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13.3 Program Prioritization

Penoso y lento el viaje de nuestros castellanos desde Roma a Citeaux. Remontaron los Alpes por el Gran San Bernardo (2.491 m. de altura), descendieron hasta el Valais suizo, ascendieron de nuevo para franquear el Jura y bajaron a la meseta borgoñona. Aceleraron un poco la marcha en las últimas jornadas y pudieron llegar a tiempo, antes de que comenzara la semana santa, para celebrar los sacrosantos misterios de la pasión del Señor en la abadía.

Don Arnaldo Amaury los recibió con cordialidad y entusiasmo.

Era un hombre de mucha vitalidad. Procedía del monasterio de Poblet; en él había abrazado la vida cisterciense; allí había sido abad; luego lo fue en Grandselve, de Tolosa. Desde hacía unos años ostentaba la suprema jerarquía de la orden en cuanto abad general de Citeaux, con jurisdicción moral sobre millares de monjes, repartidos en seiscientas comunidades.

Era emprendedor, virtuoso, activo, simpático y elocuente, abierto, con dotes de mando y acusada personalidad.

Ampliamente informó a los nuevos legados de todo cuanto se relacionaba con la campaña misionera entre los albigenses: de cómo se

habían desarrollado las fases anteriores, de las dificultades surgidas, del modo de proceder de los herejes, de lo que se proyectaba hacer en la nueva etapa, de los abades que tenía comprometidos, de la reunión que en la semana de Pascua iban a tener en Montpellier, precisamente allí, por ser una de las ciudades más tranquilas y menos contaminadas por el catarismo. Tan deferentemente se condujo con sus huéspedes, que hasta rogó a don Diego que tuviera a bien presidir los oficios litúrgicos de aquellos días. Él tenía que marchar inmediatamente para llegar a Montpellicr antes del jueves santo. Allí celebraría el triduo antepascual y, al mismo tiempo, prepararía el alojamiento de los abades y de sus séquitos y lo concerniente a la asamblea. Convenía mucho que todo estuviera a punto; si algo fallaba y los monjes se sentían incómodos, podría comprometerse el resultado de la reunión. Aunque él pensaba, y del mismo parecer era don Pedro de Vastelnau, que todo aquello no iba a resolver nada: para acabar con aquella herejía no había más que un camino, el de la cruzada militar. Se lo venía repitiendo al papa desde hacía dos años: Que convocara a los reyes que tenían soberanía en tierras del Languedoc, y les urgiera la desposesión de los nobles que apoyaban a los herejes, que eran muchos, entre ellos Raimundo VI de Tolosa, el más peligroso de todos; y otros condes y viz- condes y señores feudales, como los de Foix, Trencavel, Castres, Lombers, Lavaur, Mirepoix, Béziers, Carcasona, Fanjeaux... Si se resistían y era preciso combatir contra ellos, pues a combatir en una guerra santa. Combatientes por la causa de Dios no habían de faltar si se les prometían buenas soldadas; y capitanes tampoco, que muchos de los nobles que no acababan de definirse se pondrían de parte de la Iglesia si ésta les garantizaba que podían incorporar a sus señoríos los bienes de los herejes y las tierras que en las acciones bélicas conquistaran. Ya llevaban siete años perdidos con estos intentos de misionar. Mientras tanto, los cátaros y los señores que los apoyaban se crecían y se mostraban cada día más arrogantes y soberbios. Si en Roma se lo hubieran permitido, a estas horas ya él mismo hubiera lanzado el grito de ¡guerra!, y acaudillado personalmente la causa.

El abad era belicoso. Don Diego, acostumbrado a andar entre caballeros dedicados profesionalmente a las armas, y entre clérigos y obispos del cortejo y del consejo real y a tratar con maestres de las órdenes de Santiago y de Calatrava, mitad monjes, mitad soldados, encontraba aquel modo de ser, de expresarse y de conducirse enteramente normal. Algo había en aquel hombre de Iglesia y de campamento que le atraía. Como le atrajo también aquella comunidad de Citeaux, con sus doscientos

o más religiosos, que, bajo el báculo de don Arnaldo, oraban y trabajaban y se movían como un batallón disciplinado, de un lado a otro, por las huertas y claustros de la abadía, que se le antojaba cuartel general de los ejércitos de nuestro Señor.

El atractivo fue tan grande, que pidió a don Arnaldo que lo recibiera en su orden.

Don Arnaldo accedió.

El beato Jordán dejó referido en su opúsculo que, antes de que el abad de Citeaux saliera para Montpellier, impuso el hábito del Císter al obispo de Osma24.

Grande era la amistad que existía entre el prelado y su vicario. De ellos podía decirse que parecían tener una sola alma y un mismo corazón.

Algunos biógrafos de Santo Domingo se extrañan de que no siguiese en esta ocasión el ejemplo de su obispo, haciéndose también él cisterciense.

Esa extrañeza está fuera de lugar.

Don Diego y su canónigo convivieron y trabajaron estrechamente unidos en muy diferentes empresas. Entre ellos existió una vinculación afectiva fraternal y santa. Pero eran muy diferentes en sus maneras de ser, de pensar y de obrar.

Las referencias que nos dan del obispo de Osma el beato Jordán y los testigos que intervinieron en el proceso de canonización de nuestro santo, son todas laudatorias. Pero, analizándolas, se llega a la conclusión de que el prelado y consejero real era hombre impulsivo, propenso a dejarse llevar por impresiones momentáneas. En él los sentimientos ejercían notable influencia sobre la voluntad y la razón.

Santo Domingo, por el contrario, era sereno, reflexivo, prevenido y cauto. Aunque tenía mucho corazón, gran sensibilidad y enorme capacidad intuitiva, no se dejaba arrastrar por impresiones del momento, sino que las sometía a reflexión, ponderaba datos y no tomaba determinación alguna sin antes filtrar las premisas por el tamiz de su entendimiento. En él la voluntad y los sentimientos estaban sometidos a su cerebro. En asuntos de especial importancia procuraba reforzar la luz de la propia inteligencia con la de la gracia divina, acudiendo a la oración, impetrando en ella, humildemente, el don de entendimiento. Cuando veía una cosa clara, y sobre todo si entendía en qué sentido iba la voluntad de Dios, se

pronunciaba a favor de lo que creyera que Dios quería, y tomaba la de- cisión correspondiente y obraba, de acuerdo con ella, con firmeza y perseverancia.

Santo Domingo admiraba a su prelado.

Nunca se sintió superior a él, aunque en muchos aspectos, indudablemente, lo era.

Humildemente le cedió ideas, programas, palabras y hasta el honor de la paternidad en realizaciones que eran totalmente suyas propias, en las que don Diego no había tenido otra intervención que apadrinarlas o presentarlas al público cuando ya estaban hechas.

Pero la admiración y respeto que tributó a su obispo no impidieron que en sus cosas personales se reservase las decisiones que le afectaban.

Admiraba también al Císter y se sentía muy estrechamente vinculado a aquella orden, que precisamente por aquella época pasaba por los mejores momentos de su historia.

En San Pedro de Gumiel era abad Manés, su hermano.

En la iglesia de aquella abadía estaban sepultados don Félix, doña Juana, Antonio, don Gonzalo y muchos otros miembros de su familia. Entré sus parientes de atrás y de entonces había muchos que eran patronos, o bienhechores, o religiosos profesos de aquella observancia.

Ocho años iba a vivir entre cistercienses, misionando. Con ellos convivió, sin fisuras, sin estridencias, perfectamente acoplado a su espiritualidad.

Porque admiraba a aquella orden, cuando fundó la residencia femenina de Prulla encomendó el cuidado de aquellas mujeres al cisterciense Guillermo Claret. Y cuando después dio al grupo organización comunitaria y canalización hacia la vida religiosa, todo lo estructuró con vistas a que el monasterio fuese en su día abadía cisterciense.

A pesar de la admiración que sentía por su prelado y por la orden a que éste se incorporó, el subprior de Osma obró en este asunto por propia cuenta. O por cuenta de Dios. Su vocación aún no estaba definida, pero sí un tanto abocetada. En su conciencia sentía como que el Señor le llamaba al ministerio del apostolado activo de la predicación.

Su deseo de dedicar su vida a misionar entre los cumanos era antiguo. Luego tuvo conocimiento de la campaña de evangelización que la Iglesia había encomendado al arzobispo de Lund. Simultáneamente le preocupaba el problema de los cátaros.

Cumanos, o pueblos paganos del nordeste de Europa, o cátaros, eran factores bajo los cuales se inscribía un denominador común: la necesidad de evangelizarlos.

En su ánimo bullían una idea ya muy arraigada cuando se ofreció a Inocencio III y el convencimiento de que esa idea se la había incrustado Dios: la de dedicarse de por vida a la predicación y enseñanza de la verdad teológica.

Ese ministerio no encajaba, profesionalmente, en el esquema, para él muy respetable, de la orden del Císter.

A su juicio, de tal manera no encajaba, que en 1215, cuando puso las primeras piedras de su propia fundación, al tomar materiales de la precedente tradición religiosa para construir su propio edificio con vistas al apostolado, tomó muchos de la cantera de los premonstratenses, y ninguno de la del Císter.

No varios meses, como suponen algunos biógrafos de Santo Domingo, sino muy pocos días estuvieron los viajeros castellanos en Citeaux. Documentalmente sabemos que habían salido de Roma ya entrado el mes de marzo, y que el 29 de abril don Diego se hallaba ya de regreso en España, concretamente en Berlanga, en el cortejo real25. Dos

semanas de trayecto de Roma a Citeaux y otras tres desde Citeaux a Berlanga, sin contar las fechas que el obispo de Osma se detuviera en Francia para protagonizar los hechos que seguidamente se referirán, no dejan margen para una estancia prolongada en la abadía general del Císter.

De ella salieron el prelado y el maestro Domingo con el séquito episcopal y un buen número de monjes seleccionados por don Arnaldo para que se incorporaran a las tareas misionales que habían de reanudarse en cuanto se celebrara la asamblea. Siguiendo el curso del Saona primero, y luego del Ródano, en Bagnols derivaron hacia Nimes, para llegar a Montpellier.

Ya estaban allí los abades.

Jordán hace una pequeña crónica de la importante reunión.

Cuando los asambleístas, acabadas las intervenciones de quienes habían tomado la palabra, parecía que iban a adoptar unos acuerdos por aclamación, se alzó don Diego y dijo:

“No es éste, hermanos, el camino. Creo imposible que vuelvan a la fe, sólo con palabras, esos hombres que se apoyan más bien en los

ejemplos. Ved los herejes: so color de piedad, simulando ejemplos de pobreza y austeridad evangélica, seducen a las almas sencillas. Con un espectáculo contrario destruiréis mucho y no edificaréis nada. Sacad un clavo con otro clavo; oponed la verdadera religión a una fingida santidad. Sólo con sencilla humildad puede ser vencido el engaño de los falsos apóstoles”.

Seguidamente trató de convencerles de que deberían renunciar a aquel boato de carrozas, cabalgaduras, cortejos de criados y demás suntuosidades con que todos, y él mismo, habían comparecido en Montpellier. Aquel alarde de riqueza y comodidad provocaba reacciones de repulsa entre las gentes del pueblo, tan maltratadas por la injusta distribución de los bienes materiales. Los desheredados de la fortuna toleraban que los nobles hiciesen ostentación de abundancia, pero no que los eclesiásticos se presentasen ante ellos como portadores de la doctrina de Jesucristo mientras que, con su tren de vida, despilfarraban, delante de su propia indigencia, los cuantiosos bienes que obtenían por el sistema de exacciones, diezmos, primicias, divisas y censos, exigidos a los siervos, a los colonos y aparceros. Los cátaros, exteriormente al menos, guardaban formas de pobreza y de austeridad, y acaso por eso estaban obteniendo tanto éxito.

Sigue diciendo Jordán que, después de su pequeño discurso, don Diego llamó a sus criados y clérigos y les dio orden de regresar a Osma con los caballos y las carrozas, los cofres y los baldaquinos; y que, imitando su ejemplo, los abades del Císter hicieron lo mismo con sus respectivos séquitos, tras de haber acordado que, en adelante, todos harían a pie sus caminos, y sin dinero y en pobreza voluntaria26.

Algunos acuerdos más se concluyeron; entre ellos éstos:

Que don Diego asumiese la alta dirección de la campaña. Tal vez por la impresión que su intervención les produjo; acaso por ser obispo. En todo caso se trataba de una dirección más honorífica que efectiva, puesto que iba a estar habitualmente ausente.

Que con los monjes, que eran entre cuarenta y cincuenta, se formasen cuatro secciones, comandadas respectivamente por los cuatro legados, don Arnaldo, don Pedro de Castelnau y los maestros Raúl y Domingo de Guzmán.

Que cada sección actuase en una zona concreta, a base de equipos de dos o tres misioneros, recorriendo los lugares y predicando en ellos.

Que las controversias con los dirigentes cátaros las sostuviesen solamente los legados, encargados también de la reconciliación de los herejes convertidos, ateniéndose a las prescripciones del derecho sacramental vigente y a las instrucciones dadas por Roma.

La programación fue aceptada por todos. Pero ¿se atendrían a lo acordado?

El maestro Domingo, muy intuitivo, no estaba seguro de ello. En gran parte, la fidelidad a esas normas dependería de los propios legados.

A don Arnaldo lo radioscopió en Citeaux; a los otros dos tuvo ocasión de conocerlos durante la asamblea.

El abad general del Císter era un gran hombre, pero con alma de señor feudal y bríos de caudillo castrense. Se sentía más a gusto y más realizado con casco y armadura, a caballo y lanza en ristre, que dentro de una cogulla, pontificando, con mitra y báculo, en su iglesia abacial. Dos años más tarde gozaría comandando la cruzada militar contra los albigenses. Pese a que tanto la había deseado, pareciéndole pequeña aquella guerra, se concedió a sí mismo una licencia y la aprovechó para marchar a España, al frente de cuarenta mil soldados, a combatir contra los moros al lado de los reyes de Navarra, Aragón y Castilla. Los historiadores franceses, todavía hoy, lo presentan como un héroe en la batalla de Las Navas. Otros cronistas rebajan algo lo de la heroicidad27.

Pedro de Castelnau procedía del cabildo regular de Maguelonne. Siendo arcediano del mismo, en 1203, se pasó al Císter. Su vida monacal, aunque algunos lo presentan como abad de su monasterio de Fontfroide, fue cortísima, porque a los pocos meses de su profesión recibió del papa el nombramiento de legado para la campaña misionera del Languedoc, y en ella permaneció hasta su muerte. También su pertenencia anterior al cabildo de Maguelonne fue más nominal que efectiva. Como era buen abogado y le gustaba el oficio, casi todo el tiempo de su canonicato lo pasó en Roma, defendiendo pleitos difíciles de clientes adinerados. Le iba mejor el foro que el coro, y se sentía más cómodo vestido de toga que de sobrepelliz. Era, por temperamento, duro y adusto, tenaz e intransigente, y hasta violento. No aficionado ni a la paciencia ni a la mansedumbre. Más adelante, Raúl y Domingo tuvieron que aconsejarle que se tomara unas largas vacaciones, porque con su carácter, propenso a la intemperancia, creaba dificultades a la marcha de la misión; y sobre todo por razones de seguridad personal. Los cátaros lo tenían por soberbio y perverso, lo

odiaban y habían hablado de eliminarlo. Y lo eliminaron: Antes de dos años, el 14 de enero de 1208, un sicario lo asesinó.

El maestro Raúl, también cisterciense de Fontfroide, no se parecía en nada a los otros dos: era amable, dulce, sacrificado y generoso; buen teólogo y buen predicador.

Terminada la asamblea, los misioneros salieron de Montpellier de muy diferente manera a como habían entrado: sin ruidos de cascos de caballos ni de rodar de carrozas, sin acompañamientos de legos y criados... A pie, en grupos, descendieron desde la ciudad hasta la llanada. Allí se despidieron y cada sección emprendió el rumbo que se le había señalado.

Tenemos un buen cronista de esta segunda o, más bien, tercera fase de la misión albigense: el cisterciense Pedro de Vaux-Cernai. Los datos que aporta, hasta 1212, los recibió de su tío, uno de los abades que intervinieron en la campaña pastoral y posteriormente obispo de Carcasona. De 1212 en adelante vivió personalmente los hechos. En ese año se incorporó a la misión, trabajando junto a su tío Gui, a cuyo monasterio pertenecía. Con lo que le dijeron y lo que vio, escribió su

Historia albigensis.

Por él sabemos que desde Montpellier las secciones de Raúl y de Domingo se dirigieron hacia las tierras próximas al golfo de Lyón, y las de Arnaldo y Pedro de Castelnau hacia Tolosa.

* * *

En la Edad Media era frecuente acudir a duelos y desafíos para dirimir muchas cuestiones.

En la asamblea se había acordado que en los lugares donde los herejes tuviesen mayor presencia y aceptación, los legados deberían proponer a los dirigentes cátaros la celebración de debates doctrinales públicos, es decir, retarlos a una confrontación abierta de sus respectivas profesiones de fe.

Raúl y Domingo encarrilaron sus correspondientes secciones hacia sus destinos y permanecieron juntos para llevar a cabo determinadas controversias con los albigenses en Servián, Béziers y Carcasona.

Servián era cátara hasta la entraña, y cátaros los nobles y el señor de la villa, pese a ser vasallos del rey don Pedro II de Aragón.

En el salón del castillo funcionaba un centro de culto dirigido por el pseudo-obispo Bernardo de Simore, por el predicador Balduino y por un

teólogo de fama, llamado Teodorico, apóstata y antiguo deán del cabildo de Nevers. Tenía este ex canónigo mucha nombradía como controversista y experto en el manejo de los textos bíblicos.

Estos duelos dialécticos se ajustaban a un protocolo: los retadores, para retar, deberían pedir permiso al señor de la villa e indicar a los retados las fechas de los debates y los temas sobre los que había de versar la polémica. Los confrontamientos se celebraban, o al aire libre, o en local muy capaz, de manera que pudieran ser presenciados por el mayor número posible de gentes. Como el espectáculo era gratuito y no solía haber otros de más entretenimiento, la concurrencia solía ser muy grande. Había un jurado, formado por los nobles que el señor del lugar señalara. Los contrincantes actuaban en sitio apto para ser vistos y oídos por los jueces y por los espectadores.

Raúl y Domingo, cumplidos los trámites de rigor, retaron a los dirigentes del catarismo de Servián.

Los debates se celebraron por las tardes, en una plaza pública, a lo largo de una semana.

Fue el estreno del maestro Domingo. Tuvo ocasión de demostrar ante el numeroso auditorio sus conocimientos bíblicos, la competencia con que manejaba los textos de San Agustín refutando los errores maniqueos, su gran preparación teológica y su habilidad dialéctica. El propio maestro Raúl quedó asombrado. Y la concurrencia, entusiasmada, hasta el punto, dice Pedro de Vaux-Cernai, de que, cuando dejaron Servián para encaminarse a Béziers, una muchedumbre de oyentes acompañó a los legados más de una legua hasta dar vista a la ciudad.

Los herejes de Béziers tenían fama de violentos. Años antes habían dado muerte a su señor feudal, el vizconde Raimundo, y maltratado al obispo Guillermo de Roquessel que trató de ampararlo en la catedral. El prelado, a quien rompieron una mandíbula, cobró tal miedo, que optó por encerrarse en su palacio y dejar hacer a los cátaros e impedir toda manifestación católica que pudiera molestarles.