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The effect of conditioned media on markers of Epithelial Mesenchymal Transition (EMT)

Chapter 2: Materials and Methods

4.5. The effect of conditioned media on markers of Epithelial Mesenchymal Transition (EMT)

bradas por Pr o p e r c io (II 34, 85), y del poema épico Argonautica, adap­ tación libre del poema de Apolonio de Rodas, de contenido erótico- mitológico (cf. H . Ba r d o n, op. cit. I, 368-70).

100 El famoso orador Q. Hortensio Hórtalo, a decir de Plinio el Jo­ ven (Epist. V 3, 5), escribe también poemas de un erotismo bastante atre­ vido (cf. H. Ba r d o n, op. cit., pág. 331).

101 Servio Sulpicio Rufo es otro de los incluidos por Plinio (ibid.) entre los poetas eróticos (cf. H . Ba r d o n, op. cit., pág. 331).

102 L. Cornelio Sisenna, hombre de una brillante carrera política y destacado orador e historiador de la época de Sila, tradujo, además, los Cuentos milesios de Aristides (cf. nota 84 de este libro). Respecto a la interpretación del sentido del v. 444, hay las más diversas teorías: desde quienes mantienen (cf., por ej., Ro h d e en Rhein. Mus. 1893, pág. 130, y J. An d r é, op. cit., pág. 166, η. 14) que Sisenna escribió poemas eróti­ cos, hasta quienes defienden que la interpretación más correcta consiste en entenderlo en el sentido de que introdujera en sus obras históricas breves narraciones de tipo erótico (cf., por ej., H. Ba r d o n, op. cit., pág. 251).

103 El poeta elegiaco C. Cornelio Galo, amigo íntimo de Virgilio (re­ cordemos que le dedica su 1 0 .a Egloga, cf. L . Wi n n i c z u k, «De vita Cor-

Tibulo 104 piensa que es difícil creer a la mujer que ju­ ra, puesto que ella de la misma forma lo niega también a él ante su marido. El propio Tibulo confiesa que enseñó a burlar a los guardianes y ahora se declara víctima des- 450

graciada de sus propias lecciones. Con frecuencia, fingien­ do celebrar la piedra preciosa o el anillo de su amada, re­ cuerda haberle tocado la mano con ese pretexto. Y por lo que cuenta, a menudo habló con los dedos o con movi­ mientos de cabeza y trazó signos mudos en el redondel de la mesa; indica asimismo con qué tipo de jugos desapa- 455

rece del cuerpo la lividez que suele aparecer bajo la presión de los labios. Por último, pide al marido demasiado im­ prudente que la preserve de él, a fin de que ella sea menos infiel. Sabe a quién le ladra el perro, ya que él es el único que anda rondando por allí, y por quién escupe tantas m veces delante de la puerta cerrada 105. Ofrece muchas lec­ ciones de este tipo de tretas amorosas y enseña los procedi­ mientos mediante los cuales las casadas pueden engañar a sus maridos. No se le imputó esto como delito, sino que se lee a Tibulo, agrada y ya era conocido al acceder tú al principado. Encontrarás las mismas recomendaciones en 465 el dulce Propercio y, sin embargo, éste no ha sido culpado

nelii Galli et Ovidii», M eander XIV (1959), 223-32) y de Polión que favo­ reció su carrera política ante Augusto. Autor de una colección de elegías dirigidas a su amada Licóride. Durante su estancia en Egipto com o pre­ fecto, el poder se le subió a la cabeza, llegando a pronunciar públicamen­ te unas palabras ultrajantes para el Emperador, además de cometer di­ versos abusos de poder. Por ello, el Senado le condenó como sedicioso, suicidándose Galo el 26 a. C.

104 A continuación, cita Ovidio diversos lugares típicos de las elegías de Tibulo, contenidos todos ellos en la elegía sexta del libro I.

105 Es otro tópico de la elegía amorosa: cf. Ti b u i o, I 5, 74 , y Ov i d io,

con la más mínima censura. A éstos sucedí yo, pues la benevolencia me obliga a silenciar los nombres sobresalien­ tes de los autores aún vivos. Yo no tuve miedo, lo confie­ so, de que, allí por donde pasaron tantas embarcaciones,

470 únicamente la mía naufragara mientras todas las demás

quedaban a salvo.

Otros escribieron tratados acerca de los juegos de azar (juegos éstos que para nuestros antepasados constituían un delito no pequeño 106), sobre el valor de las tabas 107, so­ bre la manera como sacar la máxima puntuación al lanzar-

106 Varias leyes y decretos del Senado habían prohibido los juegos de azar (cf. Digesto XI 5). A dicha prohibición aluden autores como Plauto (Mil. 164-65), Cicerón (Phil. II 56) y Horacio (Od. III 24, 58): cf. J. G u i l l e n , Urbs Roma. Vida y costum bres de los rom anos II, Sala­ manca, 1978, 320-21. De ahí que resulte significativa esta alusión de Ovi­ dio al tema, si se tiene en cuenta que Augusto era un gran aficionado al juego ( S u e t o n i o , Augusto LXXI 3-6): así, por ejemplo, algunos auto­ res han interpretado esta alusión ovidiana como un indicio más de esa pretendida oposición política de Ovidio contra Augusto (cf. R. M a r a ­ c h e , «La révolte d’Ovide exilé contre Auguste», O vidiana..., 416, y J.

C a r c o p i n o , «El destierro de Ovidio, poeta neopitagórico», en Contactos entre la historia y ta literatura latinas, pág. 66, η. 75).

107 Entre los juegos de azar practicados por los romanos, los más populares eran las tabas (tali) y los dados (tesserae). El juego de las tabas se practicaba con tres o cuatro tabas o huesos de las patas de animales bífidos, como las cabras u ovejas; cada taba tenía seis caras, pero de ellas sólo se utilizaban cuatro, pues las dos de los extremos no tenían consistencia para quedar fijas en dichas posiciones. Cada cara utilizable tenía su nombre y su valor, del uno al cuatro, según la mayor o menor dificultad para que la taba quedara en cada posición. La mejor tirada consistía en obtener cuatro caras diversas y recibía el nombre de basilicus o Venus; era mala tirada la que presentaba alguna cara del canis, nume­ rada con el uno, por ser la más fácil de obtener; la peor jugada era aquella en que todas las tabas presentaban la misma cara y se llamaba jugada del canis. N o sólo se jugaba dinero, sino también objetos de va­ lor, joyas, etc. (cf. J. G u i l l e n , op. cit. II, 317-18).

las o como evitar los ruinosos canes; sobre los puntos que 475 tiene cada dado 108, la manera como conviene lanzarlos tras invocar el número que falta 109 y cómo colocar los que han salido no; cómo puede avanzar un peón de otro color a través de una línea recta cuando una pieza está perdida entre dos contrarias, el arte de saber luchar persi­ guiendo y el de retirar la pieza adelantada y que no debe 480 ir sin escolta en su retirada a lugar seguro; cómo se puede disponer un pequeño tablero con tres piedrecitas por juga­ dor, donde la victoria consiste en poner en línea sus tres piezas m ; y esos otros juegos (pues no los voy a citar to-

108 Muy parecido al juego de las tabas era el de los dados (tesserae o eubi), «cubitos de hueso, madera, marfil, mármol o de algún material precioso que tenían sus seis lados iguales», (J. Gu il l e n, op. cit. II, 319). Se numeraban sus caras como en las tabas, alcanzando en este caso la puntuación hasta el seis. En este juego, «la jugada de Venus» consistía en sacar todos los dados con el número seis. Se lanzaban, como las tabas, con un cubilete para evitar un posible fraude. Tanto el juego de las tabas como, sobre todo, el de los dados se prestaban a ganar o perder en poco tiempo grandes cantidades de dinero. Augusto, como ya hemos dicho en la nota 106, era un gran aficionado a ellos y, según Su e t o n io(Augus­ to LXXI), en una sola noche perdió 20.000 sestercios, extremo éste que era el que principalmente trataban de evitar las leyes que los prohibían, a fin de evitar la ruina de muchas familias por este motivo (cf. Is id o r o,

Orig. XVIII 68).

109 Hemos traducido distante vocato por «tras invocar el número que falta», aunque otra interpretación podría ser, como hace S. G. Owen (op. cit., pág. 254), «cuando una pieza aislada ha sido atacada».

110 Parece referirse a un tipo de juego mixto de dados y piezas o fichas movibles sobre un tablero, al estilo de las damas, llamado ludus latrunculorum, con 32 piezas (calculi o latrones), 16 de cada color (cf. J. Gu il l e n, op. cit. II, 321-22).

111 Alusión a otro juego bastante popular en Roma, sobre todo entre los niños: era el de «tres en raya», del que nos habla también Ovidio en el A rte de amar III 365-66, en un dístico casi idéntico al de este texto (vv. 481-82). El juego, como se sabe, consiste en un tablero cuadrado

dos) que suelen hacernos perder nuestro tiempo, cosa tan querida 112.

485 He aquí que éste canta las diferentes clases de pelota y la manera de lanzarlas U3; éste enseña el arte de nadar 114, aquel otro el del juego del aro 115; otros han escrito sobre el cuidado de acicalarse 116; éste dictó normas para los ban­ quetes y recepciones 117; aquel otro da a conocer la tierra

d iv id id o e n c u a t r o c u a d r a n t e s c o n su s d o s d ia g o n a le s d e á n g u lo a á n g u lo , e n el q u e h a y q u e c o n s e g u ir c o lo c a r e n o r d e n la s tre s p ie d re c ita s o f ic h a s p r o p i a s , s ie n d o l a t a r e a d e l c o n t r a r i o h a c e r q u e e s to n o se c o n s ig a i n t e r ­ c a l a n d o su s p ie z a s (c f. J. Gu i l l e n, op. cit. II, 288).

112 Esta dura condena del juego, por parte de Ovidio, se ha querido ver como un ataque directo a Augusto, en el sentido que adelantábamos ya en la nota 106.

113 El juego de la pelota era también muy popular en Roma y lo practicaban tanto los niños com o los mayores, pero muy especialmente los jóvenes en el Campo de Marte (cf. Cic e r ó n, D e or. I 217; Ho r a c io,

Sat. I 5, 48; Su e t o n io, August. LUI; Pl in i o, Hist. Nat. VII 56, 57; Sé­

n e c a, Benef. I I17, 3-5; Pe t r o n io, XXVII 1-2, e Is id o r o, Orig. XVIII 69. 114 El deporte de la natación era muy practicado por los jóvenes, en especial tras la práctica de los más variados juegos en el Campo de Marte, reuniéndose en el Tiber para tal menester (cf. Cic e r ó n, P ro Cael. XXXVI 11, y Ho r a c io, Sat. II 1, 7-8).

115 Juego practicado tanto por los niños como por los jovencitos (cf.

Ho r a c io, Odas III 24, 57; Pr o p e r c io, III 14, 6; Ov i d io, A rte de amar III 381-83). El juego del aro, conocido ya entre los griegos, ofrecía en Roma la particularidad de que la vara con la que se hacía girar el aro tenía forma de llave, de ahí su nombre de clavis.

116 Cf. A rte de amar III 164. Recordemos que el propio Ovidio escri­ bió un poema sobre este tema, D e medicamine faciei femineae, del que sólo se nos ha conservado un fragmento.

117 N o faltan en la literatura latina los tratados sobre gastronomía: recordemos, por ejemplo, los H edyphagetica de Ennio, traducción de un poema de Arquéstrato de Gela. H . Ba r d o n (op. cit. I, 321) nos indica que, según testimonio de Columela, M. Ambivio y Licinio Maena escri­ bieron sendos tratados de economía doméstica y de gastronomía. Y el

adecuada para modelar copas y enseña qué vajilla d e arci- 490

lia es la más indicada para conservar el vino límpido. Tales son los juegos que se suelen practicar durante el ahumado mes de diciembre 118 y , sin embargo, su composición no ha ocasionado ningún daño a nadie.

Seducido por estos ejemplos, compuse versos jocosos, pero un triste castigo ha venido tras mis bromas poéticas. En fin, no encuentro a uno solo de entre tantos escritores 495

al que haya llevado a la ruina su Musa: el único que en­ cuentro soy yo. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese escrito mimos que divierten con obscenidades, que contienen siem­ pre el delito del amor prohibido, en los que con frecuencia aparece el amante elegante y la astuta casada engaña a 500

su necio marido? Esto lo contemplan jóvenes doncellas, matronas, hombres y niños, y asiste a ellos una gran parte del Senado. Y no siendo suficiente manchar los oídos con palabras indecentes, los ojos están habituados a soportar muchas cosas vergonzosas: cuando el amante consigue 505

burlar al marido mediante algún nuevo procedimiento, se le aplaude y se le concede la palma en medio de estrepito­ sas aclamaciones. Y cuanto menos moral es el teatro, tan­ to más lucrativo es para el poeta y tanto más caras compra el pretor 119 piezas tan escandalosas. Examina los costes

propio H . Ba r d o n (op. cit. I, 321-23) nos da una amplia referencia de

C . Matio, autor de varias obras sobre el misto tema (cf. Co l u m e l a, XII 4, 2, y XII 46, 1). Pero el tratado más conocido sobre el particular es, sin duda, el de M. Gavio Apicio (De re coquinaria), en dos libros, del que nos ha llegado una adaptación en diez libros del siglo rv.

118 Alusión, sin duda, a las fiestas de las Saturnales, que se celebra­ ban en la segunda mitad de diciembre.

119 La organización de los juegos y de los espectáculos teatrales era cometido de los ediles, hasta que en el año 22 a. C. Augusto transfirió esta función a los pretores.

510 de tus juegos, Augusto, y podrás ver que te han costado

mucho la gran cantidad de celebraciones de este tipo 120. Tú los contemplaste y tú has ofrecido los espectáculos con frecuencia (¡hasta tal punto tu generosa majestad está pre­ sente en todas partes!) y con tus propios ojos, de los que se beneficia el mundo entero, has contemplado condescen- 515 diente adulterios sobre la escena. Si está permitido escribir mimos que representan escenas indecentes, el tema tratado por mí merecía un menor castigo. ¿O acaso sus escenarios hacen que este tipo de escritos sea inmune y la libertad de los mimos se la deben a la escena? También mis poe- 520 mas han sido danzados con frecuencia en público y a veces

también atrajeron tu atención.

Pues, así como en nuestras casas brillan las imágenes de los antepasados pintadas por la mano de un artista, de la misma manera se puede encontrar en algún lugar una tablilla que represente algunas posturas y figuras amoro- 525 sas 121 ; y así como el hijo de Telamón está en una re­ presentación sedente 122 expresando la cólera en su rostro y una madre cruel lleva el crimen en sus ojos 123, así tam­ bién aparece Venus empapada de agua enjugando con los 120 Suetonio (Aug. XLIII-XLV) destaca la gran atención que Augusto dedicó a la organización de espectáculos para el pueblo. En las Res gestae divi Augusti (XXII 35) nos dice el Emperador haber organizado juegos en cuatro ocasiones y veintitrés a nombre de otros magistrados.

121 Cf. Ma r c ia l, XII 43, 5.

122 El hijo de Telamón, es decir, Áyax, cuya pintura sedente se halla­ ba en el templo de Venus Genitrix, obra de Timómaco (cf. Pl i n i o, Hist. Nat. X X X V 9, 26). En el cuadro parece que se trataba de expresar la ira de Áyax en su disputa con Ulises por las armas de Aquiles (cf. M eta­ m orfosis XIII 1 y sigs., y Fastos I 145 y sigs.).

123 En el mismo templo había también un cuadro, pintado por el pro­ pio Timómaco, que representaba a Medea. Respecto al calificativo de «madre cruel» para Medea, cf. la nota 60 de este mismo libro.

dedos sus húmedos cabellos y cubierta aún con las aguas maternas 124. Otros hacen sonar las guerras llenas de ar­ mas cruentas, y unos celebran las hazañas de tu familia y 530

otros las tuyas propias. A mí, sin embargo, la avara natu­ raleza me ha encerrado en un reducido espacio y ha dado a mi inspiración unas fuerzas demasiado exiguas. Y, sin embargo, el afortunado autor de tu Eneida llevó «al héroe y sus armas» 125 a un lecho tirio, y ninguna otra parte 535

de toda la obra se lee más que el pasaje de la unión de ese amor ilegítimo 126. Y este mismo autor había cantado antes, durante su juventud, al modo bucólico los amores de Fílide y de la tierna Amarílide.

Yo también, hace tiempo, cometí la falta de escribir un poema por el estilo: y un delito que no era nuevo paga 540

un castigo inusitado; y, sin embargo, yo había publicado esos versos cuando, sin haber dejado nunca de ser caballe­ ro, desfilaba tantas veces ante ti, siendo tú censor. De esta manera, los escritos de juventud que, por mi falta de pru­ dencia, nunca pensé que me pudieran perjudicar, lo han hecho ahora en mi vejez. Tarde ha recaído el castigo 545

sobre mi viejo librito y la pena está lejos del tiempo del delito que la mereció.

No vayas a creer, sin embargo, que toda mi obra es de poco vuelo: a veces he dado a mi nave grandes velas. He compuesto seis Fastos en otros tantos libros, y cada 550

volumen acaba con su mes, y esta obra, escrita poco ha 124 Alusión a la pintura de Venus Anadyom ene, obra de Apeles, o al cuadro sobre este tema que comprara César en Cícico y que era motivo de decoración del templo dedicado a esta diosa.

125 Con estas mismas palabras (Arma virumque...) comienza la Eneida. 126 Se refiere, evidentemente, al amor de Dido y Eneas, bellamente cantado en el libro IV de la Eneida, especialmente el pasaje de los versos 160-72.

en tu nombre, César, y dedicada a ti m , se ha visto inte­ rrumpida por mi destino. He dedicado también al trágico coturno una obra sobre reyes 128 y tiene la expresión que

555 corresponde al grave coturno. Y he narrado también, aun­

que le falta la última mano a mi obra, las metamorfosis de muchos cuerpos. ¡Ojalá apartes un poco la cólera de tu ánimo y en un rato libre hagas que te lean de esta últi­ ma obra unas pocas páginas, aquellas en las que, comen- seo zando desde el principio del mundo 129, he desarrollado mi obra hasta tu época, César! Podrás comprobar cuánto me has inspirado tú mismo y con cuánto entusiasmo te canto a ti y a los tuyos 13°.

Nunca ofendí a nadie con poemas satíricos y mis versos 565 no revelan los delitos de nadie. Yo, inocente poeta, he huido de las gracias salpicadas de hiel; ni una siquiera de mis letras está rociada de gracia venenosa. Y, sin embargo, seré el único, entre tantos miles de ciudadanos y habiendo escrito tanto, al que mi Calíope 131 perjudique. Deduzco, pues, que ningún ciudadano romano se alegra de mis males

127 Los Fastos los dedicó Ovidio en un principio a Augusto, pero, tras la muerte de éste, rehízo el prólogo y los dedicó a Germánico; sin embargo, esta segunda redacción quedó truncada por la muerte del poe­ ta, cuando sólo se habla rehecho el prólogo en honor de Germánico (Fast, I 1-6), quedando numerosas alusiones a Augusto en el resto de la obra. 128 Se trata de su tragedia M edea (A m ores II 18, 13-14); Diálogo de oradores XII; Qu in t i l ia n o, Inst. orat. X 1, 9 8 ).

129 Repite aquí Ovidio casi las mismas palabras con las que comienza sus M etamorfosis (I 3-4) y en las que parece imitar un pasaje lucreciano (V 548).

130 Cf. M etamorfosis XV 745-870.

131 Calíope es la Musa de la poesía, y más concretamente de la épica, aunque a veces se le atribuye también el patronazgo de la lírica. Se la hace madre de Orfeo y también de las Sirenas (cf. P. Gr i m a l, op. cit., pág. 83).

sino que, por el contrario, m uchos se han afligido por 570

ellos; y no puedo creer que alguien me haya insultado en mi postración, si es que mi inocencia ha merecido algún reconocimiento.

¡Ojalá que por estas y otras consideraciones pueda ablandarse tu divina voluntad, oh padre, cuidado y salud de tu patria! No es volver a Ausonia lo que pido, sino 575

que tal vez un día, cuando hayas cedido por la larga dura­ ción de mi castigo, me concedas un exilio más seguro y un poco más tranquilo, para que mi castigo sea proporcio­ nado al delito cometido.

INTRODUCCIÓN

Escrito entre los años 9 y 10 d. C. y publicado en la primavera del 10 1, este libro III tiene, como señala F. De­ lla Corte 2, un ordenamiento que parece obedecer a un plan perfectamente estudiado: la elegía 1 .a sirve de prólogo al libro; de la 2 .a a la 7 .a, son elegías dirigidas a unas perso­ nas determinadas; de la 8 .a a la 13.a son lamentaciones sobre su destierro en Tomos y la 14.a es el epílogo.

Aunque el libro se abre con una evocación de Roma, a la que le da pie la despedida de este nuevo volumen de elegías que envía a la gran urbe, y a pesar de que el grueso del libro está compuesto por una serie de elegías en las que Ovidio agradece a sus amigos lo que han hecho por su causa y les pide que lo sigan haciendo (4 .a, 4 .a bis, 5 .a, 6 .a y 14.a), con la excepción de un detractor (11.a), no obstante, lo más característico y novedoso de este libro III son los datos que el poeta nos suministra ya de su vida

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