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In document Proceedings of the Linux Symposium (Page 189-200)

La hagiografía nos proporciona interesantes informaciones sobre las condiciones de vida de la gente común de Bizancio en todas sus épocas. Una de las más accesibles para el lector hispanohablante es El Prado, del monje Juan Mosco7, escrito a caballo de los siglos VI y VII. Son muchos los detalles que de su estudio pueden extraerse, como veremos a continuación.

¿Cuánto costaba un ejemplar del Nuevo Testamento en la Palestina de finales del siglo VI? La respuesta la tenemos en el capítulo 134 de la mencionada obra: 3 sólidos. No era esta una cantidad despreciable, pues para reunir esta cifra, un albañil debía trabajar dos meses (en concreto, un monje anacoreta que se puso a trabajar en las obras de una cisterna en el Sinaí, según nos cuenta Juan Mosco), a razón de 9 folis diarios (recordemos que en esta época el folis valía 1/180 del sólido), y ello sin dedicar una sola moneda a su sustento. Con esas 3 monedas de oro también podían adquirirse útiles menos espirituales, pero quizás más útiles para la vida diaria, como una mula (cap. 107) o una túnica (cap. 192). Sabemos por otras fuentes8 que ese jornal era común también entre peones de cantería y trabajadores de baja cualificación.

En otros capítulos nos cuenta Mosco que con una moneda de plata o miliarisio (1/12 de sólido) podía comprarse pan, vino y pescado para dos personas, pero también había quienes –como el cambista que aparece en el mismo capítulo– podían permitirse el lujo de pagar 300 miliarisios por una piedra preciosa (cap. 185).

7 Tanto “El Prado” (Juan Mosco) como “Vida de Simeón el Loco” (Leoncio de Neápolis) están incluidos en el volumen Historias bizantinas de locura y santidad, nº 4 de la "Biblioteca Medieval" de Ediciones Siruela. Madrid, 1998. La edición corrió a cargo de José Simón Palmer, doctor en Filología Griega y miembro del Comité Español de Estudios Bizantinos. Más información en:

http://www.siruela.com/catalogo/catalogo.php3?ficha=40&site=tema

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La vida de los pobres no era sencilla, como no lo ha sido nunca en la historia. Los más desafortunados tenían, como último recurso, la limosna y la caridad pública, especialmente en fechas señaladas, como en Jueves Santo (cap. 85), día en el que los pobres acudían a un monasterio cilicio en el que se les entregaban cinco folis, cinco trozos de pan bendito, medio modio de trigo, un sextario9 de vino y medio sextario de miel. Fuera de estas ocasiones, y si el limosneo les era propicio, los pedigüeños (entre el 10 y el 20% de las poblaciones urbanas) podían comprar un pedazo de pan por 20 numos (recordemos que el numo o leptón era la moneda de cobre de menor valor -1/40 de folis-), precio que descubrimos en el capítulo 42.

Claro que no era sólo la consecución de alimentos lo que podía angustiar a los que nada tenían; había otros peligros en los solitarios caminos del Imperio. Y es que los pobres tenían pocas esperanzas de escapar indemnes si se topaban con los salteadores de caminos de aquella época, pues salvar el pellejo podía suponer tener que hacer frente a un rescate de 85 monedas de oro (cap. 34). Más moderados, en otro capítulo los salteadores se conforman con 25 sólidos, y por otros documentos sabemos que lo mismo podían pedirse 60 monedas que sólo una (en casos de tomas masivas de rehenes). Otros autores10 nos confirman que la pobreza podía llevar a la gente a tomar decisiones que se nos antojan desesperadas, pero perfectamente lógicas en el contexto en que se desarrollaban sus vidas. Así, no eran pocos los campesinos pobres del entorno de Constantinopla que vendían a sus hijas adolescentes a proxenetas capitalinos a cambio de 5 sólidos, es decir, a cambio de la renta de un año de trabajo en la tierra para la mayoría y sólo un poco más de lo que costaba un camello (41/3 sólidos).

Ya que hemos mencionado las rentas anuales medias de un campesino, podemos detenernos un momento en los salarios de las capas bajas de la población. Lógicamente, las cantidades variaban progresivamente en función de la especialización del trabajo y del lugar. Más arriba veíamos que un simple albañil palestino del siglo VI podía ganar 9 folis diarios, esto es, unos 12 sólidos al año, aunque los había que ganaban aún menos, como los aguadores egipcios (3 sólidos al año). Tampoco eran demasiado espectaculares las ganancias de un dependiente o pequeño tendero cualquiera en la Constantinopla del primer tercio del siglo VII, 15 sólidos o nomismata anuales, algo menos de lo que podía ganar un carpintero egipcio de principios del siglo VIII, 16 nomismata. En la misma línea, un funcionario de nivel medio, como era el responsable de los mittendarii (recaudadores de impuestos), recibía un salario anual también de 16 sólidos, pero volviendo al “sector privado”, las cosas pintaban un poco mejor para artesanos y especialistas como los calafateadores (18 nomismata anuales).

Demos ahora un salto en el tiempo, hasta el siglo X. Por aquel entonces el jornal tipo de un obrero no cualificado cualquiera era de entre 12 y 16 folis, es decir, entre 10 y 13 nomismata al año. Las ganancias mejoraban bastante cuando se trataba de

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El sextario era igual a 1/16 de modio.

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Claudine Dauphin, Brothels, Baths and Babes. Prostitution in the Byzantine Holy Land, en la dirección http://www.ucd.ie/classics/96/Dauphin96.html

empleos burocráticos (un protoasekretes capitalino ganaba cerca de 30 nomismata al año), religiosos (el higúmeno de un monasterio podía obtener 15 nomismata y 48 modios de cereal) o especializados (un buen copista monástico podía ganar hasta 29 nomismata anuales).

En general, podían distinguirse 3 tipos de ingresos en los ámbitos urbanos: los de los trabajadores no cualificados, que ganaban en torno a un nomismata al mes; los de los trabajadores cualificados, que recibían entre 3 y 10 veces el salario del primer grupo y finalmente, los ingresos de la élite, los altos funcionarios y oficiales del ejército, jerarcas eclesiásticos y mercaderes, cuyas rentas eran al menos 150 veces superiores a las de los trabajadores no cualificados.

Por lo que respecta a los simples soldados, sus ganancias tenían que ver poco con las de sus jefes. A principios de esa centuria, la paga de los soldados rasos de los Tagmata era de 9 nomismata, y de 3 nomismata para los soldados y marinos de las tropas de los themas, sin incluir el valor del lote de tierra asignado. La paga fue incrementada desde mediados del siglo X, cuando pasó a ser de entre 12 y 18 nomismata anuales, a lo que debía añadirse un lote de tierra valorado en al menos 2 libras de oro para los miembros de la marina y la infantería imperial, y de 4 libras para los marinos y soldados de caballería provinciales, valor que fue incrementado hasta las 12 libras durante el reinado de Nicéforo Focas (963-969), recibiendo además un nomismata adicional por cada año de servicio con un máximo de 12 nomismata. La tropa de caballería estaba especialmente cuidada, y si su salario diario equivalía a 16 folis en el año 800, en el 950 se había elevado a 24 folis, y en el año 970 se situaba entre los 72 y los 84 folis.

Estos salarios deben ser puestos en su contexto, y para ello debemos conocer los precios de los bienes de consumo más habituales, excluyendo los precios de los períodos de escasez. Si a finales del siglo VI era posible comprar un modio de harina por 12 folis (es decir, 15 modios de harina por nomisma, que valía 180 folis), durante los siglos IX-X los precios oficiales en Constantinopla eran de 24 folis por modio (esto es, 12 modios de harina de trigo por nomisma, que valía 288 folis) y de 18 folis por modio de cebada (16 modios por nomisma).

Debemos aclarar que estos precios se referían a la capital, pues en el resto del Imperio se estima que el modio de harina salía por entre 7 y 10 folis. Por lo demás, diez litros de aceite salían también por 18 folis y 8 ó 9 pececillos (un par de kilos) costaban al menos 1 folis.

¿Y cuáles eran las raciones diarias que debían consumirse para mantenerse en buen estado físico? Según los datos disponibles sobre raciones militares en el siglo VI, lo idóneo era disponer al día de 3 a 6 libras11 de pan (1-2 kg., los soldados siempre debían estar bien alimentados), 1/10 sextario de aceite (0,20 litros), 1 sextario de vino (1 litro) y entre 1/2 libra y una libra de carne. Al año, esto se traducía en 30-60 modios

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de harina, 2 medidas12 de aceite, unas 20 medidas de vino y entre 182 y 365 libras de carne. Por otras fuentes monásticas –más cercanas a los consumos del bizantino medio–, la cuantía por persona sería de entre 15 y 18 modios de harina, 25 medidas de vino, 3 modios de vegetales secos y 6 medidas de aceite, a lo que podía añadirse 6 nomismata para ropa.

El último tercio del siglo XI conoció una tremenda desvalorización del nomisma, cuyo nivel de pureza en 1073 era sólo del 56%. Hay que tener en cuenta este dato para las valoraciones referidas a esta época, cuando 4,5 modios de harina se vendían por un nomisma. Posteriormente, como ya hemos comentado, Alejo I procedió a realizar una reorganización monetaria sobre una nueva moneda de oro o hiperperio cuyo valor era de 4/5 del nomisma clásico y que se mantuvo estable durante todo el siglo XII. Esta nueva estabilización monetaria permitió que, en 1136, un médico pudiese ganar hasta 71/2 hiperperios (es decir, 6 nomismata del siglo X) y 38 modios de grano al año y un panadero 5 hiperperios y 30 modios de cereal.

En resumen, y tomando como base los niveles de precios y renta del siglo X, no parece que la “cesta de la compra” bizantina supusiese un coste excesivo. Cierto es que existían algunos sectores –con salarios muy bajos– que debían dedicar hasta el 80% de sus magras ganancias a la alimentación, pero para una familia bizantina urbana típica, cuyo cabeza tuviera un trabajo más o menos estable que le reportase el equivalente a 12 monedas de oro anuales, no le debía ser demasiado difícil alimentar a sus miembros, pagar el alquiler de una casa humilde y comprar algunos utensilios y ropas o telas. Además, sabemos que en muchas zonas de Constantinopla era frecuente encontrar pequeños huertos que ayudaban a completar la alimentación con productos frescos. En resumen, una vida sencilla, sin lujos pero sin excesivas miserias, al menos en los tiempos en que el Imperio se sentía seguro y su economía prosperaba.

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