A. Key findings from empirical and prospective analysis
A.6 Drivers of and obstacles to job creation
A.6.9 Effects of capital movements
Que la seducción y el erotismo son una presencia constante en la obra de Gabriel Miró es una conclusión a la que se llega a través de un camino
lleno de ausencias: uno de los escrúpulos más habituales de la crítica mironiana es el que prohíbe decorosamente hablar de erotismo, en mayúsculas, en la obra mironiana. Larsen señala que el erotismo asoma constantemente como factor fundamental en las páginas del autor alicantino y lamenta que no se haya incluído a Miró en los estudios de novela rosa o novela galante de la época, ni se haya estudiado de forma completa la presencia de lo erótico en su obra (Larsen 1992: 14-15).
En realidad, lo verdaderamente lamentable es que sí se ha detectado la importancia del tema, pero ha quedado oculta bajo un alud de etiquetas y calificativos tan vagos como cómodos. Es ya un clásico en la crítica mironiana la denominación que usó Eugenio de Nora: novela sensual como epítome de otra serie de formulismos. Así, Nora afirma que La palma rota es “una historia romántica y decadentista” (Nora 1961: 446) y a propósito de Niño y
grande escribe: “Como en los casos anteriores, nos encontramos ante una
historia sentimental más que erótica (sin que lo erótico deje de tener importancia, incluso bajo formas morbosas), de fondo romántico y ambiente y tónica decadentistas...” (Nora 1961: 450). Otros ejemplos dignos de ser mencionados son, entre otros, el de Ramos, al calificar La palma rota de “romántica y muy modernista” (Ramos 1964: 344), o Lozano Marco, que rectifica al anterior proclamando que esta novela “no es modernista por esa ascendencia romántica; lo es ante todo, por ser un relato simbolista y decadente” (Lozano Marco 1991: 47)
Romántico, decadentista, sentimental, modernista, sensual, simbolista... seis denominaciones distintas para ocultar o, al menos, no dejar ver del todo que de lo que se está hablando es de novelas eróticas; eróticas desde la misma trama narrativa. Así, La mujer de Ojeda tiene como conflicto narrativo el frustrado amor de su protagonista, Carlos Osorio, hacia la idealizada Clara Ojeda; un amor que no llegará a buen puerto, primero por la existencia de marido y, después, por la inesperada decisión de Clara en lo que al objeto de su deseo se refiere. La misma posición central del conflicto erótico la hallamos en La palma rota, desarrollada también sobre el amor imposible de Aurelio Guzmán, prometedor novelista, hacia la peculiar y fascinante Luisa Castro. Sobre Dentro del cercado, nada más acertado que la
síntesis del profesor Márquez Villanueva: “... es la historia de un anómalo
ménage-a-trois, que hasta sería ménage-a-quatre si la vulgaridad y el nulo
sex-appeal de la pueblerina Águeda Suárez no la sustrajeran sin esperanza de la atención erótica del arquitecto de Alcera, Luis Menéndez Herrero” (Márquez Villanueva 1990: 72). Y si ésta es un ménage a quatre no consolidado, qué duda cabe de que Las cerezas del cementerio lo es, verdaderamente, al apoyarse en las relaciones eróticas de mayor o menor calado -desde el adulterio en toda regla a la veneración más casta- entre Félix Valdivia y las tres protagonistas femeninas, Beatriz, Julia e Isabel.
Del mismo modo, podemos hablar de presencia notoria de lo erótico en otras piezas. La novela de mi amigo, el retrato moral de Federico Urios (lo que constituye, propiamente su materia narrativa), no puede entenderse sin considerar su doble fracaso amoroso: la imposición de una esposa no deseada lo aboca a una existencia dolorosa en la que los martirios psicológicos a los que es sometido por su mujer, Angustias, solo son levemente compensados por la presencia de su cuñada Isabel, su auténtico amor. Otro posible ménage
a trois que, en este caso, no llega a ninguna parte a causa del peculiar
abatimiento de Urios.
También El hijo santo presenta como rumor de fondo el conflicto erótico recuperando y refrescando el motivo decimonónico del “cura enamorado” y Niño y grande, un bildungsroman en toda regla, se detiene obviamente, como tal, en el aprendizaje amoroso del niño Antón Hernando; la novedad es que el aprendizaje no pasa sólo por la clásica idealización de una amada, sino que transita con un entrañable sentido del humor por la lujuria adolescente y desemboca en un matrimonio atípico.
El rastro de lo erótico se puede seguir, pues, por toda la producción de Miró; e insisto de nuevo en la advertencia de Torres Nebrera a propósito de que todas, absolutamente todas las novelas de Miró pueden leerse como relatos en los que la vivencia sentimental de los personajes es relevante, aunque se proyecte sobre un fondo de amarga crítica social (Torres Nebrera 1992). Así, incluso en la incompleta Hilván de escenas, el amor fracasado del médico Pedro Luis hacia Carmen, la sobrina de la cacique del pueblo -Doña Trinidad Bermúdez- adquiere un alto grado de significación en tanto que se
alza como paradigma del conflicto social entre los poderosos y las víctimas de ese poder que afecta al pueblo de Badaleste.
También El abuelo del rey, a la que Torres Nebrera define como “el análisis de una colectividad en crisis a través de unas individualidades que se homologan con esa crisis colectiva” (Torres Nebrera 1992: 78) incorpora la experiencia erótica en términos similares: la frustración, o como mínimo la suspensión de los amores entre Loreto y Agustín, quién opta por emigrar a América para huir, en cierto modo, del clima de apagamiento y de absoluta incomprensión hacia sus ideales que vive en Serosca. Como en Hilván de
escenas, la mirada normativa consigue neutralizar las posibles alternativas y
esa disputa de poder tiene una clara consecuencia en el ámbito de lo privado y de lo sentimental.
El caso del ciclo de Oleza es paralelo, si bien la capacidad de coacción de la mirada normativa afecta a un conjunto de personajes mucho más amplio –Paulina, Pablo, Purita, etc-, su ensamblaje es mucho más complejo y su resolución, mucho más innovadora, como explicaré en el momento oportuno.
Naturalmente, la presencia de conflictos amorosos en la trama de las novelas no es un indicio taxativo de la importancia de la seducción y el erotismo como temas fundamentales; sí lo es, sin embargo, el tipo de concepto de erotismo que aflora en todas ellas. El mejor estudio del tema se debe a Márquez Villanueva, quién ha emparentado a Miró con los filógrafos y ha estudiado perfectamente las modificaciones que introduce el autor en su concepto de amor. Según Márquez, Miró disiente de la idea de un amor global y puro, hecho de idealismo y espiritualidad (tal sería la idea de los filógrafos clásicos). 56 El ser humano, lamentablemente, no está llamado a tal
elevación y, por el contrario, alcanzarla implica un ejercicio de racionalización extrema ante el que Miró siente ciertos escrúpulos. Así
56 Larsen, al comentar Dentro del cercado recoge la misma idea aunque desde una
formulación que podría parecer contraria: “ El erotismo que informa Dentro del cercado y otras muchas obras de Miró, especialmente a la luz de su radical 'insatisfacción' con la mayoría de los filógrafos que consultaba, mejor podría categorizarse como agapismo o filismo. 'Falta amor' llega a ser lema de su literatura desde Del vivir. Pero como filógrafo Miró no deja 'falta' sino que amplifica su filografía más allá de lo meramente biológico o de la palpitación en sí” (Larsen 1992: 16-17)
El amor desinteresado entre los hombres le parece a Miró, con gran tristeza suya, causa perdida y hasta contra natura, en cuanto sólo puede causarse por especulación racional “con la cabeza” y sobreponiéndose a la contraria inclinación espontánea. De hecho, y por escandaloso que resulte, no existe otro amor digno del hombre que el de orden sexual, con el estigma de su innegable raíz egoísta. (Márquez Villanueva 1990: 92)
De esta forma, Márquez concluye advirtiendo que lo novedoso de la posición filográfica de Miró estriba en la convicción de poder unir Eros y Ágape, advirtiendo sobre eso “que las hibridaciones más imposibles caracterizaban (bajo achaque de “estética”) el ambiente literario del momento” (Márquez Villanueva 1990: 93) 57
La unión de Eros y Ágape, entendida desde la perspectiva del período en el que Miró está escribiendo, es abordada también por Ramos en su artículo “Las antinomias del amor en los primeros escritos de Gabriel Miró” (Ramos 1999). Ramos prefiere centrar su atención en la presencia efectiva de los filósofos del amor, místicos y ascetas en la obra de Miró, y de hecho, su tesis difiere completamente de la de Márquez en tanto que afirma que la verdadera preocupación mironiana es el amor global. En realidad, la línea crítica de Ramos se orienta normalmente al estudio del sigüencismo y con esos intereses resulta obvio que asuma esta perspectiva. Sin embargo, la pequeña concesión que hace al estudio del erotismo y, en especial, al estudio de éste en las primeras novelas del autor es también muy significativo. Lo más relevante es que asume que entre la dedicación al Eros y la consagración al Ágape existe una amplia gama de posibilidades amatorias y repara en que una de ellas es la sacralización del amor carnal, por así decirlo, “por vía estética, al margen de la ética y la religión” así, “la limpidez en el valimiento de Eros depende del lenguaje que utilice el amante” (Ramos 1999: p.118)
57 Sobre el concepto de Eros y Ágape véase Serés, G., La transformación de los
amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona: Crítica, 1996. El libro se centra en la formulación de esos conceptos en el Renacimiento y en algunas reformulaciones posteriores que no incluyen la obra de Gabriel Miró. Sin embargo, cabe recordar que Miró era un lector fervoroso de los clásicos españoles y es más que probable que la conexión directa sea fácilmente detectada con un estudio específico de la cuestión. En cualquier caso, incluso para el crítico no especializado en la filografía renacentista y áurea, se hace evidente la reelaboración de algunos de sus conceptos axiales en la obra mironiana.
La breve reflexión de Ramos resulta muy esclarecedora por dos razones: en primer lugar, pone de manifiesto la peculiar textura de la obra mironiana en materia erótica. Si Pater afirmaba respecto a Rossetti y Dante que no conocían región del espíritu que no fuera sensual o material, y que en sus obras lo espiritual adquiría la visibilidad de un cristal y lo material perdía su terrenalidad e impureza, bien podría aplicarse esa misma reflexión a Miró.58
Ahora bien, y en eso estriba la segunda virtud del trabajo de Ramos, la capacidad de unir ambas tendencias contrapuestas y alcanzar un equilibrio solo resulta posible para determinado tipo de individuo: aquel que es capaz de desarrollar una visión estética lo suficientemente sólida para escapar tanto a la frialdad moral a la que puede llegar un ascetismo exagerado como a la lujuria más baja y degradante. En ese aspecto, la obra narrativa de Miró está cuajada de personajes que ejemplifican esas tres posturas; de hecho, el ciclo de Oleza puede entenderse como una exposición de la tiranía que la castidad exasperada, y por extenso, determinada idea de la religión, puede imponer a toda una comunidad, siendo el personaje de Elvira la expresión más contundente de los peligros que entraña la consagración a una espiritualidad tan férrea que se vuelve estéril al alejarse del mundo y las personas.59
No obstante, si bien la posibilidad de solución del conflicto de Eros y Ágape en personajes dotados de una visión estética privilegiada está latente en buena parte de la obra mironiana, ésta dista mucho de presentar un final feliz en todos los casos. La peculiar construcción de esos “estetas” ofrece una gama de soluciones inesperadas y, por cierto, bastante originales al desarrollo del conflicto erótico, como explicaré más adelante. Eso no obsta, sin embargo, para coincidir con Larsen en que, a diferencia de la moral decadente, el Eros que propone Miró no es ni mucho menos tan amargo, sino que tiene un fuerte aspecto afirmativo y positivo (Larsen 1992: 12-20) Ahí es
58 Pater formula esa famosa idea en “Appreciations”, que extraigo de la edición de
Buckler 1986.
59 El conflicto entre una espiritualidad estéril y un amor humano que proporciona
mayor nobleza al espíritu aparece con especial fuerza en la figura de Don Ignacio, el sacerdote protagonista de El hijo santo, cuya atracción por Doña María le santifica mucho más que los cilicios que le ofrece su madre, empeñada en que su hijo se convierta, efectivamente, en santo. Sobre esta obra mironiana ver Lozano Marco 1988 y 1991.
donde entra en juego el uso irónico de los clichés del momento, puesto que la visión estética necesaria para alcanzar una vivencia erótica satisfactoria aparece, las más veces, donde menos se espera, de suerte que esos artistas tan conscientes de su privilegio -donde esperábamos encontrar la resolución- se pierden en la pose y acaban sumidos en un desconcierto que el narrador contempla, a menudo, con una sonrisa burlona en los labios.
Si la conexión entre erotismo y estética, por un lado, y la concepción erótica que intenta aglutinar lo ideal y lo material, por otro, muestran claramente las semejanzas y diferencias de Miró con las filosofías finiseculares, tal hallazgo también muestra otras consecuencias de ese planteamiento. La principal es la ruptura de el mito del Miró angélico y puro; en ese sentido, es Larsen quién va más lejos y afirma:
... his own 'clinique d'amour' was keenly interested in liberalizing and educating attitudes towards sex and sexuality, though his program was by no means as organized and cohesive as that, of say, Felipe Trigo... (Larsen 1983: 24)
La observación de Larsen tiene el mérito -entre otros- de sugerir el ensamblaje de lo individual -la experiencia erótica personal- con lo colectivo - las consecuencias sociales de tal actitud- y esa idea recala de nuevo en la evaluación global de la obra mironiana. De nuevo, el ciclo olecense se presentaría como el paradigma máximo del ensamblaje de ambos conflictos, invalidando la idea de que es una producción que rompe con el sustrato finisecular de sus inicios. Aunque el tema erótico haya evolucionado notoriamente desde las primeras novelas, no puede negarse su presencia en esa obra, en principio, tan aséptica en lo concerniente a las aventuras filográficas y tan reformista y cargada de nociones políticas en el aspecto social.
Al relacionar, además, la cara más lujuriosa del erotismo con tratamientos naturalistas, Larsen proporciona un nuevo dato para hablar del “oportunismo” mironiano. La unión de Eros y Ágape va unida, ciertamente, a personajes dotados de una inmensa capacidad estética, que buscan en la sublimación estética del amor la solución a un desacuerdo entre un mundo exterior prosaico y un mundo interior dominado por sueños y quimeras y
que, por tanto, entroncan directamente con los héroes finiseculares. Pero por otra parte, la dura crítica al “filisteísmo” que engendra la exageración de la filografía clásica y el moralismo más exacerbado y la sordidez con la que se retrata a los seres marcados por la visión más baja del amor, entronca directamente con antecedentes naturalistas. Hechos que vienen a demostrar una vez más cómo Miró “se ha valido de las tendencias de los otros para sus propios fines literarios” (Larsen 1992: 20)
Y esas tendencias van bastante más allá de lo estrictamente literario; no se puede concluir una sección dedicada al erotismo mironiano sin mencionar, al menos, el extraordinario uso de los discursos médicos y científicos del momento que lleva a cabo Miró en su exploración del universo sensual y sexual, en especial, en lo concerniente al fetichismo. Como Larsen ha mostrado en su excelente artículo “La ciencia aplicada: Gabriel Miró, Alfred Binet y el fetichismo”, la presencia de este fenómeno en la obra mironiana es una constante. Sin embargo, y a diferencia de los visos perversos que adquiere el fetichismo en otros autores -baste pensar en Valle- Inclán-60, en Miró la presencia del fetiche alcanza también ese aire positivo
que también estaba presente en su concepción del Eros.
Así, la fijación fetichista aparece vinculada a personajes como Félix Valdivia, que convierten el objeto-fetiche en una vía para alcanzar ese amor, idílico y terrenal a un tiempo, que tanto persiguen. De ese modo, frente a la descripción de Binet del fetichismo como anormalidad o perversión “Miró se enfoca mucho más en el papel del fetichismo en el amor sano, poniendo énfasis, como en el caso de Félix, en cómo lo 'normal' y lo 'anormal' pueden estar presentes en un el mismo carácter” (Larsen 1986: 132) Un indicio, de nuevo, del uso peculiar de las tendencias finiseculares en Miró, como lo es la innovadora aplicación del proceso fetichista a personajes femeninos, tal y como sucede en la imagen que cierra Las cerezas del cementerio. Como explicaré más adelante, la imagen de la mujer (las tres mujeres, de hecho) que “sorbía y comulgaba la esencia del amado con las cerezas del cementerio” (Miró 1949: 429) se convierte en el exponente de la consecución de un Eros
triunfante, una consecución que pasa por la doble transgresión respecto a la moral imperante a la que asistimos (de nuevo, pues, hablamos de ensamblaje entre la actiud individual y actitud colectiva) como testigos de excepción.
En definitiva, el interés de Miró por indagar en el erotismo, atendiendo tanto a la vertiente más conceptual del amor como a los aspectos sensuales y sexuales, resulta uno de los factores fundamentales de su obra. Su postura no sólo revela una valiosa capacidad para combinar y utilizar elementos de la más variada procedencia sino también una posición ideológica original y de notable modernidad, en la que el erotismo no se evita ni se silencia sino que se le otorga un estatuto positivo, libre de toda mancha. En ese sentido, no se puede pasar por alto la relación con el sustrato ideológico de la obra de Felipe Trigo, cuya modernidad y carácter reformista han sido subrayados, entre otros, por Litvak:
Trigo exalta entusiasmado el amor erótico. Lo integra como fundamento de un sistema filosófico, social y moral, coherente y adecuado para el hombre moderno. Además, celebra el erotismo como medio para lograr una unión mística, donde lo divino puede realizarse en términos humanos. Rechaza una sociedad -la suya- que reprime lo erótico, que intenta controlar y denigrar el espíritu sexual con las cadenas de la monogamia. Crea, por fin, una uropía erótica, constituyendo ésta el más consciente y deliberado intento en la España de su tiempo para encontrar una fórmula salvadora personal y social a través del Eros (Litvak 1979: 160)
Ciertamente, Miró no llega a los niveles programáticos de Trigo, pero ello no obsta para que en su obra se apunte ácidamente hacia situaciones y contextos en los que la moral erótica interviene, en especial, en perjudicio de la mujer. Así, hallamos en la obra mironiana una galería de malmaridadas cuya situación es contemplada con tristeza;61 igualmente, son denunciados los
61 Al respecto, la pieza que denuncia esta situación con mayor dramatismo es el
cuento “El beso del esposo” (1912) en el que la narradora nos informa de su matrimonio concertado con un viejo acaudalado, incidiendo dramáticamente en cómo su juvenil ansia de