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1.3 Salt-mediated Decay

1.3.1 Solution Transport Phenomena

1.3.1.3 Efflorescence

Desde los tiempos más remotos de la existencia humana en la época aria, existen leyendas y relatos más o menos claros sobre Hermes que nos llegan de muy distintos puntos y de muy diversas fuentes. Visto superficialmente, esto debe resultarle extraño al investigador; en efecto, produce la impresión de que hubiese habido muchos Hermes. «Eso está descartado», se piensa. «Si Hermes Trismegistos ha existido, entonces tiene que haber sido sólo uno».

Además, es desconcertante que en esos relatos Hermes aparezca unas veces como sacerdote, otras como rey y otras sólo como un sabio. Frecuentemente, su nombre es identificado con el dios egipcio Toth. En Egipto, también se le relaciona con cierta realeza, mientras que en lugares muy alejados de Egipto, también se le considera rey de determinadas comarcas. Toda esta confusión generada se puede eliminar de inmediato, si se comprende que Hermes, el Hermes de la antigüedad, pertenecía a una clase de seres sublimes que, en el sentido más absoluto del término, pueden ser llamados hijos de Dios.

Los hijos de Dios forman parte de la única raza universal, del estado de alma absolutamente vivo. Ya se le ha dicho, a menudo, que el hombre-alma desarrollado se funde en la unidad con todos. Alguien así ha alcanzado la unidad con Dios, la unidad con todos sus hermanos y hermanas. Esos hijos de Dios sólo pueden pertenecer a una raza.

Tal como se dice en la Enseñanza Universal, las entidades que pertenecen a nuestra ola de vida deben realizar su peregrinaje a lo largo de un camino de dieciséis razas. La primera de estas razas se manifestó al final de la época lemuriana. En esa primera raza, después del período lunar, el hombre se volvió, por primera vez, consciente de su existencia. En la época atlante existieron siete razas. En la época aria habrá siete razas en total. La decimosexta raza será una raza de seres humanos con conciencia del alma. Y lo que viene después, naturalmente, ya no podrá ser designado como una raza. Entonces, todos se fundirán en la única Cadena Universal de los hijos de Dios. Esas razas también fueron designadas con razón los dieciséis caminos de destrucción, pues sabe lo que la ilusión del ser humano puede destruir en su camino hacia el nadir.

Hermes pertenece a esa clase de seres que, llegados al final de su camino, entraron en la sublime hueste de los hijos de Dios, la hueste de los tres veces grandes, según el espíritu, según el alma y según la manifestación. Por consiguiente, ahora le quedará claro por qué pueden existir muchos Hermes, ya que, a partir de cierto momento de la historia universal, muchos hijos de Dios se han ocupado del desarrollo de humanidad. Para entenderlo bien debe comprender que, en la época en que la ola de vida humana aún no era consciente de su existencia, los hijos de Dios, es decir, la Jerarquía de Hermes, trabajaban para la humanidad. Más tarde vino un tiempo, cuando el desarrollo humano lo permitió, en el que la jerarquía trabajaba con la humanidad. Los hijos de Dios vinieron a la humanidad para anunciarle, precederle, darle ejemplo, explicarle el camino. Y ahora estamos en un período en el que la jerarquía trabaja a través de la humanidad. Usted lo sabe, el gran encargo es la autorrealización: la no-verdad fundamental debe elevarse hasta la verdad.

De hecho, la manifestación de los hijos de Dios en la Tierra, tal como la historia nos la muestra, no volverá a repetirse, a menos que las razas existentes se destruyesen a sí

mismas hasta tal punto que ya no fuese posible abrirse paso, en alguna medida, a través de ellas; es decir, hasta el punto de que, como en Sodoma y Gomorra, ya no se pudiese encontrar ningún justo.

Si vemos todas estas recién aludidas leyendas y relatos sobre Hermes bajo esta luz, bajo la luz de la, por excelencia, sublime naturaleza de tales enviados —que a menudo fundaron una elevada y noble cultura real y sacerdotal en los países donde se manifestaron— podremos entender la confusión y también la incredulidad de quienes se aproximan a los restos de la historia exclusivamente desde el punto de vista intelectual. En la falsedad fundamental de tales personas, la verdad aún no puede irradiar. Por el contrario, son presa de la ilusión y están hundidos en la mentira fundamental. No obstante, la verdad debe ser dada a conocer; el camino hacia ella debe mantenerse abierto. Y usted lo sabe: la verdad nunca podrá ser destruida, porque la verdad no es de este mundo.

Pero a nadie se le ocultará que, en la coyuntura actual de la existencia, se han desarrollado grandes dificultades en este punto. Supongamos (lo que naturalmente no es así) que la verdad sólo pudiese ser reconstruida a partir de antiguos hallazgos en Egipto, puesto que en la antigüedad, Egipto fue un poderoso foco de verdadera cultura espiritual. En tal caso, una fila casi inconmensurable de egiptólogos, magníficamente provistos de doctorados y profesorados, nos sepultaría bajo una avalancha de escritos y muy dispares conclusiones e interpretaciones, de los que finalmente nadie entendería nada de nada. Por eso, si se tuviera que descubrir la verdad a través de ese camino, sería para desesperarse.

¿Sabe qué ha sucedido? Analicémoslo.

Le hemos expuesto que el impulso de autorrealización innato en el hombre, por una imaginación errónea, por distorsión de la conciencia plástica, por profanación del organismo cerebral, puede pasar muy fácilmente a la auto-afirmación, como consecuencia de lo cual surgen la encapsulación astral, la contaminación y la destrucción, y finalmente la demencia que, principalmente, se expresa en hostilidad e ira contra la verdad. La verdad no puede hacer otra cosa que impulsar al ser humano en el camino hacia la absoluta consecución de objetivo. Sin embargo, el ser humano egocéntrico se opone a ello. ¿Acaso él no lo ha alcanzado? ¿Es que no ha llegado? ¿No es él una criatura de Dios? ¿No tiene una iglesia de Cristo? ¿No posee un sacerdocio y un sinnúmero de autoridades que saben todo y luego sabrán aún más? Aún quedan, efectivamente, unas pequeñas imperfecciones cosméticas, pero éstas ya serán alisadas luego. ¿Y no hay una región de los bienaventurados? Conoce las marcas distintivas de la concepción de la iglesia y la ciencia.

Hubo un tiempo en el que el desarrollo de la humanidad, en comparación con las actuales características raciales, aún podía ser considerado muy joven, en que la verdad se daba a conocer de una manera completamente distinta a como ahora es posible. Entonces, el ser humano aún no conocía ninguna formación académica, no existía ningún sistema educativo tal como lo conocemos ahora. Se hablaba un lenguaje popular, pero en absoluto existía la anotación de signos lingüísticos que se pudiesen aprender y entender de memoria. Por la manifestación y la influencia de los hijos de Dios surgió, muy lentamente, un lenguaje escrito como medio para el contacto recíproco entre las personas y, sobre todo, para dar a conocer la verdad. Por eso Hermes es llamado el inventor del lenguaje.

De esta forma, en los antiguos centros de cultura fueron utilizados muchos medios para unir la gran verdad a las personas que se habían vuelto maduras para ello. Se construyeron templos, cuya estructura debía ser una expresión de la sublimidad de Dios. Se levantaron columnas y pilares, llenos de símbolos e inscripciones, sobre los que se

explicaba el lenguaje de los hijos de Dios a todos los que dominasen los signos. Además, se confeccionaron innumerables manuscritos, se habla de millones, con cuya ayuda poder llegar a muchos.

Se debe de tener en cuenta que en aquellos días no existía la imprenta ni ninguna civilización ampliamente extendida. La masa era aún analfabeta y únicamente existía una pequeña hueste de inteligentes. Ésta estaba constituida por dos grupos: el grupo de la verdad fundamental, y el grupo de la mentira fundamental, los intoxicados por la ilusión. En efecto, tan pronto como empezó a funcionar el entendimiento, también vino la ilusión.

El primer grupo recorrió su camino de liberación; siendo perseguido a muerte por el segundo grupo; no obstante, el primer grupo no reaccionó a ello con lucha o con otros métodos que originasen lazos astrales. Éste sabía que para quienes se acercan a la verdad, la sirven y siguen, todas las cosas cooperan para bien. El segundo grupo, por su ilusión-demencia, consiguió que el trabajo del primer grupo no se pudiera extender de manera poderosa. Este segundo grupo tuvo libertad de acción puesto que la gran masa aún no estaba cultivada y en el fondo no entendía el origen de la lucha, dado que el organismo intelectual aún estaba ocupado en formarse concretamente. Por eso, ese grupo pasó a destruir, lo máximo posible, todos los templos, todos los monumentos, todas las edificaciones que habían sido fundadas bajo la dirección de los hijos de Dios. Símbolos e inscripciones fueron destrozados o totalmente desfigurados y se abrió una intensa caza de los manuscritos.

Hasta nuestra era, cada país donde había morado la única verdad, donde había echado raíces o estaba echándolas, cada lugar que se consideraba podía haber servido para ello, fue registrado por grupos especialmente adiestrados para hacerse con el material que era peligroso para el segundo grupo, con el objetivo de borrarlo de la superficie de la Tierra. Cantidades innumerables de escritos que contenían la sabiduría directa de los hijos de Dios fueron destruidos. Y se puede considerar un gran milagro que aquí y allá aún haya quedado un solo fragmento.

En nuestro tiempo, ahora que el nivel intelectual se ha elevado y generalizado, y los pueblos se han vuelto más conscientes, ya no se puede aplicar este método de destrucción. Por eso, ahora se hace uso de otro método. Cuando ahora se encuentra un antiguo y valioso escrito, una comisión científica exclusiva hace una traducción a la que une una serie de consideraciones asimismo muy notables, en las que el hallazgo es empujado al rincón arqueológico. Se encuentra bonito el contenido, o incluso, dando testimonio de discernimiento teológico (naturalmente, no tan bien como la teología actual, pero aún así, bastante bien), todavía se anuncia una nueva investigación. De esta forma, el conjunto es llevado a una vía muerta o, al menos, eso se cree.

Veamos, por esa razón, cómo la verdad, a pesar del milenario camino de calumnia, traición, persecución y destrucción, puede y podrá cumplir su tarea.

XXXIV