Arnaldo Amaury y Pedro de Castelnau, en todo momento, mantuvieron la convicción de que la única manera de acabar con el catarismo era acabar con los cátaros por el procedimiento expeditivo de la guerra.
A juicio de ellos, la campaña misionera a base de predicaciones, debates públicos con los herejes y aquella vida tan austera de testimonio que se adoptó en la asamblea de Montpellier, estaba condenada al fracaso y constituía una lamentable pérdida de tiempo.
Habían conseguido plasmar estas ideas en las mentes de los monjes que andaban a su alrededor, en las de no pocos obispos y clérigos y en las de los escasos cristianos que quedaban en el Languedoc.
Supuestos estos criterios, nada tenía de extraño que los abades y misioneros dirigidos por ambos legados actuasen con poco entusiasmo y que, tras la muerte de Raúl, decidieran en masa regresar a sus monasterios.
Las constantes presiones de Arnaldo y de Castelnau sobre Inocencio III para que convocara la cruzada arreciaron a partir del verano de 1207. No tenían misioneros, le decían, ni de dónde sacarlos. En cambio, surgirían combatientes voluntarios a montones si se les pagaba bien.
El papa comenzó a tomar en serio la idea de la guerra santa.
El 17 de noviembre de aquel mismo año envió cartas a Felipe Augusto y a varios nobles de Francia invitándoles a organizar la cruzada contra los albigenses.
Fray Domingo se abstuvo de juzgar este paso dado por el pontífice. A los otros legados, sí que les había dicho varias veces lo que él opinaba: una guerra era inevitablemente algo atroz y el más tremendo de los males públicos, por la serie de horrores que suponía y las pasiones que desencadenaba. Y si se daba a la contienda carácter de santa, peor, por las cargas de fanatismo positivo o negativo que despertaba entre los combatientes.
A su juicio, el Evangelio rechazaba esos procedimientos. Lo probaba:
Toda la predicación de Jesucristo giró en torno al amor entre los hombres.
Los mandamientos reflejaban con toda claridad la voluntad de Dios, Padre universal. En ellos no sólo se vedaba expresamente atentar contra la vida del prójimo, sino que se regulaban las relaciones humanas de manera que se evitasen daños y perjuicios mutuos y se imponía como ley suprema la caridad.
En las bienaventuranzas, el Señor insistió en los conceptos de mansedumbre, paciencia y paz, incluso en casos de escarnecimiento o de persecución personal.
Para que no quedaran dudas sobre la interpretación de esa teoría cristiana, el propio Maestro la rodeó de luz con sus ejemplos: Lo estaban apresando a él en Getsemaní. San Pedro salió en su defensa, arrebató la espada a uno de los sayones y con ella hirió a Malco, el siervo del pon- tífice. Jesús ordenó a Pedro que dejara quieta el arma. Más: curó al esbirro su herida. Él se dejó maniatar y conducir a los tribunales y enclavar en la cruz, y soportó las befas de quienes le escarnecían y decían que, si podía, que se desenclavara. Podía, pero siguió desangrándose en la cruz, sin una palabra de recriminación a quienes le atormentaban. Consumó su obra. Después manifestó su poder sin ofender a nadie, resucitando.
Las cartas de Inocencio III cayeron en el vacío.
A Felipe Augusto, el asunto religioso no le preocupaba demasiado. Prefería no verse envuelto en conflictos de aquella naturaleza. Además, antes de comprometerse a nada, quería saber primero contra quiénes tendría que luchar.
La misma cuenta se echaron los otros nobles.
La rivalidad entre el rey y Raimundo VI, conde de Tolosa, era antigua, y podía enconarse aún más en esta guerra que se proyectaba.
Aspiraba el conde a independizar su condado de la soberanía de su monarca.
Felipe Augusto, en esto de la cruzada, trataba de esperar, antes de comprometerse, a que se definiera Raimundo. Si éste apoyaba la causa de la Iglesia, él, aparentemente, se inhibiría, aunque bajo cuerda ayudase a los contrarios y desease su victoria para quitarse de una vez la pesadilla que las pretensiones secesionistas del sur de su país le causaban. Pero, si el conde se ponía de parte de los cátaros, entonces él se declararía en favor de la cruzada.
Los mismos cálculos hacía Raimundo VI. Que tomase la delantera el rey. Cuando estuviese claro en qué bando se situaba el soberano, él se manifestaría a favor del bando opuesto.
Don Arnaldo y don Pedro, en cuanto tuvieron noticia de que Inocencio III había escrito aquellas cartas, se entregaron con entusiasmo a la tarea de reclutar soldados por toda Francia, a adquirir estandartes y banderas y a almacenar escudos, armaduras, lanzas y espadas.
Organizaron batallones con el nombre de milicias de Jesucristo, sacaron de los monasterios centenares de monjes y los repartieron por Europa para recoger dineros y voluntarios que, a cambio de las indulgencias que el pontífice concedería a los combatientes y de requisas, botines y otras granjerías, quisiesen pelear a favor de la santa causa.
A partir de los meses últimos de 1207, en todo el Languedoc se respiraba ambiente de guerra, porque también los cátaros se preparaban para ella.
Los ojos de todos estaban pendientes de los movimientos del conde de Tolosa.
Raimundo VI era un enigma. Hasta entonces, oficialmente, había sido cristiano. Los futuros cruzados abrigaban cierta esperanza de que los acaudillara; pero tenía una historia tan turbia de coqueteos con los
albigenses, que no se sorprenderían demasiado si, desencadenada la guerra, tomaba parte en ella a favor de los cátaros.
Comenzó el año 1208.
Las intenciones del conde sólo Dios y él las conocían.
El 13 de enero, don Pedro de Castelnau, absolutamente carente de flexibilidad y diplomacia, se entrevistó con él y le urgió, en vano, para que se definiera. El legado dio rienda suelta a su genio y enfado, y en una sesión borrascosa acusó a Raimundo de ambicioso, de hipócrita y de hereje.
Al día siguiente, cuando don Pedro de Castelnau se disponía a subir a una barcaza, en un barrio de Arlés, para cruzar el Ródano, un sicario a sueldo lo asesinó clavándole un puñal en la espalda.
Entre los cristianos se comentó que el asesino había cometido aquel crimen por encargo del conde de Tolosa.
Don Arnaldo Amaury se dio prisa a comunicar al papa lo ocurrido y a urgirle la declaración de guerra.
Varios prelados, en nombre de otros obispos de Francia, acudieron a Roma en apoyo de la petición del abad, que ya tenía acuartelados cincuenta mil hombres, impacientes por entrar en campaña.
Inocencio III escribió nuevas cartas a Felipe Augusto y a otros nobles.
El conde de Tolosa, consciente del mal paso que había dado mandando asesinar a Castelnau y de que el rey interpretaría el gesto como un apoyo a los herejes y se pondría al frente de la causa católica, para sacudirse las acusaciones de asesino que sobre él iban a llover y para des- baratar los proyectos que hubiese concebido el monarca, se ofreció a don Arnaldo para acaudillar la cruzada.
Hizo más: Consiguió que su cuñado, don Pedro II de Aragón, le enviase tropas de su reino; animó a varios nobles del condado para que le siguieran y comunicó al papa que él, con todos aquellos efectivos, estaba dispuesto a entrar en la guerra contra los cátaros tan pronto como de Roma llegara el aviso de que las operaciones comenzaran. El resto de 1208 y los primeros meses de 1209 se emplearon en ultimar los preparativos.
Don Arnaldo Amaury, que ostentaba la jefatura de la organización, cursó órdenes para que todos los comprometidos en la causa de la Iglesia estuviesen concentrados en Lyón el 1 de junio de aquel año.
En la misma ciudad reunió a todos los monjes que habían de acompañar durante la contienda a las milicias para arengarlas y mantener en sus espíritus vivo el ardor guerrero.
Durante el acuartelamiento surgió un conflicto entre los nobles concentrados. Varios de ellos aspiraban a ostentar el título de caudillo general. Les iba mucho en ello. De acuerdo con el negotium fidei, el generalísimo de los ejércitos se convertiría en amo de las tierras que conquistara al enemigo.
Don Arnaldo zanjó la cuestión otorgando el supremo mando militar a Simón de Montfort, católico sincero, apasionado por la causa de la fe cristiana, el único entre todos los nobles reunidos en Lyón que tenía un historial de purísima ortodoxia, sin la más leve mancha de contem- porización con los herejes. Había heredado de su madre el condado de Leicester y era conde; pero por conflictos con el rey de Inglaterra no había podido posesionarse de su feudo y vivía modestamente al frente de otro señorío en las cercanías de París.
* * *
El 12 de julio de 1209 salieron de Lyón las columnas de los cruzados. Tras unos días de marcha, vivaquearon en Montpellier.
Luego, nuevas etapas hasta acampar frente a las murallas de Béziers. El 22 de julio sonó el clarín llamando al ataque.
Los cruzados asaltaron la ciudad, defendida por el vizconde Raimundo Roger.
En pocas horas la población quedó arrasada.
Las crónicas hablan de veinte mil muertos entre soldados del bando cátaro y gente civil.
El pánico cundió entre los habitantes de los lugares vecinos.
Las huestes de Simón avanzaron sin dificultad saqueando castillos, incendiando fortalezas y tomando aldeas vacías, porque sus moradores habían huido hacia Carcasona, precisamente el próximo objetivo inmediato de los vencedores.
El 1 de agosto comenzó el asedio a esta ciudad.
La resistencia de los sitiados fue grande. Quince días tardaron en rendirse.
De pronto el barco comenzó a hacer agua.
Simón de Montfort trataba de constituir un poderoso condado para sí con las tierras y plazas que iba conquistando. Algunas pertenecían a nobles que llevaba en sus propias filas, quienes lógicamente se negaban a perder el dominio sobre lo que creían legítimamente suyo.
Raimundo VI, resentido desde el principio por no haber logrado el caudillaje supremo de las fuerzas, cuando advirtió lo que Simón proyectaba, se alzó contra él, sublevando a sus propias tropas y a las de Pedro II de Aragón, y se puso de parte de los cátaros.
Hasta el mismo rey don Pedro el Católico vino de España para ayudar a su cuñado.
* * *
Lo que se creyó paseo militar se convirtió en guerra turbia y salvaje que duró cuatro años. En multitud de ocasiones, la causa religiosa quedó marginada por la política. Quienes un día eran aliados, al siguiente se enfrentaban como rivales. Columnas enteras se pasaban de un bando a otro tan pronto como sus capitanes ofrecían a sus soldados, muchos de ellos aventureros de oficio, mayores ventajas, mejores sueldos o posibilidades de más copiosos botines.
La batalla de Muret fue el último eslabón de aquella cadena de ferocidades.
La ciudad había sido conquistada por los cruzados. Pedro II de Aragón trató de reconquistarla para su cuñado Raimundo. Dicen las crónicas que la sitió con cincuenta mil hombres.
Simón se hallaba en Fanjeaux. Al tener noticia del asedio, acudió con algunas tropas para atacar a los sitiadores.
A pesar de que sus efectivos eran escasos, supo llevar el ataque con tal astucia y tan buena estrategia, que exterminó al poderoso ejército contrario.
Dirigiendo el asedio, combatiendo contra los cruzados, en aquella batalla halló la muerte el rey de Aragón.
La victoria de Simón de Montfort sobre las huestes procátaras, con la liberación de Muret, ocurrida el 12 de septiembre de 1213, puso punto final a las operaciones militares de la cruzada.
* * *
Palabras deficientemente entendidas, tomadas del beato Jordán de Sajonia y de los testigos que declararon en el proceso de canonización, así como datos arrancados de su contexto y mal interpretados, han servido de base para la composición de una imagen falseada de Santo Domingo en relación con la cruzada militar y con su ministerio apostólico entre los albigenses.
Se ha dicho que el santo fue muy duro con los herejes, que fundó la Inquisición, que como inquisidor en ejercicio se ensañó con los cátaros, que acompañaba a los soldados de Simón de Montfort en las batallas, enardeciéndolos con sus arengas y soflamas.
Escritores y artistas han explotado el tema de una presunta presencia suya, blandiendo un crucifijo de grandes dimensiones a las puertas de Muret, excitando el ardor guerrero de los cruzados.
Sobre esa escena se han pintado tablas, se han compuesto cuadros y se ha hecho mucha literatura épica.
De esas afirmaciones gratuitas, de esos hechos fantásticos y de esas invenciones literarias y pictóricas ha resultado una caricatura grotesca. Precisamente la que más ha circulado entre la gente sencilla, expuesta a carecer de informaciones adecuadas.
¡Santo Domingo martillo de herejes, inquisidor, arengador de soldados...!
¡Qué versión más alejada de la realidad histórica y del temperamento y conducta del dulcísimo santo!
No fue duro con los herejes. Fue piadoso y blando.
Sí, contribuyó con todas sus fuerzas a la refutación de los errores cátaros, antes, mientras y después de la cruzada. Pero predicando la verdad de la Iglesia, dialogando y debatiendo dialécticamente con los albigenses.
Desde que salió de Osma para Dinamarca, en 1205, hasta el final de su vida, centró todos sus afanes en la difusión del Evangelio, en la conversión de los pecadores y en la recuperación de los cátaros. Y con tal celo, que parecía una antorcha ardiendo, quemándose y consumiéndose: “Ardebat quasi fácula pro zelo pereuntium”.
Llama de luz y de lumbre, pero lumbre y luz de caridad, para evitar que el error hiciese estragos en el alma del equivocado y desgarros en la ortodoxia de la Iglesia.
No usó otras armas que las de la palabra de Dios y las de los razonamientos filosóficos y teológicos. Con ellas deshizo muchas argumentaciones sofísticas de los cátaros.
Ese sentido tienen las afirmaciones de sus contemporáneos, testigos en el proceso de su canonización, cuando dicen cosas como éstas que no todos han sabido interpretar:
“Fue fustigador y argüidor tenaz de los herejes” (maestro A. de Campranano).
“Fue debelador infatigable de la herejía” (maestro B. de Bauelanis). Que los cátaros le temían y rehuían contender con él en los debates lo declararon la mayor parte de los llamados a testificar cuando se instruyó la causa de su elevación a los altares.
De la entraña del Evangelio sacó su padre y maestro San Agustín la maravillosa consigna de “aversión al pecado y amor al pecador”. De ella hizo norma de conducta nuestro santo toda su vida, pero más acusadamente durante su campaña misionera entre los albigenses.
Rezaba por los herejes con tanta vehemencia, que en ocasiones se entendían sus palabras desde lejos.
Se acercaba a ellos para convertirlos. Si lo lograba, los ponía a cubierto de recaídas, como lo prueba la fundación de la residencia de Prulla.
El, tan despreocupado para los asuntos de dinero y bienes de fortuna, que había abandonado su rico patrimonio familiar para vivir en estrecha pobreza, se desveló para que las matronas y doncellas rescatadas de la herejía no careciesen ni de techo ni de pan, y hasta para que contasen con una base decorosa de sustentación.
Ni a ellas ni a ninguno de los muchos redimidos por él del catarismo, ni antes ni después de la redención, trató con dureza. Al contrario: los buscó con amor de caridad, y a unos aceptó como donados y auxiliares de la Santa Predicación, a otros, tras de reconciliarlos con la Iglesia, los visitaba después para perfeccionar la obra de su conversión y dispensarles la protección espiritual y material que les hiciera falta.
A los que no logró convertir dejó que siguieran su camino, en uso de su libertad, pero por ellos era por quienes principalmente rezaba en sus noches de oración.
Con carácter diocesano, mucho antes de que el santo naciera, existía en algunas partes, entre otras en él Languedoc, una especie de
preinquisición.
Con carácter pontificio y como Inquisición propiamente tal, es decir, como tribunal encargado de oficio de instruir procedimientos y juzgar asuntos de fe, comenzó a existir diez años después de haber muerto Santo Domingo.
No ejerció de inquisidor:
Imposible que desempeñara un oficio que en su tiempo no existía. Pero tampoco actuó nunca ni como juez ni como miembro de aquellos jurados preinquisitoriales diocesanos del Languedoc.
Por desconocimiento de las realidades, puede que algunos hayan confundido su ministerio de legado pontificio con el de presidente de un tribunal que entiende y sentencia sobre una causa previamente instruida.
En la Iglesia, en tiempos de nuestro santo, había una disciplina sacramental. En ella se determinaba que, cuando un hereje o un infiel se convertían, antes de ser recibidos oficialmente como miembros del pueblo
de Dios, tenían que hacer abjuración de sus anteriores doctrinas. Y si se
trataba de un apóstata, a la abjuración de errores había que añadir la reconciliación, con constancia en el fuero externo, y la extensión de una credencial que sirviera al reconciliado de justificante de haber sido readmitido en el seno de la Iglesia.
La reconciliación se hacía a tenor de unas normas prescritas por las leyes canónicas, que a nadie, ni siquiera a los legados, estaba permitido modificar.
No todos los sacerdotes tenían facultades para ejercer como ministros de esta reconciliación, sino sólo aquellos a quienes la Sede Apostólica las hubiese conferido. Como tampoco, actualmente, todos los confesores pueden absolver de algunos pecados, que se llaman reservados, porque la absolución de los mismos se reserva a quienes hayan obtenido especiales atribuciones delegadas del superior jerárquico que los reservó.
La reconciliación, en el caso concreto de los albigenses, exigía que el ministro que actuaba en ella se cerciorara previamente de la sinceridad del presunto converso. Todo esto llevaba sus trámites.
Efectuada la reconciliación, el sacerdote que había actuado como ministro o testigo oficial de la misma levantaba acta del hecho y extendía en favor del reconciliado un documento en el que se hacía constar que el
beneficiario había cumplido todos los requisitos, entre ellos el de la penitencia que en el acto conciliatorio se le había impuesto. La cantidad y calidad de esa penitencia estaban también señaladas en las normas disciplinares; no se dejaban a la libre decisión del ministro reconciliante. Cuando el cumplimiento de la penitencia llevaba mucho tiempo, hasta que no se hubiese satisfecho del todo no podía extenderse en favor del reconciliado la credencial de rehabilitación. Y para que ésta hiciese fe en el fuero externo, tenía que estar firmada por el ministro y sellada con su sello.
Santo Domingo, en calidad de legado pontificio, tuvo desde el principio facultades para reconciliar albigenses. Reconcilió a muchos, y firmó muchas actas y extendió muchos documentos, y los firmó y estampó en ellos su sello de uso exclusivamente personal. Quien llame a esto ejercer de inquisidor incurre en error de conceptos y en abuso de palabras.
No estuvo en la batalla de Muret arengando a las tropas cruzadas a las puertas de la muralla.
Esta acción bélica ocurrió el 12 de septiembre de 1213.
Desde febrero de ese año, y hasta muy avanzado el siguiente, permaneció en Carcasona supliendo a su obispo Guy de Vaux-Cernai en la administración pastoral de la diócesis.