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cambios que experimentaban los seres vivos a los que veía nacer, crecer y morir. También debió observar ese transcurrir en diferentes fenómenos de la naturaleza. El tiempo se le debió aparentar como algo bastante misterioso e incomprensible, hasta el punto de que en la cultura occidental, lo personificó en un dios para que lo administrara. Cronos —el más viejo de los titanes y padre de Zeus— es con- cebido como un anciano de largos cabellos y larga barba, llevando consigo una hoz. El tiempo, lo mismo que el calendario comienza a ser explicado como algo unido a lo sagrado (ATTALI, 1985). La personificación de la temporalidad se fija en una etapa de la vida y en una función: la del Padre Tiempo que trabaja. En la cul- tura europea, hasta el siglo xv no se encuentra una imagen significando el pa- sado. Es a partir de las representaciones pictóricas de los Trionfi (Triunfos) de Petrarca cuando aparece la imagen de un anciano encorvado que difícilmente se sostiene en pie y que suele aparecer con alas para significar el paso rápido del tiempo, acompañado de una hoz y una guadaña, cuyo origen pudo ser la repre- sentación de alguna deidad agrícola, aunque después se entendió como denota- dora de la muerte: la vida segada. También se le representa amarrado a la juven- tud y a la belleza, tratando de destruirlas. En otros casos, la figura humana se acompaña de un reloj de arena o de pared, instrumentos más corrientes y nece- sarios en los entornos urbanos (LIPPINCOTT, 2000, pág. 171 y sgs.). Tiempo, cam- bio (lineal, cíclico o errático) y movimiento debieron ser descubrimientos básicos para explicar lo que observaba.

ARISTÓTELES ( Física, IV, 11,) formuló claramente la idea de que el tiempo es la medida del movimiento, según un antes y un después. LOCKE planteó la idea del tiempo como una sucesión y un orden, posición que mantuvieron LEIBNIZ y NEW- TON. Esas ideas acerca del tiempo tardaron bastante en ser formuladas, pero seguro que la mayoría de los humanos tendría difusas nociones acerca de esos fenómenos. El tiempo se percibió en el transcurrir, en la alteración de los estados de las cosas y de los seres vivos, llegando a la conclusión de que determinados cambios, pasos de la sucesión o eslabones del orden podían servir para medir el tiempo y datar un ser vivo o el estado de un proceso. Poner referentes compren- sibles al transcurrir de lo observado ha constituido una preocupación fundamen- tal en la historia de la humanidad, de lo cual es un ejemplo bien significativo la pretensión de ponerle un referente a la creación misma del universo, desde el Génesis hasta la teoría del Big Bang. La perplejidad natural que siente el ser humano ante lo que se le presenta como disperso, variado, inconsistente y desor- denado la combatimos imponiéndole un orden: nombrando los estados de distin-

ta forma, clasificándolos, midiéndolos, datándolos y clasificándolos. Mucho más tarde aprenderíamos a ver un orden evolutivo que da la idea de continuidad del ser vivo, de forma que sus sucesivas apariencias las pudimos explicar como ma- nifestaciones de un proceso que sigue un determinado orden. El cambio de los humanos pudo ser pautado en categorías de muchas formas (desarrollo del cuer- po en general, de algunas partes visibles en particular, grados de disponibilidad de fuerza física, agilidad de movimientos, etc.) antes de adoptar referentes mucho más abstractos, como es la edad, para referirse a un momento en la sucesión o transcurrir que se está viviendo o se ha vivido.

Una vez que la especie aprendió a datar a los procesos con algún calendario, el tiempo transcurrido desde el nacimiento se convertiría en el referente más objetivo, al lado de la apariencia física y ligado a ella, para ubicar a los individuos en el proceso evolutivo. Ser menor, en castellano, se es por tamaño o por edad. A las criaturas menores las hemos llamado también "niños" (de ninno, que signi- fica tener pocos años) o "bebés" para denominar a los que tienen menos edad de entre los niños, tomando el tiempo como una medida objetiva para ubicar a los individuos en otra escala diferente a la del tamaño, aunque combinada con ella, al margen de su crianza. De hecho, tendemos a hacer corresponder ambas dimensiones (edad y tamaño) determinando deductivamente en nuestras percep- ciones qué grado o nivel en una de ellas corresponde a la otra. Una niñería es una

pequeñez, algo insignificante. Aniñado, como adjetivo aplicado a los adultos, implica calificar sus actuaciones como propias de niños, por sus acciones o por- que su aspecto es de niño. La medición del tiempo de los seres vivos debió de comenzar asociándola a la percepción de las transformaciones que ocurrían con el crecimiento corporal. Se tendría la certeza de los dos extremos del recorrido. El primero, el "punto cero" de un ser vivo, como el comienzo que se sitúa en el nacimiento. Se tardó más, seguramente, para comprender que ese ser que nacía procedía de sucesos situados más atrás. Y hoy se discute si determinados atri- butos ligados a la vida comienzan o no en la fecundación, si se sitúan a los pocos meses de ésta o en otro punto cualquiera del embarazo. El segundo, el "punto final" del trayecto, del que se tuvo pronto su inevitabilidad, pero no cuándo va a ocurrir; de ahí los procedimientos para tratar de adivinarlo: preverlo por las estadísticas, por el código genético o la historia familiar. La certeza del punto final ha llevado a los seres humanos a establecer la creencia en otro tiempo prolonga- do, proyectado linealmente en la eternidad infinita, bien cíclicamente en la reen- carnación budista o como momento en el que uno es devuelto al cosmos en for- ma de los mismos elementos básicos que nos compusieron en vida. Los puntos intermedios de la sucesión que es la vida no tienen la trascendencia de los otros dos, por lo cual no se han elaborado referencias tan señaladas como las anterio- res para marcar los hitos significativos en el transcurrir vital del pequeño que cre- ce. La necesidad de poner un número a la vida que transcurre (la edad) parece tener un origen religioso, al pensarse que la armonía de la naturaleza reflejaba la voluntad de los dioses; el ser humano podría hacer corresponder mejor la suya con la de la divinidad a través de los números (LIPPINCOTT, 2000, pág. 29).

El referente del tiempo se convertiría en criterio totalmente definitivo para señalar la evolución individual, una vez que los nacimientos pasan a registrarse y documentarse, algo que no es del todo una práctica universal. Existen millones de niños que no conocen la fecha de su nacimiento, ni se sabe cuál es. El niño

registrado al nacer es un individuo definitivamente datado, una manera contun- dente de reconocer su existencia y presencia como sujeto particularizado. El cumpleaños, junto a otras ceremonias, son ritos para recordar de forma cíclica el transcurrir, y reconocer así socialmente su paso por el tiempo y su pertenencia a sucesivos estadios, gracias a la medida abstracta de un calendario. La edad se convertirá en un dato esencial para las relaciones sociales y para el sistema esco- lar (edad de entrada, retraso en el tiempo, momento de salida, etc.)

Las edades no sólo son dataciones del tiempo en el ser humano. Desde ARISTÓTELES el tiempo se entendió que constaba de tres partes distintas: el pasa- do, el presente y el futuro, personificados más tarde en los rostros humanos del viejo, el hombre maduro y el joven (no aparece el niño), ligándolos, a la idea de que el primero representa la prudencia (una virtud que suma la memoria del pasado), el segundo a la inteligencia que conoce el presente y el tercero a la pre- visión (que anticipa el futuro). La edad no es sólo una marca en la escala del tiem- po físico, sino un momento cargado de referencias psicológicas, sociales y cultu- rales que le dan un significado. Situar a un individuo en una edad determinada adquiere sentido al presuponer que a cada tramo de la misma le corresponden unas determinadas características personales y sociales que cambian a medida que la edad discurre. Por otro lado, el significado que le damos a la edad depen- de de la comparación que inevitablemente se hace con otras edades. (Si, por ejemplo, la vida media es de 45 años, un sujeto de 20 es un adulto maduro; si la primera es de 75 años, tener 20 es ser muy joven.)

¿Durante cuanto tiempo, entre qué edades, es propio tener una determinada condición o mostrar una característica asociada a la edad? ¿Qué etapas diferen- ciadas pueden distinguirse? Evidentemente son deducciones que no pueden rea- lizarse de manera rigurosa. Siempre hay una cierta indefinición acerca de los lími- tes de la infancia, la juventud o la vejez. El infante era una categoría adjudicada al menor de 7 años. La doctrina moral de la religión católica estableció tradicio- nalmente la edad del uso de la razón a los 7 años, a efectos de suministrar cier- tos sacramentos y de establecer la responsabilidad derivada del pecado. En la emisión de películas se recomienda su visión como perjudicial por debajo de unas edades señaladas. A la escuela se ingresa a una determinada edad. El derecho penal establece los topes de edad para ingresar en las penitenciarías. Normas de diverso tipo señalan a partir de qué edad se pueden mantener libre- mente relaciones sexuales. El derecho laboral determina las edades en las que poder trabajar legalmente y en las que no. Las costumbres marcan el tiempo en el que fijar socialmente las relaciones de pareja, el independizarse de la familia, etc. La psicología ha caracterizado a la infancia como periodo que llega hasta la pubertad; ha planteado la sucesión de diferentes fases o infancias a distinguir; en otros casos ha recopilado las características apreciadas en los comportamien- tos observables a una determinada edad y los ha convertido en rasgos modélicos definitorios de propiedades de los diferentes tramos del desarrollo.

Para entender mejor el movimiento que se produce, solemos echar mano de determinados hitos. Unas veces nos fijamos más en el desarrollo del cuerpo, en la aparición-desaparición de determinados rasgos o modos de comportarse, en ritos sociales de paso inventados por las diversas culturas; en otras ocasiones apelamos a la ciencia para "datar" el proceso que más bien es continuo, en tra- mos que reconocemos como etapas evolutivas. Hay unas etapas de la vida deter-

minadas por el saber-poder andar; se pueden distinguir tramos de la vida sexual, diferenciando el periodo de la madurez sexual tras la pubertad, etc. Sin la preten- sión de establecer un orden riguroso de progreso a lo largo del ciclo vital, pero funcionando como claros referentes del mismo, utilizamos otras categorías que ti enen una dimensión evolutiva, como es el hecho de poder salir solo a la calle, poder regresar tarde al hogar, iniciar y terminar la etapa escolar, dejar de jugar, empezar a fumar o beber alcohol, poder obtener el carnet de conducir, pasar de vivir en familia a hacerlo en pareja o en solitario, trabajar como sujeto emancipa- do de la familia, adquirir la condición de padre, trabajador estable, jubilado, etc. La humanidad ha descubierto múltiples maneras de datar el tiempo biográfi- co a través de muy diferentes ritos iniciáticos de transición, apoyándose en refe- rencias diversas; ha tratado de introducir en el interior de las personas relojes y calendarios que sirviesen para regular lo que se considera normal y anormal, lo patológico y lo saludable, lo que ocurre a su tiempo y lo que se retrasa (desde el número de pulsaciones por minuto, hasta la esperanza razonable de vida) y ha puesto topes para indicar su transcurrir y para considerar normal el morir. Es decir, ha construido unas escalas para situar el devenir del ser humano en el tiem- po. Necesitamos dar una explicación al tiempo de la vida humana para compren- dernos situados en él y cómo nos hacemos a través de su transcurrir. La idea de progreso lineal por etapas suele ser un esquema muy universal al tratar de carac- terizar al ser humano que evoluciona.

Una vez que se extiendió la escolarización, aprendimos a caracterizar a los individuos por el nivel del sistema escolar en el que están y por el año o curso que les ocupa en un momento determinado: pasar de la "guardería" a primaria, des- pués a secundaria y más tarde a un nivel superior de enseñanza es una forma muy decisiva en nuestro contexto para "ponerle fecha" al individuo. El nivel del dominio de conocimientos, la cantidad y calidad de los mismos, la experiencia acumulada o el grado de sabiduría acerca de la vida también marcan un curso gradual creciente del desarrollo, pero es difícil establecer momentos significativos que denoten transiciones entre etapas. Sólo cuando el conocimiento es evaluado y acreditado, como ocurre en la institución escolar, adquiere ese valor.

Desde una consideración jurídica, el individuo es menor hasta que alcanza los 18 años. Así lo estableció la Carta Africana sobre los Derechos y el Bienestar del Niño.

2.3.4. Controlados, clasificados e individualizados

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