sujeto a partir de su encuentro con Dios y las transformaciones que reestructuran sus relaciones con Él y con su propia historia (n. 2.4). Aquí introducimos la idea de la salvación como liberación, y la comunión de los creyentes con el Hijo exaltado como apertura a la presencia perfecta y última con el Padre en la historia. En este sentido, la reconciliación del hombre con Dios, le trae la paz por la pasión de Cristo, y la paz entre Dios y el mundo. La designación de Jesús muerto y resucitado mediante el título de Salvador, en el Nuevo Testamento, puede ser considerado como un intento por traducir el poder liberador del Evangelio en el lenguaje político y religioso del mundo helenístico y romano de la época (Jn 4,14.42). Por eso, el verbo “salvar” es empleado 47 veces en los tres primeros evange- lios, la mayor parte de las veces en los relatos de milagros de Jesús o para subrayar el alcance salvífico de la venida de Jesús, el Revelador y el Salvador del mundo; en la medida en que, por la estrategia de sus diálogos y de sus discursos de revelación, conduce a los hombres a la salvación (Jn 4,42, 12,37).
La salvación aportada por la pasión de Cristo consiste en que la palabra de Dios, que se ha hecho carne, ha venido al mundo. Así, pues, la salvación es el nuevo nacimiento de lo alto que el evangelista Juan llama la vida eterna (Jn 3,3.5). El que cree en el Hijo único enviado al mundo tiene la vida eterna y el reconocimiento de Jesús como salvador del mundo nace de los diálogos y de los discursos en los que se reveló el Revelador y mediante los cuales dio la posibilidad de la fe. Por eso, la salvación consiste en el don de la vida que se promete en la fe: el que cree tiene la vida (Jn 5,19-30). Pero la salvación no pertenece al mundo ni a sus capacidades de comprensión, se transmite en la singularidad paradójica de un acontecimiento cuyo significado escapa a la percepción que la humanidad hace de la realidad. De ello se deduce que la transmisión de la salvación implica una argumentación que desmantela las certezas de la incredulidad, hace que aparezca la distancia que separa el acontecimiento singular y divino del envío del Hijo de la necesaria incomprensión que el mundo tiene de él. Se abre así el camino a la fe como instante de la contemporaneidad con la Revelación divina. La venida de Jesús trae la “salvación” porque es el cumplimiento de
las promesas del Antiguo Testamento y porque Dios, primero por la predicación de Jesús y después por la predicación misionera de los apóstoles, realiza el acto de liberación esperado por su pueblo. Predicar la resurrección es el equivalente de anunciar el Evangelio (Hch 4,2). Es interesante constatar que esta predicación no está fundamentada cristológicamente, sino que el hecho de que Dios haya resucitado al Justo, sirve de prueba para la resurrección de los muertos (Hch 4,2; 17,31). Sin embargo, la promesa de la resurrección no es incondicional: supone la fe en Jesucristo y el bautismo en el nombre de Jesús, que son propios del tiempo apostólico; y también la conversión y el arrepentimiento, que presupone el perdón de los pecados. Por eso, la predicación inaugural de Jesús en Nazaret, está cen- trada en la afirmación del cumplimiento de las profecías (Lc 4,21) y en el anuncio de la liberación, de la curación y del perdón, es decir, en los temas que dominan ya la proclamación de la salvación en el benedictus (Lc 1,68-79).
En resumen, el sacrificio del Salvador en la cruz es una contradicción al pecado del hombre y a la vez el gesto de amor más grande de Dios por la humanidad creada, a través del sacrificio de su Hijo Jesucristo. Por ello, los teólogos cristianos, Metz, Gutiérrez y Tracy, subrayan la importancia de la cristología en su quehacer teológico. Metz enfatiza sobre la memoria passionis, mortis et resurrectionis Jesu Christi como el paradigma central de la comprensión cristiana de la historia de salvación, y de Dios en el horizonte escatológico.
Para Gutiérrez, Cristo es el verdadero pilar central de la acción liberadora de Dios en la historia. Así pues, el ser humano como llamado por Dios en Cristo a ser centro de la creación y a dominarla, por su responsabilidad histórica, está llamado a colaborar por sus actividades en la continuidad de la obra de la creación y ser cooperador de su propia historia de salvación en la búsqueda de la liberación y la justicia. De este modo, el rol liberador y mediador de la auto-creación del ser humano en la historia puede establecer una relación intrínseca entre creación y salvación.75
75 Ver Gutiérrez, Gustavo. En busca de los pobres de Jesucristo: el pensamiento de Bartolomé de Las Casas.
Finalmente, para Tracy, la cristología es la clave interpretativa de cualquier forma de comprensión de la cristiandad y del Dios de los cristianos.76 En fin de cuentas, se entiende profundamente que el poder salvífico de Jesucristo está intrínsecamente ligado con su pasión y resurrección cuya memoria ha sido transmitida en la Historia.