COMMUNITY LEVEL STUDY
4.1 SELECTION OF THE STUDY AREA
[...] En la historia de las sociedades de clases, el movimiento socialista fue el primero en contar, para todas sus fases y en toda su actividad, con la organización y la acción directa de las masas, siendo que de ellas extrae su propia existencia.
Bajo esa relación, la socialdemocracia crea un tipo de orga- nización completamente diferente de aquellas de los movimien- tos socialistas anteriores, como por ejemplo las del tipo jacobi- no-blanquista.
Lenin parece subestimar este hecho cuando, en el citado li- bro, expresa la opinión de que el socialdemócrata revoluciona- rio no sería otra cosa que “un jacobino indisolublemente ligado a la organización del proletariado, hecho consciente de sus in-
tereses de clase”1. Para Lenin, la diferencia entre la socialde-
mocracia y el blanquismo se limita al hecho de la existencia de un proletariado organizado y penetrado de una conciencia de clase en lugar de un puñado de conjuros. Olvida que esto impli- ca una revisión completa de las ideas acerca de la organización y en consecuencia una concepción completamente diferente de la idea del centralismo, así como de las relaciones recíprocas entre la organización y la lucha.
El blanquismo no tenía para nada en vista la acción inme- diata de la clase obrera y podía entonces prescindir de la orga- nización de las masas. Al contrario: como las masas populares no debían entrar en escena hasta el momento de la revolución,
mientras que la obra de preparación correspondía sólo al pe- queño grupo armado para el golpe de fuerza revolucionario, el éxito mismo del complot exigía que los iniciados se mantuvie- sen a distancia de la masa popular. Pero esto último era igual- mente posible y realizable porque no existía ningún contacto íntimo entre la actividad conspirativa de una organización blanquista y la vida cotidiana de las masas populares.
Al mismo tiempo, tanto las tácticas como las tareas concre- tas de la acción, libremente improvisadas por inspiración y sin ningún contacto con el terreno de la lucha de clases elemental, podían ser planeadas en sus detalles más minuciosos y tomar la forma de un esquema previamente determinado. De ello resul- taba, naturalmente, que los miembros activos de la organiza- ción se transformaban en simples órganos ejecutivos de las ór- denes de una voluntad fijada previamente y fuera de sus campos propios de actividad, en instrumentos de un comité central. De ahí esta segunda particularidad del centralismo conspirativo: la sumisión absoluta y ciega de las secciones del partido a la instancia central, y la extensión dispositiva de esta última hasta la extrema periferia de la organización.
Radicalmente diferentes son las condiciones de actividad de la socialdemocracia. Ésta surge históricamente de la lucha de clases elemental, y se mueve dentro de aquella contradicción dialéctica consistente en que sólo en el curso de la lucha es reclutado el ejército del proletariado y en ella toma conciencia de los deberes de esa lucha. La organización, los progresos de la conciencia y el combate no son fases particulares, separadas en el tiempo y en el espacio, como en el movimiento blanquista, sino al contrario aspectos diversos de un solo y mismo proceso. Fuera de los principios generales de la lucha, no existe ninguna táctica ya elaborada en todos sus detalles que un comité central pueda enseñar a sus tropas como en un cuartel. Por otra parte, el proceso de la lucha que produce la organización determina incesantes fluctuaciones dentro de la esfera de influencia de la socialdemocracia.
De ello resulta que la centralización socialdemócrata no podría basarse ni sobre la obediencia ciega ni sobre la subor- dinación mecánica de los militantes a un poder central. Ade- más, aquí no puede haber tabiques estancos entre el núcleo
proletario consciente, que forma los cuadros sólidos del parti- do, y las capas circundantes del proletariado, ya entrenadas en la lucha de clases y dentro de las cuales la conciencia de clase se acrecienta día a día. El establecimiento de la centrali- zación sobre esos dos principios: la ciega subordinación de todas las organizaciones, hasta el menor detalle, al centro que es el único que piensa, trabaja y decide por todos, y la separa- ción rigurosa del núcleo organizado y el medio ambiente re- volucionario –como lo entiende Lenin– nos parece, por tanto, una transposición mecánica de los principios blanquistas de organización de círculos de conjurados, al movimiento social- demócrata de las masas obreras. Entendemos que Lenin define su punto de vista de una manera más impactante de lo que se hubiera atrevido a hacer ninguno de sus adversarios, desde el momento que describe su “socialdemócrata revolucionario” como un “jacobino ligado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase”. La verdad es que la so- cialdemocracia no está ligada a la organización de la clase
obrera, es el movimiento propio de la clase obrera. Es necesa-
rio, entonces, que el centralismo de la socialdemocracia sea de una naturaleza totalmente diferente del centralismo blanquista. No podría ser otra cosa que la concentración im- perativa de la voluntad de la vanguardia consciente y militan- te de la clase obrera frente a grupos e individuos particulares. Es, por así decirlo, un “autocentralismo” de la capa dirigente del proletariado, es el reinado de la mayoría en el interior de su propio partido.
[...] Se puede afirmar, por otra parte, que ese mismo fenóme- no –el insignificante papel de la iniciativa consciente de los órganos centrales en la elaboración de la táctica– se observa en Alemania tan bien como en todas partes. En sus líneas genera- les la táctica de lucha de la socialdemocracia no es algo que se haya de “inventar”, es la resultante de una serie ininterrumpida de grandes acciones creativas de la lucha de clases, muchas veces elemental, que busca su camino.
Lo inconsciente precede a lo consciente y la lógica del proce- so histórico objetivo precede a la lógica subjetiva de sus prota- gonistas. En esto, el papel de los órganos directivos del partido socialista reviste en amplia medida un carácter conservador.
Como lo demuestra la experiencia, cada vez que el movimiento obrero conquista un nuevo campo, esos órganos lo cultivan hasta sus rincones más remotos, pero al mismo tiempo lo transfor- man en un bastión contra ulteriores progresos de mayor enver- gadura.
[...] Al acordar al órgano directivo del partido poderes tan
absolutos de un carácter negativo, como loquiere Lenin, no se
hace otra cosa que reforzar artificialmente y hasta un grado muy peligroso el conservatismo naturalmente inherente a ese órgano. Si la táctica del partido es el hecho, no del comité cen- tral, sino del conjunto del partido o, mejor aún, del conjunto del movimiento obrero, es evidente que a las secciones y federa- ciones les es necesaria la libertad de acción que es lo único que permite utilizar todos los recursos de una situación y desarro- llar la iniciativa revolucionaria. El ultracentralismo defendido por Lenin se nos aparece impregnado, no de un espíritu positivo y creador, sino del estéril del vigilante nocturno. Toda su pre- ocupación tiende a controlar la actividad del partido, no a fe- cundarla; a restringir el movimiento más que a desarrollarlo; a yugularlo, no a unificarlo.
[...] De hecho, nada dejará librado tan fácil y seguramente un movimiento obrero al deseo de dominación de los intelec- tuales como obligarlo a entrar en la coraza de un centralismo burocrático que degradará al proletariado combatiente en una herramienta a las órdenes de un “comité”. Y, recíprocamente, nada preservará tan seguramente al movimiento obrero frente
a todos los abusos oportunistas por parte de una intelligentsia
ambiciosa, como la autoactividad revolucionaria de los obre- ros, el acrecentamiento, mediante la práctica, de sus sentimien- tos de responsabilidad política.
Questions d’organization de la socialdémocratie russe, 10 de julio de 1904, en Trotsky,
Nos tâches politiques, Ed. Belfond, 1970, pp. 207-226.