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Dynamic Estimation Results

CHAPTER 5: THEORETICAL FOUNDATIONS OF AGGLOMERATION IN TURKISH

5.3 Some Stylzed Facts on Agglomeration

5.6.4 Dynamic Estimation Results

Isabel es una estudiante inteligente y aplicada que se crió en el seno de una familia dada a la crítica. Sus padres, que no pasaron del instituto, estaban decididos a que su hija única llegara más lejos, así que controla- ban férreamente los estudios de Isabel en el colegio y criticaban todo lo que no fueran notables y sobresalientes.

Gracias a sus notas escolares, Isabel fue admitida en una universidad de primera categoría, donde se encontró con muchas más dificultades. Le inquietaba haber llegado tan lejos por culpa de la presión incansable de sus padres y no estar suficientemente capacitada para los estudios universitarios. Afrontó la situación adoptando una autocrítica desme- surada, gracias a la cual no paraba de repetirse que no estaba muy capa- citada y que la única manera de evitar el fracaso era trabajar hasta la extenuación.

Durante dos años, Isabel sacó buenas notas a pesar de su tambaleante seguridad en sí misma, y en su tercer año se la invitó a trabajar con un tutor académico en un proyecto de investigación. Aunque ella dudaba de su capacidad para lograrlo, sus padres se entusiasmaron, e Isabel se vio obligada a aceptar.

Después de varias reuniones para hablar del tema de su proyecto, el tutor de Isabel, el doctor Haley, le dio un plazo para que escribiera un borrador sucinto de la primera parte de la ponencia. Por primera vez en su vida, Isabel se vio incapaz de terminar el trabajo encomendado. No sabía cómo organizar sus ideas ni qué debía incluir en la primera parte. Cada vez que intentaba ponerse a trabajar en ello, los pensamientos auto-

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críticos la abrumaban: «Esto no es lo bastante bueno. Soy incapaz de ha- cerlo. Voy a fracasar». Entonces, envió un correo electrónico al doctor Haley solicitando una prórroga de una semana, que le fue concedida. Isa- bel recrudeció su autocrítica: «Es una estupidez por mi parte pedir una prórroga. El doctor Haley pensará que soy imbécil. Está claro que no ten- go ninguna posibilidad con esto».

Abrumada por la incertidumbre sobre cómo proseguir, Isabel empezó a aplazar las cosas. Entonces se criticó por no trabajar. «Pero ¿qué me pasa?», se preguntaba, mientras su angustia aumentaba. «¿Por qué no puedo hacerlo? No tengo ni un ápice de disciplina. No estoy hecha para esto.» Avergonzada por su falta de progresos, no comentó su problema con nadie.

La semana de prórroga transcurrió. El doctor Haley le envió algunos correos manifestando su preocupación; Isabel no le respondió. También evitó pasar por el edificio donde el doctor Haley tenía su despacho. Al cabo de dos semanas de constante rumiación sobre su tarea incompleta, Isabel se encontró inesperadamente a su tutor en un café.

—Hola, Isabel —dijo el doctor Haley—. ¡Me alegro de verte!

—Hola —respondió ella, confiando en que él no hablara de la ponen- cia.

—¿Qué pasa con tu ponencia? —le preguntó él. Isabel se echó a llorar y le dijo que iba a dejar el proyecto de investigación.

El tutor insistió en que se vieran al día siguiente. Cuando se encontra- ron, él le recordó que la labor del tutor es proporcionar orientación, que el propósito del primer borrador es el de recabar comentarios constructi- vos y que la misión del alumno es suscitar preguntas y plantear cuestio- nes durante los encuentros regulares. Después, la ayudó a perfilar la pri- mera parte. Isabel prometió reunirse con él semanalmente y llevarle un borrador, por básico que fuera, a la siguiente sesión.

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Las consecuencias de la autocrítica implacable

La historia de Isabel ilustra una interesante paradoja sobre la autocrítica destructiva: la mayoría la practicamos con el propósito de disciplinarnos o corregirnos a nosotros mismos, y sin embargo muchos estudios mues- tran que la autocrítica desmedida en realidad interfiere en la consecución de nuestras metas.

En un estudio, 180 adultos obesos participaron en un programa de adelgazamiento.41 Antes de que diera comienzo el programa, rellenaron

un cuestionario para valorar la autocrítica destructiva (parecido al del recuadro de la página 122), tras lo cual fueron pesados. Después de seis meses de dieta y ejercicio, se les volvió a pesar. Aquellos que eran más implacablemente autocríticos al principio del programa habían perdido menos peso seis meses más tarde.

Un grupo de nadadores y atletas universitarios mostraron un patrón similar.42 Al principio de la temporada de atletismo, todos cumplimenta-

ron un cuestionario sobre la autocrítica e identificaron su objetivo más importante para la temporada, tal como mejorar su tiempo en los 100 me- tros espalda o aprender la técnica del triple salto. Al final de la temporada, los deportistas más autocríticos se habían acercado menos a sus objeti- vos.

¿Por qué las personas sumamente autocríticas hacen menos progresos que los que no se juzgan con tanta dureza?43 En lugar de motivarnos o

estimularnos a la consecución de nuestras metas, la autocrítica desenca- dena sentimientos de vergüenza, culpa, tristeza, rabia, frustración, bo- chorno, decepción e impotencia. Además, nos mina la energía, la moral, la motivación y la seguridad en nosotros mismos, dificultándonos el avance frente a las dificultades. Así las cosas, es probable que aplacemos y evitemos las cosas, como descubrió Isabel, y también que seamos me- nos proclives a buscar ayuda cuando la necesitemos. Los avances se ra- lentizan, lo que conduce a más autocrítica, y se crea un círculo vicioso.

La autocrítica destructiva tiene muchos otros efectos negativos.44 Las

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bar deprimidas, angustiadas y solas; también es más probable que tengan conflictos en sus relaciones amorosas, quizá porque esperan que sus pa- rejas las juzguen con tanta dureza como se juzgan a sí mismas y por con- siguiente se abren menos. Las personas autocríticas muestran mayor pro- pensión a los excesos en la comida, sobre todo si crecen en familias donde impera el maltrato emocional. Las personas que han experimentado un acontecimiento sumamente estresante, como un accidente grave o una agresión, tienen más probabilidades de desarrollar los síntomas del tras- torno de estrés postraumático si son muy autocríticas.

¿Por qué nos criticamos con tanta dureza?

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Cuando se les pregunta por qué se critican, la mayoría de las personas dicen que lo hacen por su propio bien. Muchos son los que creen que la autocrítica evita la pereza, la complacencia y la autoindulgencia. Cree- mos que la autocrítica nos ayuda a cumplir con las responsabilidades, a mantener la autodisciplina y a evitar los errores. Probablemente la apren- dimos en la infancia, de unos padres o maestros que no comprendían la diferencia entre la crítica constructiva y la destructiva. Cuando se critica a los niños con dureza, pero rara vez se les elogia o anima o se les da unas opiniones constructivas, es posible que aprendan que la crítica es la única manera de estimular el buen comportamiento.

Vergüenza y miedo al rechazo

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La autocrítica está íntimamente relacionada con la vergüenza, una emo- ción intensamente desagradable que conlleva sentimientos de inferiori- dad y el deseo de esconderse u ocultarse. Como vimos en el capítulo an- terior, las emociones evolucionaron porque nos ayudan a sobrevivir: el miedo nos ayuda a escapar del peligro; la furia, a defendernos. Los exper- tos creen que la vergüenza puede tener un propósito parecido.

La autocrítica 127

La mayoría de las personas sienten una poderosa necesidad de perte- necer a un grupo, una familia, círculo de amistades u otra clase de comu- nidad. La mayoría de los grupos tienen normas de comportamiento, y cuando un miembro viola esas normas, el grupo o sus líderes tal vez in- tenten avergonzar al infractor como una manera de controlar su conduc- ta. El infractor que manifiesta su vergüenza quizá sea tratado con más indulgencia y se le permita permanecer en el grupo. Si el transgresor no expresa ninguna vergüenza, es posible que el grupo le inflija un severo castigo, como puede ser el rechazo y el aislamiento. La vergüenza, por tanto, parece existir por un motivo: puede ayudarnos a evitar el conflicto y el ostracismo.

Por desgracia, la mayoría somos tan sensibles al rechazo que hemos aprendido a interiorizar ese proceso y nos lo infligimos a nosotros mis- mos. Si hemos hecho algo que tememos va a disgustar a los demás, utili- zamos la autocrítica feroz para castigarnos. Entonces nos sometemos a nuestra autocrítica sintiéndonos avergonzados. Este mecanismo puede ser útil si nos ayuda a evitar ser expulsados de nuestra familia, colegio o trabajo o que nos envíen a la cárcel. Pero si la autocrítica es excesiva, vaga, degradante y desproporcionada, afecta a la capacidad de mejorar. Y tam- bién afecta a la salud mental.

¿Es la vergüenza lo mismo que la culpa?

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La vergüenza y la culpa son parecidas, aunque no exactamente iguales. La vergüenza se centra en toda la persona y provoca sentimientos de inutili- dad general («Soy una mala persona»), así como el deseo de esconderse o desaparecer. La vergüenza es tan dolorosa que a menudo tratamos de esquivarla desplazando la culpa hacia los demás, reaccionando violenta- mente o negando la responsabilidad de las fechorías. La culpa también es dolorosa, pero se concentra en comportamientos concretos y provoca el deseo de confesar, disculparse y enmendar el mal causado.

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bra nueva de un amigo. Si te dices que eres una persona atroz y tan sólo deseas poder desaparecer, eso es vergüenza. Si te centras en los senti- mientos de tu amigo, lamentando el disgusto que has provocado, discul- pándote e intentando arreglar el desaguisado y ofreciéndote a pagar la limpieza profesional de la alfombra, entonces es culpa. También es posi- ble que sientas ambas emociones a la vez. Lo más probable es que la auto- crítica excesiva y dañina provenga de la vergüenza, y que intensifique ésta, en lo que es un círculo vicioso que dificulta manejar la situación como a uno le gustaría.

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