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In document Proceedings of the Linux Symposium (Page 75-81)

Estos últimos hechos sufridos en Roma son calificados por Josefo como "otra triste calamidad" que puso desorden entre los judíos. Entre ellos y la anterior mención de los incidentes con Pilato, el historiador judío menciona otro episodio que, enmarcado en este contexto, debió ser considerado también como una triste calamidad: "En aquel tiempo, apareció Jesús, hombre sabio, en tanto en cuanto conviene decirle hombre. En efecto, fue el autor de obras prodigiosas, el maestro de los hombres que reciben con alegría la verdad. Arrastró tras de sí a muchos judíos y también a muchos griegos. Era el Cristo. Pilato lo condenó a la cruz, por la denuncia de nuestros jefes que no lo habían amado antes, ni lo amaron después. Pero se les apareció al tercer día, vivo de nuevo. Los divinos profetas habían dicho ya estas cosas y otras diez mil maravillas sobre él. Hasta el momento,la tribu de los cristianos, así llamados a causa de su nombre, no ha desaparecido" (Antig. XVIII,63-64). Este texto, comunmente llamado Testimonium Flavianum, despertó a partir del siglo XVI muchas reservas sobre su autenticidad. En efecto, es impensable que un autor no cristiano dijera que Jesús "era el Cristo". Además el escritor cristiano Orígenes (185-255 dC), habiendo leído a Josefo, afirmaba de él "que no creía en la condición mesiánica de Jesús" ( Contra Celso I,47). Lo

más lógico es pensar que un copista cristiano alteró el texto en una época posterior. En este sentido algunas variantes del Testimonium, citado en otras obras cristianas, confirmarían dicha alteración: "y se creía que él era el Cristo" (Jerónimo, Sobre los varones ilustres 19); o la cita de un obispo árabe del siglo X: "quizá fuera el Mesías del que los profetas habían contado maravillas" (Agapio, Historia Universal). Además, la noticia sobre la lapidación de Santiago, el "hermano de Jesús llamado Cristo" (Antig. XX,200), inclinaría a pensar que Josefo usó el título khristós para distinguir a este Jesús respecto de otros muchos portadores del mismo nombre, y no porque él lo considerase como el Mesías.

Más allá de las alteraciones que pudieron haber hecho sus posteriores seguidores hay que advertir que las demás afirmaciones del Testimonium encuentran eco en otras noticias sobre la persona de Jesús. En primer lugar, la condena de Pilato y la supervivencia de un grupo de creyentes son atestiguadas también por Tácito. Al evocar el incendio de Roma este casi contemporáneo de Josefo afirmaba que Nerón habría sido el causante del incendio de Roma según la opinión popular: "y así, para desviar esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres odiados por el vulgo a causa de sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ejecutado por orden de Pilato, procurador de Judea" (Anales, XV,44).

En segundo lugar, el gobernador Plinio, otro contemporáneo de Josefo, a la vez que informaba al emperador Trajano en el año 110 que existía en Bitinia un numeroso grupo de cristianos, le comentaba que ellos tienen "por costumbre en días señalados reunirse antes de rayar el sol y cantar, alternando entre sí a coro, un himno a Cristo como si fuera un dios" (Epist. X,96,7). Este dato obtenido por Plinio de los mismos cristianos a través de un interrogatorio judicial verifica en cierto modo la mención hecha por Josefo: "en tanto en cuanto conviene decirle hombre", aún cuando él la hubiese escrito en tono irónico.

En tercer lugar, en una cita del Talmud, la tradición judía temprana reconoció igual que Josefo que Jesús había realizado prodigios y que fue condenado por las autoridades religiosas: "Se ha enseñado: "La víspera de pascua, colgaron a Yeshu". Cuarenta días antes, el heraldo había proclamado: "Es conducido fuera para ser lapidado, pues ha practicado la magia, ha seducido a Israel y le ha hecho apostatar, El que tenga que alegar algo en su defensa, que venga y lo diga". Como no se alegó nada en su defensa, lo colgaron la víspera de pascua. Una replicó: "¿Crees que es preciso buscar algo en su defensa? Pues se ha hecho seductor, y el Altísimo dice: No debes

salvarlo, ni pasar en silencio su falta. Mucho menos tiene que hacerse eso con Yeshu, pues está

cerca del gobierno" (Sanhedrín 43a). Este testimonio reconoce expresamente la sentencia del tribunal religioso tal como aparece prescripta en la Mishná para un acusado de blasfemia o idolatría (Sanhedrín 6,1-6).

Combinando este último dato con la noticia de los Anales de Tácito se verifica la afirmación de Josefo: "Pilato lo condenó a la cruz, por la denuncia de nuestros jefes". Esto concuerda con la práctica habitual, según la cual el Procurador tenía autoridad para juzgar todas las causas civiles y criminales, tanto de los judíos como de los no judíos y de los romanos residentes en la provincia. Aunque el juicio de los judíos se confiara al Sanhedrín, ya que el Estado romano reconocía la Ley de Moisés como rectora de los judíos, sin embargo únicamente el Procurador podía ejercer el ius

gladii (poder de dictar la sentencia capital), como recordaron al nuevo Procurador algunos judíos

con ocasión de la lapidación de Santiago: "Algunos salieron al encuentro de Albino que venía de Alejandría y le informaron de que Anás no tenía derecho a convocar el Sanhedrín sin su permiso" (Josefo, Antig. XX,203).

Otro testimonio que combina el proceso judío y el romano es un relato de la muerte de Jesús, escrito por un creyente de la primitiva comunidad cristiana: después de condenar a Jesús como blasfemo "se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato. Y comenzaron a acusarlo diciendo: "Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al César y diciendo que es el rey Mesías" (Lc 23,1-2). De modo que la sentencia de Pilato a la muerte de cruz correspondía a la antigua ley de lesa majestad (que castigaba crímenes contra el Estado) restaurada por Tiberio: "los jueces antiguos juzgaban por ella diferentes cosas, como si alguno hacía traición al ejército, si promovía sedición, o si por haber administrado mal su cargo disminuía la majestad del pueblo romano" (Tácito, Anales I,72). La crucifixión de quien

incurría en tal delito, como castigo ejemplar ante el resto del pueblo, no se aplicó ordinariamente a los romanos, como recordó Cicerón durante un juicio: "que el nombre mismo de cruz se aparten no sólo de la persona de los ciudadanos romanos, sino de sus pensamientos, de su vista. de sus oídos. Pues con tales suplicios no sólo la ejecución, sino su carácter, su temor, su mismo nombre es indigno de un ciudadano romano y de un hombre libre" (Defensa de Rabirio 16).

Las palabras más misteriosas del Testimonium son aquellas que refieren que Jesús "se les

apareció al tercer día, vivo de nuevo". Sabemos por un escrito cristiano (ya existente cuando

Josefo escribía el Testimonium) que circulaba hasta entonces un rumor sobre el robo del cadáver de Jesús durante la noche (cf. Mt 28,11-15). Para evitar este tipo de profanaciones, el Estado romano había sancionado leyes que aplicaban la pena capital a los que cometían tales delitos. No debería sorprender, entonces, que fuera encontrado en Nazaret en 1878 un documento que recordaba las leyes sobre violaciones de sepulcros. Se trata de una losa de mármol de 60cm de largo por 37,5cm de alto, con un texto griego de 22 renglones. Fue datada como perteneciente a la primera mitad del siglo I. El texto dice: "Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si pues alguien es convicto de haberlos destruído, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio como si quien se dirige contra la religión de los Manes lo hiciera contra los mismos dioses. Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto permitido a nadie el cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital". Se trata probablemente de una respuesta oficial desde Roma a una consulta realizada desde el gobierno provincial de Judea. Sería extraña su publicación en esa pequeña aldea si las acusaciones que dieron origen a la consulta no hubiesen recaído principalmente sobre los habitantes de Nazaret, lugar del que provenía Jesús y sus parientes. Podría tratarse de una amenaza mediante el recuerdo de las leyes romanas sobre la profanación de tumbas.

Pero según el Testimonium, tal como lo citó Jerónimo, los discípulos no justificaron sus creencias simplemente a partir del sepulcro vacío: "los que lo habían amado al principio perseveraron en la fe a pesar de todo. En efecto, se les apareció vivo al tercer día". La constancia y el entusiasmo en anunciar esa Buena Noticia, aún en medio de amenazas y de gestos concretos de represión por parte de las autoridades, y el desarrollo de esa comunidad de creyentes serían muy difíciles de comprender sólo a partir la desaparición de un cadáver: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hech 4,20).

Algo debió ocurrir para que aquellos hombres hubiesen expresado su experiencia a través de conceptos propios de la esperanza apocalíptica de su época: "En aquellos días, habrá un cambio para los santos y los elegidos: la luz de los días habitará sobre ellos, la gloria y el honor vendrán sobre los santos... El Elegido, en aquellos días, se sentará en mi trono y todos los secretos de la sabiduría saldrán de las sentencias de su boca, pues el Señor de los espíritus le ha concedido ese don y lo ha glorificado. En aquellos días, las montañas saltarán como carneros y las colinas retozarán como corderos saciados de leche y todos los justos se convertirán en ángeles del cielo; su rostro brillará de gozo, porque en aquellos días el Elegido se levantará. La tierra se llenará de alegría, los justos la habitarán, los elegidos caminarán y se pasearán por ella" (Henoc Etíope 50,1; 51,3-5). Según el propio testimonio de esos creyentes, después de su muerte aquel galileo los habría seguido animando, suscitando así un movimiento que, al cabo de pocas décadas, estaría extendido ampliamente tanto en la occidental Roma como en la oriental Bitinia.

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