4.3. Results and discussions
4.3.1. AD experiments
4.3.1.1. Selection of inoculum
—¿Qué posibilidades tenemos si somos atacados por todas partes?
¿Acaso no hay ningún amigo de Alemania?—preguntó uno de los funcionarios. —Me han dicho que Siam es amiga nuestra—le contestó un compa-
ñero.74
Apenas habían entregado los ingleses su ultimátum cuando estallaron nuevas disputas en el seno del Gabinete sobre la cuestión de enviar un cuerpo expedicionario a Francia. Después de haberse declarado dispuestos a ir a la guerra, querían saber hasta qué punto debían comprometerse. Sus planes en común con los franceses preveían una fuerza expedicionaria de seis divisiones en el extremo del frente francés entre el M-4 y el M-15. El plan ya había sido alterado, puesto que el M-i inglés (5 de agosto), que de-bía ser dos días después del francés, ya sufría un retraso de tres días y seguiría un nuevo aplazamiento si no se llegaba a un acuerdo sobre cuándo habría de efectuarse el embarque de las tropas.
El Gabinete de Asquith estaba paralizado por el temor a la invasión.
Aunque el Comité de Defensa Imperial, después de años de estudio del problema, había declarado que la invasión era «impracticable» y la defensa de las islas estaba garantizada suficientemente por la Marina, aquel 4 de agosto los jefes ingleses no se atrevían a desmantelar las islas del Ejército regular. Algunos eran partidarios de mandar menos de seis divisiones, otros querían aplazar el momento del embarque y otros ni siquiera man-darlas. Le comunicaron al almirante Jellicoe que su prevista escolta para el Cuerpo Expedicionario a través del Canal de la Mancha «no se necesitaba por el momento». Ningún botón en el Ministerio de la Guerra puso automáticamente el CEB en marcha, puesto que el gobierno inglés no llegaba a ningún acuerdo sobre este asunto. El propio Ministerio de la Guerra, que no había tenido ministro durante los últimos cuatro meses, adolecía de la falta de un jefe. Asquith había invitado a lord Kitchener a regresar a Londres, pero aún no se atrevía a ofrecerle el puesto. El impetuoso y tempes-tuoso sir Henry Wilson, cuyo diario había de provocar un revuelo tan grande después de la guerra cuando fue publicado, estaba «revolucionado ante este estado de cosas». Y también lo estaba el pobre señor Cambon, que se presentó con un mapa ante Grey para demostrarle lo vital que era que el flanco izquierdo francés fuera alargado por las seis divisiones inglesas.
Grey prometió someter el asunto a la consideración del Gabinete.75 184
«EN CASA ANTES DE QUE CAIGAN LAS HOJAS»
El general Wilson, enfurecido por el retraso, del que culpaba a las «pe-caminosas» vacilaciones de Grey, indignado les presentó a sus amigos en la oposición una copia de la orden de movilización, que en lugar de decir
«movilización y embarque» sólo decía «movilización»/6 Este detalle retrasaría los planes cuatro días. Balfour se ofreció para instigar al gobierno. Le recordó, en una carta dirigida a Haldane,77 que la esencia misma de la Entente y de los acuerdos militares era la defensa de Francia, y que si el país galo era aniquilado «el futuro entero de Europa puede cambiar en una dirección que nosotros habremos de considerar como desastrosa». Una vez adoptada una política, lo que cabía hacer, sugirió, era «atacar rápido y con toda la fuerza». Cuando Haldane fue a verle para explicarle la naturaleza de las vacilaciones del Gabinete, Balfour no pudo por menos de comentar que se caracterizaban «por una indecisión de pensamiento y de propósito».
Aquella tarde del 4 de agosto, la misma hora en que Bethmann se dirigía al Reichstag y Viviani, a la Cámara de Diputados, Asquith comunicó a la Cámara de los Comunes un «mensaje de Su Majestad firmado por su propia mano». El secretario se puso en pie, así como todos los diputados, y fue leída la Proclamación de la Movilización.78 A continuación, leyendo una copia escrita a máquina que temblaba ligeramente en su mano, Asquith informó de los términos del ultimátum que acababa de ser telegrafiado a Alemania. Cuando leyó las palabras «una respuesta satisfactoria antes de medianoche», los vítores ahogaron las restantes palabras.79 Lo único que cabía hacer era esperar hasta medianoche, a las once, hora inglesa. A las nueve el gobierno se enteró, por medio de un telegrama interceptado, despachado desde Berlín, que Alemania se consideraba en guerra con Gran Bretaña desde el momento en que el embajador
británico había reclamado sus pasaportes. Convocado urgentemente, el Gabinete sospechaba que los alemanes habían apretado el gatillo con el fin de lanzar un ataque sorpresa con submarinos u otro golpe que pudiera tener lugar en cualquier punto oscuro de las costas inglesas. Discutieron si declarar la guerra ya desde aquel momento o esperar hasta que terminara el plazo señalado. Decidieron esperar. En silencio, cada uno de ellos sumido en sus propios pensamientos, continuaron sentados alrededor de la mesa de tapete verde en la débilmente iluminada sala de sesiones, conscientes de las sombras de aquellos que en otros momentos históricos se habían sentado allí antes que ellos. Los ojos contemplaban como avanzaban las manecillas 185
EL ESTALLIDO
del reloj. «¡Doong!». El Big Ben dio la primera campanada de las once y cada campanada posterior sonó en los oídos de Lloyd George con un sentido melodramático parecido a «Doom, doom, doom» ('muerte, muerte, muerte...').
Veinte minutos más tarde era despachado el telegrama de guerra:
«Guerra, Alemania, acción». No había sido decidido todavía cuándo y dónde debía actuar el Ejército, pues esta decisión la debía tomar el Consejo de Guerra convocado para el día siguiente. El gobierno inglés se acostó aquella noche como beligerante, por no decir belicoso. Al día siguiente, con el ataque contra Lieja, comenzaba la primera batalla de la guerra. Europa entraba, le escribió aquel día Moltke a Conrad von Hótzendorf, «en la lucha que decidiría el curso de la historia durante los siguientes cien años».80
18&
LAS BATALLAS 10
«GOEBEN... UN ENEMIGO QUE HUYE»
Antes de que comenzara la batalla terrestre, un mensaje telegráfico del Almirantazgo alemán al mando alemán en el Mediterráneo, el almirante Wil-helm Souchon, cruzó los aires a primeras horas del 4 de agosto.
Decía: «Alianza con Turquía concluida 3 de agosto. Diríjase inmediatamente a Constantinopla».1 Aunque estas órdenes resultaron prematuras y fueron anuladas casi inmediatamente, el almirante Souchon puso rumbo a la dirección que se le indicaba. Tenía el mando sobre dos nuevos navios rápidos, el crucero de batalla Goeben y el crucero ligero Breslau. Ninguna otra hazaña de guerra arrojó una sombra tan densa sobre el mundo entero como el viaje realizado por su comandante durante los siete días siguientes.
Cuando ocurrió lo de Sarajevo, Turquía contaba con muchos enemigos y no tenía aliados, puesto que nadie la consideraba digna de una alianza. Durante un centenar de años el Imperio otomano, llamado el «hombre enfermo» de Europa, había sido considerado moribundo por las potencias europeas, que esperaban el momento oportuno para arrojarse sobre el ca-dáver. Pero año tras año el fabuloso inválido se negaba a morir, apretando todavía en sus decrépitas manos las llaves de inmensas posesiones. Al contrario, durante los últimos seis años, desde que la revolución de los Jóvenes Turcos derrocó al viejo sultán, Abdul el Maldito, en 1908, y formó con su hermano un gobierno presidido por el Comité de la Unión y el Progreso, Turquía había comenzado a rejuvenecerse. El Comité, es decir, los Jóvenes Turcos, dirigidos por su «pequeño Napoleón», Enver Bey, estaban decididos a reorganizar el país, forjar la fuerza necesaria para mantener unido al Imperio, alejar a los buitres que estaban esperando y rehacer la domina-189
LAS BATALLAS
ción panislámica de los días de la gloria otomana. Este proceso era seguido con evidente atención por Rusia, Francia e Inglaterra, que tenían ambiciones en aquella zona. Alemania, que había llegado más tarde al escenario imperial y con sus propios sueños de Berlín a Bagdad, decidió convertirse en el apoyo de los Jóvenes Turcos. Una misión militar alemana enviada en 1913 para reorganizar el Ejército turco provocó un resentimiento tan grande en Rusia que sólo los esfuerzos concentrados de todas las potencias in-teresadas hizo posible que el asunto no fuera «aquella maldita locura en los Balcanes» un año antes de Sarajevo.
A partir de aquel momento, los turcos estaban a la expectativa del día en que habrían de inclinarse por un bando u otro. Dado que temían a Rusia, estaban resentidos contra Inglaterra y recelaban de Francia, los turcos no lograban decidirse. El «héroe de la revolución», el joven y apuesto En-ver, con sus rosadas mejillas y sus bigotes negros con las puntas vueltas hacia
arriba al estilo del kaiser, era el único sincero y entusiasta abogado de una alianza con Alemania.2 Creía en Alemania como la forjadora del futuro. Talaat Bey, el «jefe» político del Comité y su auténtico dirigente (un aventurero capaz de devorar una libra de caviar de una sola vez e ingerir a continuación dos copas de brandy y dos botellas de champaña), no estaba tan convencido de ello.3 Creía que Turquía podría obtener un precio mejor de Alemania que de la Entente, y no tenía confianza en las posibilidades de supervivencia de Turquía como nación neutral en una guerra entre las grandes potencias. Si ganaban las potencias de la Entente, las posesiones de los otomanos se derrumbarían bajo su presión, y si ganaban las potencias centrales, entonces Turquía se convertiría en un vasallo alemán. Otros grupos en el gobierno turco hubiesen preferido una alianza con la Entente, en el caso de poderse conseguir, con la esperanza de eliminar de esta forma a Rusia, el eterno enemigo de Turquía. Durante diez siglos, Rusia había luchado por obtener el control sobre el mar Negro.
El estrecho y célebre paso de los Dardanelos, de cincuenta millas de longitud y con un máximo de tres millas de ancho, había sido reclamado año tras año por los rusos.
Turquía jugaba una carta de indudable valor: su posición geográfica en la unión de las rutas del Imperio. Por esta razón Inglaterra había sido durante cien años el protector tradicional de Turquía, pero lo cierto es que Inglaterra había dejado de considerar a Turquía. Durante un siglo había apoyado al sultán frente a todos los que se levantaban contra él, dado que
«GOEBEN... UN ENEMIGO QUE HUYE»
prefería a un déspota débil y, por lo tanto, maleable situado en la ruta que conducía a la India. Inglaterra había empezado a despreocuparse ahora de lo que Winston Churchill llamaba amistosamente la «escandalosa, hundida, decrépita y arruinada Turquía».4 La reputación turca de mal gobierno, corrupción y crueldad había molestado al buen olfato europeo desde hacía muchísimo tiempo.
Los liberales, que habían gobernado Inglaterra desde el año 1906, eran los herederos del célebre llamamiento de Gladstone para expulsar a los turcos, «la gran especie antihumana de la humanidad», de Europa. Estaban convencidos de que Turquía era incorregible, que no podía ser reformada, y que había de morir muy pronto. La metáfora de lord Salisbury después de la Guerra de Crimea («Hemos apostado nuestro dinero por el caballo perdedor») adquirió un valor de profecía. La influencia inglesa en la Puerta otomana debía durar hasta el momento en que ya no se pudiera obtener el menor beneficio.
Una solicitud presentada por Turquía para una alianza permanente con Gran Bretaña fue rechazada en 1911 por objeción de Winston Churchill, que había visitado Constantinopla en 1909 y establecido «relaciones amistosas», tal como él las concebía, con Enver y otros ministros de los Jó-
venes Turcos.5 En el estilo pomposo que era empleado para dirigirse a los Estados orientales, se decía que, aunque Gran Bretaña no podía aceptar ninguna alianza, Turquía haría bien en no abusar de la amistad inglesa
«volviendo a los métodos opresivos del antiguo régimen o tratando de alterar el statu quo británico», tal como existía entonces. Desde su privilegia-do puesto en el Almirantazgo, recordó a Turquía que la amistad inglesa se-ría valiosa para Turquía mientras Gran Bretaña, «sola entre los Estados europeos [...], conservara la supremacía sobre los mares». El hecho de que la amistad turca, o incluso su neutralidad, pudiera ser de igual valor para Inglaterra, nunca fue tomado en serio por él o por cualquier otro ministro durante los últimos años anteriores a 1914.
En julio de 1914, cuando la guerra de dos frentes se cernía sobre el país, los alemanes tuvieron interés en asegurarse la amistad y alianza de alguien que pudiera aislar a los rusos en el mar Negro y separarlos de sus aliados y sus suministros. Una antigua proposición de alianza que habían dejado sobre el tapete adquiría ahora un nuevo valor a sus ojos. El kaiser, en su alarma, insistió en que era necesario «emplazar todos los cañones en los Bal-191
LAS BATALLAS
canes para que éstos disparen contra los eslavos». Cuando Turquía empezó a discutir las condiciones y hacer una insinuación hacia la Entente, el kaiser, cada vez más asustado, ordenó a su embajador que contestara al ofrecimiento turco «aceptando sus peticiones [...]. En ningún caso podemos permitirnos renunciar a esta alianza».6
El 28 de julio, el día en que Austria declaró la guerra a Serbia, Turquía solicitó formalmente de Alemania una ofensiva secreta y una alianza defensiva en el caso de que uno de los dos bandos fuese a la guerra contra Rusia.7 Aquel mismo día la solicitud fue recibida en Berlín, aceptada y el borrador, firmado por el canciller. En el último momento los turcos se enfrentaron con dificultades para hacer el nudo que sabían que ligaría su suerte en el futuro a la de los
alemanes. Si al menos tuvieran la certeza de que Alemania iba a ganar...
Mientras todavía vacilaban, Inglaterra les ayudó a tomar una decisión apoderándose de dos barcos de guerra turcos que eran construidos, por contrato, en los astilleros ingleses. Eran dos navios de primera categoría, iguales que los mejores de Gran Bretaña, uno de los cuales estaba armado con ca-
ñones de 13,5 pulgadas. El impetuoso primer lord «requisó», por emplear sus propias palabras, los navios de guerra turcos el 28 de julio. Uno de éstos, el Sultán Osman, había sido acabado en mayo y ya se había efectuado el primer pago, pero cuando los turcos insistieron en llevárselo a casa, los ingleses, haciendo ciertas siniestras alusiones a que los griegos pretendían hundirlo con sus submarinos, persuadieron a los turcos para que lo dejaran en un puerto inglés hasta que pudiese ser acompañado por su navio gemelo, el Reshadieh.
Cuando terminaron la construcción del Reshadieh, a principios de julio, los ingleses presentaron nuevas excusas para impedir que los turcos se llevaran los dos barcos, que ya eran de su propiedad. Cuando se enteró de la orden de Churchill, el capitán turco, que estaba esperando, con 500 marineros turcos a bordo de un barco de transporte en Tyne, amenazó con abordar los dos barcos e izar la bandera turca. El Almirantazgo dio entonces la orden de defender ambos barcos «por la fuerza si fuera necesario».8
Los dos navios le habían costado una inmensa fortuna a Turquía, 7.500.000 libras esterlinas.9 El dinero había sido conseguido por medio de suscripciones populares, a partir del momento en que sus derrotas en las guerras balcánicas habían despertado en el público turco la necesidad de proceder a una renovación de sus Fuerzas Armadas. Todos y cada uno
«GOEBEN... UN ENEMIGO QUE HUYE»
de los campesinos de Anatolia había aportado su dádiva. Aunque la noticia todavía no era conocida por el pueblo, la requisa llenó de «ansiedad mental» al gobierno, tal como lo expresó Djemal Pasha, el ministro de Marina.
Inglaterra no se tomó la molestia de suavizar la situación. Sir Edward Grey, cuando informó oficialmente a los turcos de este acto de piratería en el Tyne, estaba convencido de que Turquía comprendería por qué tenía necesidad Inglaterra de aquellos dos barcos «en medio de la crisis a la que se enfrentaban». La pérdida financiera—un asunto que el gobierno de Su Majestad lamentaba muy vivamente—sería objeto de un detenido estudio.
No se hacía mención a ningún tipo de compensaciones. Bajo los efectos acumulados del «hombre enfermo» y «el caballo perdedor», Inglaterra ha-bía llegado a considerar a todo el Imperio otomano como de menor valía que dos navios de guerra. El telegrama de Grey fue despachado el 3 de agosto. Aquel mismo día Turquía firmó el tratado de alianza con Alemania.
Sin embargo, no declaró la guerra a Rusia, tal como estaba obligada por el tratado, ni tampoco bloqueó el mar Negro, ni emprendió ninguna acción que la pudiera comprometer públicamente, sino que se aferró estrictamente a su neutralidad. Después de haber obtenido una alianza con una potencia, que había aceptado sus condiciones, Turquía no mostró ninguna prisa en ayudar a su nueva aliada. Sus vacilantes ministros preferían esperar hasta saber qué rumbo tomaban las primeras batallas que se libra-ban en la guerra. Alemania estaba muy lejos, mientras que Rusia y Gran Bretaña estaban muy cerca y nunca habían dejado de representar una amenaza para ella. La entrada de Inglaterra en la guerra provocaba en los turcos un nuevo desconcierto. Temiendo que Turquía se dejara llevar por nuevos derroteros, el gobierno alemán dio instrucciones a su embajador, el barón Wangenheim, para obtener la declaración turca de guerra a Rusia,
«aquel mismo día si era posible», puesto que era «de la mayor importancia evitar que Turquía escape de nuestra influencia como consecuencia de la acción emprendida por Inglaterra». Turquía, sin embargo, no cedió. Todo el mundo, excepto Enver, deseaba aplazar un acto explícito contra Rusia hasta que se pudiera vislumbrar quién iba a salir vencedor de la contienda.10
En el Mediterráneo, siluetas grises efectuaban maniobras ante las batallas que se avecinaban. Los radiotelegrafistas recibían órdenes de distantes-aíf^"-
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LAS BATALLAS
mirantazgos. La primera e inmediata misión de las flotas británica y francesa era vigilar el paso de África del Norte a Francia del Cuerpo Colonial francés con sus dos divisiones y sus cuerpos de Ejército auxiliares, que totalizaban unos ochenta mil hombres^ La presencia o ausencia de todo un cuerpo de Ejército podía ser decisiva para los planes de campaña franceses y para la
todo un cuerpo de Ejército podía ser decisiva para los planes de campaña franceses y para la guerra, que, tal como creían ambos bandos, sería decidida por la suerte de Francia cuando se enfrentara, en el curso de las primeras batallas, con Alemania.
Tanto el almirantazgo francés como el británico tenían sus ojos fijos en el Goeben y el Breslau como principal amenaza contra los transportes de tropas francesas. Los galos contaban con la Marina más poderosa del Mediterráneo para la protección de sus transportes, de dieciséis acorazados de combate, seis cruceros y veinticuatro destructores. La flota inglesa del Mediterráneo, con su base en Malta, estaba al mando de tres cruceros de combate, el Inflexible, el Indomitable y el Indefatigable, cada uno de éstos con un desplazamiento de 18.000 toneladas, un armamento de ocho cañones de 12 pulgadas y una velocidad de 27 a 28 nudos. Habían sido proyectados para aniquilar todo lo que navegase sobre la superficie de las