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The effect on knowledge

6.1 Effect of patient education

6.1.1 The effect on knowledge

En nuestro estudio hemos recopilado los disparates antijudíos de la Iglesia antigua. Aunque los hemos citado en extracto, vale la pena re- producir aquí por extenso un pasaje importante: «Los judíos no son el pueblo de Dios, sino que descienden de unos egipcios leprosos; el Señor los odia y ellos odian a Dios. No han entendido el Antiguo Testamen- to, sino que lo han falsificado, y únicamente los cristianos conseguirán restablecerlo. Los judíos no quieren espiritualidad, ni cultura, son el pa- radigma del mal, hijos de Satanás, son indecentes, asedian a todas las mujeres, son hipócritas, embusteros, y odian y desprecian a todos los no

judíos. Los cristianos suelen complacerse en señalar la dureza de los jui- cios formulados por los profetas contra los mismos judíos». Y continua- mos: «Los judíos fueron los que crucificaron a Cristo; los Evangelios dis- culpan al gobernador romano y acusan a los judíos; no fueron los solda- dos romanos, sino los judíos quienes atormentaron a Jesús y se mofaron de él; en el Calvario, los paganos se convierten mientras que los judíos continúan con sus burlas. Tal como mataron a Dios, les gustaría matar a todos los cristianos, porque en todo tiempo los judíos siguen siendo fie- les a sí mismos». Los que así escribían no eran fanáticos, sino gente ins- truida y distinguida, como Clemente de Alejandría, Orígenes y Crisós- tomo, entre los menos radicales. «[...] No puede existir un compromiso entre judíos y cristianos, aunque aquéllos pueden prestar a éstos servi- cios de esclavos. »53

Según la composición de lugar de los doctores de la Iglesia primitiva, la influencia de cuyos tratados antijudíos abarcó toda la Edad Media y llegó incluso hasta la moderna, los judíos debían vivir dispersos por siempre jamás, errar por el mundo como apatridas, ser esclavos de los demás pueblos. Que nunca vuelvan a construir su Templo en Jerusalén, exige el doctor de la Iglesia Jerónimo; que nunca vuelvan a ser un solo pueblo en un solo país, reclama el doctor de la Iglesia Crisóstomo; pero que no desaparezcan del todo, pide Agustín, porque así servirán de tes- timonio vivo de la «verdad» del cristianismo. Al contrario, la impreca- ción del pueblo deicida, «caiga su sangre sobre nosotros y sobre los hijos de nuestros hijos», debe cumplirse en ellos hasta el fin de los tiempos.54

Desde comienzos del siglo IV, el antijudaísmo de los primeros cris- tianos, hasta entonces sólo literario, empieza a tomar cuerpo en los cá- nones eclesiásticos. Como ha señalado Poliakov, «para los cristianos, el pueblo judío es criminal convicto».55

El alto clero empezó a destruir sistemáticamente las relaciones entre cristianos y judíos, que hasta entonces habían sido buenas por lo gene- ral, con el propósito de llegar a impedir todo contacto social. El pueblo cristiano, como ha señalado el católico Kühner, «fue inducido y azuzado por sus líderes eclesiásticos». En 306, el Sínodo de Elvira prohibe bajo penas severísimas sentarse a la mesa con judíos, permitirles la asistencia a la bendición de los campos, los matrimonios mixtos entre ellos y los cristianos, e incluso amenaza con la excomunión el simple trato perso- nal. El Sínodo de Antioquía prohibió en 341 la celebración común de la Pascua; los clérigos que infringieran la prohibición serían expulsados y desterrados. A menudo Oastó la visita a una sinagoga para merecer la suspensión. Los decretos sinodales antijudíos se hicieron cada vez más abundantes.56

La influencia de las leyes eclesiásticas hizo que el derecho laico em- pezase a recoger también numerosas disposiciones de marcada tenden- cia antisemita.

La religión judía, hasta entonces permitida, se vio cada vez más per- seguida y reprimida. En los decretos imperiales se alude a ella llamán-

dola «secta infame», «secta nefaria, iudaica perversitas, nefanda supers-

titia»; los cultos fueron censurados y el proselitismo, absolutamente

prohibido. Es verdad que, a veces, algunos príncipes de los paganos ha- bían promulgado leyes antijudías; pero los emperadores cristianos las renovaron drásticamente. En 315, Constantino hizo de la conversión al judaismo un crimen capital; tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte. De manera similar perseguía el Estado cristiano los matrimonios entre judíos y cristianos: a partir de 339, al contrayente judío, a ambos desde 388 en adelante. Los hijos de Cons- tantino promulgaron la confiscación de bienes de los cristianos que ju- daizaran, y castigaron con pena de muerte el casamiento de judío con cristiana, así como la circuncisión de los esclavos. Poco a poco, los ju- díos se vieron privados de los derechos comunes; se les limitó la capaci- dad para testar, se les expulsó de numerosas profesiones, de los cargos •palatinos, de la abogacía (es decir militia palatina y fogata}, del ejército, disposición esta última que continuó en vigor hasta el siglo XIX y fue res- tablecida por Hitler. En 438, fueron excluidos por decreto de todos los cargos públicos; sólo podían acceder al decurionato, es decir, a cargos municipales y aun éstos porque eran onerosos y muchas veces había que obligarles, «pues no pretendemos hacer merced a esos individuos abo- minables, sino condenarlos» (Teodosio II). Infracciones banales eran penadas con la confiscación de bienes o con la muerte.57

De acuerdo con un estudio sistemático reciente, a partir del siglo IV las medidas jurídicas tomadas por los emperadores cristianos incluyen: castigos arbitrarios, prohibición de la trata de esclavos, expropiación de determinados esclavos, multas, trabas legales para poder testar o con- traer matrimonio, confiscación de bienes y pena de muerte, esta última ya desde los tiempos de Constantino I, Constantino II y Teodosio I. Se- gún el Códex Theodosiano, los judíos son gente de vida equívoca y de creencias equivocadas, desvergonzados, inmorales, repugnantes y su- cios; sus opiniones son contagiosas como la peste. «Este vocabulario de la difamación personal penetra en la legislación romana después de Cons- tantino, como demuestra la comparación con el material conservado de los tres primeros siglos de nuestra era» (Lengenfeid).58

A finales del siglo IV y principios del v los emperadores se muestran más tolerantes con los judíos, a ratos, pero suelen ser demasiado débiles para reprimir con eficacia los asaltos a las sinagogas, los incendios y las usurpaciones a que se entregan cada vez más los cristianos. En esta per- secución de creciente violencia no dejarían de intervenir los móviles eco- nómicos, y hasta cierto punto el racismo, pero el motivo principal era el religioso. En toda la Antigüedad y durante la Alta Edad Media, las legis- laciones antijudías se justifican siempre por razones de religión. Escribe Harnack que, según el parecer unánime de los autores cristianos del pe- ríodo patrístico, «Israel había sido desde siempre la Iglesia diabólica».59

Pero diabólicos o endiablados lo eran ellos mismos, los cristianos, incluso contra los hermanos separados de su misma fe, como veremos. 114

CAPÍTULOS

PRIMERAS INSIDIAS

DE CRISTIANOS CONTRA CRISTIANOS «¡Pluguiera a Dios que fuesen exterminados los que os escandalizan!»

SAN PABLO1

«Os prevengo contra las bestias en figura humana.»

SAN IGNACIO2

«No sólo queremos levantar la bestia, sino herirla por todas partes.»

SANIRENEO3

«Pues todo aquel que no admite que Jesús se nos apareció en carne y hueso es un Anticristo, [.. .1 es siervo del demonio, [.. .1

es el primogénito de Satanás.»

SAN POLICARPO4

«Ningún hereje es cristiano. Pero si no es cristiano, todo hereje es demonio.» «Reses para el matadero del infierno.»

SAN JERÓNIMO, DOCTOR DE LA IGLESIA5

«Pero si tomamos las armas los unos contra los otros, estamos perdidos sin necesidad de que intervenga el demonio. Toda guerra es funesta

pero la guerra civil lo es más. Y la guerra entre nosotros mismos es aún más funesta que una guerra civil.»

SAN JUAN CRISÓSTOMO, DOCTOR DE LA IGLESIA6

«Hablan en pro de sus religiones, no con la mesura y la moderación que sus grandes maestros predicaron mediante la palabra y el ejemplo,

sino [...1 con acaloramiento tal, que no parece sino que no tuviesen razón.»

LICHTENBERG7

«Apenas terminaron de predicar a Cristo, se acusaron mutuamente de Anticristos [.. .1 y como es natural, en todas estas disputas

teológicas no había nada que no estuviese construido sobre el absurdo y el engaño.»

Al igual que atacaron verbalmente a los judíos (antes de pasar a ver-

bis ad verbera, de las palabras a los golpes..., al expolio, a la persecu-

ción generalizada y a las grandes matanzas), desde el principio también riñeron los unos contra los otros hasta llegar a las manos, lo que comen- zó mucho más pronto de lo que generalmente se cree.

En los orígenes del cristianismo no existió

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