5.2 An Integer Linear Programming Approach
5.3.2 Effect of Adapting a Polarity Lexicon
Los espartanos tuvieron conocimiento de la amenaza que se cernía sobre Tegea a finales de agosto del año 418, y dieron aviso a sus aliados de Arcadia inmediatamente para que fueran a su encuentro. También solicitaron a sus aliados de Corinto, Beocia, de la Fócide y Lócride que se dirigieran a Mantinea tan rápido como les fuera posible; pero la capacidad de reacción de estas tropas era más bien incierta, porque la caída de Orcómeno había puesto en manos enemigas las rutas más transitables del sur. Para poder atravesarlas sin grandes riesgos, esos aliados del norte tendrían pri-mero que reunirse, presumiblemente, en Corinto, para poder después intimidar mediante su fuerza numérica a cualquier oponente. Aun así, una vez llegadas las noticias de Esparta, el ejército del norte no podría alcanzar Mantinea en menos de doce o catorce días. Además, el discurso de Tucídides refleja que algunos consideraban improcedente el llamamiento, como los beocios y los corintios, que probablemente todavía estaban molestos por el resultado de su última incursión en el Peloponeso, por lo que una posible combinación de renuencia y resentimiento podría hacer retrasar su llegada.
AGIS MARCHA SOBRE TEGEA
En Mantinea, Agis esperaba encontrarse con un ejército enemigo de las mismas proporciones que aquel al que se había enfrentado en Argos: unos doce mil hombres. En esa ciudad, sus propias fuerzas habían sumado unos ocho mil efectivos, a los que ahora había que añadir algunos neodamodes; con el ejército tegeata al completo en su propia ciudad, el total del conjunto ascende-ría a diez mil hoplitas. Aun así, el contingente enemigo seascende-ría todavía mayor.
Además, se enfrentaba a otro problema: los espartanos habían acabado perdiendo la confianza en su persona. Había participado en la invasión del Ática al mando de los ejércitos por dos veces; en la primera, la incursión se vio truncada a causa de un terremoto; mientras que al año siguiente, el trigo ático, aún demasiado verde, no había servido para alimentar a los soldados, a lo que hubo que sumar grandes tormentas que aumentaron el malestar de la hambrienta tropa. Tras sólo dos semanas —la incursión más breve de la guerra—, las noticias de la fortificación de Pilos obligaron a Agis a conducir a sus tropas de vuelta a Esparta con las manos vacías después tantas molestias. Ninguna de las dos campañas le había conferido experiencia en el campo de batalla, y en las dos habían sufrido un grado inusual de mala fortuna. De la misma forma, la expedición del 418 a Argos tampoco había hecho crecer la popularidad del joven monarca. Al parecer, por dos veces tuvo que volver de la frontera por tener a los hados en su contra, y cuando finalmente pudo batir al enemigo, rodeado e inferior en número, no había querido hacerlo. Cualquier simpatía que hubiera podido cosechar por haber antepuesto la diplomacia al enfrentamiento se esfumó cuando los argivos y sus aliados tomaron Orcómeno. Las malas noticias que llegaron de Tegea sin duda debieron avivar el descontento espartano; sólo el hecho de que su otro gobernante, Plistoanacte, hubiera caído en el descrédito puede explicar que permitieran que Agis liderara sus ejércitos de nuevo; aun así, se tomó una medida humillante por lo inusual: Agis tenía que someterse a la guía de diez consejeros. Mantinea era la última oportunidad que tenía para probarse a sí mismo; el éxito traería la redención; la derrota significaría su desgracia.
Para llevar a cabo esta campaña, Agis se enfrentaba con un problema de estrategia delicado: debía llegar a Tegea lo más pronto posible para prevenir el alzamiento; pero, tras su llegada, tendría
que esperar al contingente del norte una semana más como mínimo, y contener mientras tanto a un ejército mayor que el suyo. Cualquier otro dirigente espartano hubiera optado por permanecer dentro de las murallas de Tegea y rehusar la batalla hasta la aparición de los aliados; con esta acción se habría permitido que el enemigo saqueara los campos tegeatas, destruyera las cosechas y se aproximara a la ciudad para lanzar acusaciones de cobardía contra los espartanos y su comandante; pero Agis no podía permitirse ni la más pequeña insinuación relacionada con su miedo a lanzarse a la lucha. Al tener que combatir a un enemigo superior en número, se había visto obligado a correr el riesgo de llevarse a todo el ejército espartano; con ello había dejado Esparta sin protección en un momento en que los mesenios se pertrechaban en Pilos y amenazaban con promover una rebelión entre los ilotas.
Camino de Tegea, Agis recibió la buena noticia de que los eleos no se habían reunido con sus aliados en Mantinea. Los habitantes de esta ciudad querían atacar Tegea, población vecina y vieja enemiga, mientras que los eleos preferían ir en contra de Lépreo; los atenienses y los argivos, por su parte, reconocían la importancia estratégica de Tegea, y compartían el punto de vista de los mantineos. Los eleos se habían tomado la negativa como una ofensa, y decidieron retirar a sus tres mil hoplitas. Agis aprovechó las fisuras entre los miembros de la Alianza, e hizo regresar a una sexta parte de sus tropas para proteger Esparta. No obstante, incluso sin estos quinientos o setecientos hombres, sus ejércitos superaban al del enemigo con nueve mil efectivos del bando espartano por los ocho mil pertenecientes a la Liga de Argos.
UNA BATALLA FORZADA
Aunque el abandono de los eleos había resuelto en parte la difícil situación estratégica de Agis, éstos pronto se dieron cuenta de lo insensato de su retirada, y decidieron volver para engrosar las filas del ejército de la Liga de Argos; probablemente llegarían antes incluso de que los aliados septentrionales de Esparta alcanzaran la zona. La situación exigía que Agis forzara la batalla antes de que los eleos reaparecieran. Tras reunirse con sus aliados en Tegea, marchó hacia el santuario de Heracles (el Heracleo), a poco más de dos kilómetros de la ciudad de Mantinea en dirección sudeste (véase mapa 19). La llanura elevada donde se situaban las antiguas ciudades de Tegea y Mantinea se encuentra rodeada por montañas de una altitud de unos setecientos metros. En su parte más larga, de norte a sur, el altiplano tiene una extensión de unos treinta kilómetros, y en la más ancha, de este a oeste, alcanza los diecisiete. La llanura va en descenso de sur a norte, y Mantinea está emplazada a unos treinta metros por debajo de Tegea, a unos dieciséis kilómetros.
A un poco menos de cinco kilómetros al sur de Mantinea, la llanura se estrecha de nuevo hasta formar un desfiladero de unos tres kilómetros de anchura entre dos altos, el Miticas al oeste y el Kapnistra en el este. La frontera entre estas dos ciudades-estado probablemente estaba allí o un poco más al sur. No lejos de Tegea, el Zanovistas, como se conoce en la actualidad a este río, nace y discurre hacia el norte hasta desaparecer bajo tierra en los límites occidentales de la llanura de Mantinea, al norte del Miticas. Otra corriente, la del Sarandapótamos, pasa por Tegea en su camino hacia el norte, hace una curva brusca hacia el este a través de una garganta y concluye desaguando en tres sumideros, cerca de la moderna población de Versova, todavía en territorio tegeata. Mantinea tenía dos salidas al sur, una se dirigía al sudoeste hasta Palantio, y la otra, situada cerca del confín este del desfiladero, iba hacia el sur, hasta Tegea. Al este de Mantinea, se hallaba una montaña que los antiguos conocían como el Alesio. El camino de Tegea pasaba por allí, y donde las montañas se convertían en una llanura se alzaba el templo de Poseidón Hipios. Al sur del monte Alesio, existía en la época un bosque de robles, llamado el Pélagos, que llegaba casi hasta Kapnistra y Miticas. El camino de Tegea atravesaba el bosque, mientras que la ruta de Palantio lo bordeaba por el oeste. El santuario de Heracles, lugar donde acamparon los espartanos, estaba emplazado en la parte oriental de la llanura, al sur del monte Alesio.
Agis dio comienzo a la ofensiva y devastó los campos del enemigo para forzar su defensa en campo abierto, pero los espartanos habían llegado con la estación recolectora demasiado avanzada
como para que esta táctica ejerciera su habitual presión. El grano de Mantinea se había recogido a finales de junio y julio, por lo que las cosechas, y todo aquello de valor que pudiese transportarse, ya se habían puesto a buen recaudo. Entretanto, los miembros de la coalición argiva habían ocupado una buena posición defensiva en las estribaciones del Alesio, «abrupta y de difícil acceso» (V, 61, 1). Por ahora, habían pedido a los eleos que se uniesen de nuevo a los aliados, y éstos ya venían de camino; los refuerzos atenienses también estaban cerca, un factor del que posiblemente eran conscientes los generales de la Liga de Argos. Cuando llegasen, los argivos dispondrían de superioridad numérica y podrían escoger el momento de iniciar la batalla, siempre y cuando ésta tuviera lugar antes de que arribaran los aliados espartanos del norte. Hasta la llegada de los refuerzos atenienses, los de Argos no tenían motivos para buscar el combate, a no ser que Agis fuera tan insensato como para ir en su contra.
Y eso fue exactamente lo que intentó hacer el monarca: que sus hombres subieran al Alesio. Era un acto irresponsable, fruto de un hombre desesperado, porque cualquier ataque colina arriba contra una falange de hoplitas estaba condenado de antemano, incluso contando con una ventaja numérica. Los espartanos se acercaban «a tiro de las piedras y las jabalinas», cuando repentinamente el avance quedó interrumpido. «Uno de los ancianos», al evaluar lo imposible de la situación, le gritó a Agis que lo que planeaba hacer «sería tapar un mal con otro mucho peor» (V, 65, 2). El anciano pudo ser uno de los sýmbouloi (consejeros), que alcanzó a ver que el joven rey trataba de borrar con su actuación el mal recuerdo de su comportamiento en Argos. Agis tomó en consideración la advertencia y dirigió una rápida retirada sin llegar a entrar en contacto con el enemigo, aunque sólo la falta de disposición de los aliados para perseguirlos evitó un desastre mayor.
En esos momentos, Agis tenía que sentirse más desesperado que nunca, porque quedaba patente que el ejército enemigo no abandonaría su posición elevada hasta que no se les uniesen los refuerzos. Así pues, al comprender que tendría que hacer frente a una batalla adversa en el momento y lugar elegidos por el enemigo, solicitó que los hombres que había enviado de regreso a Esparta volvieran de nuevo a Tegea. Para poder aumentar sus posibilidades, debería correr el riesgo de dejar a Esparta sin protección durante algunos días.
Mientras el rey Plistoanacte se colocaba a la cabeza de las fuerzas requeridas camino de Tegea, Agis ideó un plan para obligar al enemigo a desplazarse a la llanura y forzar la batalla antes de que apareciesen los refuerzos. Durante años, los tegeatas y los mantineos se habían enfrentado por el control de las vías fluviales que atravesaban el valle. Los arroyos y los torrentes montañosos de la región desaguaban en sumideros en la piedra caliza subterránea. Cada vez que las lluvias torrenciales desbordaban los sumideros, Mantinea corría el peligro de quedar inundada por el desnivel en el que estaba emplazada. Durante la estación pluvial, los tegeatas taponaban los sumideros o desviaban el cauce de los arroyos por medio de zanjas para conducir las corrientes hasta el territorio mantineo. Otro de sus recursos era hacer converger el curso del Sarandapótamos con el del Zanovistas, con lo que la llanura quedaba inundada en perjuicio de los campos y la ciudad. Esto se lograba cavando un canal de unos tres kilómetros entre los ríos en su punto más próximo. Posiblemente, esta práctica ya la venían ejecutando desde hacía algún tiempo, y sólo tenía que aprovechar la antigua construcción; cuando querían hacer que el Sarandapótamos volviera a su curso normal, simplemente elevaban un dique en el canal. En sus repetidos conflictos con Mantinea, los tegeatas siempre podían derribar la barrera con facilidad y volver a inundar las tierras de la ciudad vecina.
Agis se dirigió a Tegea, probablemente para desviar el curso del Sarandapótamos hacia el del Zanovistas; también es posible que enviara hombres para obturar los sumideros fronterizos o para cavar zanjas que hicieran fluir el agua. Sin embargo, estas obras no bastaban por sí solas para lograr el objetivo de Agis, ya que «su intención era que los hombres desplazados en la colina bajasen a impedir el desvío de las aguas en cuanto se enteraran, y así entablar una batalla en la llanura» (V, 65, 4). Sin embargo, los sumideros se encontraban a cierta distancia del monte Alesio, donde Agis había dejado el ejército, y todavía más lejos de Mantinea, donde los argivos esperaban refugiarse cuando las tropas espartanas se hubieran retirado, por lo que, con el bosque Pélagos en medio, probablemente los argivos no descubrieron las tácticas de los espartanos de manera inmediata. No
obstante, pasado un día, los mantineos descubrirían que pasaba agua por el cauce seco que corría por su territorio y, por experiencia, se darían cuenta con amargura de lo que los tegeatas y sus aliados estaban intentando hacer. A no ser que los mantineos hicieran que el Sarandapótamos retomara su curso antes de la llegada de las lluvias, lo que sucedería en cuestión de semanas, su territorio quedaría inundado.
LA MOVILIZACIÓN DEL EJÉRCITO ALIADO
El plan de Agis —la mejor apuesta con la que podía contar en su desesperación— daba por supuesto que la ira y el miedo harían que el enemigo buscara de inmediato un enfrentamiento que sería mejor postergar. Tras un día en las cercanías de Tegea, Agis se dirigió de nuevo al santuario de Heracles, deseoso de ordenar la batalla en el mejor emplazamiento para combatir y aguardar a la vanguardia argiva. Sin embargo, jamás llegó allí, porque el enemigo no se comportó según lo esperado; las sospechas políticas y la desconfianza que imperaba en el ejército de la coalición argi-va jugaron directamente en contra del propio Agis.
Después de la retirada espartana del monte Alesio, las tropas argivas comenzaron a impacientarse por la falta de acción de sus generales: «La vez anterior, los espartanos, aun atrapados en Argos, habían podido escapar; ahora no sólo huían sin que nadie les persiguiera, sino que conseguían ponerse a salvo tranquilamente, mientras a nosotros nos traicionan» (V, 65, 5). Esta última palabra es de lo más aclaradora: la soldadesca descontenta no acusaba a sus mandos de cobardía, sino de traición (prodidontai). Los generales argivos probablemente pertenecían al clan aristocrático de los Mil, y como sus acciones previas habían levantado las sospechas de los demócratas de Argos, ahora se veían obligados a dar la orden de descender de las alturas y prepararse para presentar batalla.
Fuera lo que fuera lo que le esperase a su salida de Tegea, Agis tenía que cruzar al lado norte del desfiladero. Si las tropas enemigas estaban en Mantinea, se vería forzado a esperar hasta que la visión de las aguas del cauce del Zanovistas les hiciesen salir. Si ya habían alcanzado la llanura, la batalla se iniciaría de inmediato. Conforme sus tropas dejaban atrás el bosque en formación de columnas, el encuentro con el enemigo desde tan cerca, lejos de las colinas y preparado en formación de batalla les pilló por sorpresa. Los aliados habían acampado en la llanura para pasar la noche y, desde lo alto, los vigías debían de haber informado a los generales argivos de la maniobra de aproximación de Agis. Como resultado, habían podido formar cerca del sitio donde los espartanos abandonarían la espesura, y ahora tenían la oportunidad de esperarlos con la disposición táctica elegida por ellos. Agis había caído en la trampa.
LA BATALLA
La primera tarea del monarca espartano era salir del bosque en columnas y emplazar al ejército, alineado y en orden de batalla, antes de que el enemigo pudiera sacar partido de su momentánea desorganización y se lanzara al ataque. En ese momento, la disciplina y el entrenamiento inigualables del ejército espartano debían entrar en juego, porque Agis sólo necesitaba dar órdenes a los oficiales de sus siete divisiones para que la cadena de mandos hiciera el resto. A diferencia de otros ejércitos griegos, el ejército de Esparta «estaba compuesto por oficiales de distintos rangos, y la responsabilidad a la hora de cumplir ordenes está en manos de muchos» (V, 66, 4). En apariencia, los generales argivos optaron por no golpear al enemigo mientras abandonaba el bosque, o bien decidieron no cargar contra las tropas antes de que se colocaran en formación. Cualquiera de estas tácticas habría forzado la retirada espartana, por lo que la batalla habría quedado pospuesta; los generales, presionados por las quejas de sus soldados, tomaron la determinación de entrar en batalla ese día.
territorio— en el flanco derecho, mientras que cerca de ellos se colocó a los demás arcadios, cuyas motivaciones eran similares; a su lado, se situó la aristocracia argiva de los Mil, especialmente adiestrados. Se esperaba que el ala derecha llevase el peso de la ofensiva y se mostrase como decisiva en el transcurso de la batalla. Junto a ellos, se dispusieron los habituales hoplitas argivos y, a su lado, los hombres de Orneas y Cleonas. En el flanco izquierdo, se encontraban unos mil atenienses, asistidos por sus tropas de caballería. Este lado tenía intención de quedarse a la defensiva, evitar el cerco e impedir la huida hasta que el flanco derecho asestase el ataque decisivo.
La manera de alinearse de los espartanos no da muestras de un plan de batalla concreto. Los esciritas, arcadios que servían como exploradores o en conexión con la caballería, se colocaron en el flanco izquierdo, su lugar habitual. Después, estaban las tropas que habían combatido con Brásidas en Tracia, junto con algunos neodamodes. El grueso del ejército espartano ocupaba el centro, cerca de los aliados arcadios provenientes de Herea y Menalia. Los tegeatas tomaron posiciones a la derecha, apoyados por unos pocos espartanos que cerraban la columna. La caballería se dividió para proteger ambos flancos. Esta disposición era convencional y defensiva, como era de prever en un general cogido por sorpresa. La iniciativa quedaba, pues, en manos de los argivos.
El ejército aliado, con unos ocho mil hoplitas, se extendía a lo largo de un frente de un kilómetro, mientras que los nueve mil soldados peloponesios formaban una línea unos cien metros más larga. En el flanco derecho, los tegeatas y el pequeño grupo de espartanos que iba con ellos sobrepasaba el flanco izquierdo aliado, pero éstos decidieron no enviar refuerzos para compensar el déficit numérico. Por el contrario, extendieron su posición por la derecha, más allá de la de los esciritas