EDUCATION
1.2 REVIEW OF THEORIES OF FERTILITY DECLINE
1.2.6 EASTERLIN'S FRAMEWORK FOR FERTILITY ANALYSIS
Un sistema educativo que se niega a ver en el joven el desa- rrollo y crecimiento de una personalidad, una mente indepen- diente y lo saludable de un desarrollo corporal libre, cierta- mente no admitirá la necesidad de reconocer las fases de la
sexualidad en el niño. Los niños y los adolescentes tienen sus propios sueños, sus vagos presentimientos del impulso sexual. Los sentidos se abren poco a poco como los pétalos de un capu- llo, la cercanía de la madurez sexual realza las sensibilidades e intensifica las emociones. Nuevas visiones, fantásticos cuadros, aventuras coloristas se siguen unas a otras en una veloz proce- sión ante el despertar sexual del niño. Es aceptado por todos los psicólogos sexuales que la adolescencia es el más sensible y susceptible período para las más fantasiosas y poéticas inusua- les impresiones. El fulgor de la juventud –¡ay, de duración tan breve!– se encuentra estrechamente vinculado con el desper- tar del erotismo. Es el período en que las ideas y los ideales, los propósitos y las motivaciones, comienzan a formarse en el pecho del ser humano; todo lo feo y desagradable de la vida todavía permanece cubierto por un velo fantástico, ya que la época que marca el cambio de niño a joven es, de hecho, la más exquisitamente poética y mágica fase en toda la existencia del ser humano.
Los puritanos y los moralistas no dejan nada sin hacer para echar a perder y manchar este mágico período. El niño no debe reconocer su propia personalidad, y mucho menos ser cons- ciente de su propia fuerza sexual. Los puritanos levantan un alto muro alrededor de este gran factor humano; ni un rayo de luz se permite penetrar a través de la conspiración del silencio. El mantener al niño en la ignorancia en todas las cuestiones del sexo es considerado por los educadores como una especie de deber moral. Las manifestaciones sexuales son tratadas como si condujeran al crimen, a pesar de que los puritanos y los moralis- tas, más que nadie por experiencia personal, saben que el sexo es un factor fundamental. No obstante, ellos continúan deste- rrando todo aquello que pudiera aliviar la atormentada mente y alma del niño, que pudiera liberarlo del temor y la ansiedad.
Los mismos educadores igualmente saben de los terribles y siniestros resultados de la ignorancia en las cuestiones sexuales. Es más, no tienen ni la comprensión ni la humanidad suficiente como para derribar los muros que los puritanos han elevado en torno del sexo. Ellos son como los padres que, habiendo sido maltratados en la infancia, ahora maltratan y torturan a sus hijos para vengarse de su propia niñez. En su juventud,
a los padres y a los educadores les fue inculcado que el sexo es rastrero, sucio y aborrecible. Por consiguiente, proceden direc- tamente a inculcar las mismas cosas en sus niños.
Ciertamente, se requiere un juicio independiente y un gran coraje para liberarse a sí mismos de esas impresiones. Los ani- males bípedos llamados padres carecen de ambos. Por tanto, hacen pagar a sus hijos del ultraje perpetrados por sus padres, que sólo demuestra que serán necesarios siglos de ilustración para deshacer el daño creado por las tradiciones y los hábitos. De acuerdo con estas tradiciones, la inocencia se ha convertido en sinónimo de ignorancia; de hecho, la ignorancia es consi- derada la virtud más grande, y representa el triunfo del puri- tanismo. Pero en realidad, estas tradiciones representan el cri- men del puritanismo, y ha generado un irreparable sufrimiento interno y externo en el niño y el joven.
Es esencial que comprendamos de una vez por todas que el hombre es mucho más una criatura sexual que una cria- tura moral. Lo primero es inherente, lo demás, son añadidu- ras. Siempre que la deprimente moral entre en conflicto con el impulso sexual, este último inevitablemente se impondrá. Pero, ¿cómo? En secreto, mintiendo y con trampas, con miedo y estresante ansiedad. En verdad os digo, no en la tendencia sexual descansa la obscenidad, sino en las mentes y corazones de los fariseos: ellos contaminan al inocente, a las delicadas manifestaciones en la vida del niño. Hemos podido observar a grupos de niños juntos, hablando a susurros, contándose unos a otros la leyenda de la cigüeña. Han escuchado, por casualidad, algo, saben que es una cosa terrible, prohibida por un doloroso castigo por hablar abiertamente sobre ello, y en el momento en que algún pequeñuelo es sorprendido espiando a alguno de sus mayores, sale volando como un criminal atrapado en el acto. Cuánta vergüenza podrían sentir si su conversación fuera oída por casualidad y cuán terrible sería si fueran clasificados entre los malos y los malvados.
Éstos serán los niños que con el tiempo serán conducidos hacia el arroyo debido a que sus padres y profesores considera- ron que cualquier discusión inteligente sobre el sexo era com- pletamente imposible e inmoral. Estos pequeños buscarán su ilustración en otros lugares, y aunque su repertorio de ciencias
naturales sólo sea cierto en parte, incluso será más saludable que la falsa virtud de los adultos que han marcado los síntomas sexuales en la niñez como un crimen y un vicio.
En sus estudios, el joven suele descubrir la gloria del amor. Aprende que el amor es la verdadera base de la religión, del deber, de la virtud y de otras diversas cosas maravillosas. Por otro lado, se hace aparecer al amor como una caricatura detes- table debido al componente sexual. El criar, por tanto, a ambos sexos en la verdad y la simplicidad podría ayudar muchísimo a aminorar esta confusión. Si en la niñez, tanto el hombre como la mujer son enseñados en la bella camaradería, podría neutra- lizarse la condición de sobrexcitación de ambos y podría ayu- dar a la emancipación de las mujeres mucho más que todas las leyes de los códigos legales y su derecho al voto.
La mayoría de los moralistas y muchos pedagogos toda- vía aceptan la anticuada noción de que el hombre y la mujer pertenecen a dos especies distintas, caminando en direccio- nes opuestas, y por tanto, deben ser mantenidos separados. El amor, el cual podría ser el impulso para la mezcla armoniosa de los dos seres, en la actualidad los mantiene separados como consecuencia de la flagelación moral del joven que los lleva a la crispación, el hambre del abrazo sexual insalubre. Este tipo de satisfacción invariablemente deja tras de sí un mal sabor de boca y una mala conciencia.
Los defensores del puritanismo, de la moralidad, del actual sistema educativo, sólo han tenido éxito haciendo la vida más reducida, pobre, y más desdeñable; y, ¿qué persona preclara puede tolerar tales ultrajes? Es, por lo tanto, una necesidad humana el exterminar este sistema y a todos aquellos que están comprometidos con la denominada educación. La mejor educa- ción del niño es dejarlo solo y atraerlo a través de la compren- sión y la simpatía.