2. NUMERICAL AND EXPERIMENTAL ANALYSIS OF HEAT DISTRIBUTION
2.6 Results and Discussion
2.6.2 Sensitivity Analysis
2.6.2.1 Effect of Material Parameters
XXII-XXI), Jjouvre, París animales.
El TEMPLO Y LOS SACERDOTES
En e] punto central de la vida religiosa de Mesopotamia se encontraba el templo, que a comienzos de la época histórica era ya la construcción más importante en todos los asentamien tos. Su núcleo estaba constituido por el recinto con altar desti nado a los sacrificios, que, en un principio, era accesible a to dos aquéllos que eran portadores de ofrendas (véase cap. IX). Cuando la relación entre hombres y dioses dejó de ser directa para estar en manos de algunos mediadores, comenzó el influ yente papel de la clase sacerdotal. AI principio, el máximo representante del poder secular era al mismo tiempo el repre
sentante del poder sacerdotal. El templo formaba, pues, junto con el palacio, un único centro político, económico y cultural para toda la zona urbana. En la época sumeria' existieron períodos en los que se produjeron divergencias entre el palacio y el templo (por ejemplo, la secularización de.los bienes del templo durante el gobierno de Lugalanda (véase cap. VI). El carácter teocrático de la administración estatal finalizó durante la época de la I dinastía babilónica. Una de las principales re formas de Hammurabi fue la separación de templo y palacio. No se trató de un ataque a la posición de la clase sacerdotal, si no de la transferencia de la administración pública y de la ju risprudencia a seglares y limitación de las atribuciones de la cla se sacerdotal en el terreno del templo y del culto. Por lo demás, la situación económica del templo no resultó afectada, Precisa mente esta situación económica, casi inamovible, de los templos babilónicos —más tarde también de los asirios— y su influencia en la educación y formación de los miembros de las capas dirigentes motivaron el que la clase sacerdotal no per diera del toldo su poder político. Si alguien se oponía a la clase sacerdotal, era dejado de lado mediante una coalición organi zada por lds sacerdotes, dentro o fuera del país, como puede verse claramente en los ejemplos de Senaquerib y del último rey babilonio, Nabónido (véase cap. III).
Tampoco debe olvidarse la gran influencia que la clase sacer dotal ejercíá sobre las grandes masas de la población mediante ritos, augurios, conjuros y predicciones. Con la ayuda de todas estas actividades, los sacerdotes influían conscientemente sobre el mundo ideológico del hombre de entonces, poco experi mentado aún, que debía permanecer en la creencia del origen metafísico e inescrutable del poder sacerdotal y del poder real. La población tenía que considerar a los sacerdotes y al rey como mediadores^ entre los hombres y los dioses y como los ejecutores de la voluntad divina. Así, los máximos representantes de la clase dominante, hicieron de las Concepciones religiosas un ar ma ideológica, cada vez más efectiva, con ayuda de la cual mantenían a la población atemorizada y en un sentimiento de impotencia. En el plano exterior, esto se manifestó en la cons trucción de templos en forma de torres escalonadas (zigurats). El escalón más alto sólo era accesible a aquéllos que estaban autorizados a interpretar la «voluntadle los dioses». El pueblo, que permanecía al pie del zigürat, debía adquirir la impresión de estar cerca del mundo de los dioses y de poder incluso hablar con ellos (compárese con el Moisés del Antiguo Testa mento, qué habla con su dios en lo alto de la montaña del ; Sinaí).
Los sacerdotes mesopotámicos formaban pues una clase so-:~ cial jerárquica ordenada y cerrada, cuyos miembros estaban? corporados! en los templos urbanos. Vivían también en élj
templo o en sus inmediaciones. La palabra sumeria para desig nar a los sacerdotes era sanga (en acadio shangu). Entre los sa cerdotes existían diversos rangos, asociados a distintas preben das. A la cabeza encontramos al en, esto es, «señor», cuya entronización constituía a veces un acontecimiento de tal im portancia que servía para fechar la época. En su templo el en era el máximo suplicante y portador de ofrendas. Fuera del templó se ocupaba de las sinecuras de éste (que tenían su ori gen en los bienes inmuebles, ofrendas y sacrificios). El sanga- makh poseía una dignidad algo inferior. El urigallu, igualmen te un sacerdote, que en la escala jerárquica de algunos templos sumerios ocupaba el lugar inmediato al del sumo sacerdote, adquirió una especial importancia. Desde la época de Hammu rabi hallamos nuevos dignatarios del templo: los llamados érib biti, es decir, «los que entran en la casa» (de dios), que podían penetrar en los recintos del templo que no eran accesibles al pueblo común. Fueron encargados de diversas funciones por la administración del templo. Por ejemplo, en las procesiones fes tivas, eran los portadores de las estatuas de los dioses. Se ocu paban, también de controlar la economía del templo y realiza ban la importante labor de informar al rey sobre diversos asun tos que acontecían con ocasión del servicio del templo. En los templos asirios, esta lahor, a la que iban asociadas ricas sinecu ras, la realizaban los dignatarios.llamados ummanu. Junto a es tos, conocemos también toda una serie de funcionarios de me nor categoría: los comunes portadores de ofrendas, los in terpretadores de sueños, los conjuradores, los adivinos, los chantres, etc.vHabía también en los templos empleados secula res, que estaban encargados de realizar diversas tareas técnico- administrativas y relativas a la economía (véase cap. VI).
No carece de interés el hecho de que en los templos mesopo támicos hubiera también sacerdotisas junto a los sacerdotes. Normalmente, éstas vivían en edificios situados en las cercanías del templo, que pueden considerarse muy bien como prototi pos dé los claustros medievales. Sin embargo, algunas de ellas habitaban fuera del «claustro». Entre las sacerdotisas —al igual que entre los sacerdotes— pueden distinguirse diversos rangos o categorías. La suprema sacerdotisa (en sümerio nindingirra y en acadio entu) estaba obligada a no tener hijos, aunque podía contraer matrimonio. También la naditu, cuya categoría era al go inferior, tenía las mismas obligaciones. Estas sacerdotisas podían poner a disposición de sus esposos —si es que éstos querían tener hijos— a una sacerdotisa de rango común (shugi* tu) o a una esclava, considerándose como hijos legítimos a los nacidos de estas uniones. Algunas de las sacerdotisas de rango inferior estaban también encargadas de la prostitución en el templó. Les estaba permitido contraer matrimonio y llevar ve lo.
Se ha conservado hasta nuestros días, desde la época de la III dinastía de Ur, un registro de las prebendas otorgadas a los sa cerdotes de diez templos distintos de Lagash. El sumo repre sentante de los altos sacerdotes del templo del dios Ningirsu, por ejemplo, recibía, junto a otras vituallas, 300 hl. de cereal al mes, una cantidad de la que tanto él como los miembros de su familia sólo podían consumir una mínima parte. Con el resto podía realizar negocios sin limitación alguna. Tampoco eran despreciables los ingresos de los dignatarios de categoría infe rior, sobre todo, en la parte que les correspondía dé las ofrendas y sacrificios; Algunos sacerdotes ejercían a la vez varias fun ciones, aumentando correspondientemente sus ingresos. Así, la clase sacerdotal de cualquier ciudad mesopotámica consti tuía una clase de gran fuerza económica. Las sinecuras; que no eran consumidas en las necesidades personales, eran vendidas o arrendadas por los sacerdotes. Con lo obtenido por ellas se pro curaban nuevos; bienes inmuebles. Está documentada la exis tencia de numerosos negocios de crédito propiedad de sacerdo tes, que, con frecuencia, tenían un carácter usurario. Todas es tas empresas convirtieron a los templos mesopotámicos, en alt
gunos aspectos, en centros de dudosas especulaciones. Entre las funciones más importantes de los templos, se con taba, ya desdes ¡tiempos antiguos, la importante labor de for mar y educar a lás capas superiores (véase cap. XV). Así se crea ron en los templos archivos y bibliotecas junto a las escuelas, en las que los hijps de los miembros de las clases superiores aprendían a leer y a contar, adquiriendo también los conoci mientos elementales de otras muchas materias de la ciencia de la época. Los zigurats no servían solamente para los fines del culto. Su cima eirá también un observatorio, desde el que se es tudiaban los movimientos de los cuerpos celestes: El cielo de esta región, despejado durante la mayor parte del año, ofrecía condiciones óptimas para una actividad semejante. Por ello, en estos templos se crearon los primeros fundamentos de la astrología, la astronomía, la matemática, la, geometría y la física. La actividad de los sacerdotes en el campo de la adivina ción, basada principalmente en la observación de los hígados y de las entrañas de los animales, condujo finalmente a los pri meros conocimientos de las ciencias naturales y de la medicina (véase cap. XV).
LAS FESTIVIDADES DEL TEMPLO
Las fiestas del templo formaban parte de las armas ideológi cas. La más importante era la del nuevo año, que se celebraba durante el equinoccio de primavera, antes del comienzo de los trabajos agrícolas. La mención más antigua de esta fiesta se
halla en las inscripciones de Gudea, a finales del tercer milenio (véase cap. VII). Según esta fuente, en los siete días que dura ban la conmemoración del año nuevo, se eliminaban las dife rencias de clases, no se celebraban procesos judiciales y los padres no castigaban a sus hijos. El mismo rey, en su función de representante del dios Ningursu, realizaba el rito de las nupcias sagradas con la suprema sacerdotisa de la diosa Baba para expresar el misterio de la ininterrumpida renovación de la vida terrenal. Estas fiestas continuaron hasta que decayó la vida cultural de Mesopotamia. Los ritos con que se celebraban eran distintos en cada ciudad mesopotámica. En Babilonia, durante él período néobabilónico, las ceremonias festivas duraban doce días. Conocemos su transcurso con bastante exactitud, gracias a distintos documentos: tras los ritos con los que se inciaba la fesr tividad, en el curso de los cuales, al cuarto día, se recitaba la epopeya de la creación, las fiestas continuaban durante el quinto día y los siguientes en el templo Esagila de Marduk con el sacrificio ritual de un «chivo expiatorio», cuya sangre purifi caba simbólicamente el santuario. Más tarde, los restos del ani mal eran arrojados al Eufrates y los participantes en la ceremo nia, reunidos en la orilla del rio, esperaban la llegada de una barca con el hijo de Marduk, el dios Nabu, que ocupaba el lu gar de honor en el centro de su ornamentada capilla. Se requería entonces al rey, para que depusiera los símbolos de su dignidad. Pata ello, el sumo sacerdote le golpeaba en la cara, estando obligado el rey a demostrar su inocencia. Sólo tras este ritual, el dios Marduk, es decir, el sumo sacerdote en represen tación de éste, le instituía nuevamente en el trono. La fiesta al canzaba su punto culminante con un desfile a lo largo de la fa mosa Vía de las Procesiones hasta la Uamada casa akitu^ en la que se encontraban las estatuas de Marduk, de su divina esposa Sarpanítu y del resto de los dioses. En esta procesión participa ban la clase sacerdotal y la población. Como final, en un festi vo ceremonial, el rey tomaba la mano de Marduk para indicar que debía ser considerado su supremo representante en la tierra, Las estatuas de los dioses se transportaban al templo de Esagila, donde Marduk nuevamente representado por el sumo sacerdote, determinaba el destino del año siguiente. Como co ronación simbólica de la ceremonia se celebraban las nupcias sagradas de Marduk con Sarpanítu, esto es, del rey con la suprema sacerdotisa, que tenían lugar en el más alto escalón del zigurat.
LOS PRIMEROS SINTOMAS DE DEBILITACION DE LA FE Aunque se puede suponer que las concepciones religiosas de los mesopotámicos estaban encerradas dentro de una coraza,
de cuya consolidación se preocupaba la ciase sacerdotal por di versos medios, muy pronto se hicieron visibles los primeros síntomas de desconfianza ante la justicia y omnipotencia de ios dioses. Hay que preguntarse si la confianza de los hombres de entonces en los dioses permanecía efectivamente inalterable cuando veían, por ejemplo, como era destruida su ciudad, abandonada por los dioses para ser entregada a un despiadado enemigo. No es difícil adivinar lo que debía sentir el hombre sumerio sencillo cuando vio, por ejemplo, a su propio rey, Lu- galzagesi, en la situación a la que le redujo el victorioso Sargón de Akkad: prisionero y encerrado en una jaula expuesta ante el templo del dios Enlil en Nippur, es decir, ante el templo del dios, que, según afirmaban los sacerdotes locales, había otor gado a Lugalzagesi el gobierno sobre Sumer y'Akkad.
Tampoco podía consolidar la fe de un sumerio o dé un aca dio el afecto que hacia ellos sentían sus dioses, pues los repre sentantes en la tierra de estos mismos dioses les hacían abando nar el trabájo de sus campos para consagrar sus fuerzas a la construcción de un templo o de un palacio. Hallamos resonan cias muy cláras de esta desconfianza en muchas obras literarias, en las que autores anónimos se quejan de adorar dioses que desdeñan lás desgracias humanas y que no pueden desterrar la maldad, la ¡injusticia y la desigualdad de la sociedad.
En las cláusulas de los contratos asirios de la época de la dinastía sargónida (siglo VII a. de C.), ya no se amenaza con el castigo dé los dioses, como era usual anteriormente. Lás san ciones, en él caso de que alguna de las partes contraviniera el contrato, eran «castigos terrenos», muy drásticos e incluso refi nados (por ejemplo, según uno de los documentos, el infractor estaba obligado a recoger grano a grano con la punta de su len gua 21 semillas de mostaza esparcidas por el suelo) Este hecho demuestra que ya no reinaba una suficiente confianza en el efecto de las amenazas con la mera maldición de los dioses. Existen también en esta época nombres de personas muy signi ficativos, tales como La-dagil-ili «el que no mira a dios», La- adir-ili «el rio temeroso de dios» e incluso La-tad-dar-i lu «no te mas a dios»i '
‘ Las CONCEPCIONES SOBRE LA MUERTE Y EL MÁS ALLA : ? El hombre mesopotámico se encontraba muy estrechamente ligado a este mundo. Básicamente deseaba vivir el mayor tiem po posible, pues temía a la muerte. En la piedad y en los sacri ficios a los dioses veía, como mucho, los medios de asegurarse una larga vida. Sólo muy raramente encontramos mención de algún suicidio. Sobre la continuidad de la vida en el más allá,