2.2 Simulation study
2.2.2 Stratification based on the first gap time and its event indicator
Aunque cronológicamente posterior —pues la actitud romántica de algunos excéntricos ingleses, como Byron, antecedió a la acuñación del término—, la corriente preciosista del dandismo fue la que más rápida- mente cuajó en el imaginario masculino. Por una parte, si a esta ten- dencia la llamamos ‘brummelliana’ es por la enorme influencia que el elegante inglés ejerció sobre todos los fashionables de ambas orillas del Canal de La Mancha. Pero, por la otra, no hay que olvidar la herencia que los précieux dejaron en la masculinidad del fin de siglo octocentista y comienzos delXIX.
Como ya hemos comentado más arriba, los précieux era la respuesta de algunos hombres a las exigencias de finura y elegancia de las précieuses del sigloXVII. Esta respuesta masculina al preciosismo y sofisticación femeni-
nos consistió en la adopción de una moda refinada y feminizante: pelucas largas, plumas extravagantes, golillas, lunares postizos, perfumes, colorete... El refinamiento y la distinción incluyó entre sus reglas el parecer civilizados, corteses y delicados.
Como era de esperar, la adopción de estos usos sociales feminizantes despertó un miedo a la homosexualidad que no se dio entre los detractores de estos «preciosos». Sin embargo, lo más importante de esta moda pasajera —que realmente solo influyó a las clases nobles, visitantes y merodeadores habituales de los salons— es que contribuyó a dar de la masculinidad una visión rompedora y, en definitiva, liberadora. El hombre culto que entraba en el sigloXVIIIya no poseía el único modelo del hombre tradicional ali-
mentado en los ideales de la virilidad ruda, cruel y sin sentimientos: otra masculinidad era posible —con todo su corolario de dudas sobre la cons- trucción de la «verdadera» masculinidad.
317 Stendhal, Le Rouge et le noir, ob. cit., p. 51.
318 Referido en J. d’Ormesson, Revue de métaphysique et de morale, octubre-diciembre, París, 1963, p. 19.
Y es que esa virilidad grosera, curtida en los ejércitos y el trabajo fí- sico, había sido el único modelo posible de la juventud francesa. Aun con mucho tiempo de diferencia, Stendhal pinta perfectamente el tipo viril de las provincias de la Francia decimonónica.
[Mme. de Renal] se figurait que tous les hommes étaient comme son mari, M. Valenod et le sous-préfet Charcot de Maugiron. La grossièreté, et la plus brutale insensibilité à tout ce qui n’était pas intérêt d’argent, de préséance ou de croix; la haine aveugle pour tout raisonnement qui les contrariait lui pa- rurent des choses naturelles à ce sexe, comme porter des bottes et un chapeau
de feutre.317
Grosería, insensibilidad, codicia sin límites, odio por el razonamiento: constantes de las que participarían, a ojos de Mme. de Renal, la inmensa mayoría de los hombres, verdaderos autómatas que responden igualmente a los mismos estímulos. De ahí que la entrada de Julien en su entorno vital sea como un chorro de agua fresca: tonificante, vivificante, este gentle-man permite a la melancólica señora reconciliarse con la vida y, sobre todo y a su pesar, con el amor.
La figura de Brummell fue decisiva para muchos dandis y demás ad- venedizos. George Bryan Brummell (Londres, 1778-Caen, 1840) marcó la moda durante muchos años, tanto en Inglaterra como en Francia. Como tantos otros hijos de familia adinerada, Brummell ingresó en Eton en 1790, donde conoció a Georges, Príncipe de Gales, con quien trabó una sólida amistad. Esto le sirvió para que, años más tarde, el príncipe le diera un puesto en su propio regimiento.
Sus apariciones públicas junto a Georges le hicieron merecedor de una consideración social al alcance de pocos plebeyos. Ya fuera por justificar su presencia en tan altos círculos, ya por una natural disposición a la extrava- gancia, las costumbres vestimentarias de Brummell asombraban a todos cuantos les rodeaban. Sus exigencias llegaban a exagerados excesos, como el ya conocido de sus guantes, que necesitaban tres artesanos para los dedos y otro diferente para el pulgar.318Estos dispendios, que debían saquear la
319 J.-K. Huysmans, Lettres inédites à Emile Zola, publicadas y anotadas por Pierre Lam- bert, introducción de Pierre Cogny, Librairie Droz, Ginebra, 1953. Carta del 25 de mayo de 1884, p. 223.
320 F. Livi, J.-K. Huysmans. À rebours et l’esprit décadent, ob. cit., p. 143. 321 J.-K. Huysmans, À rebours, ob. cit., p. 70.
mejor dotada de las bolsas, fueron motivo de la persecución de sus deudo- res —lo que, unido a sus crecientes enfrentamientos con el Príncipe Geor- ges, hizo que su estrella se fuera apgando poco a poco.
Por motivo de deudas, Brummell debió abandonar el Reino Unido y refugiarse en Francia, donde fue nombrado cónsul de Inglaterra en Caen. Sin embargo, la fortuna no sonreiría al dandi, pues sería encarcelado en 1835 por motivo de deudas —siendo liberado por sus amigos quienes le proporcionarían unos ingresos mínimos pero seguros. A partir de esta fecha, el gusto de Brummell por el aparato y la vestimenta entró en franca deca- dencia, hasta su muerte en la ciudad normanda en 1840. Dejó tras de sí, aparte de un buen número de deudas, una estela de admiradores y un re- nombre que, aún hoy en día, está lejos de desaparecer.
Como Brummell, había otros fashionables que, si bien no tan reconoci- dos mundialmente, sí lo fueron a menor escala. Nos estamos refiriendo, desde luego, a Orsay; o al príncipe de Kaunitz, de quien Jean d’Ormesson comenta la curiosa ceremonia en que consistía su poudrage, su empolvamiento: «des valets posés aux portes, tout le long d’une enfilade de salons, le poudraient juste le temps qu’il passait afin d’obtenir la nuance exacte». O también al más tardío conde Robert de Montesquiou, faro del dandismo finisecular y mo- delo en el que un buen número de literatos hallaron inspiración. Así fue en el caso de Marcel Proust, quien confesaría haber extraído de su conocimiento del noble elegante varios elementos para la creación de su barón de Charlus. O incluso Huysmans, quien, aun negando al mismísimo Zola en una misiva que su des Esseintes estuviera basado en Montesquiou, afirmaba: «[…] si j’avais fait Montesquiou des Esseintes —(il eût été trop bouché!) j’aurais exprimé son inénarrable dégoût pour le naturalisme»,319François Livi reconoce el prés-
tamo de algunos detalles para la construcción de su célebre héroe solitario:320
il montait sur une chaire magistrale et prêchait le sermon sur le dandysme, ad- jurant ses bottiers et ses tailleurs de se conformer de la manière la plus absolue,
322 C. Baudelaire, Mon cœur mis à nu, ob. cit., p. 10. 323 A. Camus, L’Homme révolté, Gallimard, París, 1951, p. 73.
324 C. Baudelaire, «Le peintre de la vie moderne», en Écrits sur l’art, Librairie Générale Française-Le Livre de Poche, ed. de François Moulinat. París, 1992, p. 396. Apartado «Le Dandy».
325 L. Puelles Romero, «La voluntad de apariencia: estética del dandysmo», en A. Ramos
Santana (ed.), La identidad masculina (en los siglosXVIIIyXIX), ob. cit., p. 23.
Esta excentricidad en el gusto vestimentario, este exceso en la búsqueda de la singularidad, que se dan cita repetidamente en todos los profesionales del dandismo, no hace sino abrir el debate entre el ser y la apariencia, el être y el paraître. El dandi no puede sentirse seguro de su existencia si no es en la mirada que los demás le devuelven de sí mismo. Baudelaire lo entendería per- fectamente al aseverar que la vocación del dandi es existir a través de su ex- celencia, de su condición sublime —cuya interrupción supondría la extinción de su ser—: «le Dandy doit aspirer à être sublime sans interruption; il doit vivre et dormir devant un miroir»,322dice el poeta en Mon cœur mis à nu. En
ello coincide Albert Camus, en el apartado titulado «La révolte des dandys» de su Homme révolté, percibiendo esa necesidad inevitable del dandi por mi- rarse y saberse mirado: los demás son el espejo en que se mira. Es este, em- pero, un espejo que se ensombrece con rapidez, pues la capacidad de asombro del hombre es limitada. Por eso mismo debe ser constantemente aguijoneada, siempre renovada por acción de la provocación: «le dandy est donc forcé d’étonner toujours. Sa vocation est dans la singularité, son perfectionnement est dans la surenchère», dice Camus.323Su necesidad de renovación conti-
nuada no deja de ser un doloroso tributo a la singularidad, incluso para quien no tiene otra profesión más que la elegancia, como señala el Baudelaire de
Peintre de la vie moderne.324Fatigante profesión, finalmente, de quien vive
exclusivamente en la obsesión de ser visto para existir: obsesión barroca por excelencia, como observa Luis Puelles Romero,325que para ser cumplida re-
quiere de aunar las competencias del flâneur y del voyeur: prestarse a la vista y ver. Un programa vital costoso que aspira no solo a lo sublime, sino a hacer de la propia existencia una obra de arte admirable y admirada, cuya exposi- ción da fe y asegura la existencia del dandi en los valores más altos.
Hacer de la propia existencia un fenómeno estético, única justifica- ción, a ojos de Nietzsche, de la propia vida en este mundo: «únicamente como fenómeno estético puede justificarse eternamente la existencia y el
326 F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, Espasa-Calpe, Madrid, 1969, p. 44. 327 T. Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Bruguera, Barcelona, 1984, p. 192. 328 E. Carassus, Le Mythe du dandy, Armand Colin, París, 1971, p. 257.
329 O. Wilde, Le Portrait de Dorian Gray, trad. de Edmond Jaloux y Félix Frapereau, prólogo de Dominique Fernandez, Stock-Le Livre de Poche, París, 1983, p. 35.
330 Ib., p. 171.
331 A. Rimbaud, «Adieu», en Une saison en enfer, Poot et Compagnie, Bruselas, 1873.
mundo».326Es esta una proclama esteticista que el dandi suscribe y que ha
glosado Thomas Mann al encontrar afinidades entre el credo artístico de Oscar Wilde y el filósofo alemán: «como rebeldes en nombre de la belleza, Nietzsche y Wilde se hallan relacionados».327
Oscar Wilde representa uno de los paradigmas del eterno dandi. Este irlandés de nacimiento supuso y supone para muchos jóvenes la realización perfecta del ideal tantas veces acariciado en sus sueños de Eton o de Oxford; un ideal que concilia —como señala Émilien Carassus—328lo mejor de la
cultura humanista con la gracia, la distinción y la perfecta educación de un ciudadano del mundo. El programa vital de Wilde aspira no solo a la au- tocontemplación como individuo excepcional, sino también a la búsqueda incansable de una vida plena y hermosa —que proporcionaría a la huma- nidad la alegría necesaria para la renovación humanista: la vuelta a la Arca- dia ideal, a la Edad de Oro en que el Hombre se olvidara por siempre de esa espesa niebla que supuso el advenimiento del cristianismo:
si un homme osait vivre sa vie pleine et entière, s’il osait manifester tous ses sentiments, exprimer toutes ses pensées, réaliser tous ses rêves, le monde en re- cevrait un tel renouveau de joie, que nous oublierions tous les insanités du
Moyen Âge, pour revenir à l’idéal hellène.329
El dandi de Wilde no es un simple petimetre que se cree por encima del común de los mortales por su poder de decidir sobre lo chic en joyas, corbatas o bastones. El dandi Dorian Gray, al buscar en la belleza la reve- lación del verdadero secreto de la vida, aspira a llegar a través de una filo- sofía razonada a la espiritualización de los sentidos: «un nouvel hédonisme allait paraître qui transformerait la vie et la sauverait de ce puritanisme rêche et grimaçant dont notre époque voit le curieux réveil».330Nuevo hedonismo
que busca una vida más alta —en contraposición a la rimbaldiana réalité
332 F.-R. de Chateaubriand, Mémoires d’outre-tombe, ob. cit., p. 295. 333 E. Carassus, ob. cit., p. 9.
334 J. Barbey d’Aurevilly, ob. cit., p. 32.
filosóficas del dandi. Intentaremos continuar por esta vía más adelante, pues en estos momentos nos debemos a la configuración del dandi clásico.
Es, pues, esta simple y en apariencia sencilla pasión por la elegancia la que caracteriza al dandi clásico, más brummelliano que précieux. Personaje, pues, por su singularidad, al que se le perdonan bravatas y malos modos, pues de él depende la fijación de las reglas de la etiqueta de cada nueva temporada. Y este es el modelo que más fácilmente se extendió por la Europa decimonónica: el dandi seguro de sí mismo y bravucón, convencido de que nadie va a osar recriminarle una actitud de cuya conveniencia solo él puede pronunciarse. René de Chateaubriand así lo observó a su vuelta de Inglaterra en 1822:
le dandy doit avoir un air conquérant, léger, insolent; il doit soigner sa toilette, porter des moustaches ou une barbe taillée en rond comme la fraise de la reine Elisabeth, ou comme le disque radieux du soleil; il décèle la fière indépendance de son caractère en gardant son chapeau sur sa tête, en se roulant sur les sofas, en allongeant ses bottes au nez des ladies assises en admiration sur des chaises devant lui; il monte à cheval avec une canne qu’il porte comme un cierge, in-
différent au cheval qui est entre ses jambes par hasard.332
Una indiferencia que él lleva como marca de la casa, como regla de oro del dandismo. Ahora bien, por momentos esa capacidad para la conten- ción, para preservar su impasibilidad y cuidarse de las pasiones irrefrenables —como señala Carassus—333se deja de lado en favor de un programa vital
diferente. El dandi puede entonces pasar al bando de la actividad, de la ac- ción; en ese caso, el elegante es el más valiente de todos, se señala —cual Na- poleón— como el más valeroso y arrojado. Un caso tal vez paradigmático de esta nueva factura del dandi se halle en el vicomte de Brassard creado por Barbey d’Aurevilly en «Le rideau cramoisi» de sus Diaboliques. Observe- mos esta descripción de la actitud dandi de Brassard:334
le capitaine de Brassard rangea ses soldats sur deux lignes, le long et le plus près possible des maisons, de manière que chaque file de soldats ne fût exposé qu’aux coups de fusil qui lui venaient d’en face;
335 Expresión recogida por quien firma este trabajo durante una clase impartida por Jean-Luc Steinmetz, y centrada en las relaciones entre psicoanálisis y literatura, en la Fa- culté des Lettres et des Sciences Humaines de la Université de Nantes durante el curso 1992- 93.
336 H. de Balzac, Le Père Goriot, ob. cit., p. 126. 337 J. Barbey d’Aurevilly, ob. cit., p. 36.
él, sin embargo, con la voluntad inquebrantable de crear un retrato de sí mismo en el teatro bélico, «plus dandy que jamais, prit le milieu de la chaus- sée». ¿Cabe mayor demostración de singularidad? Este dandi de d’Aurevilly se destaca por su hombría (en su acepción tradicional), por su gusto por el exceso barroco, ocupando constantemente un escenario en que él se vea visto por sus semejantes. Un hombre exagerado y excesivo que no conoce la tregua en su histriónica instalación en el mundo. Excès homo —en fórmula acuñada por el profesor Steinmetz—335en todo, que no conoce reposo ni
comedimiento; pues regados como están por la sangre febril de los leones —como el Vautrin de la Comédie humaine balzaciana—,336demuestran un
apetito y una sed fuera de toda norma: «dandy en tout, il était dans sa ma- nière de boire comme dans tout le reste [...] il buvait comme un Polonais».337
Nos hallamos, pues, frente a un dandi decididamente alejado de la fi- nura de los précieux delXVII. En el caso de Barbey d’Aurevilly, fiel seguidor
del dandismo brummelliano —no en vano publicó en 1845 un interesante
Du Dandysme et de George Brummell—, la elegancia del dandi reside en su
carácter individualista, autónomo y viril; un hombre exagerado que todo lo hace con la falta de comedimiento de quien sabe que, un día, la vida ha de terminar. Su determinación a la hora de acometer cualquier empresa es tal que por ello mismo queda señalado con la marca de la singularidad. El dandi de Barbey d’Aurevilly es más un héroe militar —elegante y altivo— que un icono de la elegancia; más un hombretón educado y mujeriego que cumplidor de la contención y de la impasibilidad dandiescas.
El modelo de dandi que mayormente se extendió, a medida que avanzaba el sigloXIX, fue el de la distinción, el de la elegancia rebuscada: el de casi fe-
menina búsqueda de la belleza personal. Como revisión de los précieux del
XVII, el dandi parisiense de la primera mitad del sigloXIXes un joven elegante,
vestido con un cuidado y una gracia absolutos. Pero lo que le caracteriza por encima de todo es su finura femenina, que marca precisamente la diferencia entre el modelo viril al uso y la singularidad dandiesca. «Vous êtes un beau
338 H. de Balzac, Le Père Goriot, ob. cit., p. 190. 339 Ib., p. 70.
jeune homme, délicat, fier comme un lion et doux comme une jeune fille», le dice Vautrin a Rastignac en la pensión Vauquer del Père Goriot.338Y es que es
esa mezcla curiosa de tenaz voluntad de gustar junto al componente objetual que el dandi pone a disposición de la admiración ajena: orgullo y dulzura.
Si citamos a Balzac para ilustrar esta faceta del dandi afeminado no es accidentalmente: la Comédie humaine balzaciana, como novela de costum- bres y fresco de una época que pretende ser, está plagada de esos jóvenes advenedizos que cambiaron la fisonomía de la masculinidad por venir. Basta con observar con un poco de detenimiento la factura de todos los personajes masculinos que pueblan el París elegante de los salones y los res- taurantes caros, los teatros y los camerinos de las actrices, el mundo de las letras y del periodismo. Toda una caterva de jóvenes que, en su deseo de par-
venir, imitan el modelo del héroe social, del ídolo de escritores y de muje-
res. Y como no podía ser de otra manera, el muchacho advenedizo intenta seducir a una dama de la alta burguesía o de la nobleza que le abra las puer- tas del gran mundo. Así lo intentan Eugène de Rastignac con Mme. de Nu- cingen —esposa del ávido banquero— y Lucien de Rubempré con Clotilde de Granlieu —hija de un par de Francia.
En el primer caso, Rastignac encuentra en la figura de un tal Maxime un serio competidor por la belleza de Mme. de Nucingen. Eugène es un bello joven, todavía tocado por la mágica varita del candor provincial. Ma- xime, al contrario, es un dandi achevé, dotado de todas las características del
fashionable parisién: contención, impasibilidad... Amén de un peinado y
una mise excelentes e impecables:
les beaux cheveux blonds et bien frisés de Maxime lui apprirent combien les siens étaient horribles. Puis Maxime avait des bottes fines et propres, tandis que les siennes, malgré le soin qu’il avait pris en marchant, s’étaient empreintes d’une légère teinte de boue.
Eugène compara con desagrado su estilo con el de su competidor, de quien además se ofrece un nuevo rasgo definitivo del dandi, el afemina- miento: «enfin Maxime portait une redingote qui lui serrait élégamment la taille et le faisait ressembler à une jolie femme».339
340 H. de Balzac, La Peau de chagrin, ob. cit., p. 258.
341 Notas tomadas de la edición crítica realizada por Henri Miterrand de É. Zola, La
Curée, Gallimard-Folio, París, 1981.
¿Acaso no es curioso que el modelo que desearan seguir todos estos jó- venes poseyera rasgos de feminidad? Otro personaje en el que estos jóvenes