Esta corriente hizo su aparición con anterioridad al modelo de corte brummelliano. Como relata Chateaubriand en la crónica de su estancia en Inglaterra, el primer tipo de dandi estaba integrado por un hombre cuya singularidad residía en su aspecto doliente y melancólico, de mirada perdida y fatal. Es, como no podía ser menos, la influencia romántica en la mascu- linidad del sigloXIX, que producía esa caterva de personajes de pathos te-
rrible y desesperado que parecían cargar con los remordimientos de una existencia sufriente. A diferencia del dandi brummelliano y précieux, el dandi de corte byroniano no cuidaba su vestimenta más que en los detalles que le podían conferir una cierta peculiaridad individual —que hoy en día los trend-setters han bautizado como dirty chic:
il devait avoir quelque chose de négligé dans sa personne, les ongles longs, la barbe non pas entière, non pas rasée, mais grandie un moment par surprise, par oubli, pendant les préocupations du désespoir; mèche de cheveux au vent, regard profond, sublime, égaré et fatal; lèvres contractées en dédain de l’espèce humaine; cœur ennuyé, byronien, noyé dans le dégoût et le mystère de l’être,
señalaba Chateaubriand.344La elegancia de este dandi romántico se basa
más en la actitud, estudiada y depurada, que en el aspecto exterior —que, como sabemos, era irreprochable en el caso de, por ejemplo, un Brummell. El dandi byroniano busca más bien hacerse reprochar, ser reprochable por su capacidad, precisamente, de provocación. Para muchos creadores de moda de aquella época, esta actitud denotaría, sin duda, un mal gusto te- rrible. Ahora bien, esa actitud consistente en separarse y desmarcarse me- diante un gusto otro de la elegancia de conveniencia no dejaba de ser reivindicativa de otra elegancia peculiar y personal. Allí radica el vínculo del dandismo con el romanticismo: la búsqueda de la singularidad perso- nal, incluso a través de la tan manida fórmula cien años después de épater
le bourgeois. El dandi romántico busca, de esta manera, posicionarse en una
aristocracia del gusto alternativo, superando así la pose de la elegancia al uso. Es el aspecto de la distinción que comenta el sociólogo Pierre Bourdieu: la singularidad pierde la posibilidad de ser distintiva en la medida en que es adoptada por más individuos.345De ahí que el mal gusto sea la distinción
346 C. Baudelaire, Fusées, ob. cit., Fusée, n.ºXII, p. 18. 347 E. Carassus, ob. cit., p. 277.
348 P. Waldberg, «Les rois frivoles», en Dandies and dandism, United States Lines, 1962, p. 133.
verdadera frente al buen gusto estipulado —desagradar es lo realmente dis- tintivo frente al gustar. Así lo veía también el Baudelaire de Fusées: «ce qu’il y a d’enivrant dans le mauvais goût, c’est le plaisir aristocratique de dé- plaire».346En ese gusto aristocrático de desagradar cabe toda actitud alter-
nativa. Si el desagrado es la regla, la vestimenta no deja de ser importante para significar el rechazo a una convención de elegancia burguesa. Este nuevo dandi se reconocerá en el habit râpé, en la ropa desgastada por la vida y las experiencias. «Voilà un véritable fait de dandysme: l’habit n’y est pour rien: il n’est presque plus», señala Baudelaire en su Peintre de la vie moderne. Y hasta tal punto este signo de reconocimiento era esencial a la vestimenta del dandi que, según señala, era frecuente que estos elegantes se estropearan el abrigo con un trozo de vidrio.347
Como estamos viendo, la indumentaria tenía un valor negativizante, pues su tratamiento de conversión en harapo cumplía una función identificativa. Aun con eso, cabe señalar que la profesión de fe del dandi iba por dentro. A medida que el dandismo se interioriza, cada vez se recurre menos a estos signos de una distinción superficial. La elegancia del nuevo dandi —del dandi byroniano, romántico— gana la partida al dandi estereotípico en el campo de batalla de la pose, del posicionamiento. Mientras la elegancia convencional se había convertido en una trivialidad al alcance de cualquier bolsillo pudiente, el dandismo otro era una cuestión de actitud: corazón anegado en los misterios profundos del ser —como diría Chateaubriand. Se trata de un don que el dinero no puede comprar; una serie de características que se adquieren solo con una cierta experiencia de la vida. Ese dandi pobre, fatal, heroico y sombrío —que recibe en el café y cuya galería de espejos está en la calle, como dice Patrick Waldberg—348
huye de los salones, de las carreras y del Bois: lugares predilectos del petit
crevé parisién. Porque su huida de la trivialidad elegante le lleva a
posicionarse en una actitud de protesta ante la sociedad en general: negar la eminencia de esa elegancia trivial le llevaba a protestar ante los valores que esa misma clase personificaba. Los dandis franceses —como señala Hans
349 H. Hinterhäuser, Fin de siglo. Figuras y mitos, trad. de M.ª Teresa Martínez, Taurus, Madrid, 1980, p. 75 y ss.
350 Stendhal, Le Rouge et le noir, ob. cit., p. 203. 351 E. Carassus, ob. cit., p. 158.
Hinterhäuser—349se convertirían en marginados sociales, en individuos so-
litarios y opuestos al dominio de aquella masa hostil al arte y al espíritu. La aceptación de este destino se traduce en orgulloso aislamiento: para com- pensar esa pérdida en el orden social, el dandi se refugia en una agresiva conciencia de elite y en una actitud esteticista sin imitación posible. Típica de tal actitud será la búsqueda de un utópico (u-topos, porque no existe)
anywhere out of the world baudelairiano; o de la Tebaida gloriosa y tranquila
del san Antonio flaubertiano. O, todavía más centrados en nuestro tema: en el Fontenay-aux-Roses donde se refugia des Esseintes huyendo del mun- danal, ramplón e incómodo ruido.
Je vois en toi quelque chose qui offense le vulgaire. La jalousie et la calomnie te poursuivront. En quelque lieu que la Providence te place, tes compagnons ne te verront jamais sans te haïr; et s’ils feignent de t’aimer, ce sera pour te trahir plus sûrement.
Así vaticina el abate Pirard a Julien Sorel350su separación del mundo
de las personas normales y simples. Y al verse separado de sus congéne- res por obra de la difamación y la calumnia, rechazado por su singulari- dad, la única posibilidad para este dandi romántico —que no puede evitar ser un sentimental— es la rebelión. Rebelión contra los valores es- tablecidos, contra la ramplonería ambiente asentada en la moralidad al uso —mayormente establecida por la cultura religiosa occidental, el ca- tolicismo.
Como sostiene Carassus,351la transgresión moral del dandi concierne
los valores morales de la comunidad. Un dandi virtuoso es inconcebible, pues la virtud convencional no puede sino resbalarle. Su escala de valores es diferente, su actitud se basa en la negación de lo trivial y la afirmación de sí: solo hallará pleno de dignidad el acto que transgreda la virtud ha- bitual, proponiendo con ello una ruptura con la moral convencional. ¿Cómo entender sino desde esta óptica ese acto cruel y despiadado que realiza Baudelaire contra un viejecito en «Assommons les pauvres»? No deja de ser, como demuestra el poeta al final del texto, la puesta en prác-
352 C. Baudelaire, Le Spleen de París (suivi de La Fanfarlo), G. F.-Flammarion, París, 1987. Los poemas referidos son «Assommons les pauvres» (XLIX) y «Le Vieux Saltimban- que» (XIV).
353 Así lo supo ver perfectamente Albert Camus, en su ensayo L’Homme révolté, más pre- cisamente en el capítulo «La Révolte des dandys», en A. Camus, ob. cit., p. 74.
354 Ib., p. 72.
tica de un principio filosófico revolucionario que plantea la fraternidad del dandi con el miserable, con el harapiento, con ese viejo saltimbanqui que se pudre en su caseta de feria.352
Sin embargo, la relación del dandi con el crimen es puramente retórica. La participación activa en cualquier acto significante y violento es, por regla general, evitada: la crueldad debe sublimarse por su aspecto verbal, refi- narse gracias a su aspecto estético, gracias a la belleza del acto por sí mismo. Amante de la pose y la actitud, las acciones excesivas del dandi serán, por lo general, demostraciones de estilo.
Aún y todo, existe un tipo de dandi en el que se dan cita estos dos as- pectos de rebelión romántica y de excepción social y que sí que lleva a la práctica sus postulados filosóficos. Se trata de una ideología de reivindica- ción del fuera de la ley, del facineroso generoso y de estricta moral: peligroso pero justo con quien lo merece, porque su singularidad le permite crear un nuevo código basado en normas aconvecionales.353
a) El dandi facineroso: el Vautrin de Balzac
Balzac fue uno de los primeros que esbozó al figura de este dandi «pe- ligroso», cuasi mefistotélico, en el personaje de Vautrin: el héroe en nega- tivo que hace el penchant a los jovencitos de la Comédie humaine. Hinterhäuser lo llama el dandi sobrehumano,354a causa de su capacidad
fuera de toda medida para sobreponerse a los avatares del destino.
Por su habilidad para el disfraz —recordemos que pasa gran parte de
Splendeurs et misères des courtisanes transmutado en el sacerdote español
Carlos Herrera—, Jacques Collin/Vautrin es un personaje que se renueva y se crea a sí mismo continuamente. Su poder de decisión sobre su futuro, su capacidad para influir sobre las circunstancias para que estas se decanten en el sentido del fin buscado, hacen de Vautrin un semi-dios capaz de todo.
355 H. de Balzac, Le Père Goriot, ob. cit., p. 124.
356 Este era el sobrenombre de François Vidocq, presidiario y policía después, tal y como se señala en M.-H. Parinaud, Vidocq, le Napoléon de la police, Taillandier, París, 2001. No en vano, fue el modelo en que se inspiró Balzac para la creación de su Vautrin; Hugo para la de su Jean Valjean de Les Misérables; Maurice Leblanc para su Arsène Lupin (uno de los pseudónimos de Vidocq); y, finalmente, Arthur Conan Doyle para dar vida a su Sher- lock Homes. «Son elementos suficientes para entrar a formar parte de la leyenda», dice la pro- fesora Àngels Santa, en su reseña del estudio de Parinaud, en A. Santa, «Ressenyes», en L’Ull
Crític, Universidad de Lérida, n.º 8, 2003, p. 310.
357 H. de Balzac, Le Père Goriot, ob. cit., p. 134.
«Un homme qui, après avoir examiné les choses d’ici-bas, a vu qu’il n’y avait que deux partis à prendre: ou une stupide obéissance ou la révolte» —dice Vautrin de sí mismo en Le Père Goriot.355Esa actitud le ha llevado a ser in-
gresado en prisión en numerosísimas ocasiones; tantas que, por su carácter maquinador y su inteligencia fuera de lo común, se convierte en el tesorero y jefe de la gente del presidio: una especie de comisionado de los presos en el mundo exterior, cuya rectitud salvará a las familias de los presidiarios de la miseria. Y lo que es más, se presta como garante de la seguridad de los suyos en el presidio: en la tercera parte de Splendeurs et misères... lo vemos salvar de la guillotina a su camarada corso. Más tarde, y en razón de los ser- vicios que dispensa a Mme. de Sérisy —en profunda depresión por la muerte de Lucien en Splendeurs...—, es nombrado policía, función que ejerce durante 15 años y que le valió el sobrenombre de «le Napoléon de la police».356
La persona en quien confían todos los fuera de la ley no puede sino haber crecido en una moral diferente; la moral de una sociedad hecha de gente que ha entendido medrar a costa de los ladrones legales: banqueros, po- líticos, grandes funcionarios. Jamás Vautrin toma la defensa de una causa que le parezca injusta: «je suis comme don Quichotte, j’aime à prendre la dé- fense du faible contre le fort», apunta en otro pasaje del Goriot.357Sin em-
bargo, no pestañea cuando se trata de ajusticiar a un traidor, de hacer justicia contra una injusticia. Y es que no comprende una vida sin honor, sin la dig- nidad humana. Prueba fehaciente de ello es cuando, en conversación pro- funda y detenida con Rastignac, le señala la necesidad de tener dinero para cumplir buena parte de sus propósitos vitales. Ahora bien, ¿cómo albergar siquiera la idea de hacerlo casándose con una mujer?: «si vous vous mariez pour de l’argent, que deviennent nos sentiments d’honneur, notre noblesse!
358 Ib., p. 127. 359 Ib., p. 238. 360 Ib., p. 240.
361 Y Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Mi nombre es Legión, pues somos muchos», en La Santa Biblia, trad. de Evaristo Martín Nieto, Ediciones Paulinas, Madrid, 1964, p. 1191.
Autant commencer aujourd’hui votre révolte contre les conventions hu- maines».358Honor, nobleza... En la boca de un condenado a trabajos forza-
dos y escapado de un presidio podría sonar a cinismo puro. Nada más lejos de ello: la actitud de Vautrin está habitada por el más serio y más estricto de los códigos éticos que puedan hallarse en toda la literatura del sigloXIX.
Vautrin es dandi por su actitud rebelde, por su autonomía e indepen- dencia, por la admiración que despiertan sus acciones, por su imperio abso- luto sobre todo lo que le rodea: capaz hasta de burlar la muerte —de ahí su sobrenombre, Trompe-la-Mort. Es un aristócrata del presidio, de la nobleza de la moral alternativa: marca la distinción en un mundo de convenciones. Esa alianza entre su carácter transgresor pero justo —y por eso mismo sometido por una sociedad que se convierte, par ricochet, en injusta— hace de Vautrin la perfecta encarnación del ángel caído: el demonio en la Tierra que va a clamar y a luchar con uñas y dientes por la reparación de su honor. Y no faltan las referencias diabólicas en la obra de Balzac señalando la personalidad de este presidiario sobrehumano. Su rabia, su fuerza, su determinación —que premanece humana por su consideración de los sentimientos— le aportan un aura de «poème infernal»: «son regard était celui de l’archange déchu qui veut toujours la guerre».359Y como buen arcángel demoniaco, a su disposición se
hallan siempre esos «dix mille frères prêts à tout faire pour vous»:360su nom-
bre es Legión —como el nombre que dio el poseso preguntado por Jesucristo en el Nuevo Testamento (San Marcos 5, 9).361Huestes demoniacas que acom-
pañan siempre al diablo en su errática reconquista del mundo y el universo.
b) Dandismo y romanticismo: la figura clave de Baudelaire
Es en este punto donde el carácter sobrehumano (Hinterhäuser) del dandi balzaciano alcanza su grado máximo: en su identificación con el dia- blo. Y es allí precisamente donde se demuestran las concomitancias entre el dandismo y el romanticismo:
362 A. Camus, ob. cit., p. 74. 363 Ib., p. 73.
364 Faro: referencia a uno de sus poemas más célebres: «Les Phares» (Spleen et Idéal-VI).
— soledad del héroe romántico; — soledad del ángel caído; — soledad del creador romántico;
— actitud rebelde y de protesta contra todo y todos.
En realidad, el romanticismo inaugura las líneas de una estética que todavía tienen cierta vigencia: la del creador solitario, rival obstinado —como dice Camus—362de un dios a quien condenan y a quien quieren
sustituir con la moral de su obra: un orden nuevo en que los valores de jus- ticia pasen ante todo. La rebelión se produce contra el orden impuesto por un dios injusto y cruel, que predica la bondad pero solo administra mise- ria. De ahí toda la relación del dandi romántico con el mal: por nostalgia del bien, en base a una reivindicación casi infantil de las expectativas frus- tradas, se ve forzado a cometer el mal. «Puisque Dieu revendique ce qu’il y a de bien en l’homme, il faut tourner ce bien en dérision et choisir le mal» —señala de nuevo Camus. Por eso, el dandismo puede ser considerado, a la par que una apuesta estética y/o estetizante, una réplica al orden esta- blecido, una insumisión a los designios del tirano creador: una filosofía, en puridad, de la ascesis, que busca la pureza, la nobleza y el honor en la re- belión completa.
La herencia del romanticismo, como hemos podido ver hasta ahora, no es recogida por Hugo —par de Francia, poeta «oficial» y condecorado—, sino por otros creadores: «poetas del crimen», como les llama Camus,363
Baudelaire y Lacenaire.
Baudelaire fue el más profundo teórico del dandismo, aportando fór- mulas definitivas a una de las conclusiones de la rebelión romántica. Por eso, el autor de Les Fleurs du mal es, fuera de toda duda, un autor román- tico —en las postrimerías del romanticismo, pero romántico: es ocioso co- locarlo dentro de la categoría de poeta simbolista que algunos se afanan en darle. Baudelaire es un faro364en medio de toda la poética del sigloXIX: una
figura de transición, un punto de inflexión entre la modernidad y la con- temporaneidad.
365 «Bénédiction», en Spleen et Idéal. C. Baudelaire, Les Fleurs du mal, Librairie Géné- rale Française-Le Livre de Poche, París, 1972, p. 11.
Glosar en profundidad la figura de Baudelaire está fuera de las inten- ciones de este trabajo; no hay que dejar de lado, sin embargo, su influen- cia en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX y, sobre todo, en
Huysmans y las estéticas decadentes, en un estudio que pretenda sondear la evolución de la masculinidad durante dicho siglo.
Como decíamos, Baudelaire es, por una parte, romántico: por su es- tética dolorosa, su delectación en unos temas sacados directamente del ima- ginario romántico, su gusto por una estética del fracaso frente a la más trivial estética del triunfador medio, el autor de Les Fleurs du mal es el último de los románticos. Su gusto por la rebelión, por la provocación, por su odio a Dios y a todo el poder establecido, por sus deseos de justicia social... Bau- delaire es un moralista que sólo encuentra útil el recurso al grito y la blas- femia para convencer al ciudadano medio de la iniquidad de la sociedad del momento. Parece, en su obra, cantar las alabanzas de un mundo po- drido y olvidado, pero aun con todo poblado de seres con un pasado y un presente, cuyo futuro da escalofríos a cualquiera que esté dotado de una mínima sensibilidad humanista.
Por estas razones llama la atención que un humanista que se llena la boca de las máximas revolucionarias haya elegido al ultraconservador Joseph de Maistre como su maître à penser. Y esto es así por la lógica que establece el filósofo entre el verdugo y la muerte: «le vrai saint est celui qui fouaille et tue le peuple pour le bien du peuple» —dirá el poeta. Pues el vulgo —y en esta denominación incluye a todo aquel que no participa de la exclusiva aristocracia baudelairiana— no parece enmendarse más que con el correc- tivo propuesto por el garrote o el látigo. Así lo demuestra el poeta en prosa en su texto «Assommons les pauvres» —ya comentado anteriormente. Y es que los demás ya han hecho gala de su crueldad en la persona del sensible dandi, en el corazón de piedra fina del poeta:
Tous ceux qu’il veut aimer l’observent avec crainte, Ou bien, s’enhardissant de sa tranquilité,
Cherchent à qui saura lui tirer une plainte,