Por lo que hemos expuesto, se comprende que en la vida familiar es esencial la comunicación y la
El término comunicación tiene su raíz eti- mológica en la palabra latina «communicatio», cuya traduc- ción es la de comunicar, participar. Mas el sustantivo «com- municatio» tiene a su vez su origen en el término «communis», común, comunión; lo que nos habla de la es- trecha relación que existe, ya en su raíz etimológica, entre el significado de las palabras comunicación y comunión, por cuanto ambas tienen como referencia común la idea de comunidad o de posesión de algo en común; la comunica- ción familiar supone, pues, unidad o comunidad recíproca o reciprocidad en la comunicación entre los miembros que la constituyen.
Y ese poner algo en común, o hacer partí- cipe de algo a otro, no sólo supone una manera de dona- ción o entrega de algo propio a los demás, sino que en la verdadera comunicación recíproca, o reciprocidad en la co- municación, se opera, en cierto modo, un reconocimiento a la personalidad del otro, a su diversidad personal, como elemento igualmente necesario de la comunicación fami- liar. Sólo desde el reconocimiento del otro como persona puede existir algo en común; algo en lo cual se participa. «La comunicación es de esta suerte la vivencia de una co- munidad que se hace explícita en la experiencia de sentir- me instado justamente por un ser como el mío. Podré sen- tirme más o menos él en tal o cual aspecto; podré despreciarle o admirarle; pero en mi encuentro con su ser hay algo que radicalmente me sitúa en su mismo nivel: su hacerme cara, su estar vuelto hacia mí de manera que am- bos convivimos» (Millán Puelles, 1967, p. 363).
Mas sólo se puede hablar de comunidad familiar, comunión o unión en común, si existe participa-
ción activa de todos sus miembros.
Elemento esencial de la comunidad es la participación o posibilidad de actuación de la persona «jun- to con otros»; es decir, de ser miembro de una comunidad y participar en ella. La participación supone ayuda en el pro- ceso de desarrollo personal, pero también tomar parte, sen- tirse responsable en las decisiones de la comunidad, como dimensión necesaria de aquel proceso. Participar es dar y ser responsable de decisiones y realizaciones. Merced a es-
ta cualidad la persona trasciende el mero tomar parte de y pasa a tomar parte en las actividades de una comunidad. Esto es lo que permite trascender un agregado o colectivo social, como mero contrato de convivencia entre individuos en una comunidad familiar, o común-unión de personas en la vida familiar. «En la comunidad encontramos la reali- dad de la participación en cuanto propiedad de la persona, que le permite existir y actuar "junto con otros" y, por tanto, llegar a su propia realización. La participación, en cuanto propiedad de la persona, es un factor constitutivo de toda comunidad humana» (Wojtyla, 1980, p. 323).
Lo característico de la participación está en el hecho de que la persona que «actúa junto con otras» con- serva en su actuación el valor personal de su propia acción, al mismo tiempo que toma parte en la realización de la ac- tuación de otros. «La participación representa una propie- dad de la misma persona, esa propiedad interna y homogé- nea que determina que la persona que existe y actúa junto con otras siga existiendo y actuando como persona» (Wojty- la, 1980, p. 316). Éste es el sentido que adquiere la partici- pación en la comunidad familiar en la que coexisten y con- viven padres e hijos, que actúan conjuntamente, en función de sus posibilidades personales, con propósito de ayuda, a fin de lograr la autorrealización de todos y cada uno de los miembros de aquella comunidad.
Y la forma natural del encuentro huma- no, para esa participación y comunicación en la convi- vencia familiar es el diálogo, que no es un simple inter- cambio de palabras, sino «mutualidad en la acción» (que decía M. Buber). Este pensador distingue al efecto tres mo- dalidades de diálogo: el diálogo «auténtico», el diálogo «téc- nico» y el «monólogo disfrazado de diálogo» (Buber, 1959, p. 18). En el diálogo «auténtico», que consiste en volverse hacia el otro, en salir a su encuentro, la relación es mutua, activa, no cosificadora, porque no acontece sin respeto a la dignidad y a la libertad personal; el diálogo «técnico» es un diálogo frío, objetivo, una simple «puesta en contacto» entre dos instancias personales que se reciprocan en él, aunque sin salirse cada una de su propia esfera; «el monólogo dis- frazado de diálogo» es un repliegue de quien se sustrae a la aceptación del otro y no admite su existencia sino bajo la
forma de la propia existencia, como una forma de existen- cia del propio yo.
El diálogo «auténtico» es el diálogo que co- rresponde a la comunidad familiar, porque en él se estable- ce una auténtica comunicación personal, como una dimen- sión del principio que decíamos de relacionabilidad o apertura personal.
> Desde esta perspectiva, el diálogo familiar tendría mucho que ver con el «consenso»; no como una es- trategia pragmática o fórmula contractual de cesiones y concesiones mutuas al estilo político, de unas conductas plausibles y otras rechazables para lograr un «equilibrio» más o menos estable, para llegar a acuerdos o solucionar conflictos. Sino que el «consenso» familiar es una forma de entendimiento para la convivencia, basada en la concordia y en el amor, en la cooperación y el diálogo, que admite coincidencias y discrepancias para llegar a un sentir común. El «consenso», así entendido, es una forma emancipadora de interdependencia que afirma a cada miembro en lo que tiene de propio, promoviendo, justamente, su realización como persona. Dicho de otro modo, el «consenso familiar es una forma de compenetración emancipadora, no simbió- tica, ni esclavizadora, en la que los padres se realizan en el bien de los hijos, es decir, en la realización de éstos» (Pini- llos, 1982).
Este «consenso», basado en el diálogo, en la comunicación mutua, en la concordia y en la considera- ción y el respeto a los demás, en la autenticidad de cada uno, no es antagónico, sino complementario con el recto ejercicio de la autoridad (a que antes nos referíamos) y la autonomía personal. Pues la verdadera autoridad, esa que, como ya se ha dicho, no se impone sino que se decanta y atrae por sí sola, que libera y humaniza, promueve el diálo- go y, con él, el consenso; se nutre de ellos y hace posible el crecimiento de la verdadera libertad.
Cuando la autoridad cede a la permisivi- dad, cuando las energías juveniles no encuentran ideales responsables y consistentes que merezcan la pena, el sexo, la droga, la inadaptación, la agresividad, la integración en sectas, u otros aliviaderos de renuncia a la responsabilidad
personal (García Hoz, 1976), harán acto de presencia en los miembros más vulnerables de la familia. Cuando eso acon- tece «el consenso de poco sirve; el consenso se degradaría todavía más si se produce, pues no se pacta con lo que está mal sin tocar pronto las consecuencias. Y la primera de ellas es la pérdida de autoridad moral de quien se aviene a lo que no considera bueno» (Pinillos, 1982, p. 130).
8. LOS FACTORES EDUCATIVOS ESENCIALES