Ante las matanzas masivas, las crueldades metódicas, el holocaus- to de un pueblo, el inmenso dolor de miles y miles de hombres, muje- res y niños, nos sobrecogemos de horror. ¿De qué es capaz el ser humano?, nos preguntamos; ¿también yo seré capaz de tal monstruo- sidad? ¿En manos de quién estamos?, añadimos. Y puede surgir en nosotros un lenguaje no menos vehemente que el del salmo. Nuestras preguntas pueden ir más allá aún, y nos decimos: ¿No habrá un Dios que haga justicia en la tierra? He aquí un buen salmo para convertir el estupor en oración.
1. Increpación a los poderosos (v. 2). Ya indiqué que el poeta pudo dirigirse a los “dioses” y a los “poderosos”. Unos y otros tienen la fun- ción de gobernar o de hacer justicia. La injusticia de los gobernantes es denunciada sistemáticamente por la profecía. Amós, por ejemplo, acusa a Edón «por haber perseguido con espada a su hermano, aho- gando toda piedad» (1,11). La legión de pobres –viudas y huérfanos– no es atendida por el juez/monarca, y ha de pedir justicia a Dios. Nada nuevo nos descubre el poema, pues la injusticia existe en todas partes. Pero la justicia en Israel debería tener un puesto privilegiado, por ser el “pueblo de Dios”. A los jueces (gobernantes) se les manda expresa- mente: «No torcerás el derecho, no harás acepción de personas, no aceptarás soborno, porque el que soborna cierra los ojos a los sabios y corrompe la palabra de los justos» (Dt 16,19). Los jueces –sean dio-
ses o soberanos– en Israel tienen una especial obligación: actúan en nombre de Dios. Garantizan el orden querido por Dios. El atropello de la justicia es un desorden social y también un sacrilegio. Teniendo en cuenta cuanto antecede, nos explicamos la pregunta entre abrupta y sarcástica con la que comienza el salmo: «¿De verdad, dioses [pode- rosos] pronunciáis justicia, / juzgáis a los hombres conforme a dere- cho?». Desde luego que no. Veamos por qué.
2. Denuncia de la injusticia cometida (vv. 3-6). La acusación desen- mascara el centro y origen de la maldad: anida en el corazón. La injus- ticia cometida no es una casualidad; ha sido meditada previamente. Es un crimen hecho a conciencia. No se contentan los dioses o seño- res con una maldad cualquiera; se han pasado el día sopesando la maldad, y han decidido aplicar la mayor violencia posible. El poeta lo describe con la imagen de las manos: «vuestras manos sopesan vio- lencia en la tierra» (v. 3b). ¿Cómo explicar tanta maldad?
Los dioses o señores son malvados por vocación. Así como Jere- mías, por ejemplo, es llamado a la profecía desde el seno materno (cf. Jr 1,15) o el nazireo es un consagrado a Dios desde el antes de nacer (cf. Jc 13,7), los señores tienen por vocación ser criminales “desde el seno” (v. 4). La orientación al mal es algo congénito en ellos. Recurriendo a los orígenes, como sucede en otras ocasiones, el poeta explica cómo todo el ser de los poderosos es una encarnación del Mal. Se les puede aplicar aquello que dice Jeremías sobre el etíope y sobre el leopardo: «¿Muda el etíope su piel o el leopardo sus pintas? ¿Podréis entonces hacer el bien los avezados al mal?» (Jr 13,23). Únicamente si nace de nuevo, aquél, cuya vocación es hacer el mal, podrá hacer el bien. Es inútil cualquier intento que venga de fuera para cambiar a esa calaña humana que son los criminales. Lo suyo es inocular el veneno como las serpientes y matar a quien es mordido por ellas. De nada sirve la voz del encantador, ni la experiencia de los más expertos en conjuros, como son aquellos que tienen la capacidad de encantar al Leviatán (cf. Jb 3,8). Las serpientes se tapan los oídos y nada oyen, mientras continúan mordiendo y matando. «Contra mal- dad tan redomada, sólo Dios tiene poder» (A. González Núñez, 270), como expone el poeta a continuación.
3. Imprecaciones contra los malvados (vv. 7-10). «El cantor del salmo sabe que nada puede hacer contra los poderes demoníacos; por eso,
sus deseos de aniquilación y sus maldiciones los encarna en una peti- ción dirigida a Yahvé contra los poderes malignos» (Kraus, 817). Sólo la teofanía de Dios puede hacer frente a la epifanía del Mal. Mirando hacia atrás, si los malhechores son serpientes, que Dios les rompa los dientes en la boca (las serpientes también tienen dientes); si son leo- nes, que Dios quiebre sus colmillos o molares (v. 7). Más aún, que los diluya de tal forma que se conviertan en agua derramada por el suelo y que nadie puede recoger (cf. 2 S 14,14). Si son hierba, que sean como la hierba que se pudre bajo los pies (cf. Sal 1,5; 37,2; 9,5-6, etc.). La imagen de la babosa es sumamente repugnante: mientras se desli- za por el suelo, lo riega con su baba y da la impresión de que ella misma se diluye. Algo así, nauseabundos e impotentes, son los mal- vados; que se deshagan al deslizarse. Los malvados no viven la deses- peración de haber nacido. Este desespero está reservado para los que ven las atrocidades cometidas por los malvados: ¿por qué no fue el vientre materno su sepulcro para siempre? (cf. Jb 3,11). ¡Maldito sea el día en el que nacieron!, trasladando la maldición de Jeremías sobre sí mismo a esta raza de malvados (cf. 20,14). Que venga “el torbelli- no” teofánico (v. 10), con todo su aparato bélico, y que termine de una vez por todas con esta clase de gentuza. Que el rayo prenda fuego en las zarzas –verdes aún o ya secas–, donde anida la camada de ser- pientes. Sólo así, si interviene el poder divino, «desaparecerá el mal de en medio de vosotros» (Dt 19,19).
Aún nos queda la parte más truculenta de este vehemente poema: la reacción del justo ante la actuación divina.
4. El apóstrofe del justo (vv. 11-12). Otros salmos nos sitúan en la justa perspectiva para entender el apóstrofe final del Sal 58. Por ejemplo: «Sé que Yahvé defenderá al humilde, / que llevará la causa de los pobres. / Los justos darán gracias a su nombre, / los rectos morarán en su presencia» (Sal 140, 13-14). La actuación definitiva y decisiva de Yahvé es el fin de los malvados y la causa de la alegría pro- funda del justo.
La imagen de los pies bañados en sangre –la sangre de los malva- dos, vencidos por el Dios soberano– resulta violenta para la sensibili- dad cristiana. Mucho más si leemos, como es el caso de este salmo: «El honrado se alegrará viendo la venganza, / lavará sus pies en la san- gre del malvado» (v. 10). Un reflejo de esta imagen, sin embargo, se halla en el Apocalipsis (14,19-20; 19,14.15.21). El poeta no tiene nin-
gún escrúpulo para incorporar a su poema las costumbres bélicas de oriente: los derrotados son pisoteados por el vencedor, como se pisa la uva en el lagar (cf. Sal 60,10; 68,24; 110,6-7; Is 63,1-4), mientras los pies se bañan de mosto o de sangre. Es cierto que nos resistimos a hablar de un Dios “vengativo”, como también a que el justo se alegre de la venganza. Recurrimos a los distintos matices semánticos que tiene la “venganza”: también significa “liberación, victoria, salvación”. Podemos resolver nuestros escrúpulos como hace santo Tomás de Aquino: «no se alegra por la venganza (propter eam) sino por la justi- cia divina (propter divinam iustitiam, II, II, 82, art. 8, ad. 2). Éstos y otros matices son ajenos a la sensibilidad del poeta sálmico, un apa- sionado de la justicia, que no responde a la violencia con la violencia, sino que deja la causa en las manos de Dios. Dios ha respondido, con- forme a la esperanza del poeta, y éste se alegra.
Su alegría se torna proclamación de su fe: «El honrado cosecha su fruto, / sí, hay un Dios que hace justicia en la tierra» (v. 11). Ante Dios nadie tiene “inmunidad parlamentaria”. Existe un Dios que juzga aquí y ahora. «El salmo manifiesta, de este modo, una fuerte carga de rea- lismo y de optimismo, y se opone a toda religiosidad evanescente y espiritualizante» (Ravasi, II, 185). El poeta comenzaba encarándose con los dioses (poderosos) que gobiernan o juzgan injustamente, sem- brando dolor y muerte por donde pasan, y finaliza con el juicio de Dios, que pone a cada uno en su sitio: «Hay un Dios que juzga en la tierra».
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Este salmo nos obliga a poner los pies en esta tierra nuestra, rega- da con la sangre de tantos y tantos seres humanos. «Con vagas demandas de ‘amor’ y de ‘humanidad’ no se hace justicia al vigor pro- fético de estas peticiones» (las del salmo, Kraus, 819). Vemos a tantos y tantos muertos injustamente y permitimos que aflore toda la indig- nación en nuestra oración. «¡Hay un Dios que juzga en la tierra»! La vida del justo oprimido tiene una recompensa. Será bueno que duran- te una generación, al menos, oremos con un salmo como éste; acaso así seríamos más sensibles a los clamores de quienes mueren, vícti- mas de tanta maldad humana. Sería una buena metodología para que nuestra hambre y sed de justicia (cf. Mt 5,6) fueran mayores aún. Sería un modo eficaz de luchar contra el terrorismo, por ejemplo.
III. ORACIÓN
«Oh Señor, justicia suprema, concede a tu pueblo secundar tu jus- ticia y amar la rectitud, para que, sin cerrar el oído a tu verdad, no sea- mos heridos por la mordedura de la serpiente venenosa. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142, 225-226).