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4.3 Distributed Data Systems

4.3.3 Project Voldemort

acostumbrado discurso de los misterios de la vida de Cristo, sobre la Anunciación, en la cual consideraba que la bienaventurada Virgen se ofrecía a sí misma toda entera para esclava del Redentor, me vinieron grandes y óptimos deseos de que en cualquiera cosa que haya de hacer, primero tenga recta intención por gracia de una cierta anunciación[306], y asimismo que todas las mujeres, antes de concebir, dirijan su

mismo modo de los padres corporales y de los espirituales que tienen hijos espirituales o discípulos que les son obedientes. Deseaba además que cuantas cosas veo ahora que me aprovechan de mis buenas obras, o de los trabajos, o de los estudios pasados, fuesen como si yo las hubiese ordenado todas desde el principio de mi vida a la utilidad de estos alemanes[307].

43 Al contemplar la Visitación, considerando la gracia de la Virgen, la cual tanto agradaba

al Altísimo que hasta pudo alcanzar la santificación de Juan Bautista, deseaba que la misma Virgen se dignase visitar mi alma y mi cuerpo y cuanto ahí hay de bueno, y alcanzar que sea santificado y sea grato a Dios y si algo hay impuro, que sea limpio.

Sobre el lugar que habla de los pastores, que vinieron a Jesús recién nacido, demandaba esta gracia: que se dignase el Señor corregirme enteramente y elevarme a cosas más altas, como corrigió a los pastores, cuyos deseos eran de cosas bajas y conforme a ellas sus pensamientos más así como con los pastores deseaba ser elevado en mi espíritu, con los magos al contrario intensamente deseaba ser abajado y humillado en mi corazón y en mis deseos[308].

44 El mismo día en la misa, considerando que Dios es compasivo y misericordioso y que

atiende al trabajo y al dolor, y asimismo que todas las cosas le son presentes, rogábale que se dignase tener piedad de esta nación alemana y compadecerse de ella, como si ya ella estuviese padeciendo los males todos que la amenazan, si no vuelve a la fe católica y a la devoción de la religión romana.

9 de julio

45 En la octava de la Visitación, considerando que era aquel el día en que un año antes

había hecho mi profesión, tuve gran devoción sobre mis votos, pidiendo gracia a Dios Padre para perseverar y para ir continuamente creciendo en castidad, con la cual debe mi carne reedificarse y hacerse fuerte contra sus propias fragilidades, que se echan de ver principalmente en sus concupiscencias carnales. Al Hijo encomendaba el cuidado de mi obediencia, puesto caso que él mismo me hizo obediente hasta la muerte. Al Espíritu Santo encomendaba mi voto de pobreza, rogándole que de tal manera me quiera siempre mantener en el afecto de la pobreza, que nunca deje el efecto de ella.

Asimismo rogaba que mis tres potencias fuesen siempre creciendo en el conocimiento, memoria y afecciones conforme a los dichos votos, y que para eso el Padre influyese poder en cada una de ellas, teniendo especial cuidado de mi memoria; el Hijo que influyese sabiduría y luz a cada una de ellas, en especial teniendo cuidado del entendimiento; el Espíritu Santo que inspirase sus dones a cada una y especialmente tomando cuidado de la voluntad. A la Santísima Trinidad que es una en su esencia,

rogaba que recibiese mi corazón en su unidad[309], derramando los atributos personales en las tres potencias.

A nuestra Señora rogaba que ella fuese abogada para todo, siendo ella tan verdadero dechado de la virginidad, de la obediencia y de la pobreza, teniendo la carne purísima, el alma limpísima, el espíritu santísimo; siendo hecha cada una de estas gracias con tanto poder de la divina virtud y con tanto saber y con tanta bondad que cada una bastaría para mantener las otras dos en su limpieza propia; porque la carne, tan perfectamente limpia, bastaría para que ninguna suciedad pudiese ni supiese allegarse al alma ni al espíritu; y asimismo un espíritu lleno de dones, que bastaría a abstraer el alma de tal manera que ni en ella ni en su carne pudiese entrar cosa no purísima; asimismo el alma con tanta perfección que bastaría para dar lustre al espíritu y a la carne[310].

15 de julio

46 En el día de la dispersión de los apóstoles[311] tuve unos grandes deseos de que la tal fiesta fuese en gran veneración y universal. En la oración tuve grandes consideraciones y deseos de que todos los apóstoles siguiesen a Jesucristo hasta mi casa, porque sabrían mejor honrarle, ministrarle, entender su voluntad y sus pláticas y palabras, excusándome a mí que no sé bien hacer semejantes oficios. También se me ofrecieron muchas peticiones en favor de mis hermanos dispersos.

17 de julio

47 En el día de san Alejo tuve una consideración, estando en el discurso de los misterios

de Jesucristo, y en la consideración de los tres reyes, con gran deseo de que la peregrinación del padre Juan[312] fuese en reconocimiento de la peregrinación que hicieron los tres reyes para venir a adorar a Cristo y que era razonable que ellos fuesen visitados en sus reliquias, pues habían hecho tal honra a nuestro Señor.

De aquí se me ofrecieron unas memorias sobre la peregrinación de san Alejo, de Santiago, de san Roque, de Jesucristo, de nuestra Señora, de los apóstoles, etc., y de todas tomaba yo esperanza de que estas serían muy aceptadas a nuestro Señor y a todos los santos, sobre todo en estos tiempos y en estas partes, donde ya tan pocas peregrinaciones se hacen por las herejías que le quitan la estimación y precio tan importante a semejantes obras.

que a veces tuviese todas mis tristezas y amarguras sobre tres cosas o alguna de ellas: 1.º por conocer y por no temer no ser grato delante de nuestro Señor y sus santos por mis imperfecciones y propios defectos; 2.° por estimarme lejos de nuestro Señor; 3.° por temer ser infructuoso, considerando el poco fruto que un hombre por sí mismo puede hacer.

De aquí me venía gran deseo, primero, de que nuestra Señora me favoreciese haciéndome grato a nuestro Señor, ella que era llena de gracia; segundo, que pues el Señor fue siempre con ella, que hiciese de tal manera que él no estuviese tan lejos de mí; tercero, que pues ella es bendita entre todas las mujeres, que yo merezca no estar entre los hombres malditos; cuarto, pues es bendito el fruto de su vientre, me conceda gracia de hacer algún buen fruto en servicio de Cristo nuestro Señor[314].

49 Un día, cuando el padre Juan quería comenzar su peregrinación a Colonia, tuve unos

grandes deseos de que su peregrinación fuese muy acepta a Dios nuestro Señor y a su madre, y a los ángeles, y a todos los santos, en especial a los tres reyes y a santa Úrsula con toda su compañía, para provecho del mismo padre Juan, para la pacificación de los tumultos de las guerras, para la serenidad del tiempo, para la recompensa del bien que España ha recibido a causa de las muchas buenas peregrinaciones que en ella han hecho los alemanes en el pasado, visitando Santiago, nuestra Señora de Monserrat, de Guadalupe, etc.[315]. También para que las rutas sean protegidas de los ladrones y de los restantes peligros; además para aplacar a nuestro Señor y a sus santos por las ofensas que se han hecho de unos años acá al vituperar las peregrinaciones, así como las otras santas y pías obras de penitencia y honra de Dios y de sus santos, y obras de cualquier piedad. Asimismo se me ofrecía una profunda moción espiritual, que me llevaba a estimar en mucho, cualquiera buena obra hecha por solo Dios nuestro Señor y a gloria de sus santos.

50 También me venía gran sentimiento de dolor por ver cómo las obras de los santos ya

no se contemplaban, ni se ponderaban, tampoco las obras de la vida de Jesucristo y de su santa pasión. En especial me dolía que las pasiones y martirios de los santos no se mirasen con mucha atención, habiendo sido ellos tan preciosos y aceptos a Dios nuestro Señor.

Aquí noté cuatro puntos de donde, entre otros, se puede ver si la obra es de estimar. Primero es mirar qué es lo que se hace, por ejemplo, si tiende al honor de Dios, a la gloria de los santos, o a hacer penitencia en utilidad de uno mismo o del prójimo; segundo, por qué se hace la obra, mirando el fin e intención del que obra; tercero, con qué espíritu se hace, es decir, si es por temor servil o bien por el filial, o por amor de Dios o del prójimo, o por algún afecto religioso y verdadero que mueve a la voluntad[316], o bien una legítima exigencia de la conciencia, a la cual se somete la voluntad, etc.; cuarto, mirar la aceptación divina, tan liberal, tan buena y tan

misericordiosa, que tiene en cuenta la pena y la tristeza[317], pues de él se dice que honrará a los que sirvan a su Hijo Jesucristo[318], y también quiere que el mismo Cristo sea el gran ángel que lleva el incensario de oro, como el único capaz de dar valor a nuestras buenas obras[319].

21 de julio

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