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Effect of drying on biogas production

4.3. Results and discussions

4.3.1. AD experiments

4.3.1.4. Effect of drying on biogas production

Mientras continuaba la concentración de los ejércitos, los grupos de choque de las fuerzas alemanas y francesas marchaban adelante como si pasa-ran por una puerta giratoria. Los alemanes entraban desde el este y los franceses, desde el oeste. El primer movimiento de cada uno de los dos oponentes era ocupar posiciones en la parte derecha del perímetro de la puerta giratoria, a trescientas millas de distancia el uno del otro. Los alemanes, sin tener en cuenta lo que pudieran hacer los franceses, estaban decididos a atacar Lieja, a reducir su anillo de doce destacamentos con el fin de abrir las carreteras a través de Bélgica a los ejércitos de su ala derecha.

Los franceses, también completamente indiferentes a lo que pudieran hacer los alemanes, avanzaban hacia la Alta Alsacia en un movimiento, más sentimental que estratégico, destinado a despertar una ola de entusiasmo nacional e incitar un levantamiento de la población local contra Alemania.1 Desde el punto de vista estratégico su propósito era establecer el ala derecha francesa en el Rin.

Lieja era el portal de la verja que conducía a Bélgica desde Alemania.

Edificada sobre una altura que llegaba hasta los quinientos pies partiendo desde la orilla izquierda del Mosa, rodeada por el río, que allí tiene una anchura de doscientas yardas, y por una circunferencia de treinta millas de destacamentos, era considerada por todo el mundo como la más perfecta y formidable posición fortificada en Europa. Diez años antes Port Arthur había resistido un cerco de nueve meses antes de rendirse. La opinión pú-

blica mundial confiaba en que Lieja no fuera menos que Port Arthur; es más, confiaban en que iba a resistir indefinidamente.

Siete ejércitos alemanes que totalizaban más de 1.500.000 hombres estaban concentrados a lo largo de las fronteras belga y francesa. Comprendían, por orden numérico, desde el Primer Ejército, en el extremo derecho 219.

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de los alemanes frente a Lieja, hasta el Séptimo Ejército, en la parte más a la izquierda, en Alsacia. El Sexto y el Séptimo Ejércitos componían el ala izquierda alemana de dieciséis divisiones, el Cuarto y el Quinto Ejércitos, el centro, con veinte divisiones, y el Primero, Segundo y Tercero Ejércitos formaban el ala derecha, de treinta y cuatro divisiones, que debía cruzar por Bélgica. Un cuerpo de caballería independiente de tres divisiones estaba adscrito al ala derecha. Los ejércitos del ala derecha estaban al mando de los generales Von Kluck, Von Bülow y Von Hausen. Todos tenían sesenta y cinco años de edad y los dos primeros eran veteranos de la guerra de 1870.

El comandante del cuerpo de caballería era el general Von Marwitz.

El Primer Ejército de Von Kluck debía recorrer el camino más largo, y su avance tenía que ser realizado al ritmo del avance general. Después de concentrarse al norte de Aquisgrán debían seguir por las carreteras que cruzan el Mosa por los cinco puentes de Lieja, cuya conquista era, por lo tanto, el primer objetivo vital del que dependía todo lo demás. Los cañones de los destacamentos de Lieja dominaban el espacio entre la frontera holandesa y los bosques y colinas de las Ardenas, y sus puentes proporcionaban el único paso múltiple del Mosa. Al mismo tiempo, sus cuatro líneas de ferrocarril unían Alemania con Bélgica y con el norte de Francia. Hasta que estos puntos fueran conquistados y sus destacamentos puestos fuera de combate, el ala derecha alemana no podría iniciar ningún movimiento.

Un «ejército especial del Mosa», formado por seis brigadas, al mando del general Von Emmich, fue desgajado del Segundo Ejército para abrir camino hacia Lieja. Se confiaba, a no ser que los belgas ofrecieran una resistencia seria, en poder cumplir rápidamente esta misión mientras los principales ejércitos continuaban su concentración. En una de sus indis-creciones antes de la guerra, el kaiser había dicho en cierta ocasión durante unas maniobras a un oficial inglés: «Pasaré por Bélgica así»,2 y cortó el aire con su fusta de montar. La intención declarada por Bélgica de ir a la lucha era, en opinión de los alemanes, ni más ni menos que la «ira de unos corderos dormidos»,3 tal como un estadista alemán calificó en una ocasión a sus oponentes. Una vez tomada Lieja, con el Primero y el Segundo Ejércitos en las carreteras a ambos lados de la ciudad al mismo nivel que aqué-

lla, empezaría el avance principal.

de Lieja y Namur durante la década de 1880 aso

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ante la insistencia de Leopoldo II. Situados en alturas que formaban un círculo alrededor de cada ciudad, estaban pensados para impedir el paso del Mosa a un invasor, procediera de la dirección que fuere. Las fortificaciones o destacamentos de Lieja estaban enclavados a ambos lados del río, a una distancia media de cuatro o cinco millas de la ciudad y de dos o tres millas el uno del otro. Seis estaban en la orilla este, de cara a Alemania, y seis, en la orilla oeste,

alrededor y detrás de la ciudad. Lo mismo que castillos medievales hundidos bajo tierra, estas fortificaciones no presentaban nada en la superficie, salvo solamente un foso triangular del que sobresalían las cúpulas de los emplazamientos de la artillería. Todo lo demás era subterrá-

neo. Unos túneles inclinados conducían a las cámaras subterráneas y co-nectaban los torreones con los depósitos y las salas de control de fuego. Los seis fuertes más grandes y los seis más pequeños contaban con un total de 400 piezas de artillería, de los cuales los más largos eran los obuses de 8 pulgadas (210 mm). En los vértices de los triángulos había unos torreones menores en donde estaban emplazados los cañones de fuego rápido y las ametralladoras que cubrían las laderas de las colinas. Un foso seco de treinta pies de profundidad rodeaba cada uno de los fuertes. Cada uno de ellos contaba con un foco acoplado a una torre de observación de acero que podía ser descendido bajo tierra, al igual que las piezas de artillería. La guarnición de cada uno de los fuertes más grandes era de cuatrocientos hombres, con dos compañías de artillería y una de infantería. Previstas como avanzadillas para defender las fronteras, más que como últimos refugios para hacer frente a un cerco, los fuertes dependían del ejército de campaña para defender los espacios libres intermedios. Demasiado confiados en la gran obra de Brialmont, los belgas hicieron muy poco para mantener esos destacamentos al día, destinando a los mismos unas guarniciones compuestas de las clases más veteranas de las reservas y solamente con un oficial por compañía. Por temor a dar a Alemania la menor excusa para declarar que la neutralidad belga no era tal, la orden para construir trincheras y alambradas para defender los espacios intermedios entre los fuertes y para abatir los árboles y derribar las casas no fue dada hasta el 2 de agosto. Cuando comenzó el ataque, apenas habían sido iniciadas estas medidas defensivas.

Los alemanes, por su parte, con la creencia de que los belgas cederían ante su ultimátum o a lo sumo ofrecerían una resistencia de compromiso, 222:

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no habían traído consigo su arma sorpresa, un cañón de proporciones tan gigantescas y de un poder destructivo tan enorme que nunca se hubiese creído posible que tales cañones pudieran ser hechos transportables. Uno de éstos, construido por la Skoda, la fábrica de armamentos austríaca, era un mortero de 12 pulgadas (305 mm), y el otro, construido por la Krupp de Essen, era un monstruo de 16,5 pulgadas (420 mm), que, conjuntamente con la base de su transporte, tenía una longitud de 7,30 metros, pesaba 98 toneladas, disparaba un obús de 90 cm de longitud que pesaba 816 kilos a una distancia de 14,5 kilómetros y requería unos 200 servidores. Hasta entonces los cañones más grandes conocidos eran los navales británicos de 34,3 cm, y el cañón de tierra más grande de la artillería de la costa no era transportable y lanzaba un obús de 28 cm. Japón, después de seis meses de esfuerzos inútiles por reducir Port Arthur, había retirado de sus defensas costeras tales cañones para usarlos en el cerco, pero había tardado tres meses antes de que el fuerte ruso sucumbiera bajo su fuego.4

El plan alemán no podía perder tanto tiempo para reducir los fuertes belgas. Moltke le había dicho a Conrad von Hótzenford que confiaba en que la batalla en el Oeste estuviera terminada en treinta y nueve días,5 y ha-bía prometido mandar tropas alemanas hacia el Este para ayudar a Austria el día después. Aunque se confiaba en que los belgas no lucharían, el plan alemán, en su meticulosidad, debía prever esta contingencia. El problema consistía en diseñar el cañón antifortificaciones más pesado posible que pudiera ser transportado por tierra. Debía ser un mortero o un obús de ángulo alto de fuego, capaz de arrojar sus granadas sobre el techo de los fuertes.

Las fábricas Krupp, que trabajaban en el mayor de los secretos, lograron presentar un modelo del 420 en el año 1909. Aquel gigante, aunque muy eficaz en sus disparos, era muy difícil de transportar. Debía ser transportado por ferrocarril en dos secciones y cada una requería una locomo-tora. Debido a su enorme potencia de retroceso, había que construir un foso de cemento armado, y la colocación del cañón en posición requería seis horas. Durante otros cuatro años, Krupp trabajó para construir un ca-

ñón que pudiera ser transportado por carretera, y desmontable en varias secciones. En febrero de 1914 obtuvo éxito en este modelo, que fue probado en Kummersdorf con gran satisfacción del kaiser, que fue invitado en aquella ocasión. Otras pruebas realizadas con motores de vapor y gasofíñá 223

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e incluso con tiros de múltiples caballos demostraron que era preciso introducir mejoras. Fue fijada como fecha límite el i de octubre de 1914.

El 305 austríaco de Skoda, que fue terminado en Pilsen en 1910, tenía como ventaja una superior movilidad. Con un transporte a motor para las tres secciones que se hacían del cañón, la base y el fundamento transportable, podía recorrer de quince a veinte millas por día. En lugar de ruedas, corría sobre cadenas continuas, que fueron descritas, en aquel tiempo, como «pies de hierro». En el lugar de su emplazamiento se colocaba el fundamento, sobre éste se montaba la base y el cañón, a ésta. Este proceso requería cuarenta minutos, y el cañón podía ser desmontado en el mismo tiempo, lo que hacía casi imposible que pudiera ser capturado. Podía ser girado hacia la derecha o la izquierda en un ángulo de sesenta grados y te-nía un alcance de 11,2 km. Lo mismo que los 420, lanzaba una granada de acción retardada, lo que permitía que la explosión tuviera lugar después de haber alcanzado su objetivo.

Cuando estalló la guerra, en el mes de agosto, varios de los cañones 305

austríacos estaban en Alemania, prestados por Conrad von Hótzendorf hasta que el modelo alemán estuviera listo. Krupp tenía en existencia, entonces, cinco modelos 420 sobre vías y dos del modelo por carretera, pero todavía no estaban listos para entrar en acción. El 2 de agosto se dieron órdenes para que fueran terminados lo antes posible. Cuando comenzó la invasión de Bélgica, Krupp trabajaba desesperadamente de día y de noche para montar cañones, motores, equipos e instruir al personal de camiones y de artillería.

Moltke todavía confiaba en poder continuar sin tener que hacer uso de estas armas. Sin embargo, si los belgas eran tan estúpidos como para luchar, los alemanes confiaban en que los fuertes se rendirían ante el primer ataque. Ningún plan había sido previsto por Ludendorff, un oficial que era el más devoto discípulo de Schlieffen en el Estado Mayor alemán. Su férrea disciplina de trabajo y un carácter de granito habían dado al capitán Erich Ludendorff, en ausencia del «von», el derecho a usar las franjas rojas del Estado Mayor, en cuyas filas ingresó a la edad de treinta años, en 1895. Aunque su corpulenta constitución, sus rubios bigotes sobre unos labios que se caían por los extremos, su redondo doble mentón y aquella protuberante nuca que Emerson calificó como la señal de la bestia,6 caracterizaban a Ludendorff como perteneciente al tipo físicamente opuesto al aristocrático 254

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Schlieffen, lo cierto es que Ludendorff admiraba y veneraba a su antiguo maestro. Muy reservado, el hombre que dos años después ejercería un poder mayor sobre el pueblo y el destino de Alemania que cualquier otro desde Federico el Grande, era por aquellos días poco conocido y poco apreciado. No le rodeaban recuerdos de amigos o familia, ni anécdotas personales, e incluso cuando fue ascendiendo avanzaba sin crear leyendas sobre su persona. Era un hombre sin sombra.

Considerando a Schlieffen como «uno de los soldados más grandes que nunca ha existido»,7 Ludendorff, como miembro y, finalmente, como jefe de la Sección de Movilización del Estado Mayor de 1904 a 1913, dedicó su vida entera a asegurar el éxito del plan de su maestro, de la bondad del cual, solía afirmar, todo el Estado Mayor estaba plenamente convencido.

«Nadie creía en la neutralidad belga».8 En caso de guerra, Ludendorff confiaba en ser nombrado jefe de la Sección de Operaciones Militares, pero en el año 1913 discutió con el ministro de la Guerra, el general Von Heeringen, y fue destinado al mando de un regimiento. En abril de 1914 fue ascendido a general y destinado al Segundo Ejército como segundo jefe del Estado Mayor. En este cargo fue destinado, el 2 de agosto, al ejército del Mosa de Emmich para el ataque contra Lieja, y encargado de establecer el enlace entre las fuerzas de ataque y el mando principal.

El 3 de agosto el rey Alberto asumió el mando, como comandante en jefe, sobre el Ejército belga... sin hacerse la menor ilusión. El plan que Galet y él habían forjado sobre la hipótesis de una invasión alemana había fracasado. Habían querido destinar las seis divisiones belgas a la barrera natural del Mosa, en donde podían reforzar las posiciones fortificadas de Lieja y Na- mur, pero el Estado Mayor y su nuevo jefe, el general Selliers de Moranville, poco dispuesto a que el joven rey y el capitán Galet dictaran la estrategia oscilando entre las ideas ofensivas y las defensivas, no había tomado ninguna disposición para destinar el Ejército detrás del Mosa. De acuerdo con la política de estricta neutralidad, las seis divisiones estaban estacionadas, antes de la guerra, para hacer frente a las posibles rutas de invasión. La i.a División en Gante frente a Inglaterra, la 2.a en Amberes, la 3.a en Lieja frente a Alemania, la 4.a y la 5.a en Namur, Charleroi y Mons, frente a Francia, la 6.a y la caballería en el centro, en Bruselas. El plan del general Selliers, una vez identificado el enemigo, era concentrar el Ejército en el centro del país de cara al invasor, dejando que las guarniciones de Amberes, Lieja y Namur cuidaran

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cambiarlos. El kaiser no pudo alterar el plan de Moltke ni Kitchener alterar el de HenryWilson, ni Lanrezac, el de Joffre. El 3 de agosto, cuando el rey Alberto, convertido oficialmente en comandante en jefe, asumió el mando por encima del general Selliers, ya era demasiado tarde para destinar todo el Ejército al Mosa. La estrategia que adoptaron fue concentrar el Ejército belga ante Lovaina, en el río Gette, a unas cuarenta millas al este de Bruselas, en donde estaban decididos a ofrecer resistencia. Lo único que pudo hacer el rey fue insistir en que la 3.a División se quedara en Lieja y la 4.a, en Namur, con el fin de reforzar las guarniciones fronterizas, en lugar de reunirse con el grueso del Ejército en el centro del país.

El rey había obtenido el nombramiento, en enero de 1914, de su protegido, el general Leman, el comandante de sesenta y tres años de la Academia Militar, como comandante de la 3.a División y gobernador de Lieja. Antiguo oficial de ingenieros, al igual que Joffre, Leman había pasado los últimos treinta años, con la excepción de un intervalo de seis años, en el Estado Mayor de Ingenieros en la Academia Militar, en la que Alberto había estudiado a sus órdenes. Dispuso de siete meses para reorganizar las defensas de los fuertes de Lieja, sin el apoyo del Estado Mayor. Cuando estalló la crisis, un cúmulo de órdenes cayó sobre su cabeza. El 1 de agosto, el general Selliers solicitó una brigada de la 3.a División equivalente a una tercera parte de su potencia. Respondiendo a una petición de Leman el rey anuló la orden.

El 3 de agosto, el general Selliers anuló la orden de Leman de demoler los puentes, más arriba de Lieja, alegando que se precisaban para los movimientos del Ejército belga. De nuevo apeló Leman y el rey apoyó al general en contra del jefe del Estado Mayor, y añadió una carta personal encargan-do a Leman «defender la posición que le ha sido confiada».9

La voluntad de defender el país era superior a los medios. En cuanto a ametralladoras, el arma esencial de la defensa, la proporción del Ejército belga por hombre era la mitad que la del Ejército alemán. La artillería de campaña pesada, que era la precisa para las posiciones defensivas entre los fuertes, brillaba por su ausencia.

La proyectada ampliación del servicio militar que preveía incrementar el Ejército de Tierra hasta 150.000 hombres con 70.000 reservistas y las tropas LIEJA Y ALSACIA

en los fuertes hasta 130.000 en 1926, apenas se había iniciado. En agosto de 1914 el Ejército contaba con 117.000 hombres, pero sin reservistas que hubiesen pasado por una debida preparación. La Guardia Cívica, una organización burguesa que usaba sombreros altos y uniformes de un verde brillante, fue llamada al servicio activo, mientras que muchas de sus obligaciones eran asumidas por los boy scouts. El Ejército en activo no tenía ninguna experiencia en las obras de fortificación y apenas herramientas con las que cavar trincheras. Faltaban medios de transporte, y tampoco se contaba con tiendas y cocinas de campaña, mientras que el material telefó-

nico era mínimo. El Ejército marchaba en el caos de la improvisación.

Marchaba también, o era llevado, sobre la cumbre del entusiasmo creado por un sinfín de ilusiones. Los soldados, que de la noche a la ma-

ñana se habían transformado en seres populares, eran abrumados de regalos consistentes en víveres, besos y cerveza. Se salían de la formación cuando desfilaban por las calles para saludar a sus amigos y enseñarles sus uniformes. Los padres se unían a los hijos para ver de cerca lo que era, en realidad, una guerra. Magníficos coches, requisados para el transporte, recorrían las calles cargados de barras de pan y sacos de carne. Eran saludados con grandes vítores. Y también eran vitoreadas las ametralladoras, que, al igual que los carretones en que se transporta la leche en Flandes, eran arrastradas por perros.

El 4 de agosto, una mañana clara, silenciosa y luminosa, entraban en Bélgica, a setenta millas al este de Bruselas, los primeros invasores, las unidades de la caballería de Von Marwitz. A

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