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Tradicionalmente, el matrimonio interétnico era algo conflictivo en las islas. Dicha situación fue marcada por los momentos de fractura ya descritos como se puede ver en la novela de Fanny Buitrago (1979) “Los Pañamanes”, que se desarrolla a modo de ficción en el Archipiélago de San Gregorio y Fortuna queriendo

demostrar la situación vivida en las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. La autora, a través del personaje de Don Carlos Vallejo, un isleño con ascendencia española y Raizal, pronuncia la sentencia de prohibición y rechazo a las uniones y matrimonios con foráneos dada a su hija Lorenza y que a su vez es la norma para todas las mujeres Raizales: “-No te casarás con un paña! A pesar de la negativa de su padre, Lorenza se casó, lo mismo, sin traje de novia o

bendición paterna, como si el mandato nunca hubiese existido. (1979: 157)

Ross (2007) en su rastreo de las raíces de la identidad Raizal analiza cómo se han desarrollado nuevas comunidades de isleños, los umbrales entre estas y los isleños nativos, afirmando que estos últimos no han sido impermeables al contacto. Históricamente han existido matrimonios entre Raizales y “pañas” a partir de la proximidad entre estos grupos culturales, que en los últimos tiempos se ha acelerado el proceso, debido al aumento considerable de la población de migrantes continentales y de hijos de estos, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX (2007:26) Este fenómeno, en la actualidad, ha incidido en la constitución de un nuevo tipo de familia que no es netamente Raizal y tampoco es absolutamente “pañas”. Sino que es una combinación de estos elementos culturales, es decir, una familia híbrida.

Pese a los condicionamientos en pro del mantenimiento de una lealtad hacia la etnia, es claro que en las islas se ha generado un proceso de mestizaje que ha permitido el cruce de diferentes culturas, incluyendo la Raizal y la colombiana, siguiendo el cauce natural de las relaciones sociales de: encuentro, interacción e

intercambio entre éstas. Lo que se convierte en una estrategia de resistencia a los

patrones y lógicas impuestas por las nociones de una etnicidad homogénea y pura. Dándose un reconocimiento tácito del “otro” a través de las relaciones interétnicas, es decir, se acepta como parte de un espacio compartido pero no se le incluye dentro de una etnicidad o grupo cultural de lo sanandresano. Esta situación es descrita por Lolia Pomare quien sustenta las formas interétnicas que actualmente existen en San Andrés, y que han generado un sujeto híbrido diferente:

Hace diez años me casé con el señor Jaime Salgado y tengo cuatro hijos: Gildardo, Luz Elena, Laura y Jimmy. Mi esposo es bogotano pero mis hijos nacieron en Smith Channel. Se podría pensar que un matrimonio así sería una de las maneras de olvidarme de nuestras tradiciones y costumbres, ya que mi esposo es de Bogotá y los bogotanos tienen costumbres y maneras de pensar y un estilo de vida diferentes de las nuestras. Hacen las cosas de manera diferente. Pero desde el inicio me propuse y le dije que teníamos que ser muy respetuosos el uno del otro. Acordamos que cuando estuviéramos en Bogotá viviríamos como los bogotanos y en la isla viviríamos de acuerdo con y respetuosos de las tradiciones isleñas. En primer lugar, Jaime aprendió a hablar criollo y a amar a la gente de San Andrés y nuestra manera de vivir. Ahora, inclusive, sabe preparar comida típica y conversa con nuestros hijos en criollo. Por eso digo, que podemos respetar lo que adoptamos y a la vez mantener las costumbres que heredamos de nuestros antepasados.

En el mismo sentido, el testimonio de Dilia Robinson Davis, líder y activista de la Organización de Raizales por fuera del Archipiélago con base en Bogotá, ORFA, muestra desde su experiencia el sentido del respeto y el valor de la riqueza cultural de la pareja para la construcción de la familia interétnica, de la siguiente manera:

“…Yo creo que fui afortunada al conseguir o al hacer mi vida con una persona que entendía cuál era o cual ha sido mi lucha. El me conoció siendo una luchadora, me apoyó ciento por ciento, él siempre decía que él quería que nuestros hijos fueran criados como me habían criado a mí. Él estaba haciendo un reconocimiento de la formación que yo había tenido en mi hogar, de la herencia de una madre que había sido reconocida y conocida por acá. Por eso, él estaba muy interesado en que nuestros hijos se criaran y vivieran como se hacía acá, que hablaran el creole, que aprendieran otras cosas como la música, porque a pesar de que en Bogotá hay tantos medios para el aprendizaje y la expresión artística, las distancias no le permitían a uno cubrir todo eso. En lo que a mí respecta, no tengo queja de él, siempre respetó mi idiosincrasia, mi identidad, le gustaba nuestra música, nuestra gastronomía, cuando había que hacer ciertos documentos, él me apoyaba, él me expresaba su opinión y me decía no me gusta esto o aquello y pues, él siempre fue amigo de los Raizales y de respetar sus reclamos…” (Entrevista realizada por la autora a Dilia Robinson, 2009).

Otra opinión interesante respecto de los matrimonios interétnicos en la isla es la de Janeth Howard, socióloga y Raizal que vive en el sector tradicional de Gough en San Luis, quien las dificultades para consolidar una familia mixta de Raizales y continentales y al mismo tiempo destaca la posibilidad de adaptación ante el hecho social, cada vez más evidente e inevitable, de la constitución de redes familiares interculturales:

Básicamente, lo que se podría decir es que cuando existen varias culturas en una pareja o en una familia puede haber o se puede notar una diferencia. Siempre va a haber una cultura que va querer ser “el líder” de la otra. Entonces, siempre van a haber roces. Hay diferencias religiosas, diferencias culturales, entonces uno querrá predominar sobre el otro. Desafortunadamente, la isla ya se encuentra superpoblada y encontramos tanto a personas extranjeras como del continente, muchos de ellos se casan o se unen para obtener un status legal en la isla, que es conseguir su tarjeta de OCCRE. Pero no se dan cuenta del daño que están haciendo con estas vinculaciones. Sí, no podemos decir que en este siglo van a haber comunidades o familias de la misma región, esa situación la encontraremos aquí y en otras partes. Familias mixtas es lo que vamos a encontrar. El punto es, tratar de mantener la mejor convivencia entre estas culturas y no mirar lo malo, sino sacar el provecho que se pueda. Por decir algo, en el idioma, si uno habla inglés y el otro habla español, los hijos tendrán la posibilidad de manejar ambos idiomas y eso le abre puertas bien sea en el exterior o en otra parte. Entonces, se puede mirar lo positivo de esas uniones mixtas. Porque en este siglo, no vamos a conseguir que las familias sean absolutamente nativas o solamente, continentales. Sin embargo, si tuviera la oportunidad de casarme

nuevamente, definitivamente, yo me quedo con mis nativos. (Entrevista realizada por la autora a Janeth Howard, 2009).

Otro caso es el de Leonor Murillo de Bush, afrocolombiana del continente, educadora y gestora cultural quien dentro de su matrimonio interétnico ha considerado más importante el factor racial que el lugar de origen. En este ejemplo al igual que otros, se hace evidente la formación de estas uniones por la cercanía racial y de intereses afines como el movimiento negro, visto como una unidad oprimida por el resto de la nación blanca y mestiza.

“Soy chocoana. Llegué a San Andrés porque en Bogotá me conocí con Gustavo Bush, nos enamoramos y el amor lo puede todo (…)Fuimos los primeros del movimiento de negritudes en Colombia. Había relación porque era una cuestión de identidad, de que nos encontrábamos, que teníamos algo en común. De ahí, conocí a Gustavo y desde el primer día nos tragamos. (…) Cuando una está enamorada, todo es suave y sabroso. Nosotros estuvimos desde el 75 de novios, ya en el 76 nos casamos. Yo me vine a vivir acá, en el 75 llegué en diciembre, me regresé a Bogotá y ya en el 76 montamos el matrimonio. Aunque el papá de Gustavo, siempre afirmó que no entendió por qué su hijo fue hasta Bogotá a buscar una negra, cuando aquí en San Andrés hay un montón de negras. En vez de traerse una cachaca. Pero de allí no pasó. Porque, que yo recuerde la convivencia con los papás de Gustavo siempre me trataron como si yo fuera una hija. Tanto así, que yo a veces discutía con Gustavo y le caían a él y me daban el lado a mí” (Entrevista realizada por la autora a Leonor Murillo de Bush, 2009).