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Chapter 2: Materials and Methods

5.2. Myotubes Integrity

Esta primera elegía sirve de prólogo al libro III de las Tristes y nos cuenta el viaje o recorrido que, en la imaginación del poe­ ta, hará este libro de elegías a su llegada a Roma. Con este moti­ vo, el poema nos describe un interesante itinerario por el centro monumental de la Roma de la época: la zona de los Foros, la del Palatino y la zona del Capitolio 3. En estas zonas se hallaban las tres bibliotecas públicas romanas que había: una en el Atrio de la Libertad, otra aneja al Templo de Apolo Palatino y la ter­ cera en el Pórtico de Octavia. Estas bibliotecas serán las que, en versión del propio poeta, le estarán vedadas al librito de poe­ mas que ahora envía a Roma.

He aquí el itinerario descrito por Ovidio en esta elegía 4, en un recorrido que va desde la zona de los Foros, pasando por la del Palatino y acabando en el Capitolio: Foro de Augusto, Foro de César, Vía Sacra, Templo de Vesta, Palacio Real, Puerta Mugonia, Templo de Júpiter Estátor, Palacio de Augusto, Tem­ plo de Apolo, Teatro de Marcelo, Templo de Juno, Templo de Júpiter, Pórtico de Octavia y Atrio de la Libertad.

3 Cf. G. Lu g l i, «Commento topográfico all’elegia I del III libro dei Tristia», A tti... II, 397-403.

«Yo, libro de un exiliado, llego con temor a esta ciu­ dad a la que he sido enviado. Ofrece, amigo lector, tu ma­ no benevolente al que llega fatigado y no temas que vayas a tener que avergonzarte de mí: ni un solo verso de este 5 libro enseña a amar. La suerte de mi autor es tal que el desdichado no debe disimularla con ningún tipo de bro­ mas. También esta obra 5, que compuso para su desgracia en otro tiempo, durante su juventud, la condena y la odia ¡ay! demasiado tarde. Mira lo que traigo: no verás otra 10 cosa que tristeza, poesía acorde con las circunstancias que la han inspirado. Si los versos cojean y decaen alterna­ tivamente, se debe a la naturaleza del metro 6 o al largo viaje que han realizado. Y si no estoy rubio por el aceite de cedro ni suave por la piedra pómez 1, es porque sentí 15 vergüenza de estar más elegante que mi autor. Si la escri­

tura está toda ella manchada por los borrones, es que el mismo poeta ha estropeado su propia obra con sus lágri­ mas 8. Si por casualidad algunas expresiones parecieran po­ co latinas, téngase en cuenta que las ha escrito en un país bárbaro. Decidme, lectores, si no os resulta molesto, por 20 dónde he de ir y a qué morada he de dirigirme, yo que

soy un libro extranjero en esta ciudad.»

Tras haber balbuceado furtivamente estas palabras, a duras penas hubo uno solo que me indicara el camino: «¡Ojalá te concedan los dioses (cosa que no concedieron a nuestro poeta) poder vivir cómodamente en tu patria!

5 Se refiere, como es evidente, a su A r te de amar, culpándola una vez más de su desgracia.

6 Alusión al carácter desigual del dístico elegiaco, que avanza alter­ nando un hexámetro con un pentámetro.

7 Cf. notas 4 y 6 del libro I.

¡Ea, condúceme! que yo te seguiré, aunque vengo cansado 25

a causa de mi largo caminar por tierra y por mar desde un lejano país». Me obedeció, y mientras me sirve de guía me dice: «Éstos soil los Foros de César 9; ésta es la vía que toma su nombre de las ceremonias religiosas 10; éste es el Templo de Vesta 11, que conserva el Paladión y el fuego sagrado; éste fue el modesto palacio del viejo rey 30

Numa» n . Después, dirigiéndose hacia la derecha, me di­ jo: «Ésa es la puerta del Palatino 13 ; éste es el Templo de Júpiter Estátor 14; en este lugar se levantó el primer emplazamiento de Roma».

9 Fruto de la labor edilicia de Julio César y de Octavio Augusto ha­ bían surgido dos nuevos Foros, inaugurados el 46 y el 2 a. C., respectiva­ mente, tomando los nombres de ‘Foro de Julio’ y ‘Foro de A ugusto’. Ambos eran, pues, contiguos.

10 Se trata de la Via Sacra, que medía casi un kilómetro y que atrave­ saba el centro de Roma, desde el sureste hasta el noroeste. Recibe su nombre del hecho de que en ella se celebraban la mayoría de ceremonias sagradas y estaba jalonada por un gran número de templos (el de Vesta, el de Júpiter Estátor, el de los Lares, etc.).

11 El Templo de Vesta en Roma, además de la custodia del fuego sagrado, contenía y conservaba una serie de objetos sagrados, entre los que destacaba el Paladión troyano, es decir, la estatua de Palas Atenea, garantía de la existencia de Troya y transportada a Italia por Eneas, Uli­ ses o Diomedes, según diversas tradiciones (cf. Fastos VI 416 y. sigs., y M etam. XIII 335 y sigs.): allí continuaba siendo prenda '0 garantía

de la pervivencia de Roma (cf. Cic e r ó n, P ro Scauro XLVIII). 12 Sobre el emplazamiento del viejo palacio de Numa se había cons­ truido la Regia Pontificis o Palacio Real y el atrio del Templo de Vesta (cf. Fast. VI 262-63). Este palacio había pasado a ser residencia oficial del Pontífice Máximo, contigua al Templo de Vesta.

13 La famosa P orta M ugonia del Palatino (cf. L m o , I 12, 3). 14 El Templo de Júpiter Estátor, dedicado a este dios en su sobre­ nombre de Estátor, es decir, ‘el que detiene a los fugitivos o a los enemi­ gos’ en recuerdo de las victorias conseguidas por Roma gracias a la ayu­ da del Padre de los dioses, deteniendo la huida de los soldados romanos

Mientras estoy admirando cosa por cosa, veo una puer­ ta que destaca por el brillo de sus armas y un edificio dig-

35 no de un dios 15. «¿Ésta es —pregunté yo— la mansión

de Júpiter?» Una corona de encina 16 me servía de augurio para que pensara que ello era así. Cuando supe quién era su dueño, digo: «No me equivoco, pues en verdad ésta es la mansión del gran Júpiter. Ahora bien, ¿por qué la puerta está cubierta por ese laurel colocado delante de ella

40y esa espesa rama de árbol corona estas augustas puertas? ¿Acaso porque esta casa ha merecido ininterrumpidos triun­ fos? ¿O porque siempre ha sido querida por el dios de Léucade 17? ¿Porque ella misma es alegre o porque lo hace

o conteniendo el avance de los enemigos (cf. Lrvio, I 12). Se levantaba al final de la N ova Via, junto a la P orta M ugonia y la Via Sacra, al lado del asentamiento del futuro Arco de Tito.

15 Comienza a partir de aquí la descripción de la mansión de Augus­ to, la dom us Augustana, en el Palatino.

16 Alusión, al igual que en los versos 3 9 -4 0 , a los dos grandes motivos que decoraban las puertas del palacio de Augusto: el laurel honorífico

y la corona cívica de encina colocada en el arquitrabe. Dicha corona cívica había sido otorgada a Augusto por el Senado el 13 de enero del

2 7 a. C. por la paz concedida al mundo, tal y como rezaba la inscripción que la acompañaba: ob cives servatos, es decir, «por haber salvado la vida de los ciudadanos», en recuerdo de su gran victoria en Accio sobre Antonio y Cleopatra. En esa misma fecha y por ese mismo motivo se le concedió el título de ‘Augusto’ (cf. Fastos I 6 1 4 ; Res gestae VI 14; Va l e r io Má x im o, II 8, 7 , y Sé n e c a, D e clementia I 2 6 , 5 ).

17 El dios de Léucade es A p olo, que tenía un famoso templo en aque­ lla isla, bastante cercana a Accio. A polo, que ya se había mostrado favo­ rable a los troyanos, era el gran protector de la gens Julia, que se preten­ día descendiente de los troyanos a través de Julo Ascanio. Pero fue, so­ bre todo, a partir de la victoria de Augusto en Accio sobre Antonio y Cleopatra, cuando el culto a A polo y su patronazgo sobre la familia Augusta cobró gran importancia, hasta el punto de que se llegó a pensar que Augusto era hijo de este dios (cf. Su e t o n i o, A ug. XCIV, 4).

todo alegre? ¿Acaso es el símbolo de la paz que ella ha concedido a la tierra? Y así como el laurel está siempre 45

verde y no se despoja de una hoja caduca, ¿así también goza ella de una gloria eterna? El motivo de la corona colocada sobre la puerta está expresado en una inscrip­ ción: ésta indica que los ciudadanos están a salvo gracias a su ayuda. Añade a los salvados por ti, ¡oh el mejor de los padres!, a este único ciudadano que vive escondido, 50

desterrado lejos, en la parte más remota del mundo, a quien su propio error y no un delito le ha ocasionado el castigo que él reconoce haber merecido 18. ¡Desdichado de mí! Sien­ to un temor religioso hacia ese lugar y hacia su soberano, y mis letras se ven sacudidas por un miedo que las hace temblar. ¿No ves el papiro palidecer descolorido? ¿No 55

ves temblar mis versos alternos? ¡Sé agradable (yo te lo suplico) alguna vez con mi padre y que pueda contemplar­ te entonces él habitada por los mismos dueños!»

A continuación, siguiendo nuestra ruta, mi guía me con­ duce al templo de mármol blanco que se levanta en lo alto 60

de unas elevadas escaleras, dedicado al dios de larga cabe­ llera 19, donde entre exóticas columnas se hallan las esta-

18 Idea repetida por Ovidio a lo largo de los poemas del destierro: cf., por ej., Trist. I 1, 51-52; II 109 y 207; IV 10, 99 y sigs.; Pónt. II 2, 15-16; II 3, 91-94, y III 3, 71-72.

19 Referencia al Templo de A polo en el Palatino, que Octavio Augus­ to había prometido el 36 a. C. Su construcción comenzó poco después y la dedicación del templo al dios Apolo tuvo lugar el 9 de octubre del 28, tras la victoria de Accio, victoria que Augusto atribuía a este dios, al que llama «Apolo Accíaco» o «A polo Naval» (cf. nota 17, y G. L ugli, «Le temple d’Apollon et les édifices d’Auguste sur le Palatin», Com ptes rendus de l ’A cad. Inscript, et Belles Lettres (1950), 276-85). Con motivo de la inauguración de este templo, Propercio compuso su elegía II 31.

tuas de las nietas de Belo 20 y la de su bárbaro padre con la espada en la mano, y donde están expuestos a disposi­ ción de los lectores los sabios pensamientos de antiguos 65 y modernos 21. Buscaba yo allí a mis hermanos, salvo aquellos, naturalmente, a los que su propio padre desearía no haber engendrado; mientras los buscaba en vano, el guardián encargado de aquel templo me ordenó salir de aquel lugar sagrado 22. Me dirijo a otros templos que están 70 unidos a un teatro vecino 23 : a éstos también me estaba

20 N os habla Ovidio solamente de las estatuas de las Danaides, nietas de Belo, y de la de su padre, Dánao, que se hallaban en el pórtico de las Danaides, pero no menciona las tres famosas estatuas de que nos habla Pl i n i o (Hist. N at. XXXVI 23-25), el Apolo de Scopas, la Latona de Cefisódoto y la Diana de Timoteo, del s. rv a. C., y que habían sido importadas de Grecia para ser colocadas en este templo.

Las Danaides eran las cincuenta hijas de Dánao, hijo de Belo, que se fueron con su padre a Argos huyendo de los cincuenta hijos de Egipto, hermano de Dánao. A Argos fueron sus sobrinos pidiéndole olvidase sus antiguas diferencias y ofreciendo la reconciliación a través del matrimo­ nio con sus hijas. Dánao consintió, aunque sin fiarse de ellos. Por ello, el día de la boda entregó a cada hija una daga con la que matarían a sus esposos por la noche, cosa que hicieron todas salvo una de ellas, Hipermestra, que respetó la vida de su esposo Linceo, y éste vengaría después a sus hermanos dando muerte a Dánao y sus hijas (cf. Heroidas XIV, elegía epistolar dirigida por Hipermestra a su esposo Linceo).

21 Se trata de dos bibliotecas, una latina y otra griega, que había adosadas al Templo de A polo, de las que aún hoy se pueden ver los restos entre la fachada posterior del Palacio de los Flavios y la terraza que se levanta sobre el Circo Máximo. En dichas bibliotecas se podían consultar los volúmenes escritos por autores ‘antiguos’ (griegos y latinos arcaicos) y ‘modernos’ (los neotéricos).

22 Por lo dicho en estos versos y en los siguientes, parece que no sólo los tres libros que componían el A rte de amar, sino también todas las demás obras de Ovidio, se habían visto excluidas de las bibliotecas públicas romanas, teniendo que refugiarse en alguna biblioteca privada.

prohibida la entrada. La Libertad no me dejó tocar su atrio, que fue el primero en abrirse a doctos libritos 24.

La desventura de un autor desgraciado redunda en su producción y sus hijos sufrimos el mismo destierro que él soportó. Puede ser que un día el César, ablandado por 75

el largo tiempo transcurrido, se vuelva menos severo para con nosotros y para con él. ¡Dioses, os lo suplico, y, sobre todo (pues no hay necesidad de implorar a todos), César, la más grande de las divinidades, atiende mis deseos!

Entretanto, puesto que toda residencia pública me ha sido cerrada, permítaseme estar escondido en una mansión so privada. Vosotras también, manos plebeyas, acoged, si es posible, mis poemas confundidos por la vergüenza de ha­ ber sido rechazados.

y que eran contiguos al Teatro de Marcelo, rodeados por el Pórtico de Octavia con una biblioteca anexa.

24 El Atrio de la Libertad, donde Asinio Polión, por orden de Julio César, instaló la primera biblioteca pública de Roma, tal y com o nos cuenta Pl i n i o (Hist. Nat. VII 115, y XX XV 10) y que acogió por primera vez las obras de los poetas neotéricos. Su emplazamiento exacto no se ha llegado a determinar, aunque Th. Mo m m s e n(en Hermes XXIII (1888), 631-33) lo ha situado junto a la Curia Hostilia, en la zona de los Foros.

Esta segunda elegía, que debió de ser escrita durante la pri­ mavera del año 10 d. C., a tenor de la alusión al deshielo de la nieve que hay en el verso 20, recoge motivos que serán repeti­ dos hasta la saciedad en el resto de los poemas del destierro: el poeta, abatido por el sufrimiento físico y psíquico, desea la muerte 25.

Estaba, pues, en mi destino ir a visitar también la Esci- tia y las tierras situadas bajo el eje Licaonio 26, Ni vos­ otras, Piérides 27, ni tú, hijo de Latona 2S, habéis ayudado, 5 docta turba, a vuestro sacerdote. Ni a mí me sirve de nada el hecho de haber compuesto poesías sin delito real alguno

25 Cf. Y. Bo u y n o t, «Ovide, Tristes III, 2. Étude rythmique et stylis­ tique», en Mélanges Herescu (1964), 39-51.

26 El ‘eje Licaonio’ es la Osa Mayor, ya que Calisto era hija de Li- caón (cf. nota 67 del libro I).

27 Piérides es un epíteto aplicado a las Musas, derivado del Monte Pierio, en la Tracia, entre Tesalia y Macedonia, que estaba dedicado a estas diosas. Sin bien, en la leyenda, las Piérides son nueve doncellas, hijas de Piero, que quisieron rivalizar con las Musas en el arte del canto, para lo que se trasladaron al Helicón. Pero fueron vencidas por éstas y convertidas en urracas (cf. M etam. V 669 y sigs.).

28 El hijo de Latona, obviamente, es A polo, dios protector de los artistas y, por tanto, también de los poetas como Ovidio.

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