Chapter 3: Existing Solutions
3.3 Existing Architectures
3.3.1 Vehicle with Internal Combustion Engine
Antonio Torremocha Silva A modo de introducción
El origen del movimiento almohade -violentamente expresado en el Magreb contra los almorávides considerados herejes y contrarios a la Unicidad de Dios- y su expansión en al-Andalus - estado islámico amenazado, tanto por la atomización del poder de las segundas taifas, como por la agresividad manifestada por los estados cristianos del Norte- explican la importancia que el nuevo imperio, surgido en el sur del actual Marruecos, otorgó al elemento militar y, sobre todo, a la defensa estática en ambas orillas del Estrecho con la ampliación y mejora de los recintos defensivos urbanos e, incluso, con la fundación “ex
novo” de ciudades reciamente fortificadas, como fue el caso de Madænat al-Fat¥ en Gibraltar1.
Aunque el proceso de urbanización y de erección de fortificaciones desarrollado por los almohades en al-Andalus tuvo un precedente en la edificación de fortalezas y la consolidación del fenómeno urbano durante el califato de al-Nœåir y, más tarde, durante la etapa lamtuní, lo cierto es que las mejoras tecnológicas en el campo de la poliorcética y en la defensa estática logradas por las sociedades occidentales desde mediados del siglo XII, el auge económico y el aumento de la población -sobre todo urbana- hacían necesario y, al mismo tiempo posibilitaba, defender los enclaves urbanos con nuevos elementos de disuasión, capaces de contener los asedios protagonizados por potentes ejércitos que disponían de novedosos y eficaces artilugios neurobalísticos y máquinas de “aproche” capaces de superar las viejas defensas urbanas.
Barbacanas, fosos, torres albarranas, corachas, ingresos abiertos en el seno de grandes torres y constituidos por dos o más pasadizos acodados y patios a cielo abierto, convertirían a las ciudades andalusíes y magrebíes, bajo el gobierno de los almohades, en extensas urbes dotadas de unos medios de defensa estática que las hacían prácticamente inexpugnables.
En la zona del Estrecho, cabeza de puente de las expediciones militares de los califas almohades en territorio de al-Andalus a lo largo de un siglo, este reforzamiento de las defensas urbanas era una exigencia ineludible para unos emires que aspiraban a controlar las estratégicas bases de desembarco situadas en el litoral meridional de la Península. Algeciras, Tarifa y Gibraltar se transformarían, bajo el dominio de los unitarios, en enclaves portuarios reciamente fortificados y en ciudades que asistieron, entre 1145 y 1225, a
un notable desarrollo de su población y de la actividad económica, como se detecta en los diccionarios biográficos y en otras obras árabes de carácter geográfico o histórico. Pero el imperio almohade no se contentaría únicamente con fortificar las ciudades del Estrecho, sino que, otros enclaves urbanos de la vertiente atlántica, situados entre sus puertos de desembarco y la gran capital muminí de Sevilla, como Vejer, Jerez, Madina ibn al-Salim, Arcos, Alcalá de los Gazules, Cádiz y algunos castillos de la vertiente mediterránea como Castellar y Jimena asistieron a un incremento en sus guarniciones y a una mejora en sus recintos defensivos.
En lo que se refiere a los trabajos sobre fortificaciones almohades erigidas en el Magreb, contamos con los estudios, generalmente de carácter monográfico, realizados por investigadores de la Escuela Francesa, como Ch. Allain, J. Meunié, Henri Terrasse, G. Marçais y Patrice Cressier. Para al-Andalus es necesario citar los estudios -ya clásicos, pero todavía vigentes- de Leopoldo Torrés Balbás, así como los trabajos de Alfonso Jiménez, Rafael Azuar, Fernando Valdés, Basilio Pavón y Magdalena Valor, entre otros. Para la zona de la provincia de Cádiz los escasos trabajos se deben a autores como Basilio Pavón, Leopoldo Torres Balbás, Laureano Aguilar, María Luisa Menéndez, Francisco Reyes y Ángel Sáez.
El espacio geográfico que abarca el estudio: la provincia de Cádiz
En cuanto al ámbito territorial en el que se circunscribe este somero estudio, es preciso hacer algunas aclaraciones.
El territorio que hoy ocupa la provincia de Cádiz se estructuraba en época almohade en dos circunscripciones político-administrativas: una, la que podríamos denominar interior, con cabecera en Jerez de la Frontera, ciudad de la que dependían otros enclaves menores como Madæna ibn al-Sœlim y Arcos y una serie de castillos, torres almenaras, ribœ§, aldeas y alquerías situadas en la sierra y en el litoral atlántico; la otra, una circunscripción de gran importancia estratégica, creada “ex novo” por los muminíes, que abarcaba los litorales norte y sur del Estrecho, con ciudades como Algeciras, Tarifa, Gibraltar y
Málaga, en la costa andalusí, y Tánger y Ceuta en la magrebí2, y de la que dependían los castillo de
Castellar, Jimena, Gaucín, Casares y Marbella y las numerosas torres y alquerías documentadas en los valles de los ríos Guadarranque y Guadiaro.
Por tanto, y teniendo en cuenta que la ciudad de Cádiz no era en el siglo XII más que un reducto militar de escasa importancia, los almohades centrarían los ejes de su dominio sobre lo que hoy es el territorio gaditano en las ciudades de Jerez, Madina ibn al-Salim y Arcos, y de Algeciras Gibraltar y Tarifa, éstas últimas, puertas de entrada en al-Andalus de los contingentes norteafricanos y verdaderos enclaves portuarios poderosamente fortificados.
Caracteres generales de las fortificaciones almohades
Al mismo tiempo que se hace alusión a los caracteres que se han mencionado con antelación, que nos advierten de la importancia que los almohades dieron a la defensa estática con el fin de asegurar los enclaves urbanos, que eran los centros de la actividad económica y la sede del poder político y religioso, es necesario hacer hincapié en que el movimiento reformador almohade iniciado por Ibn T@mart se asentó, además de en la guerra de conquista, en grandes campañas propagandísticas, y que las mismas fortificaciones desempeñaron un importante papel en dicha labor de propaganda. No de otra manera de pueden interpretar las elaboradas fachadas de las grandes puertas de ingreso a las ciudades de Rabat, Fez o
Marrakech, verdaderos “arcos de triunfo” y elementos arquitectónicos en los que se plasmaba físicamente el poder omnipresente de la nueva dinastía dominante.
Aunque no abandonaron la mejora de los recintos de las pequeñas fortalezas de altura, ni dejaron de edificar torres almenaras o “ribœ§” costeros, la mayor parte del esfuerzo almohades en arquitectura militar se concentró en los recintos urbanos. Las murallas urbanas, levantadas preferentemente de tapial, con poderosas torres de flanqueo, generalmente de planta cuadrada, con paramentos que simulaban despiece de inexistentes sillares, y reforzadas con antemuros o barbacanas, torres albarranas o esquineras de planta
octogonal -también de tapial pero con cadenas de sillares4en los ángulos-, corachas que cerraban el paso
desde la playa o permitían el acceso a manantiales o a la orilla de un río, etc.., proporcionaron a las ciudades unas cualidades defensivas capaces de transmitir confianza a sus habitantes y de disuadir a posibles enemigos de atacarlas, so pena de tener que establecer un largo y costoso asedio de incierto resultado. Si a estos valores unimos la apertura de los ingresos en el interior de potentes bastiones, con puertas desenfiladas, pasadizos con dos, tres o más codos y patios trampas, tendremos como resultado unos enclaves urbanos verdaderamente inexpugnables que, al mismo tiempo que aportaban la defensa necesaria a la población, reforzaban la posición política de los unitarios tanto en al-Andalus como en el Magreb.
La separación entre la población civil y la guarnición militar -que ya puso en práctica al-Nœåir- se consolidará en este período. La erección de alcázares como edificios independientes y con acceso directo desde la zona extramuros en las principales ciudades andalusíes, permitía una defensa del enclave fortificado donde residía el poder separada del resto de la población y, al mismo tiempo, salvaguardar al emir o su
representante de cualquier rebelión interna. Ese papel lo ejercieron, por ejemplo, el Alcázar de Sevilla5, la
Alcazaba de Badajoz y, en la provincia de Cádiz, las alcazabas de Jerez de la Frontera, Algeciras y Gibraltar.
Los recintos urbanos
Una de las obligaciones del buen gobernante musulmán consistía en la defensa de la comunidad islámica y la expansión de Dar al-Islam. Estos cometidos se concretaban en la erección y el
mantenimiento de los recintos fortificados6, la dotación y ampliación del ejército y la preparación y
dirección del ^ihœd. Pero, al mismo tiempo, el emir debía, en su acción de gobierno, lograr el mejoramiento de la vida de sus súbditos mediante la ejecución de obras públicas, el acondicionamiento y
urbanización de las madina-s, los barrios y los arrabales y la fundación de nuevos enclaves urbanos7.
El hecho urbano estuvo, por tanto, vinculado, desde los orígenes del Islam, a su propia existencia y a su vertiginoso proceso de expansión, incluso en espacios geográficos, como el Magreb al-Aqsà, donde la tradición tribal y las formas de vida fuertemente ruralizadas podían representar un elemento de atomización social y de rechazo a la compleja vida urbana. En palabras de Ibn Jald@n, “el poder legítimo induce a habitar en
las ciudades”8. Y ciertamente, si el fenómeno urbano ha de ser relacionado con alguna civilización, esa sería
indefectiblemente la civilización islámica. La ciudad se presenta, pues, en el mundo islámico como el lugar donde reside el mulk y desde el cual se irradia dicho poder y los procesos de arabización e islamización hacia los territorios que la circundan. Por tanto, desde época muy temprana, los dirigentes musulmanes se caracterizarán por acometer la fundación de nuevas ciudades, a veces junto a las viejas urbes romano- bizantinas, a veces ex novo, allí donde las condiciones climáticas, orográficas y edafológicas lo permitían. Con estos proyectos urbanos de nuevo cuño, los emires aspiraban, no sólo a proporcionar a la comunidad un lugar de residencia y de convivencia dotado de los necesarios elementos de defensa pasiva y acorde con las
exigencias político-religiosas y las necesidades socio-económicas de la nueva sociedad, sino también a lograr un espacio de propaganda política que sirviera de plasmación física del poder frente a sus súbditos y a posibles
poderes antagónicos9.
Madinat al-Fath: la ciudad palatina muminí de Gibraltar
Desconocemos las causas exactas que condujeron a )Abd al-Mu’min a fundar una nueva ciudad en la bahía de Algeciras sobre las abruptas laderas del ‰abal ¶œriq, pero entre ellas debieron estar las siguientes: a) Poder contar con una residencia propia para él, sus hijos y los miembros de su corte cuando cruzaba
el Estrecho para hacer el ^ihœd.
b) Disponer de un puerto alternativo al de Algeciras, ciudad habitada por una población andalusí de la que podía esperar alguna desafección o actitud de rebeldía.
c) Poseer un recinto fortificado donde acantonar tropas y mantenerlas aisladas de la población andalusí.
d) Erigir una fortaleza que fuera, como dice Ibn Åœ¥ib al-Åalœt, “la residencia y la representación simbólica
del poder”10y de la autoridad del califa en tierras de al-Andalus.
Los trabajos de construcción de Madinat al-Fath o Ciudad de la Victoria -si damos crédito a los cronistas árabes- se llevaron a cabo a lo largo del año 1160, movilizándose inmensas cantidades de dinero, variados materiales de construcción, alarifes, carpinteros, picapedreros y notables arquitectos residentes en ciudades de al-Andalus y el Magreb.
Su fundación, según las fuentes árabes
Ibn Åœ¥ib al-Åalœt escribe que “llegó la orden ilustre [del emir ‘Abd al-Mu’min] de edificar una ciudad
grande [...] en la montaña dichosa, de antigua bendición, en la península de al-Andalus [...], para que fuese esta ciudad la residencia del poder [imperial] 11”. Según este autor, la orden iba dirigida al hijo del emir, Abu Sa‘id
‘U÷mœn, gobernador de Granada, con el añadido de que debía reunirse en Gibraltar con los “§œlibes” de Sevilla, con el gobernador de Jaén y con el jeque Ab@ Ëafå para decidir en que parte de la montaña se debía construir la ciudad. ‘Abd al-Mu’min envió otra carta al gobernador de Sevilla para que reuniese “a
todos los obreros albañiles y del yeso y carpinteros y a los alarifes de todo al-Andalus que estaba bajo el gobierno de los almohades, y que se apresuraran en llegar a Gibraltar [...] y acudieron gran número de soldados y cadíes, escribanos y contadores para dirigir los trabajos y registrar los gastos de las obras...”12. Luego indica el lugar que
los notables habían elegido para la erección de la ciudad, diciendo que “empezaron la construcción en el sitio
en que recayó el acuerdo, como el mejor por su cercanía al mar, en la parte que la toca y la rodea”13.
Las obras estuvieron dirigidas por el geómetra malagueño y constructor de ingenios al-Ha^^ Ya’is,
enviado por el emir desde Marrœku™, y por el arquitecto sevillano A¥mad Ibn Baso14. Éstos recibieron órdenes
muy precisas consistentes en levantar “una mezquita, un palacio para él (‘Abd al-Mu’min) y otro para sus hijos,
todo ello circundado por una muralla de hermosa construcción con una sola puerta a la que llamarían Bœb al-Fut@¥ (Puerta de la Victoria)15”.
Al-Ëimyaræ añade que “otorgó solares a los principales personajes del imperio que tomaron sus medidas para
Según Ibn Åœ¥ib al-Åalœt se adaptó la escarpada orografía del terreno para edificar los palacios y las casas aterrazándolo mediante muros de contención con arcos y bóvedas. Un aspecto de notable importancia que había que tener en cuenta era el del abastecimiento de agua a la nueva fundación, pues la naturaleza caliza de la montaña y la elevada cota a la que se había edificado la ciudad dificultaban la extracción, conducción y almacenamiento del vital líquido. También debía atenderse la construcción de un sistema de acequias que llevara el agua hasta los palacios, las casas y las mezquitas.
Descripción del recinto
El recinto murado de Gibraltar, al finalizar la Edad Media, estaba constituido por la alcazaba -dominada por la gran torre de la Calahorra- en la parte más elevada de la ciudad; la Villa Vieja, en la ladera situada al oeste del núcleo palatino y la Barcina, tercer recinto cuyo flanco occidental llegaba a la orilla del mar. Además, existía una muralla que, partiendo del ángulo suroeste de la Barcina, se extendía, siguiendo el litoral, hasta los acantilados de Punta Europa y que encerraba un arrabal conocido como La Turba. De estos sectores, sólo la alcazaba y la Villa Vieja se pueden adscribir con seguridad a la etapa almohade. La Calahorra -que sustituyó a otra torre anterior-, y la muralla litoral de La Turba son obras de época meriní. El recinto de la Barcina es posible que se edificara en época meriní, aunque sin duda existía en ese lugar un
arrabal relacionado con las actividades portuarias desde, al menos, las décadas finales del siglo XII17.
La ciudad que mandó edificar ‘Abd al-Mu’min estaba asentada sobre una empinada ladera situada al noroeste de la montaña de ¶œriq y sobre el borde del barranco, cortado a pico, que mira al istmo arenoso que ocupa hoy el aeropuerto y la ciudad de La Línea. El recinto se adaptaba a los condicionantes topográficos mediante tramos en zig-zag apoyados en torres. La fábrica es de tapial de arena, grava de río y abundante cal, aunque este material ha sido sustituido en muchos tramos por mampostería por hiladas enripiadas con lajas y ladrillos.
La cerca almohade de Gibraltar tiene un perímetro de unos 2,5 km, alcanzando los 6 km si añadimos la muralla litoral edificada en el siglo XIV por los emires Ab@-l-Ëasan y Ab@ ‘Inœn. Encierra, como ya se ha dicho, la alcazaba o zona áulica, la Villa Vieja, espacio urbano de época almohade, la Barcina o arrabal portuario y la Turba, gran arrabal de época meriní . Cada uno de estos recintos contaba con sus propias puertas de ingreso.
a) El muro principal y las torres de flanqueo
El muro se adapta a las irregularidades del terreno de acusada pendiente, formando, en su flanco norte, desde la Calahorra y hasta la Puerta de Granada, tres ángulos reforzados por torres de flanqueo. La altura de la muralla en esta zona -muy reformada en época moderna por los ingleses- oscila entre los 6,70 y los 9 metros, y la anchura entre 1,50 y 2,30 metros, rematando en un adarve con almenas y merlones de fábrica moderna que acaban en punta con albardillas a cuatro aguas.
En algunos tramos la muralla de tapial se ha recrecido con mampostería en época castellana o, con mayor probabilidad, por los ingleses en los siglos XVIII o XIX, quedando embutidas en la obra nueva los anteriores merlones de tapial. Estos merlones antiguos tenían unas dimensiones de 70 X 70 cm.
El adarve, con paso de ronda que recorre la muralla y atraviesa las torres de flanqueo, salva los acusados desniveles de la cerca mediante tramos de escalera y, a veces, rampas.
El tapial es de buena calidad, con cajones de 2,60 X 0,87 metros, de los que aún se conservan algunos tramos casi completos en el flanco oriental y meridional de la cerca. El paramento presenta un encintado abundante en cal que origina un falso despiece de sillares. La excesiva humedad de la zona, con predominio de vientos húmedos de levante, debió afectar pronto al tapial que, como se ha dicho, presenta numerosas reparaciones en mampostería y recrecimientos. En algunos tramos de la muralla, como en el septentrional - zona que podría sufrir el embate de la artillería con mayor facilidad en caso de asedio- no se conserva ningún vestigio de la fábrica original, que debe estar embutida en el interior de las agresivas reparaciones de época inglesa.
En cuanto a la cronología de la muralla, se puede asegurar que el recinto de la alcazaba fue edificado, como indican las fuentes árabes, por orden de ‘Abd al-Mu’min en el año 1160. La muralla que circunda la Villa Vieja debió construirse también a mediados del siglo XII, al mismo tiempo que la alcazaba. Es necesario hacer notar que en los momentos de la edificación de la ciudad almohade, la línea de costa se hallaba más cerca del farallón occidental, de tal manera que el acantilado sobre el que se hallaba erigida la muralla de la Villa Vieja, venía a morir donde rompían la olas. Esta circunstancia ha sido confirmada por una intervención arqueológica realizada en la zona de las atarazanas por el equipo de Francisco Giles. Con el paso del tiempo la línea de costa avanzó, lo que permitió la edificación, ya en época meriní, de la muralla de La Barcina envolviendo un arrabal formado en la playa entre 1160 y 1275.
La construcción del muro litoral que unía La Barcina con la punta meridional del Peñón, circunvalando el arrabal de La Turba, está documentada a mediados del siglo XIV, durante los emiratos de Ab@-l-Ëasan y de su hijo Ab@ ‘Inœn.
En lo que se refiere a las torres de flanqueo que refuerzan y defienden el recinto almohade, eran aproximadamente quince, sin contar las adosadas al muro de separación existente entre la alcazaba y la Villa Vieja. Se detectan tramos donde hoy no existen torres de flanqueo, pero donde debió haberlas. El número total de torres de flanqueo de toda la cerca gibraltareña, a mediados del siglo XIV, debió estar en torno a cincuenta y dos.
Actualmente se conserva tan sólo un docena de torres, la mayor parte de ellas muy reparadas y engrosadas