4 Quantifying the GDrs framework
4.1.5 The effort as a “climate tax”
Los fantasmas de los asesinados rondan la conciencia de los militares: temen que les demos vida en nosotros
Los militares norteamericanos, que formaron a los nuestros, tienen una lógica que no comunican a los militares de los países dependientes a quienes adiestran para funciones claramente definidas. Ellos tienen el anverso y el reverso, la mirada total, que a nuestros generales sólo se les aparece de una sola faz. Ellos saben bien que son los garantes exteriores de su exis tencia, saben que tuvieron que enfrentar las verda- deras guerras en las cuales se vence o se derrota de verdad. Lo saben por Vietnam, por Alemania, por Japón. Y saben que la función pa ra la que adiestran a nuestros militares es para la dominación y conten- ción interior. A fuerzas de segunda, realidad de segun da. Y realidad de segunda es aquella a la cual aceptaron rele garse nuestros militares al convertirse en ejército de ocupación al servicio de la entrega de los intereses nacionales a los extran jeros. Y cuando Reagan habla para convencerlo a Galtieri de be de haberle hablado, igual que Haig, de superior a inferior. “No se pasen de la raya, porque si no…”. Porque además la de pendencia exterior no es sólo una experiencia del alma: es una experiencia de la dependencia real en la cual las fuerzas milita res se mantuvieron al mantenerse atados a los pertrechos y a la ayuda del campo occidental. Pero además, a nuestros militares les faltó la “moral” para defender, en este acto de apariencia, los intereses de toda la nación. Estaban cercados por dentro y sabían que les estaba negada la verdadera representatividad, la que se prolonga desde los cuerpos de los hombres argentinos, de sus mujeres, de sus niños, y se funde en una sola solidaridad y en una sola decisión. Los fantasmas de los asesinados y la realidad de la entrega, y de la represión, y del dominio, y de los
negociados, minaron también sus cabezas y sus corazones. No se hace impunemente una guerra con cualquier política, decimos, y el deseo del triunfo militar estaba minado desde dentro: no podían hacer nada sin el lazo de amor que los ligaba a los EE. UU., y no a la nación. Cuando les falla EE. UU. se van a pedir, mendigando, ayuda a quienes antes despreciaban, ata caban y humillaban, a Cuba, a las amantes despe- chadas, países de América, a Nicaragua, al tercer mundo: pensaron hasta en la URSS. Que estos países políticamente les respondieran que sí, por razones que aparecen inscriptas en el campo del enfren tamiento contra los EE. UU., nos parece coherente y necesa rio. Y también sólo hasta cierto punto. Pero nosotros, ¿noso tros también habríamos de plegarnos a este deseo militar que no tenía nada que ver con el nuestro como tampoco con el de seo verdadero de la población de los “justos intereses popula res”, que más allá de la mera representación vuelven a aparecer de pronto, como si despertaran de un nuevo mal sueño que una vez más los obnubiló al no calar profundamente en la rea lidad que estaban viviendo desde tanto tiempo atrás? ¿Cómo se les podría creer a los militares en lo que hacían –ya que no en lo que decían–? ¿Cómo se podría apoyar una decisión que es taba guiada por un objetivo que iba también directamente contra el pueblo? La “reconquista” de las Malvinas iba en rea lidad a la “reconquista” del corazón popular, signi- ficaba el en quistamiento de los militares en el alma aterrada del pueblo ar gentino, la deformación de su deseo, el encubrimiento por medio de una salida fantaseada que nuevamente se volvería a inscribir en el campo imaginario de su realidad ideológicamente manipulada dentro de esa guerra que se lleva contra el pueblo desde hace años para acá.
Pero sigamos con la coherencia que liga nuestro deseo con el deseo de los militares: precisamente el antagónico. El deseo de muerte que es el gusano vivo del alma militar, de aquella que dieron realmente a nuestros compatriotas sin lástima y sin compasión, ese sentimiento no podía ser congruente con la defensa de la nación. El militar, se dice, estaba movido por proyectos estratégicos; pero era su deseo el que estaba también en juego, tanto el deseo de casta como el individual:
el de salvarse a sí mismo aunque fuese necesario destruir para ello la totalidad del país. La entrega militar no se inscribe en la estrategia fría: ellos debían sentir paso a paso, acto a acto, persona a persona, la destrucción, el desaliento, el empobrecimiento, la distancia, el sufri- miento, la humillación cotidiana de los demás, que alimentaba día a día su soberbia a costa de toda esa miseria que producían. Debían vivir en sus cuerpos la dependencia del enemigo, la entrega material de nuestras riquezas, la fiesta y el carnaval clandestino, mientras por todos los medios asediaban a la población. Debieron sentir la valentía de nuestros muertos, la entereza de los asesinados, y la propia debilidad. La muerte estaba de cuerpo presente en ellos. Sabían que la “guerra sucia” no fue una guerra: no podían confesar su impunidad. Y con la misma impunidad, que no podían abandonar, emprendieron otro “como si” de guerra que esta vez simulara ser una guerra de verdad; que proporcionara con su fácil triunfo la apariencia de realidad. Y desde este deseo del militar es como debemos analizar las condiciones en las cuales objetivamente se inscriben, tanto en la política como en la guerra. También partimos entonces del deseo del militar para explicar el sentido de esta guerra; como partimos del propio para oponernos completamente, desde el comienzo, a ella.
Es precisamente este encubrimiento del deseo, esta postergación, lo que el militar también busca: lo transmuta en nacional y en unidad al pasar de la ocupación interior a la guerra exterior. En la política todavía se hacía visible: ¿en la guerra acaso desapareció? Si no desapareció en la guerra, porque su sentido atravesó toda la realidad que la preparó, ¿debemos nosotros hacer lo mismo con nuestro deseo e inscribirnos
sólo en el nivel llamado político, o en el de la pura “representación” que para ellos fue esta guerra, para reencontramos en el mismo nivel de la realidad, pero sin su profundidad y su densidad?
Remitir el propio deseo a la pura subjetividad que debe ser salvado, excluido como índice, para pasar a pensar “objetivamente” la realidad, implica desgajarse de un nivel de imbricación en lo real donde nuestro deseo se enfrenta al deseo militar. Donde estos deben ser vistos y
comprendidos y sentidos en su prolongación hacia la realidad. Y la polí- tica no tiene por qué suspender su vigencia, con la excusa racional de que el origen –que el deseo de que fracasen mantiene– debe ser relegado. El dilema de hierro que los aprisiona
Los militares intentaron, como hemos querido mostrar, elevar a la “representación” política los asesinatos y los desaparecidos. Para ello tuvieron que desarrollar también una representación equivalente: la “representación” de la “guerra de las Malvinas”. El dilema era de hierro, y de él no podían salir. Este “dilema de hierro” en el que se encuen- tran constituye nuestro poder político: lo deben resolver porque el país –mudo, callado, inerme– lo exige. Son los límites de su política en los que están encerrados. Dibujan el lugar, aunque invisible, de nuestra fuerza, la resistencia, aunque difusa, de todo el país que los observa. Que la “guerra” fue concebida como “representación” es lo que demos-
tramos y lo que el mismo Galtieri demostró: cómo contaba con el apoyo devoto de los EE. UU. y pasaba de la “escasamente posible” a la “totalmente improbable” reacción armada inglesa. Las dos les fallaron.
Fue precisamente eso lo que trastornó el plan y se pasó de la “represen- tación” de la guerra a la presencia real. En la representación jugaban a ganar; en la presentación real la guerra se perdió y de la comedia se pasó a la tragedia. Pero arrastraron al país a ella. Si se piensa el fenómeno exclusivamente con las categorías de la explicación política, económica y estratégica, se pierde sin integrar esta dialéctica que estaba como fundamento y base de todo el proceso, y se la despoja de su densidad. Pero algo más aún: se parte entonces sólo de los “hechos” obnubilando su determinación compleja, reduciendo su sentido, empobreciendo la percepción de la realidad, y se entra en una dialéctica alocada que no se sabe ya más, como decía Marx del valor, por dónde agarrarla. Pero ¿quién se empobrece con esto? Se empobrece el sentido de la política para los sujetos que la realizan, que deben participar en ella, que están
participando a su manera, y se lo reduce a la mera inscripción opor- tuna en la eficacia, se cree, de esa única dimensión de la realidad. Se dejó de lado la eficacia de los sujetos, su sentido de verdad, la de consti- tuirlos como sujetos coherentes desde el deseo vuelto a despertar como fundamento de su conexión con la historia. Se trabaja sólo afirmando como lugar de inserción de la política el nivel que ésta organizó en la “representación” del pueblo, en la que define “los justos intereses populares” por lo que el sistema preparó en la subjetividad de cada sujeto, trabajando en su carne y en su imaginación por el terror. En vez de volver a suscitar el origen, esa historia que se prolonga y se sostiene en la memoria de los hombres pese a las inscripciones y a las tachaduras y a las defensas y censuras que el sistema va decantando en ellos, se vuelve a tomar los “justos intereses populares” dentro del espacio psíquico y político trabajado por la dictadura militar. En vez de despertar un coraje y un empecinamiento y una coherencia y una decisión que pongan en juego toda la humanidad de los individuos, se los vuelve a suscitar sólo en ese lugar residual donde subsiste el planteo convencional y aparente del sistema: por una parte, apoyar la recupe- ración de las Malvinas –como si hubiera sido, en verdad, en verdad material digo, una– y, por la otra, repudiarlos por su inscripción polí- tica, económica o cultural. En vez de proyectar sobre el pueblo la posi- bilidad de ir más allá, de mantener tozudamente o volver a despertar el fundamento mismo del sistema político en la negación de la vida que decantó en cada uno como límite impuesto por el terror y buscar allí la única y verdadera fuerza que puede convertirse en fundamento de otra política y de otra soberanía (más allá del nacionalismo burdo de derecha al cual le vamos a pedir sus categorías para apoyarnos aún en ellas), volvemos para reencontrarlas oportunamente al inscribirnos en este proyecto que llevó otra vez al fracaso y a la defraudación.
Por eso el origen tiene una doble inscripción: subjetiva y objetiva, y no se lo puede relegar. Porque no se trata del origen perdido en la bruma de los tiempos solamente: se trata del origen que dejó su huella, aunque para muchos tachada, en la propia corporeidad. De ese origen
que subsiste aún en la materialidad de cada cuerpo, y que fue segura- mente la experiencia más radical que nuestra historia –quiero decir la historia de la cercanía de la tragedia histórica que antes estaba para muchos fuera de nuestra geografía– y que al final también nos alcanzó. De esta historia no podemos hacernos los ingenuos, porque nos abre al dramatismo verdadero de la historia universal: el de la amenaza atómica, de la militarización, de la burocratización profunda de los hombres trabajados técnicamente por el poder militar. El enemigo principal está allí, no lo podemos olvidar.
Yo sé que todo esto puede sonar como acusación para quienes sin embargo también mantienen presente este peligro. Pero mi intención es solamente recordarles que esa difícil coherencia que planteamos implica que no es posible, si los mantenemos como índices, inscri- birnos en cualquier política, en cualquier decisión, porque a pesar de todo, por el modo equívoco de su inscripción objetiva, lo volvemos a plantear en los mismos términos que el enemigo: sin despertar el núcleo de poder más doloroso pero más fuerte que anida en cada hombre sometido, y que requiere suscitar en él el coraje de ir más allá de la “representación” de sí mismo para alcanzar una verdad más profunda y crucial: descubrir cómo el despotismo del sistema anida en nuestra propia subjetividad.
Lo que nos falta demostrar ahora es que el Ejército argentino era ya, por definición, un ejército vencido y que el país mismo estaba vencido porque ese ejército nacional lo había previamente derrotado. Y que en esas condiciones no había ninguna posibilidad de emprender una guerra, a no ser que esta fuera sólo simulada, que es lo que en realidad pasó. Un ejército vencido es, por definición, aquel que destruyó la fuerza y la vitalidad de su propio país y atacó a su población
Ya en un trabajo anterior habíamos sostenido que el ejército argen- tino era, frente a los reales enemigos que asedian y expropian la riqueza
y se oponen al destino de nuestra propia patria, por definición, un ejér- cito vencido. Porque dependía, en su misma existencia, de aquellos a quienes debería combatir. Pero no solamente eso: porque había pedido prestado al enemigo las categorías mediante las cuales comprendía su propia misión y organización; pensaba el país con las categorías del opresor. Hasta la apariencia de independencia nacional estaba negada y era sólo eso: una representación. Y toda su misión guerrera consistió hacia adentro, en lo que los ejércitos ante los cuales se doblegó –por ejemplo el norteamericano– le habían delegado como tarea: la domi- nación interior de la propia nación. Hasta las categorías de la guerra son producto del enemigo, y forman parte de su doctrina de guerra, que es la de Contrainsurgencia y Seguridad Nacional, que fundamenta su plan de guerra. Pero no sólo esto: la doctrina de la guerra que dicta el enemigo va unida a la doctrina económica del despojo nacional. Esa es su verdadera base material: la destrucción del país como unidad mate- rial y espiritual. Ningún golpe de Estado militar en la Argentina vino sólo trayendo las armas al dominio del poder, sino que siempre lo hizo con su amante: la expropiación material, económica de sus riquezas en función de un proyecto que, junto con la doctrina militar, trae su doctrina económica dirigida por el centro del poder imperial. Esta inscripción económica es la que verifica la verdad de su carácter antina- cional y el de ser, en definitiva, un ejército de ocupación para implantar en el interior del país la fuerza y la dominación que permita el despojo de sus habitantes, sobre todo la de sus clases populares.
De manera tal que este ejército tenía una misión concreta, su plan de guerra, cuya doctrina era elaborada en el centro imperial, donde al mismo tiempo recibe su entrenamiento. Esta misión concreta, espe- cífica y definida en su propia esencia, delimitaba con toda precisión el sentido de su acción. Era un ejército definido en los límites que el enemigo le proporcionó y sólo existía para cumplir esa elevada misión. Todo está dado vuelta entonces: el lenguaje y los símbolos y la historia y la independencia nacional, y San Martín y Belgrano, y la bandera, y todos los “patriotas” de la independencia juntos no son más que
simulación porque, al mismo tiempo que se presentan como los here- deros de esos soldados que vivieron y murieron por el ideal de la inde- pendencia, son los que realizan bajo esa misma advocación una pirueta mortal: sirven para encubrir la realidad de su misión actual.
Que es lo que la “recuperación” de las Malvinas demostró. Si el ejér- cito emprendía la guerra para enfrentar a Inglaterra, se producía aquí no sólo un vuelco en las alianzas sino sobre todo un efecto de demostra- ción en la estructura material y estratégica en la cual estaba inscripta su existencia real como fuerza armada. Su existencia real como ejército dependía de las condiciones políticas, económicas, sociales, técnicas y tácticas que en ese momento eran las dadas. Su organización efec- tiva, material y racional, su efectividad como poder armado, no queda definida sólo por la materialidad de las armas que tiene en las manos, sino por la relación con la estructura efectivamente material y polí- tica que impusieron desde las armas al país. La materialidad del poder armado, su organización, no hace sino reflejar los límites de la materia- lidad del poder que sus habitantes ejercen sobre toda nuestra geografía como propia o como enajenada. Un ejército, el alemán cuando ocupa Francia, despoja al país y a sus habitantes, destruye y desorganiza su productividad, entra a saco en sus riquezas y a la derrota militar le sucede la derrota económica y cultural y moral: no vacila en encarcelar y en fusilar y en torturar a sus patriotas y en imponer, para vencer toda resistencia interior, la presencia del terror. Pero ese ejército de ocupa- ción sabe que el pueblo no podría apoyarlo nunca en una guerra: la resistencia interior es su manifestación.
A un ejército claramente extranjero le resultaría imposi ble volcar la situación a su favor proclamándose, al mismo tiem po que destruye la soberanía de un país, el ser “simbólicamen te” su defensor. Pero ese es el camino que la fantasía le abre a un ejército de ocupación nacional, y es lo que pasó entre nosotros. El ejército extranjero no termina nunca de ocupar definitivamente un país y anexarlo como si fuera propio. Y eso lo sabía bien Clausewitz cuando ponía los objetivos negativos –la de fensa de lo propio– como la condición fundamental que pudie ra
llevar a la derrota del enemigo. Y la defensiva era por eso más fuerte, invencible a la larga, porque contaba con las fuerzas físi cas y morales de la población, que tenía la existencia inconmovible e invencible de las montañas y los ríos del país. El pueblo, aunque a la retaguardia, y en la medida en que conservara su capacidad de resistir, era inven- cible. Y eso también lo compren dieron nuestros militares, y había que derrotar también esta invencibilidad interior acudiendo a una estra- tagema, puesto que era un ejército nacional: aparecer defendiendo simbólicamente la soberanía del país. Recurrieron para ello a un viejo anhelo presente desde siempre en la conciencia nacional: la recupera- ción de ese trozo de soberanía que los había congelado como la única reivindicación nacional que les quedaba inscripta como común con la población del país. Esa soberanía residual y simbólica es la que se puso en juego para recuperar su propia situa ción de entrega real de la sobe- ranía nacional, astucia ante los límites que terminaron por reconocer, el que les marcaba una resistencia invencible que, a la larga o a la corta, la más temida, habría de aparecer.
La realidad de las fuerzas
Pero, cuando comenzó la guerra y lo simbólico se hizo real, los