6.2. Methodological considerations
6.2.3 The randomized controlled design (paper 3)
La Iglesia enseña que la situación originaria del cristianismo era de «ortodoxia», es decir, de «fe verdadera»; más tarde, aparecería la «he- rejía» (de aíresis == la opinión elegida), entendida como el camino des- viado, apartamiento respecto del recto camino inicial. La noción de «herejía» existe ya en el Nuevo Testamento, pero adquiere su significa- do peyorativo por obra del obispo Ignacio, en el siglo II, el mismo que aportó la noción de «católico» decenios antes de que la Iglesia lo fuese verdaderamente. Sin embargo, la palabra «herejía» no tenía en sus orí- genes el significado que luego se le atribuyó; para los autores bíblicos y demás judíos, no se interpretaba en contraposición con el fenómeno de la ortodoxia, por otra parte inexistente aún. En la literatura clásica se llamaba «herejía» a cualquier opinión, grupo o partido científico, políti- co o religioso. Poco a poco, sin embargo, el término adquirió la conno- tación de lo sectario y desacreditado.9
Ahora bien, el esquema «ortodoxia original contra herejía sobreve- nida», imprescindible para mantener la ficción eclesiástica de una tradi- ción apostólica supuestamente ininterrumpida y guardada con fideli- dad, no es más que un invento a posteriori y tan falso como esa misma doctrina de la tradición apostólica. El modelo histórico según el cual la doctrina cristiana, en sus comienzos, era la pura y verdadera, luego contaminada por los herejes y cismáticos de todas las épocas, «la teoría del desviacionismo, tan socorrida —como ha escrito incluso el teólogo católico Stockmeier—, no se ajusta a ninguna realidad histórica». Tal modelo no podía ser verídico de ninguna manera, porque el cristianismo en sus comienzos distaba de ser homogéneo; existía sólo un conjunto de
creencias y principios no muy bien trabados. Aún «no tenía un símbolo de fe definido (una creencia cristiana reconocida) ni unas Escrituras ca- nónicas» (E.R. Dodds)10 Ni siquiera podemos remitirnos a lo que hu-
biese dicho el propio Jesús, porque los textos cristianos más antiguos no son los Evangelios, sino las Epístolas de Pablo, que por cierto con- tradicen a los Evangelios en muchos puntos esenciales, para no men- cionar otros muchos problemas de bastante trascendencia que se plan- tean aquí.
Los primeros cristianos incorporaban no una, sino muchas y muy distintas tradiciones y formas. En la comunidad primitiva se registró al menos una división, que sepamos, entre los «helenizantes» y los «he- braicos». También hubo violentas discusiones entre Pablo y los prime- ros apóstoles originarios. Y muchas de las cosas que luego fueron perse- guidas y tenidas por diabólicas estaban más cerca de las creencias origi- narias que la «ortodoxia», ésta sí establecida a posteriori. Las luchas políticas por el poder en el seno de la Iglesia siempre utilizaron como pretexto la teología, la fe supuestamente «verdadera», con objeto de combatir mejor a los rivales. A veces intervinieron consideraciones de oportunidad, por ejemplo cuando una creencia concreta predomina- ba en una región. En determinadas zonas del Asia Menor, de Grecia, de Macedonia, pero sobre todo en Edessa, en Egipto, desde el comienzo se predicó el cristianismo en variantes bastante alejadas de lo que luego se- ría tenido por «la ortodoxia» y, sin embargo, en ninguna de dichas re- giones se dudaba de que aquello fuese el cristianismo legítimo. Y los creyentes mirarían con igual orgullo y desprecio a los llamémosles orto- doxos que éstos a ellos. Desde siempre toda tendencia, iglesia o secta, tiende a considerarse como la «verdadera», la «única», el cristianismo auténtico.n
Es decir, en los orígenes de la nueva fe no hubo ni una «doctrina pura» en el sentido actual protestante, ni una Iglesia católica. Era una secta judaica separada de su religión madre, el judaismo, el segundo paso principal de cuya evolución fue su constitución en comunidades cristianas bajo la dirección de Pablo, y no sin fuertes polémicas con los más primitivos cristianos, los apóstoles oriundos de Jerusalén. Luego, durante la primera mitad del siglo n, se constituyó la Iglesia de Marción, que llegó a extenderse por todo el Imperio romano y seguramente sería más internacional que la católica ortodoxa; ésta no empezó a cristalizar hasta la segunda mitad del siglo y, salvo las creencias religiosas básicas, lo adoptó casi todo de Marción, creador además del primer Nuevo Tes- tamento.
Si hemos de creer a la communis opinio, la Iglesia católica primitiva surgió entre los años 160 y 180. Las comunidades que hasta entonces ha- bían vivido con relativa independencia buscaron una vinculación legal más estrecha, así como la unificación doctrinal, con objeto de poder dis- criminar quién era «verdadero creyente» y quién no. Pero tampoco estas Iglesias atesoraban una «ortodoxia» definida e invariable; reinaba por 118
aquel entonces una flexibilidad que hoy nos parece extraña. Pronto sur- girían «herejías» y «herejes» cada vez en mayor número y más frecuen- tes, pero no procedentes del exterior «como quiere la leyenda» (V. So- den); el sentido del movimiento herético era más bien de dentro hacia afuera. Al ser destruidos casi todos sus escritos, apenas tenemos de es- tos primeros movimientos alguna noticia parcial, deformada y, a menu- do, totalmente falsa.12
A finales del siglo II, cuando se constituyó la Iglesia católica, es de- cir, cuando los cristianos se hubieron constituido en muchedumbre, como ironizaba el filósofo pagano Celso, empezaron a surgir entre ellos las divisiones y los partidos, cada uno de los cuales reclamaba una legiti- midad propia, «que era lo que pretendían desde el primer momento». «Y como consecuencia de haber llegado a ser multitud, se distancian los unos de los otros y se condenan mutuamente; hasta el punto que no ve- mos que tengan otra cosa en común sino el nombre [...], ya que por lo demás cada partido cree en lo suyo y no tiene en nada las creencias de los otros.» A comienzos del siglo III, el obispo Hipólito de Roma cita 32 sectas cristianas en competencia que, hacia finales del siglo IV, según el obispo Filastro de Brescia, alcanzaban el número de 128 (más 28 «he- rejías» precristianas). A falta de poder político, sin embargo, la Iglesia preconstantiniana sólo podía desahogarse verbalmente contra los «he- rejes», al igual que contra los judíos; a la enemistad cada vez más pro- funda con la sinagoga, se sumaban así los enfrentamientos cada vez más odiosos entre los mismos cristianos, debido a sus diferencias doctrina- les. Es más, para los doctores de la Iglesia tales desviaciones constituían el pecado más grave, porque las divisiones, a fin de cuentas, implicaban la pérdida de afiliados, la merma del poder. De tal manera que en estas polémicas no se trataba de entender el punto de vista del oponente, ni de explicar el propio, lo que tal vez hubiera sido inconveniente o peli- groso. Sería más exacto decir que obedecían al propósito «de aplastar al contrario por todos los medios» (Gigon). «La sociedad antigua no había conocido nunca este género de disputas, porque tenía de las cuestiones religiosas otro concepto distinto y nada dogmático» (Brox).13