1Del maestro de coro. «No destruyas». De David. A media voz.
Cuando, huyendo de Saúl, se escondió en la cueva.
2Misericordia, oh Dios, misericordia,
que busco refugio en ti,
me cobijo a la sombra de tus alas esperando que pase el infortunio.
3Invoco al Dios Altísimo,
al Dios que tanto hace por mí*.
4Mande desde el cielo a salvarme,
confunda al que me acosa*,
envíe Dios su amor y su verdad. Pausa.
5Me encuentro tendido entre leones
que devoran seres humanos; sus dientes son lanzas y saetas, su lengua, espada acerada.
6¡Alzate, oh Dios, sobre el cielo,
sobre toda la tierra, tu gloria!
7Tendieron una red a mis pasos,
mi cuello se doblegaba*; una fosa cavaron ante mí,
¡cayeron ellos dentro! Pausa.
8A punto está mi corazón, oh Dios,
voy a cantar, a tañer,
9¡gloria mía, despierta!,
¡despertad, arpa y cítara!, ¡a la aurora despertaré!
10Te alabaré entre los pueblos, Señor,
te cantaré entre las naciones;
11pues tu amor llega hasta el cielo,
tu fidelidad hasta las nubes.
12¡Alzate, oh Dios, sobre el cielo,
sobre toda la tierra, tu gloria!
V. 3 Otros, sin alterar el texto hebreo: «mi vengador / retribuidor». V. 4 Otros: «de los insultos de mis perseguidores».
V. 7 Otros traducen este estico: «[tendieron] un lazo a mi cuello».
I. VISIÓNDE CONJUNTO
Que la acción de gracias siga a la súplica ante el peligro –persecu- ción o una acusación injusta– es algo normal en las plegarias sálmi- cas. Lo que llama la atención en el Sal 57 es lo siguiente: que en los vv. 8-12 se repite, casi al pie de la letra, Sal 108,2-6; que el v. 11 sea un duplicado de Sal 36,8 y que el estribillo (vv. 6.12) rompa la secuencia temática de la primera parte del salmo que comprende también el v. 7. Estos datos, junto con el cambio de tono entre los vv. 2-5.7 y 8-11, han inducido a considerar el salmo como una mezcla de dos piezas unidas artificialmente por medio del estribillo.
Comienzo por la repetición de la invocación matutina en el Sal 108. Si la invocación es original en el Sal 56, el Sal 108 no la mejo- ra. El Sal 108 suprime el efecto de la iteración del v. 8: desaparece la repetición «mi corazón está a punto»; el estribillo tampoco se repi- te, ni desaparece el verbo “despertar”; el poeta del Sal 108 escribe sencillamente: «cantaré y tañeré con toda mi alma» (v. 2). Se destru- ye de este modo el efecto climático del Sal 56. El autor del Sal 108 añade dos conjunciones copulativas innecesarias (vv. 5b.6b). La segunda parte del Sal 108 ha sido tomada de Sal 60,7-14. Es decir, el Sal 108 es un producto secundario, resultado de la unión de dos pie- zas desgajadas de su lugar primitivo, y unidas en un nuevo salmo. Es posible que la canción matutina (vv. 8ss) tuviera cierta autonomía, e
incluso que existiese, cuando el autor compuso su poema del Sal 56. El contexto natural de esta canción puede ser perfectamente la peti- ción de auxilio.
El estribillo presenta una segunda dificultad. Temáticamente debe- ría llegar después del v. 7. Puede darse una explicación para la colo- cación del estribillo en el v. 6, y es que la segunda parte del v. 7 –el mal planeado se vuelve en contra de quienes lo tramaron– se abre a la acción de gracias de los versos siguientes, en virtud precisamente del estribillo. Pero el v. 7 pide la compañía del v. 5, y el estribillo se inter- pone entre ambos separándolos. Pese a todo, el salmo, en su forma actual, tiene su identidad propia y su unidad, bien estructurada y coordinada, sin que tengamos que negar que el poeta se apropió de algún material preexistente.
La primera parte, la súplica ante el peligro, es una preparación de la segunda. Desde el punto de vista formal, el motivo de la alaban- za del v. 11 –el amor y la verdad/fidelidad– ha sido anticipado en la petición del v. 4. La actividad propia de la noche es “invocar” (clamar, v. 3). Cuando llegue la mañana, el salmista entonará la alabanza (v. 10). La secuencia temática, por lo demás, es clara: uno que ha sido injustamente perseguido o acusado se refugia en el templo, «esperan- do que pase el infortunio» (v. 2b). Éste es de tal magnitud que el oran- te tiene prisa por la llegada de la mañana, tiempo propicio para ser liberado y para entonar la acción de gracias al amor y a la fideli- dad/verdad del Señor.
Estructuralmente hablando, son claras la súplica (vv. 2-4) y la ala- banza (vv. 8-11). Entre ambas partes surge el peligro (v. 5) y la libera- ción del mismo (v. 7). El estribillo separa a uno de otra (v. 6), y se repi- te como estribillo culminante en el v. 12. El aspecto estructural que presenta el salmo es el siguiente:
1. Súplica (vv. 2-5). a) Invocación (vv. 2-4).
b) Descripción del peligro (v. 5).
• Estribillo: Invocación para que Dios intervenga (v.6). 2. La alabanza (vv. 7-11).
b’) Liberación del peligro (v. 7). a’) Himno de gratitud (vv. 8-11).
La anticipación temática del v. 11 en el v. 4 nos permite enfocar el comentario al salmo como una alabanza entonada al amor y a la fide- lidad/verdad del Señor. Es invocado para que intervenga como luz en medio de la noche; llegada la mañana de la liberación, es alabado. Comentaré el salmo ciñéndome a sus dos partes: súplica y alabanza. II. COMENTARIO: «Envíe Dios su amor y su verdad»
El título, procedente de la exégesis judía, relaciona el salmo con la historia de David; acaso cuando, perseguido por Saúl, se refugió en la cueva de Adulán (cf. 1 S 22,1ss) o cuando se asentó en los refugios de Engadí (cf. 1 S 24,1-23). La anotación «No destruyas» puede aludir a una melodía de aquel tiempo, conforme a la cual se ejecutaba el poema. No es probable que se refiera a la oración de Moisés de Dt 9,26: «Señor, no destruyas a tu pueblo y a tu heredad…», ni a Is 65,8. Una u otra referencia condiciona la datación del salmo, al menos para el autor del título, que, como ya hemos repetido, es secundario.
1. Súplica: «Misericordia, oh Dios, misericordia». Comienza la súpli- ca con una doble apelación a la gracia amorosa de Dios, a su piedad. A esa doble demanda corresponde una doble declaración de confian- za: «me refugio». Se busca refugio en situaciones de peligro. La itera- ción del verbo “refugiarse” da continuidad a la acción: me he refugia- do y me sigo refugiando…, hasta que pase el infortunio. El lugar de cobijo es Dios, presente en el templo: la sombra de sus alas. Las alas divinas –una alusión a los querubines, cuyas alas cubrían el arca– se parecen a las del ave madre, «cuyas alas regalan sombra y cobijo (cf. Sal 36,8; 61,5; 91,4). Ambas figuras, sombra y alas, confluyen en Sal 57,2» (A. Aparicio, Tú eres mi Bien, 44). El pasaje bíblico más cercano al salmo es Is 26,20: «Pueblo mío…, escóndete un instante hasta que pase la ira». Desde este “lugar” seguro el salmista eleva su clamor.
La invocación va dirigida al «Dios Altísimo», que es el nombre que Yahvé recibe en el culto de Jerusalén. Por ser el Altísimo, tiene ante sí toda la historia humana y, bajo su protección, la vida de quien le invo- ca. Nadie como él puede ser un juez justo, restaurador del orden, cuando éste ha sido quebrantado. Sin cambiar el texto hebreo, el Altísimo es un Dios “Vengador”: pone a cada uno en su sitio. No está impasible en su cielo o en su templo, sino que desde el cielo envía su
salvación, personificada en dos atributos de la alianza: “su amor” y “su verdad/lealtad”, equivalentes a la luz y a la verdad que flanquean a quien se dirige al santuario (cf. Sal 43,3). ¿Para salvar o librar de quién o de qué? Posiblemente «de los insultos de mis perseguidores» (v. 4b; cf. Sal 56,2), que son hombres ávidos y codiciosos (sˇa-’ap)que arrebatan a gente indefensa (cf. Alonso-Carniti, I, 776). Es suficiente con que la avidez se vierta en calumnias para que tenga matices de persecución y de acoso. El texto es tan oscuro y elíptico que admite distintas traducciones e interpretaciones. La NBJ traduce: «confunda al que me acosa» (v. 4b).
Después de una invocación, tan ampliamente desarrollada, el poeta describe el peligro. Nos resulta conocido el símbolo zoomorfo para designar al enemigo (cf. Sal 7,3; 10,9; 17,12, etc.). El poeta pien- sa en leones especialmente enfurecidos, echan fuego por las fauces (la-hat. ), dispuestos a devorar ávidamente seres humanos. Contrasta con la ferocidad de los leones la actitud del orante: «ha de acostarse entre leones» («me encuentro tendido», v. 5a). Es decir, recogiendo el matiz de la forma verbal hebrea, debe dormirse, alejando de sí todo temor, bien porque el amor y la verdad vendrán desde el cielo (v. 4), bien porque se espera que Dios intervenga, llegada el alba. Por aso- ciación con el fuego y con el proceder del salmista, la escena evoca a los tres jóvenes del libro de Daniel, que, arrojados a las llamas, alaba- ban a Dios (Dn 3,24). A continuación el poeta explica la imagen. La lengua de los leones no es carnosa, sino afilada como la espada; sus dientes son lanzas y saetas. El poeta pasa gradualmente de la alegoría (v. 5a) a la comparación (v. 5b). La lengua de los perseguidores, en efecto, es una “espada afilada” que siembra la muerte (Sal 52,4).
Desde el seno de la noche y en medio de los leones, el salmista suplica la llegada de Dios como luz resplandeciente: que se muestre para defender al inocente o al perseguido a muerte, tanto si se man- tiene el vocablo hebreo como verbo («Álzate, oh Dios…»), como si tiene valor de sustantivo: “tu grandeza”, en paralelismo con “tu glo- ria”. El poder cósmico de Dios –es el Altísimo (v. 3)– no puede perma- necer indiferente ante la maldad perpetrada por los impíos. Que Dios se eleve como luz matutina, como luz que amanece. Así tenemos que la mañana es tiempo de favor, que la luz es esperanza y expectación, que Dios es luz. El orante anticipa el amanecer divino, y comienza a sentir el cambio de situación. En cuanto amanezca, Dios mostrará su
piedad (v. 2), su amor y su lealtad (v. 4). A lo largo de la noche queda sonando la súplica: «Misericordia, oh Dios, misericordia…».
2. La alabanza: «Te alabaré entre los pueblos» (vv. 7-11). Persiste el peligro con una pequeña diferencia: en vez de ser los animales quie- nes acosan al hombre, éste es un animal acosado por los humanos. El cazador tiende y disimula una red para atrapar al animal despreveni- do; cava una fosa y la cubre de ramaje, para cobrarse su pieza; escon- de un lazo, y el animal será apresado por el cuello. No saben que está preparando su propia captura y muerte: «¡cayeron ellos dentro!» (v. 7b), conforme al refrán de Pr 7,16: «El que cava una fosa caerá den- tro de ella, / el que rueda una piedra le caerá encima». Este cambio de suerte ha sucedido en virtud del v. 6.
Mientras caen los perseguidores, el perseguido se muestra firme y seguro: «A punto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está a punto» (v. 8). Es el “corazón firme” que pedíamos en el Sal 51, el Miserere. Se alude así a la realidad nueva, estable, gozosa, generada por la pode- rosa protección divina. Simultáneamente es una realidad impaciente. El poeta tiene prisa de que llegue pronto la luz del día, cuyos prime- ros destellos se vislumbran. Todo y todos han de despertarse para reci- bir el nuevo día. Ha de despertarse ante todo el interior apasionado y humano del poeta: su “hígado” (gloria), sede de las emociones más profundas. Las cuerdas del arpa y de la cítara, que tantas notas guar- dan, han de salir del sueño. La aurora, como personaje celeste, ha de adelantar la cita que tiene con la tierra. Retrocedan las tinieblas y venga la luz; que se anticipe el tiempo de la liberación existencial y espiritual (cf. Sal 17,15; Is 58,10); que se haga ya presente el día del favor divino (cf. Is 49,8). Son posibles connotaciones de la llegada de la aurora.
A partir de este momento todo se torna un cántico de alabanza. Ésta se extiende por todo el horizonte planetario –dimensión horizontal (v. 10)–, y se alza hasta el cielo y las nubes –dimensión vertical (v. 11)–. «¿Quién es tan grande que llegue hasta el cielo?, ¿y quién es tan amplio que abrace la tierra?», se pregunta Jacquet. Sólo Dios, cuyo amor fiel sobrepasa los cielos, cuya verdad o fidelidad es más gigantesca que las nubes. Son el mismo amor y verdad enviados como emisarios desde el cielo (v. 4). Acompañaron al orante durante la noche del dolor. Ahora, llegada la mañana, llenan de luz el cielo. Son la expresión del amor de Dios a los hombres. ¿Cómo no cantar ahora la grandeza y la gloria divi-
na, cuando la gloria la luz de Dios inunda toda la tierra (v. 12)? Es la palabra final del salmo y también del itinerario del poeta: «¡Álzate, oh Dios, sobre el cielo, / sobre toda la tierra, tu gloria!».
* * *
El dolor mortal y el gozo inefable se dan la mano en este salmo. Ambos, dolor y gozo, forman la urdimbre de la vida humana. K. Gibran escribía: «Algunos de entre vosotros dicen: ‘el gozo es más grande que el dolor’; otros afirman: ‘el dolor es mucho más grande’. Pero yo os digo que ambos son inseparables. Están unidos, y si uno se sienta a la mesa, el otro duerme en vuestro lecho» (El profeta, 33). El salmista, amenazado de muerte, buscó refugio en el templo y puso su confianza en el amor fiel de Dios. En este amor se apoyó el salmista, y esperó a que pasara el infortunio. Aunque estuviera rodeado de fie- ras, «tan tranquilo estaba, que dormía cuando quería» (San Agustín,
Enarraciones, II, 406). Cerradas definitivamente las fauces de los leo-
nes, no queda más que cantar con múltiples instrumentos musicales el amor y la verdad divina. Toda la tierra es escenario del cántico que llega hasta el cielo, más allá de las nubes. La última palabra de la exis- tencia humana es el gozo.
III. ORACIÓN
«Transforma, Señor, la iniquidad de esta humilde familia que se cobija a la sombra de tus alas, para que, una vez que hayas enviado tu misericordia desde el cielo, seamos liberados de las funestas fosas de las insidias. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina con- tigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (PL 142,223).