Chapter 3: Existing Solutions
3.2 Electrical Load Study for Electric Vehicles
3.2.1 Drivetrain Power Requirements and Loading Profile
Patrice Cressier
Hablar de la Almería almohade en Sevilla tiene un algo paradójico: tal como se podrá juzgar a lo largo de esta exposición, poco tuvo que ver esta zona de Andalucía oriental, castigada por la ocupación cristiana de su capital durante diez años (1147-1157) y por los planes expansionistas de los sucesivos poderes asentados en la vecina Murcia, con el esplendor de la capital del segundo califato de Occidente. Poco tendrá que ver, seguramente, su mezquita mayor (hoy en día iglesia de San Juan), aunque renovada y pasada a la criba de una nueva ideología, con la tercera de las grandes mezquitas propagandísticas del Estado, la Giralda…
Alejados del centro de poder (o por lo menos, más cerca de la costa africana que de la capital ibérica), Almería y su territorio quedaron además un tiempo relativamente breve bajo el dominio almohade. Veamos: en 1157 la capital está en manos de una coalición cristiana (Castellanos de Alfonso VII, apoyados por Catalanes y Genoveses); en el mismo momento, su territorio está bajo el control del aliado de ésta, Ibn Mardanæ™, soberano de Murcia que se reclama del califato ®abbœsí. Este mismo Ibn Mardanæ™, recordemoslo, logra convertir a Murcia en un activo centro de creación artística, en reacción con la estética propiciada por
los almohades1. A finales del primer tercio del s. XIII, cuando ya se ha desmoronado el Estado almohade y
se vislumbra la victoria de los Nazaríes sobre sus competidores por el dominio de lo que queda de al-Andalus, la ciudad está gobernada en la práctica por Ibn Ramæmæ, miembro de una vieja familia local, mientras que la provincia lo ha sido desde hace varios años por Ibn H@d, rey de la segunda §œ’ifa de Murcia (quién, de hecho,
acabará sus días en la misma Alcazaba almeriense)2. Entre estos dos hitos de la historia, ¿cual ha sido la
intensidad de penetración de los Almohades en la región? Y ¿hasta qué punto han controlado territorios y poblaciones? Habrá que tener presentes estas dos cuestiones en el desarrollo de este modesto intento de balance del patrimonio almohade de Almería.
A pesar de todo, o más bien debido a las peculiaridades mismas que acabamos de evocar, los datos aportados por este patrimonio arqueológico-arquitectónico almohade de Almería arrojarán una luz original sobre la recepción, el papel y el impacto de la dinastía almohade en al-Andalus.
Por último, hay que insistir en la necesidad de distinguir –aunque no sea siempre fácil– entre lo propiamente almohade y lo de época almohade. No se puede confundir –y menos en el caso de esta dinastía norte africana, animada por una ideología fuerte y original– lo que impone el poder y lo que se realiza al margen o, incluso, en contra de él. Procuraré, a lo largo de estas líneas, diferenciar una y otra cara de esta misma moneda.
Para facilitar la exposición, consideraré sucesivamente el patrimonio almohade según tres enfoques distintos: el ámbito religioso, la defensa y la “cultura material” en diversos de sus aspectos.
El ámbito religioso - Los datos de la epigrafía
La epigrafía nos ofrece unos indicios particularmente llamativos del descalabro que la breve ocupación cristiana de Almería supuso para la ciudad y la provincia, así como de lo difícil que resultó ser para los sultanes almohades, una vez expulsadas las fuerzas ocupantes, volver a la situación anterior –lo que, de hecho, no lograron del todo–: del corpus de 118 inscripciones árabes almerienses estudiadas por M. Ocaña
Jiménez, el 72,03 % era almorávide y solo el 5,09 % almohade3; incluso si añadimos dos de las
inscripciones hasta hace poco inéditas y recientemente publicadas por J. Lírola Delgado4, vemos que la
caída es brutal. Bien es cierto que estas cifras deben manejarse con prudencia: al tratarse ante todo de epigrafía funeraria (94,90 % del total), las condiciones de hallazgo podrían explicar, aunque solo en parte, tal desequilibrio, mientras que obviamente el porcentaje de inscripciones nazaríes (2,54 %) no da cuenta de la recuperación económica de la que se beneficia la provincia en aquel momento ni del largo periodo concernido (casi dos siglos y medio, por solo tres cuartos de siglo de dominio almohade).
Tal como se puede deducir a partir de las líneas anteriores, la epigrafía almohade de Almería es, hasta ahora, exclusivamente funeraria. No marca una verdadera ruptura con lo almorávide y, de los seis epitafios de los que tenemos constancia, tres son de fuqahœ’ (uno de ellos también mercader); es decir que siguen siendo los miembros de la oligarquía ciudadana, ilustrada y comerciante, los que copan el poder económico y garantizan la demanda en este campo peculiar de la expresión artística.
No tenemos por ahora testimonios de epigrafía funeraria de época almohade fuera de la capital. No obstante, un valle de la Sierra de los Filabres ha revelado documentos epigráficos originales. En Senés, en efecto, se han conservado dos inscripciones rupestres, ambas asociadas quizá con un molino y, en todo caso relacionadas con el trayecto del agua. La primera se limita a un antropónimo y parece fechable en época
nazarí5. La otra, en cambio, podría datar, por sus rasgos epigráficos, de alrededor del 1200, lo que la situaría
en época almohade [Fig. 1]6. Su contenido es simple; se trata de la profesión de fe. Unos renglones han sido
picados a posteriori y se grabaron unos graffiti árabes alrededor de ella7. Tanto la factura de esta inscripción
como su localización no invitan precisamente a pensar en una obra oficial. La clara voluntad por parte del lapicidio de manifestar su condición de creyente en un lugar apartado pero ocasionalmente frecuentado (ver
los graffiti añadidos) encajaría bastante bien con una vivencia individualizada de la fe8, a la vez popular y
espiritual; se podría relacionar con la existencia, ya en época almohade, de núcleos de sufíes en la Sierra de
los Filabres9. Por tanto, la inscripción de Senés –sea de época almohade o trazada en los inicios del reino
nazarí– constituiría una huella tangible de estas actividades desarrolladas al margen del poder establecido, tales como las mencioné al iniciar esta comunicación.
Las mezquitas - La mezquita mayor de Almería - El mi¥rœb
El primer estudio propiamente arqueológico dedicado a la mezquita mayor de Almería se debe a L.
Torres Balbás10; el insigne arquitecto puso de manifiesto las grandes líneas de la cronología del edificio,
propuesta que Ch. Ewert completó y matizó unos veinte años más tarde11: una construcción ex nihilo por
al-Ëakam II seguida de una, o más bien dos ampliaciones sucesivas por los soberanos taifas Jayrœn al- ‘Œmiræ y Zuhayr. Las transformaciones almohades que son las que nos interesan en este momento,
hubieran sido las últimas arqueológicamente identificables en la construcción y datarían de la reconquista misma de la ciudad en 1157. De hecho, se suele acudir a una posible habilitación de la mezquita como iglesia y a los destrozos que ello supuso, para explicar la remodelación almohade (hecho no documentado, recordémoslo, ni por la arqueología ni por las fuentes árabes). Tal como veremos, aunque esta última explicación no pueda descartarse, existe otra –no exclusiva– basada más bien en imperativos políticos.
La reforma impuesta en la ornamentación de la mezquita –o, por lo menos, lo que nos llegó de ella–
se limitó al nicho del mi¥rœb12[Fig. 2]. Se dibujó e instaló en el interior de este nicho un friso de siete arcos
de hojas que siguen tres esquemas distintos, uno de ellos asociando arco lobulado y arco de hojas13. Estos
arcos ciegos reposan sobre columnillas a través de capitelillos extremadamente esquematizados y están enmarcados por dos cintas entrelazadas. En su mayoría las hojas son lisas aunque algunas ofrecen unas digitaciones muy sencillas. La decoración anterior ha quedado casi totalmente tapada por esta reforma con una excepción notable: las dos veneras, que aparecen cada una en el centro de uno de los arcos laterales extremos, serían anteriores (probablemente de época taifa), según los dos arqueólogos que
estudiaron en detalle el monumento14.
Mantener estos elementos decorativos anteriores –y sólo éstos– no puede ser casual: desde su aparición en la cúpula del mi¥rœb de la mezquita mayor de Córdoba, la venera ha ido tomando importancia (en las
albanegas de los arcos y en otros puntos significativos de la ornamentación arquitectónica)15hasta constituir
para los Almohades un elemento clave de su repertorio iconográfico en los mi¥rœb-s [Fig. 3]16o en las puertas
urbanas monumentales17.
En cuanto a la composición general del friso de arcos, ya se ha comentado18que el mi¥rœb de Almería
no constituye un caso aislado; se enmarca más bien en una continuidad lógica firmemente anclada en el Magrib con él de la mezquita de Tinmal y que encontraría su mayor complejidad con los de la mezquita de la Qaåba y de la Kut@biya en Marrakech.
Sabemos que las grandes salas de oración almohades de Marruecos se levantan durante la segunda mitad
del siglo XII19; en esta tradición deben seguir las de Almería (por fuerza después de la conquista de 1157) y
Mértola (Portugal)20. Tanto el recurso a una ornamentación arquetípica de esta primera fase, reformadora,
del arte de la nueva dinastía, como los parecidos extremos entre las formas elegidas para unos monumentos y otros, tienen una explicación verosímil: la voluntad por parte del Estado almohade de imponer y generalizar una estética nueva y fácilmente reconocible; la voluntad, por tanto, de difundir eficazmente su mensaje religiosos y político. En una gradación que llevaría desde los conjuntos más complejos hasta los más sencillos, Almería ocuparía una posición intermedia.
Los capiteles
Se conservan en la Alcazaba de Almería dos capiteles de estuco de buenas dimensiones (H=33,2 cm) y de
labrado bastante peculiar que, muy posiblemente, procedan de la mezquita mayor21aunque ignoramos su posición
en el edificio (quedando excluido el mi¥rœb)22. Pertenecen a un tipo morfológico aparecido muy pronto en la
escultura andalusí, durante el emirato, aunque una serie de caracteres estilísticos (proporciones respectivas del
bloque de ábaco y del kalathos, tratamiento del acanto) permiten asignarles a la época almohade23[Fig. 4].
Lo que es sumamente interesante es que estas dos piezas difieren totalmente de lo que se conoce de la escultura de capiteles en aquel momento en Granada (en Almería misma no hay elementos de
comparación contemporáneos). En cambio, los paralelos son numerosos con la serie extensa y bien fechada de los capiteles de la Kut@biya en Marrakech (vease el tratamiento de las hojas, con unas
características líneas de agujeros de trépano subrayando la nervadura axial, etc.)24.
Quizá sea arriesgado hablar de “africanismo” a propósito de estos capiteles de estuco almerienses, más cuando Ch. Ewert consideró, hace unos años, “arte andalusí” el conjunto de la ornamentación de la propia Kut@biya. No obstante, y aunque los artesanos que trabajaron en la primera mezquita catedral de la dinastía hubieran podido ser andalusíes, tanto los comandatarios como el lugar de realización eran magrebíes ; sabemos, además, que las normas impuestas por el poder debieron ser firmes; de no haber sido así ¿como explicar la destrucción y reconstrucción del edificio casi idéntica solo para retocar la orientación de la qibla?. De la misma manera, no se puede negar tampoco el hecho de que no hay capiteles claramente emparentados con los de la
Kut@biya al Norte del Mediterráneo25, salvo los de Almería. Esto parece confirmar lo que venimos observando
en el mi¥rœb de la mezquita: la obra que los almohades realizaron en ella tenía como meta la normalización estética del edificio para que este cumpliera adecuadamente su papel de lugar de predicación de la fe reformada.
¿Otras mezquitas almohades en Almería? El caso de la mezquita de Fiñana
Hace casi diez años se dedicó un libro a la mezquita de Fiñana, en el que se identificaba el monumento
como almohade de “los últimos años del s. XII y primeros decenios del s. XIII”26. Una afirmación tan tajante a
propósito de un monumento almeriense que, hoy día, es una de las mezquitas mejor conservadas de toda la Península Ibérica, necesita como mínimo un comentario en un artículo relativo al patrimonio almohade de Almería; por falta del espacio necesario para rebatir en detalle aquella aseveración y desarrollar la argumentación adecuada, este comentario será breve: de ninguna manera se puede considerar la mezquita de
Fiñana como almohade. Así lo asegura J. Navarro Palazón, gran conocedor de la yesería andalusí27; así lo hacía,
cada uno desde su propia disciplina, los miembros del grupo que constituimos en 1992 para preparar una
monografía del monumento28. Basta con dos observaciones relativas a la ornamentación vegetal; la primera es
que el repertorio iconográfico del mi¥rœb, profuso y exhuberante, se aleja totalmente del que ha sido conservado en el mi¥rœb de la mezquita aljama de Almería (así como de cualquier otro mi¥rœb almohade conocido por cierto); este repertorio vegetal es sensiblemente más evolucionado que su equivalente contemporáneo mardani™í y entronca en cambio perfectamente con el primer arte nazarí. Solo añadir que la
estructura espacial del edificio se asemeja a la de otras mezquitas nazaríes tales como la de la Alhambra misma29.
La defensa - La capital - al-Mudayna
Las condiciones de la toma de Almería por los almohades nos son bastante bien conocidas ahora; dan fe de la importancia que daba el califa ‘Abd al-Mu’min a esta ciudad, tanto la elección de los jefes de la campaña (entre los que figura su propio hijo, Ab@ Sa‘æd ‘U÷mœn) como el tiempo de preparación de ésta (casi un año) y los medios humanos y materiales reunidos. Sabemos también que la conquista fue difícil y no se logró hasta el segundo intento. Se dieron las circunstancias particulares de que las tropas que estaban asediando Almería y su alcazaba estuvieron a su vez asediadas por un ejercito de la coalición establecida entre Alfonso VII e Ibn Mardanæ™.
Previsores de tal situación, los almohades habían edificado en breve tiempo una ciudad de asedio en el cerro situado frente a la Alcazaba, tal como nos lo precisan, en particular, dos autores medievales, Ibn
Según Ibn al-A÷ær: “[…] Los cristianos se fueron a la fortaleza de esta ciudad, por lo que los sitió en ella y estableció a su ejército en el cerro que dominaba la ciudad. Ab@ Sa‘æd construyó una muralla sobre el mencionado cerro hasta el mar e hizo sobre él un foso (jandaq). Tanto la ciudad como la fortaleza en la que se encontraban los cristianos estaban cercadas por esta muralla y por el foso. […]”.
Según Ibn Abæ Zar‘: “El sayyid ‘U÷mœn construyó sobre su campamento una muralla que lo rodeaba. Los cristianos que se encontraban en Almería pidieron ayuda a Alfonso. Vinieron “el sultancillo” e Ibn Mardanæ™, para auxiliarlos, con un ejército grande y numeroso, pero no consiguieron socorrerlos ni llegar al campamento de ‘U÷mœn, por haberlo éste fortificado al rodearlo con una gran muralla inexpugnable. […]”. De este gran recinto de §œbiya, al que se refieren las fuentes y que solo aparece dibujado en un plano histórico de época moderna (el de Juan de Mata Prats, 1852), no se conservan más que escasos vestigios al oeste del Cerro de San Cristobal y desconocemos todo de sus características morfológicas y
constructivas31. Ignoramos también (y nunca se llevaron a cabo prospecciones al respecto) si esta muralla,
que dio más tarde el nombre de al-Mudayna (“la pequeña ciudad” o “la ciudadela”) al cerro en el que se levantaba, albergaba algún tipo de edificios específicos relacionados con su función (mezquita o residencia del poder político-militar) tal como lo hicieron, en el siglo siguiente, las ciudades de asedio edificadas por
los sultanes meriníes frente a Tremecen o Ceuta32.
Si bien es cierto que J. A. Tapia Garrido opinaba que el recinto de la Almudayna correspondía a una
ocupación islámica primitiva de Almería, tal como lo recoge L. Cara Barrionuevo33, esta hipótesis, al
contrario de la planteada por J. Lirola Delgado34, carece de argumentos suficientes. Hasta confirmación –o
no– por un verdadero estudio arqueológico, el origen almohade de este elemento me parece, pues, perfectamente plausible.
¿Hubo puertas urbanas almohades en Almería?
Después de reconquistar la ciudad, los Almohades intentaron –en la medida de su disponibilidad– devolverle su grandeza pasada. Nos debemos preguntar, pues, si dentro de este programa de rehabilitación, se incluían las murallas, que debieron sufrir bastante en la contienda, y en particular sus puertas –de las
que sabemos que, en otras regiones del reino, la dinastía hizo sus monumentos paradigmáticos35
–. Varios autores han abordado el tema de las puertas de Almería, sin llegar a plantear la cuestión de su
datación y razonando más a partir de sus emplazamientos que de los monumentos mismos36. En ausencia
de todo vestigio y por tanto de todo estudio arqueológico (en este caso de excavación), las principales
fuentes de información son los planos modernos de Almería37, desde el s. XVI hasta al XIX, entre los que
se pueden citar los de Juan de Oviedo (1621)38, Doncel (1800), y Juan de Mata Prats (1852)39. No
obstante, solo dos plantas de puertas monumentales figuran con un mínimo de detalles en el plano de
1621 para dar pié a algunas interpretaciones, la de la Puerta de Pechina (Bœb Ba^^œna)40y la de la Puerta
del Mar (Bœb al-Ba¥r).
La primera se caracteriza por un entrante de la muralla muy marcado y flanqueado por dos torres cuadrangulares, dando acceso este amplio espacio abierto a un edificio rectangular cuyas entrada y salida definen un único codo. En la segunda, el acceso está en doble codo atravesando un edificio que sobresale
tanto hacia el exterior como hacia el interior de ésta41. En contra de lo que se ha podido escribir, el esquema
Sabba‘ en Fœs al-‰adæd (por el amplio espacio anterior). En cuanto a la Puerta del Mar, su estructura evoca tanto a parte de la puerta meriní de Algeciras (identificada como Puerta de Gibraltar) como a monumentos mucho más tardíos de Meknés (Bœb al-Batæwæ), hecho –por otra parte– meramente anecdótico.
Lo que nos importa aquí es que ninguna de las dos recuerda lo más mínimamente las puertas monumentales construidas por los Almohades en sus ciudades magrebíes de Marrakech o Rabat.
Quedaría otra “Puerta del mar”, dibujada por Pérez-Villamil a mediados del s. XIX, grabado que
constituiría la única información sobre las superestructuras de las puertas urbanas de Almería42. La
monumentalidad del edificio llama la atención. No obstante, no hay duda que la reconstrucción así ofrecida,
por su similitud con la Puerta del Sol en Toledo, es fantasiosa43. En el estado actual de la investigación, pues,
no podemos precisar el alcance de las reformas arquitectónicas impuestas, por el poder almohade recién establecido en Almería, al amurallamiento de la ciudad.
El territorio: redes de fortificación
Ya tuve oportunidad de llamar la atención sobre la intensidad del fenómeno castral en las Sierras de Andalucía oriental (y más concretamente de Almería) intentando precisar los lazos existentes entre este fenómeno y los actores en presencia (comunidades campesinas, poderes centrales) así como más o menos
directamente con los motores económicos regionales (territorios de regadío, minería, etc.)44.
De forma general (y, respecto a ello, remito a dos de estos artículos)45, el ¥iån como principal
elemento de estructuración del poblamiento y del territorio es un fenómeno fechable en el siglo X, momento a partir del que la ordenación territorial verá sus grandes ejes definitivamente trazados.
Este hecho, ahora bien documentado, no supone una situación inmutable. Más bien al contrario, y los procesos de reajuste se multiplican –aunque a un ritmo desigual– a lo largo de los siglos siguientes, coincidiendo, eso sí, con momentos históricos “privilegiados” de la evolución de la red castral.
No hay duda, en efecto, de que la situación instable que prevalece en la segunda mitad del s. XII y de