siguen presentando problemas, sigue habiendo inconvenientes aunque hayan tocado el mismo problema sigue sigue sigue no sé cómo decirle. Además que siempre en las convivencias hay un herido porque más son los juegos que lo que hablamos. Desde psicología si se ha visto por lo menos los conceptos de convivencia los manejamos, yo creo que deberían abrir más espacios para reflexionar de verdad (S: M; N: JJ; I: E. P474-476).
De esta manera, los adolescentes ven en las convivencias el espacio de juegos bruscos (heridos), señalamiento de defectos, charlas que profundizan en el concepto de convivir y espacios mínimos para una verdadera reflexión. Se percibe que hay un reclamo constante por la falta de tiempo para el manejo real de los conflictos grupales, y profundizan que son las convivencias un elemento de requisito o cumplimiento que no da solución a la multiplicidad de los problemas del aula. Indirectamente Oscar Erazo (2012) en su artículo sobre la psicología educativa deja entrever el perfil de los profesionales de la psicología y los posibles errores cometidos durante la práctica profesional, que termina dando la razón a los adolescentes sobre el sentir de las convivencias:
A manera de formación en estudiantes de psicología, el programa de la FUP – Uniminuto, ha desarrollado una estructura curricular centrada en el análisis y dificultades que tiene el
estudiante, en los contextos educativos, enfocándose en ejes de conocimiento, como es el de la cognición y el desarrollo del pensamiento, el desarrollo humano sus dificultades e intervención y la psicología educativa, como énfasis profesional, curricular, organización escolar y político, ejes de conocimiento que se centran en el estudio de dos etapas del desarrollo, la niñez y la juventud (p.150).
La preparación de los profesionales de la psicología según la anterior descripción se centra en las dificultades que tiene el estudiante de manera particular, y desde la cognición y otros enfoques, pero al parecer la situación conflictiva grupal no se retoma, no se tiene en cuenta como eje del conflicto, aspectos que si tienen identificado los adolescentes.
3.4.3 Papás jodidos e intocables