7.2.2 ‘COMMUNITY’ AS PROXY FOR ‘TRUTH’
7.3.4 DISTRIBUTING RESPONSIBILITY BETWEEN INSTITUTIONS
Besar a Cassandra fue como volver a casa después de un largo viaje. Tratar de ir paso a paso y no abrumar a Cass fue más difícil de hacer que de decir, porque estaba siendo bombardeado por emociones nuevas y distintas, y una sensación de intimidad que nunca antes había sentido.
Hacía años que alguien conseguía traspasar sus barreras. Casandra Gambrel amenazaba su forma de vida y su salud mental, y las preguntas se abrieron paso rasgando el momento, pero rápidamente quedaron olvidadas cuando el deseo le hizo hervir la sangre. Dios, era una maravilla tenerla en los brazos. La delgadez de Cass, su fragilidad, no le habían parecido tan evidentes antes de abrazarla, y sus labios se abrieron junto a los suyos en total rendición. La oyó gemir al primer contacto de sus lenguas, y él reprimió un suspiro. El aire de la noche estaba empapado del dulce aroma del jazmín, que no llegaba a ser tan dulce como su aliento. Sabía vagamente a vino y a algo más, mucho más sutil.
Su pelo era más suave que la piel de un visón, y se deslizaba en su palma como la brisa fresca del océano. Pero él quería más. Quería sentirla sin vaqueros y sin camiseta, quería disfrutar de la suavidad de su cuerpo, saborearlo con sus labios, acariciarlo con los dedos, hacerle el amor con su propio cuerpo, y sí, también con el alma. Quería sentir sus piernas largas y delgadas enroscadas en su cintura mientras él le comunicaba el ritmo frenético que corría por sus venas.
Pero un gemido se escapó de su garganta porque sabía que aquel abrazo tendría que terminar así, porque Cass no era el tipo de mujer que se acostaba con un hombre en la primera cita.
Cass se movió hasta que sus cuerpos quedaron completamente pegados, y Rafe disfrutó como nunca habría imaginado sólo de saber que podía hacerla reaccionar de aquella manera. Años de experiencia le habían dado el conocimiento íntimo del cuerpo de las mujeres, y sabía que podía hacer que su cuerpo le deseara tanto que años de escrúpulos y moral no tendrían ni una oportunidad de sobrevivir.
Aquello le hizo sentirse mal, apartó a Cass y se levantó, y apoyado en la barandilla del porche, respiró profundamente. Hasta se obligó a contar hasta cien antes de volverse hacia Cass.
—¿Rafe?
Aquella voz le encogió el corazón. No quería mirarla, porque sabía que si lo hacía, sus buenas intenciones se esfumarían como la niebla. El control era una noción olvidada frente a aquella mujer. ¿Por qué tendría que haberla besado?
Pero lo sabía muy bien. Llevaba días pensando en aquellos labios, en su cuerpo, en su forma de moverse, en sus piernas tan largas…
—¿Rafe?
Su voz sonaba asustada e incierta. Él siempre había salido con mujeres que sabían lo que querían, pero ése no era el caso de Cass. Estaba tan lejos de su estilo de
vida como Júpiter del Sol. ¿Por qué la única mujer que le había hecho sentirse vivo tenía que ser la única que no podía tener? Lo sabía con tarta certeza como que sus padres estaban muertos; igual que había aceptado que nunca volvería a experimentar la sensación de formar parte de una familia igual que había aceptado que había sido su propia falta de control lo que había provocado su muerte.
Por fin la miró. Estaba hecha un ovillo, como un ratoncito asustado, y Rafe se sintió como si fuese un enorme pájaro que hubiese malherido al ratón pero que no fuese a terminar con la presa. La sensación no era nueva para él. Ya la había experimentado durante las largas horas de vigilia en las que había permanecido sentado junto a la cama de Angélica rezando porque pudiese conservar la vida.
Bajó del porche sin decir una palabra, consciente de que se estaba comportando como un bastardo, y se preguntó cómo iba a ser capaz de volver a enfrentarse a aquellos ojos color avellana sin ver las lágrimas y el dolor que le había causado.
Cass llamó con los nudillos a la pesada puerta de roble y esperó a que Rafe apareciera. Aquella mañana había probado con todas las excusas imaginables para intentar evitar tener que venir a su casa, pero tres miembros del consejo la habían llamado para protestar por la decoración del jardín de Rafe. La enorme figura de una joven lavándose las piernas y aquellos horribles tulipanes de colores tenían que desaparecer, y debía cortar el césped.
Se sentía fatal; además, no había podido pegar ojo en toda la noche. El abandono de Rafe la había herido, pero se había prometido a sí misma no volver a mostrar ni una sola emoción con él. Estaba decidida a demostrarle que primero era una profesional y que sólo estaba interesada en él como vecino. Estaba dispuesta a olvidar el episodio de la noche anterior o a morir en el intento.
Andy iba a pasar el día en casa de un amigo y ella quería terminar cuanto antes con aquel asunto y ausentarse después. La idea de pasar todo el día sola en casa teniéndole a él al otro lado de la calle le era insoportable.
La puerta se abrió por fin y una bocanada de aire fresco la invitó a entrar, mezclada con el olor a madera nueva y a moqueta recién puesta.
Rafe tenía los ojos enrojecidos y no se había afeitado, lo que le daba cierto aspecto desvalido. La miraba inmóvil y, tras pasarse una mano por el pelo, hizo un gesto invitándola a entrar.
Cass quería imprimir un carácter impersonal a aquel encuentro, y no podría conseguirlo entrando en su casa, así que declinó la invitación con un gesto de la cabeza.
—Cass, yo…
—Señor Santini —le interrumpió, e hizo una breve pausa para asegurarse de que tenía su atención—. Estoy aquí en nombre de la asociación. He recibido varias quejas por los adornos del jardín, y el césped debe ser segado.
Él fue a tocarla, pero ella se apartó sin querer. Mirándola fijamente, Rafe avanzó, pero Cass se negó a retroceder.
—Está bien. Lo segaré hoy mismo —contesto él, y salió al porche—. Cass, yo quería…
—Señor Santini, tiene tres días para cortar el césped. De no haberlo hecho en ese plazo, se le multará.
No quería pensar en lo que había pasado la noche anterior, y mucho menos pensar en ello, pero Rafe era tan testarudo… ¿Por qué no podía ignorarlo todo como había hecho ella?
—Ya te he dicho que lo haré hoy —espetó, molesto, y no podía culparle por ello. Tenía la cabeza como un ordenador saturado. En fin, que había llegado el momento de marcharse antes de que pudiese perder el control de sus emociones y el orgullo le empujase a saber por qué la había abandonado la noche anterior.
—De acuerdo. Adiós, señor Santini. No olvide quitar los adornos del jardín. —Cassandra Gambrel, no te muevas de donde estás.
El tono glacial de su voz la convenció, y deteniéndose, le miró por encima del hombro.
—¿Tienes alguna pregunta que hacerme sobre el Protocolo de Propietarios? —le preguntó, rezando porque fuese así. Porque si intentaba mencionar lo del beso una sola vez más, iba a perder la batalla.
—Sabes perfectamente que no, maldita sea.
«Siempre maldiciendo», pensó, intentando aferrarse a algo que pudiera utilizar para cambiar el ámbito de la conversación.
—Rafe… señor Santini, le agradecería que no usara esa clase de vocabulario. —Y yo te agradecería que no fueses tan obtusa —espetó, mirándola con tanta intensidad que Cass temió que le quemase la piel.
—No lo soy —replicó.
Rafe bajó los peldaños de dos en dos y Cass levantó una mano. —Alto ahí… pareces un… un… Mihura.
Rafe se echó a reír.
—¿Qué te parece tan gracioso?
—La expresión de tu cara, Cass. No tiene precio.
Cass se permitió un esbozo de sonrisa. Debía haberle parecido francamente ridícula. ¿Pero es que siempre tenía que hacer el ridículo con aquel hombre? A veces se tomaba la vida demasiado en serio, especialmente cuando estaba cansada e insegura.
Quería marcharse, pero él la detuvo sujetándola por un brazo. Hubiera deseado ser más fuerte, dar media vuelta y desaparecer, pero desde el momento en que había abierto la puerta, había deseado tocarlo, sentir que él la tocaba.
—Suéltame.
—No puedo —contestó él tan bajo que casi no pudo oírle. Rafe la condujo a los escalones del porche y la hizo sentarse junto a él, y rodeando sus hombros con un brazo, la sujetó por la barbilla—. Está bien: ni una sola palabra hasta que yo haya terminado, ¿de acuerdo?
Cass asintió, y al mismo tiempo, un extraño temblor se inició en la boca del estómago. Rafe nunca había estado tan serio.
—Primero quiero disculparme por haberme marchado así anoche. Ella abrió la boca para contestar, pero él se la tapó.
—Ni una sola palabra. Me marché porque había perdido el control, y si me quedaba…
El pulso de Casa adquirió un ritmo frenético cuando comprendió el significado de sus palabras: se había marchado porque no confiaba en sí mismo.
—¿Estás diciendo esto para que me sienta mejor por lo que ocurrió anoche? Sé perfectamente bien que no soy la clase de mujer que vuelve locos a los hombres.
—No sé qué les pasara a los demás hombres, pero a mí me vuelves loco sólo con mirarte las piernas… o la expresión que adquiere tu cara cuando juegas con Andy. Todo lo tuyo me pone a cien.
—Entonces ¿por qué te marchaste? —le preguntó, e inmediatamente se cubrió el rostro con las manos.
No podía creerse que hubiera sido capaz de hacerle aquella pregunta. Pero necesitaba comprender.
—Porque no eres de la clase de mujer con la que uno se acuesta y nada más. Yo lo sé y tú lo sabes —añadió, quitándole con suavidad las manos de la cara—. Cass, necesitas a alguien que pueda ofrecerte un hogar y una familia, y yo no soy de esa clase de hombre.
Comprendía bien que Rafe se hubiera imaginado que, al menor indicio de interés, ella iba a comprarle el anillo y el esmoquin, y no podía culparlo, porque era cierto que quería encontrar un marido para ella y un padre para Andy.
—No te conozco —dijo, esperando que él comprendiera.
—Lo sé, y por eso me marché —suspiró—. No tengo ni idea qué puede pasar a partir de ahora, y ni siquiera estoy seguro de que debamos continuar.
Cass tomó su mano entre las suyas, y la piel de su palma rugosa y dura calmó sus temores. Aquel hombre tenía un interior lleno de bondad, y en parte siempre se estaría preguntando qué habría pasado si…
—Quiero mucho más que eso y tú lo sabes —contestó, y en el fondo de sus ojos aún latía la pasión—. Me he pasado toda la noche en vela, pero no he conseguido encontrar ninguna opción viable; te deseo como no he deseado antes a otra mujer.
Sus palabras despertaron todo su cuerpo. Ella también le deseaba y era lo bastante honesta como para admitirlo. Ningún otro hombre había despertado sus sentidos como él.
—Yo también te deseo.
Él se inclinó y la besó en la frente con tanta dulzura que quiso llorar. —Entonces tendremos que ir despacio e irnos conociendo poco a poco.
Aquella misma tarde, Rafe estaba sentado en una incómoda silla mientras cientos de personas deambulaban bajo el techo de aquella carpa a rayas, todos buscando el mueble antiguo perfecto para llenar su casa. Cass le había dejado guardando sus sitios mientras ella examinaba las piezas que iban a ser subastadas.
Un perfume a flores le anunció su llegada antes de verla sentarse delicadamente en el borde de su silla.
—He encontrado la pieza perfecta. Te va a encantar.
La excitación hacía que sus ojos color avellana brillasen con la vitalidad que era un rasgo de su carácter, y la vio morderse el labio para evitar sonreír. Recordaba perfectamente la textura y el sabor de aquellos labios y deseaba volver a probarlos.
—¿Qué has encontrado? —Una cama.
Debía estar de broma. Demasiadas connotaciones. —¿Una cama?
—Es del siglo dieciocho. Los labrados del cabecero y el pie son similares a los de la barandilla de mi casa. Es increíble. No me parecía posible encontrar algo tan exquisito.
Y Rafe supo en aquel momento que no podría encontrar otra mujer tan especial como Cass Gambrel. Disfrutaba con cosas que otros apenas veían.
—Ojalá pudiera comprarla —dijo. —¿Por qué no puedes?
—Porque no tengo sitio para ella. Pero es maravillosa. Deberías ir a verla. Es el lote seiscientos veintinueve.
Él no iba a comprarla, pero algo en los ojos de Cass le empujó a ir.
—Ven conmigo. Yo soy incapaz de distinguir una buena pieza de un trozo de madera.
La siguió dentro de la casa. Las habitaciones estaban abarrotadas de gente, pero el calor no le molestó. No era nada comparado con el que él sentía dentro. Subieron por las escaleras interiores hasta el segundo piso.
Se detuvo en una puerta y le invitó a entrar, y Rafe se acercó. Era una cama con baldaquín. El cabecero y el pie tenían un delicado dibujo y admiró las horas de trabajo que habían tenido que invertir para crearlo. El techo y las cortinas eran de terciopelo, y aunque habían perdido algo de color con el tiempo, el material no se había deteriorado. Había también una especie de mosquitera de seda blanca que envolvía la cama en misterio. Entonces probó el colchón con la mano. Se hundía bajo su palma como si fuese una nube de algodón.
—Esta cama se creó para hacer el amor en ella —dijo, en tono casi reverencial, y su imaginación se llenó de imágenes de Cass tumbada sobre ella, esperándolo.
Se imagino el frescor de las sábanas de satén y el contraste con el calor de la piel de Cass, sintió el roce de su cabello sobre el pecho y el calor de su boca al besarla. Imaginó la cortina blanca a su alrededor, envolviéndoles como una niebla cálida que dejase el mundo fuera. La cama sería su único vínculo con la realidad. Los dos en un viaje físico que uniese sus cuerpos.
—¿Rafe?
La realidad interrumpió sus ensoñaciones y se volvió hacia ella, pero tanta tensión tenía acumulada dentro que el movimiento resultó doloroso. Demonios… tenía que hacerle el amor enseguida. Jamás una fantasía le había parecido tan real.
—La compro —dijo—. Tú la restaurarás para mí.
—Rafe, por esta cama van a pedir un montón de dinero. Es una antigüedad. ¿Tienes idea de lo que puede costarte?
Pues no, pero es que no había vuelto a tener una idea cuerda desde la noche anterior, tras caer en la cuenta de los estragos que estaba causando en él su vecina de enfrente.
—Quiero esa cama, Cass.
—¿Por qué? No tienes ninguna otra antigüedad en tu casa.
—Porque mirándola puedo imaginarnos a los dos en ella. Este velo dejaría el mundo fuera mientras te hago el amor.
Ella enrojeció y miró hacia otro lado. —Ah.
—Entonces, ¿me ayudarás a comprarla y a restaurarla? Ella asintió.
—Es la cosa más hermosa que he visto nunca —dijo, intentando quitarse el comentario de Rafe de la cabeza.
Cada detalle de su persona le hacía darse cuenta de lo mucho que la necesitaba, de lo mucho que le había afectado ya en el poco tiempo que hacía que se conocían.
—Demonios…
—Rafe, por favor, deja de maldecir.
Él sonrió y ambos salieron de la habitación. El día que dejase de maldecir estaría muerto. Demonios, ojalá ese día tardase mucho en llegar.