3 Introduction and background
4.5 Data exchange on the health sector
4.5.1 Document-centered specifications
En su leve ropaje de fábula para niños, El principito se revela a una lectura lúdica — creativa y comprometida— como una escuela de encuentro, acontecimiento personal que exige un largo aprendizaje y una dura ascesis. En principio, el piloto y el principito sentían nostalgia por la vida creativa, pero se hallaban lejos de conocer el secreto de su poderosa e ineludible lógica interna. Contra lo que pudiera parecer en principio, debido a su enigmático descenso de una región superior, el principito no representa el papel de maestro infalible que viene a transmitir un mensaje de sabiduría. Se muestra como un niño de figura noble, preocupado por plantear con radicalidad, de frente y en exclusiva, los temas básicos de la vida personal. El piloto era un joven sensible a toda suerte de actividad creativa, pero se hallaba atenazado por urgencias de carácter artesanal, objetivista, y debía realizar un giro en su sistema de prioridades. Ambos —piloto y principito— procedían por tanteo, cometían errores, aumentaban su caudal de experiencias pacientemente, aceptaban y agradecían las lecciones que alguien les daba. Tras un tiempo de ejercitación valerosa, muestran una sorprendente madurez. Su trato personal empieza a ostentar las características del encuentro y se convierte en un campo
de iluminación que arroja luz sobre toda la obra y la inunda de ese enigmático
«resplandor» que llamamos belleza. No por azar las últimas páginas de la obra desprenden una luz especial, que orla las figuras amigas del principito y del piloto y baña, de horizonte a horizonte, la inmensa aridez del desierto.
Para comprender genéticamente cómo se alumbra la belleza peculiar de esta obra, debemos practicar un modo de lectura lúdico-ambital —no meramente psicológica—, pues los fenómenos bellos no son una propiedad estática de determinados objetos — considerados «en sí», aparte de todo sujeto—, ni son producidos en la «interioridad» de un sujeto: acontecen en el campo de juego que se funda entre diversos seres que entreveran sus campos de posibilidades lúdicas. Estos acontecimientos interaccionales no pueden ser analizados adecuadamente por la psicología; exigen una teoría de la
S
EXTA PARTELA SALVAJE
INTRODUCCIÓN
I. ARGUMENTO DE LA OBRA
Teresa, hija de una familia muy humilde de músicos ambulantes, y Florent, joven compositor adinerado, se enamoran. Teresa, joven inteligente aunque poco cultivada, siente sobre sí el peso y la vergüenza de las carencias de todo orden que implica el ámbito de la pobreza, entendido este término en un sentido amplio y radical a la vez. Se siente humillada al observar la avidez de sus padres por el dinero que Florent acaba de arrojar al suelo. Pero ella tampoco puede superar la fascinación que le producen los billetes desparramados, y se lanza al suelo a recogerlos. Para hacer comprender a Florent que ella pertenece a un mundo no integrable con el suyo, le ruega que invite a su padre a vivir con ellos en su mansión. La falta de modales del padre sonroja profundamente a Teresa, que le incita, sin embargo, a cometer nuevos errores, y los celebra a carcajadas. El padre juzga muy severamente a su hija. Teresa reacciona airadamente contra los libros de la biblioteca de Florent, y contra la madre de este que luce su aspecto noble en un retrato de la sala. Florent no comprende el verdadero sentido de tal reacción, y confía en que todo se solucionará fácilmente cuando Teresa se adapte al clima de su nueva posición. Tampoco sabe medir el alcance de la colisión de ámbitos que Teresa provoca al interrumpir la bella canción de cuna que él estaba cantando con la cancioncilla burda, casi soez, que le cantaba a ella su madre cuando era niña. Teresa intenta convencer a Florent de que deben separarse. Pero, al advertir que este se conmueve ante tal perspectiva, estima que puede ser necesaria en su vida, y decide quedarse. A pesar de los esfuerzos desesperados de Costa, su antiguo amante, por recobrarla, ella prosigue su nuevo camino. Ya inminente la boda, vuelve a convencerse de que no será en la vida de Florent sino un elemento más de los muchos que colman su existencia de felicidad. La perfección de la música que toca al piano es para ella una imagen fiel de una vida sobresaturada de posibilidades de todo orden. El mero presentimiento de que siempre habrá alguien en el mundo que necesite imperiosamente su compañía, mueve a Teresa a abandonar la casa de su prometido y quedarse de nuevo en desamparo.
II. TEMA DE LA OBRA
Se plantea aquí un tema de gran alcance: el de la viabilidad del amor conyugal entre personas de clases sociales muy distintas. Es un conflicto más bien entre ámbitos de
realidad —el ámbito de la pobreza y el ámbito de la riqueza— que entre personas individuales, como sucede en la Antígona de Sófocles y en El burlador de Sevilla y Convidado de piedra de Tirso de Molina. Por consiguiente, la interpretación de la obra
no debe hacerse tanto a la luz de la psicología cuanto bajo la inspiración de la teoría de la creatividad, de los ámbitos y de los niveles de realidad y de conducta. De esta forma, logramos una interpretación más positiva y valiosa de la actitud de Teresa, la protagonista. No era una desequilibrada mental, sino una persona castigada por la vida que maduró espiritualmente hacia una actitud de generosidad incondicional. La fidelidad a los que consideraba como «los suyos» la llevó a renunciar a su dicha particular. Su decisión final parece muy dura respecto a su prometido, pero responde a una actitud de ternura hacia quienes compartieron con ella una vida deplorable.
III. CONTEXTUALIZACIÓN
Jean Anouilh, nacido y fallecido en Burdeos (1910-1987) estudió Derecho en París y trabajó como secretario de Louis Jouvet. Gran aficionado al teatro, fenómeno cultural cuya íntima esencia supo describir en textos inspiradísimos[1], Anouilh se adentró tempranamente en las obras de Musset, Marivaux, Claudel, Pirandello y B. Shaw. La apelación decisiva a cultivar la vida literaria la recibió al presenciar el Sigfried de Giraudoux. «[...] A aquella tarde de primavera de 1928 —escribe—, en la que, único
entre todos los espectadores, hasta las frases cómicas me hacían llorar, he de agradecer si logré dar un pequeño paso más allá de esa noche». A partir de 1930,
Anouilh realiza una multiforme actividad como director de escena, autor teatral y adaptador de obras literarias a guiones cinematográficos.
Todas sus obras —las «negras» y las «rosas», las «brillantes» y las «agrias»— muestran el tono amargo característico de quien se plantea a fondo el estudio de la situación humana y vive intensamente el desajuste entre la voluntad de absoluto que alienta en el hombre y la sumisión ineludible a los condicionamientos de la vida cotidiana. La lucha sin sentido entablada tras la primera guerra mundial entre el vitalismo y el espiritualismo no contribuyó a fundar el clima propicio para clarificar las grandes cuestiones que apasionaban al joven Anouilh: ¿Puede el hombre vivir el amor a lo largo del tiempo sin degradarlo? ¿Cabe la posibilidad de comunicarse dos personas a través de las barreras impuestas por las diferencias sociales? ¿Es posible recobrar el paraíso perdido de la autenticidad humana en un mundo dominado por el afán de poseer? ¿Es inevitable el envilecimiento que produce el dinero sobre el espíritu humano?
El contraste violento entre la búsqueda de lo absoluto —en lo tocante a la pureza de costumbres y la autenticidad del amor— y la entrega a las condiciones degradantes de la vida concreta es la fuente del dinamismo dramático que presentan las obras de Anouilh. La lectura meramente psicológica o sociológica de las mismas resulta perturbadora porque no alcanza el plano de hondura en que se sitúa el autor. Solo una lectura lúdico-
ambital permite comprender la brillantez de los planteamientos que hace Anouilh y la
El análisis sincero de dos temas particularmente densos de contenido por adentrarse de lleno en la esfera religiosa —la historia heroica de Juana de Arco y el «honor de Dios» en Tomás Beckett— concedió al Anouilh de la madurez luz suficiente para desbordar su actitud pesimista y acceder a esferas de la vida humana más luminosas.
En La salvaje, Anouilh matiza y ahonda un tema ya esbozado de forma desgarrada en
El armiño y en Jezabel: el enfrentamiento inevitable entre el mundo sórdido de los
desheredados en algún aspecto —fortuna, virtud, saber, educación...— y el mundo brillante de los que sobreabundan en posibilidades de todo orden. El autor ya no se limita a delatar la función degradante del dinero y a subrayar el sentimiento de envidia —o, incluso, de resentimiento— que suele despertar en los seres mancillados la visión de la pureza absoluta. Plantea un tema más constructivo: la reacción noble de una joven al verse inmersa en el conflicto provocado por la interferencia del ámbito de la pobreza y el ámbito de la riqueza. Teresa, representante del mundo de la pobreza, inaugura la galería de heroínas del teatro de Anouilh.