consagrar, y después de la consagración hasta la comunión, y lo que se hace después; que son tres cosas. Digo que yo tuve una memoria con abundancia del buen espíritu, que fuese bien elegir tres tiempos acerca de Cristo. El uno, antes de la Encarnación; el segundo, durante su vida en este mundo; el tercero, después de su Ascensión. Asimismo de nuestra Señora, lo que padeció hasta que concibió a su Hijo; segundo, desde allí hasta la muerte y ascensión de su Hijo; tercero, después que su Hijo subió a los cielos hasta la muerte de ella. Y de esto me vinieron unos avisos para recibir algunos buenos deseos que se me comunicasen nuevas gracias para mejor conocer y amar a Cristo nuestro Señor, por la intercesión de su madre; y esto a propósito de lo que yo he dicho en la misa,
a la Encarnación, que recordaba en esa parte de la misa que va hasta la consagración; segundo, dones que fuesen al propósito de lo que es en Cristo desde la Encarnación hasta la Pasión, que recordaba en esa parte de la misa desde la consagración hasta la comunión; tercero, todo cuanto es a propósito de lo que es desde la Pasión hasta el día del juicio.
97 Asimismo, a propósito de la devoción que tengo a nuestra Señora, deseaba que todos
los años nuestro Señor, conforme a los tiempos que son entre fiesta y fiesta de nuestra Señora, me diese gracia, de acuerdo a las gracias de las cuales estaba llena nuestra Señora, tomando un tiempo desde la concepción suya hasta que le fue anunciado el Hijo de Dios, que debería ser de continuas preparaciones para al final poder decir realmente:
He aquí la esclava del Señor[386], ya hecha tabernáculo del Altísimo, etc.; otro tiempo desde allí hasta la muerte del Hijo, que fue tiempo de su compasión; tercero, desde allí hasta la Asunción, tornando después al principio, etc.[387], de modo que nuestro Señor me diese la gracia de sentir a Cristo presente, por verdadera compasión e imitación, y después la gracia de sentir su ausencia con santos deseos de seguirle a la gloria después de haber cumplido aquí su santa voluntad.
98 En el mismo día de la octava de la Asunción, asimismo a propósito de pensar cómo la
pasión de Cristo y la compasión de nuestra Señora sean como escala para subir directamente a la Ascensión y a la Asunción, yo tuve gran devoción, ofreciendo estos conocimientos altos y bajos de todos los bajos y altos, con deseo que en el porvenir nuestro Señor me diese gracia de nunca tener tristeza ni alegría, sino según que Cristo se alegró y entristeció con su madre[388].
24 de agosto
99 El día de san Bartolomé apliqué la misa, entre otras cosas, por todos los trabajos que
al presente tuviesen algunos y cualesquiera hermanos míos, o amigos, etc.; trabajos, digo, no solamente los presentes más también los pasados y por venir; para que sea el tal sacrificio un suplemento en la debida acción de gracias, y para demandar perdón, y para las gracias que se deben buscar por medio de las tales tribulaciones.
100 Asimismo tuve una devoción y deseo sobre cosa posible, es a saber, que yo
estuviese en presencia de todos los mártires para poder decir sobre cada uno de ellos:
Que te escuche el Señor el día del peligro. Que cumpla el deseo de tu corazón y que dé éxito a todos tus planes. Que el Señor te conceda todo lo que pides y que le agraden todos tus sacrificios[389]. Todo esto tuve con buen sentimiento de espíritu.
101 El mismo día, cuando yo quería decir completas, y viéndome muy triste y amargo
en mi ánima, porque todo ese día, y aún desde las vísperas del día anterior, yo había estado muy agitado, renovándose unas viejas enfermedades mías y flaquezas, y pareciéndome que en tal día no quisiera haber sentido tantas agitaciones sino del buen espíritu, ni distracciones en mi oficio de rezar, etc., vínome una consolación según la cual por ventura quería nuestro Señor que en semejantes días yo me hallase más bajo y más cercano de mis viejas llagas, para que los santos de ese día las vean y tengan especial cuidado de rogar a Dios nuestro Señor que me saque de tales imperfecciones. Y es cierto que desde más de un año a esta parte, casi siempre en las mayores fiestas, me encontré fuera de aquel espíritu en el cual está la devoción, la paz, las lágrimas, etc.[390].
Así que en esto tuve grande esperanza y de veras rogaba a nuestro Señor que así fuese para que no solamente su majestad, mas su madre, los apóstoles, san Juan Bautista, santa Ana, la Magdalena y otros santos tuviesen conocimiento por este camino de mis necesidades espirituales[391].
25 de agosto
102 El día de san Luis, rey de Francia, tuve mucha devoción aplicando la misa en
nombre del cardenal por quien había de decir misa, queriendo satisfacer en su nombre a cuanto él puede deber, a la honra de este santo y al bien de todo el reino de Francia, en el cual son hechos tantos bienes y perdonados tantos pecados, y al presente hay tantas necesidades corporales y espirituales; digo que yo la apliqué por él y por toda la Francia pasada y presente y por venir con todos sus reyes, condes y duques y otros señoríos, señores y arzobispados, obispados, abadías, parroquias, universidades de estudios, ciudades de cualquier condición; y sobre este discurso hallé mucha devoción, deseando que nuestro Señor lo concediese, mencionando que deseaba que lo mismo se realizase en todos los otros reinos[392].
103 Un domingo diciendo mi oficio, advertí algunas palabras de los salmos, en especial
aquellas: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; y también, Señor, mi roca, mi alcázar,
mi liberador; Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo, mi fuerza salvadora, mi baluarte[393]. Y ponderaba esas palabras con fe y esperanza en el Señor y con gran deseo de amarle.
Después, considerando que la fragilidad humana es mayor y su corrupción más fácil y la disolución del cuerpo es más rápida que la de otros cuerpos, considerando asimismo que el alma es tan ciega y el espíritu tan perverso en sí mismo para juzgar sus necesidades y lo que es menester para buscar los remedios de su carne y de su alma, es decir del alma y de la carne de su cuerpo, en el cual vive, etc., vínome mucha devoción,
de mi cuerpo y que la fortificase y santificase; al Hijo encomendando también el alma para que la quisiese alumbrar y santificar; asimismo al Espíritu Santo encomendando el espíritu para que quisiese hacerlo de tal manera bueno que nunca se olvidase de su oficio en favor del alma.
Por alma entendiendo la parte sensitiva juntamente con la porción inferior de la razón que naturalmente raciocina y discurre acerca de lo que por los sentidos se percibe; mas por espíritu aquella porción superior que se ocupa de las cosas divinas, recibiendo por medio el Espíritu Santo, de los ángeles y asimismo de la fe, que es por la predicación[394], sus raciocinios, y sus deseos y afectos, etc.[395].
Rogué también al Hijo que todo lo que he dicho me lo concediese al recibir su Cuerpo preciosísimo, su alma y divinidad existentes en el sacramento.
29 de agosto
104 El día de san Juan degollado, hallándome algo distraído y viendo la dificultad que es
volver en sí, tuve mucha devoción pensando cómo en el santísimo sacramento está propiamente la gracia para volver en sí, el cual siempre quiere entrar en nosotros, guiándonos y conduciéndonos a la conversión de nuestro corazón para que siguiéndole, entremos cada día más y más hacia lo profundo de nuestras entrañas[396].
A san Juan Bautista rogaba que siendo él la voz que clama en el desierto: Preparad
el camino del Señor[397], me enseñase el modo de preparar tal vía al Señor.
105 Desea, pues, de nosotros Cristo estas dos cosas principalmente: que aprovechemos
en levantar nuestro espíritu al cielo, y que entremos y penetremos dentro de nosotros mismos hasta que encontremos que Dios está en nosotros, porque en otra parte no se ha de buscar el reino de Dios nuestro Señor, sino dentro de nosotros mismos y en los cielos[398].
Cristo fue levantado en la cruz y al fin subió a los cielos para traernos a sí mismo[399]; y se dio a sí mismo en el sacramento para alimento de nuestra alma para que tuviéramos camino por el cual le trajéramos a él hasta nosotros, conforme a aquello:
vendremos a él y haremos morada en él[400] y conforme a lo otro: si alguno abre,
cenaré con él[401].
106 Mientras rezaba el oficio de santa Sabina, mártir, vínome devoción de tener al
mismo tiempo memoria, en todas las horas[402], de santa Serapia, virgen y mártir, la cual, teniendo conversación en casa de santa Sabina, la convirtió.
107 El mismo día, considerando cómo los pecados, no solamente carnales, sino casi
todos se hacen con mucha aplicación del espíritu, pensando sobre las materias de ellos, hablando, mirando, oyendo, etc., tuve un discurso para rogar a nuestro Señor que quisiese impedir los malignos espíritus, para que no tentasen tanto a los hombres, que sobre la gula hoy en día hay tanta plática de palabras y más de pensamientos y de afectos, de los que resulta ese estar, por decirlo así, comiendo aun con el espíritu; y así respecto de otras cosas del cuerpo, aun lícitas, en las cuales ponen los hombres toda su alma, como si con el alimento del cuerpo y la provisión de las cosas, que él necesita, quisieran alimentar también el alma y proveerla de lo necesario; siendo así que debe tener otro alimento y no deleitarse en esas cosas en que se deleita el cuerpo. De aquí proviene que en estos tiempos los sensuales hacen más graves sus pecados porque aplican demasiado a ellos el espíritu y sumergen su alma en las inmundicias de su cuerpo. Y aun los mismos casados manchan el lícito tálamo con excesos y torpezas, buscando saciar los deseos del alma al mismo tiempo que los de la carne, de lo cual viene luego el excesivo desvío y apartamiento de las cosas divinas.
108 Por esto no puede ya el espíritu hallar su alimento adecuado.
Fuera mejor traer el cuerpo hasta el sentimiento del alimento espiritual de su alma y espíritu, de tal suerte que cuando viéremos alguna obra de Dios, u oyéremos sus palabras, o con nuestras manos tocáremos algunas cosas santas, se fuese el espíritu entero hacia todas esas cosas y arrastrase consigo la parte sensitiva del alma a la percepción de aquellas mismas cosas. Porque esto es en verdad salir uno de sí mismo a los pastos[403]. Verdad es que esto no se puede hacer bien, mientras no llevemos todo a nuestro interior, es decir, mientras no estemos totalmente recogidos en nuestro interior, dispuestos a vivir allí; lo cual conseguiremos cuando nos esforcemos tanto que de todo punto estemos apartados de los sentimientos sensuales. Menester es, por lo tanto, pedir a Dios que de tal manera nos levante al cielo y a la contemplación de todas las cosas puramente espirituales, de modo que todas las otras vengan al fin a hacerse en nosotros en cierta manera espirituales y se capten en un modo espiritual; y esto es mucho mejor que si se nos diera una cierta gracia del Espíritu Santo, con la que sintiésemos estas cosas de acá abajo santa, pero en cierto modo sensiblemente.
109 Levanta, pues, ya tu alma a aquello, en que nada hay que con los sentidos se pueda
percibir; como es, por ejemplo, la divinidad de Cristo, que es la del Padre y la del Espíritu Santo. Busca a Dios donde ninguna otra cosa puede hallarse más que Dios; esto es, en sí mismo.
Después de Dios, así considerado en su divina naturaleza y personas, busca a Cristo hombre más en el cielo que en la Tierra; después busca a la bienaventurada Virgen, y en Cristo y en la Virgen más el alma que el cuerpo. Después de la Virgen corpórea sean los espíritus angélicos y las otras almas de los bienaventurados que están en los cielos.
Por estas cosas, y con el orden dicho, se ha de ir buscando a nuestro Padre en los cielos y se le ha de hablar, dado que en sí mismo no podamos hallarle ni imaginarle. Pero en la Tierra, cuando quieras que tu conversación sea en el Señor y no sepas levantarte a las cosas del cielo, si tu consideración es de lo ya pasado, contempla primeramente a Cristo, y todas sus palabras y todas las de la Escritura sacra y contémplale también crucificado; pero si es de lo futuro, contémplale cómo bajará cuando venga al juicio.
110 Y así consiguientemente retrocediendo por toda la vida de Cristo, si se busca el
modo de que adelante nuestro espíritu en perfecciones. Después de Cristo ninguna mejor conversación que la que se ocupa en la vida y hechos de la beatísima Virgen María; porque en ninguna otra parte hallarás más eficaz ejemplo de padecer con Cristo, de seguirle y de servirle, etc. Después de la Virgen vienen los santos, los mártires, los eremitas y los demás que abandonaron el mundo y despreciaron los bienes de este siglo, en los cuales se halla también a Dios y tanto más cuanto en vida fueron más santos y más espirituales. Después de estos hombres vienen las otras obras de Dios, de creación, y de redención y todas las otras en que hay algo que considerar que sirva para edificarnos.
En tiempos de angustias se aprovecha uno de ambos modos; esto es, considerando las penas que pasó Cristo y los males eternos y considerando también la resurrección y la gloria; pero en tiempos de prosperidad, aprovecha más la consideración de la pasión y de todo lo que nos humilla[404].
111 El mismo día de santa Sabina, considerando a Cristo nuestro Señor bajo las especies
del pan y del vino, me vino un cierto sentimiento muy bueno cómo su infinita bondad quería tomar el oficio del pan y del vino material y su forma, para alimentar nuestras almas y reformar nuestros cuerpos en vista a una existencia mejor que la que puede causar el pan material o el vino.
1 de septiembre
112 En el día de san Gil, abad, después de hacer una plática a ciertas personas que
habían de comulgar, y después de acabada la misa, me fue dado un gran espíritu con deseo de predicar, como otras muchas veces antes de ahora se me ha dado. Y así propuse entonces, con mayor firmeza que antes, trabajar cuanto pudiese en Alemania para poder predicar o enseñar[405]; porque si no resultarían grandes inconvenientes de tan grande y tan largo silencio.
Sentí también entonces que convenía en adelante atender mejor a obedecer al espíritu que me excita a fervor en las obras de la palabra del Señor, cuales son las pláticas
también en otras reuniones de hombres o en las casas, o fuera de ellas, aunque sean pocos los que me puedan oír[406], y asimismo en las mesas en presencia de los príncipes y magnates.
113 En la dominica primera de septiembre, aplicando mis discursos y en especial el
discurso de los misterios de la vida, muerte y resurrección de Cristo en sufragio del alma de cierto difunto, que era el doctor de Cornibus, teólogo parisino, cuya muerte me había sido entonces anunciada, y por el cual iba yo a decir misa, sentí gran devoción en tal discurso, pidiendo perdón en nombre suyo en cada uno de los misterios, con grande conocimiento de que no había imitado al mismo Cristo, ni a los que a Cristo servían y obedecían, en adorarle, reconocerle, oírle, compadecerle y pedirle gracias y todo lo necesario.
Poníanseme también aquí delante aquellas otras cosas en que el dicho difunto pudo haber pecado y faltado a la perfección que hubiese podido alcanzar. Por ejemplo, pedía perdón por todo aquello en que por ventura delinquió acerca de su obediencia, pobreza y castidad; porque era fraile de san Francisco. Asimismo por los defectos en el enseñar, pues era doctor y predicador. Igualmente de la curiosidad y deseo superfluo de saber. Asimismo de la vanagloria que suele perseguir a hombres tan grandes[407].
Y en aquel lugar de la misa en que se hace memoria de los difuntos, es a saber, en el tiempo que me detenía en el Memento con bastante grande elevación de mi ánimo, se me ofreció rogar al Padre celestial que tuviese a bien ser glorificado en aquella alma, y asimismo al Hijo y al Espíritu Santo y a la bienaventurada Virgen María que se dignasen admitir la misma alma a la jerarquía de los doctores laureados, conforme aquella promesa, que los que fueren doctos y enseñaren a muchos la justicia, resplandecerán
como estrellas por toda la eternidad[408].
27 de septiembre
114 En el día de los santos Cosme y Damián sentí ciertos deseos grandes e íntimos con
respecto a la veneración del santísimo sacramento y de los santos que están en el cielo, y a la veneración y culto que se ha de dar a las imágenes y reliquias de los santos; y había querido de buena gana poder estar siempre delante del santísimo sacramento en cuantas partes se guarda en Alemania, y lo mismo delante de cualquier imagen de Cristo o de la Virgen, madre de Dios, o de cualquier santo o santa. El cual deseo porque no se puede cumplir[409], rogaba al Señor que por medio de nuestros ángeles custodios supliese nuestros defectos en este culto y los defectos de otros, de manera que lo que deberían hacer las personas, se haga por los ángeles que las guardan.
115 Además, considerando, y también con alguna elevación de mi alma, que Cristo
sentado a la diestra de Dios Padre ve también con los ojos de su humanidad todo lo que hay debajo del sol, tantas obras de ingratitud y de malicia, tantas blasfemias contra Dios, etc., sentí una cierta admiración de tanta paciencia y bondad de Cristo, que tan poderoso es en el cielo y en la Tierra; y del mismo modo consideraba lo que significa crucificar al Cordero mortal y descuidar al que ya reina y triunfa en el cielo. Y así, en su paciencia, aquel que ya vive y reina, parece distribuir el bien en proporción del mal con que se le responde.
29 de septiembre
116 En el día de san Miguel Arcángel, tuve muchas contemplaciones y afecciones llenas
de piedad a propósito de él y de todos los ángeles.
Diciendo el oficio, tuve un gran deseo[410] que los ángeles alabasen a nuestro Señor cada vez que se dicen tales palabras, como quienes las sienten y entienden mejor; y así también deseaba que hiciesen los santos, no solamente los que se nombran en las oraciones, mas todos; y que el rezar mío, palabras y pensamientos, les fuesen siempre ocasión de alabar a nuestro Señor, o hacerle gracia, o de pedirle gracias por nosotros; y que por mi inadvertencia no dejen ellos de notar las buenas palabras que con mi lengua sean proferidas, y así los gestos o señales que se hacen por Dios, aunque muchas veces en sola la fe de la Iglesia, o en la fe personal, aunque solo sea la habitual[411].
117 En el ofertorio de la misa tuve cierto deseo que fuese aplicada y supliese a gloria de
san Miguel y de todo su ejército, como si ellos hubieran en este mundo, tomando un