CHAPTER 2: INTER-REGIONAL GRADUATE MIGRATION FROM BOGOTÁ
2.5 Study Design
2.5.2 Eliciting migration expectations and self-perceptions of the cities
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dejado de estar centrada en el trabajo503. El mismo autor señala que durante esa misma época existió una cruzada de cristianización y civilización que intentó usar la legislación para desterrar hábitos y conductas indeseables de la clase obrera, sin embargo, esto habría sido poco efectivo ya que la mayoría de los trabajadores no eran ni cristianos, ni previsores, ni castos o abstemios504.
“La gran masa de los obreros no adoptó los hábitos del ahorro de la clase media. Si algo ahorraban los trabajadores eventuales, los peones y los artesanos más pobres, no era con vista a acumular una suma de capital, sino a comprar artículos de mera ostentación (…) La respetabilidad no significaba asistir a la iglesia, ser abstemio o poseer una cuenta en la caja de ahorros. Significaba poseer un traje de los domingos presentable y ser visto con él.”505
Con todos estos datos a la vista hemos podido concluir que a diferencia de lo sostenido por la CNA, el porcentaje de aumento de las cuentas en la Caja fue sostenidamente decreciente entre 1910 y 1927. Además, la cantidad de dinero de los depósitos de ésta no aumentó todos los años, ya que en los periodos de crisis económicas, estos tendieron a disminuir. El comportamiento de los depósitos es perfectamente sincrónico con el crecimiento de la economía, ya que sus aumentos y descensos coinciden con los registrados por el PIB. Esto demuestra que las personas, durante esta época ahorraron más o menos, dependiendo de los niveles de crecimiento o decrecimiento económico que se registraban el país, en detrimento de otros factores como por ejemplo el crecimiento real de los salarios o de la tasa real de interés. Ninguno de estos dos factores recién mencionados demostró tener una incidencia en el comportamiento de los ahorros. Si bien la incorporación de campañas publicitarias demostró un resultado positivo durante sus tres primeros años, a la larga, estas no fueron suficientes como para contrarrestar los efectos de los años en los que decreció la economía.
503
Gareth Stedman Jones, op. cit., pp. 178, 179, 205 y 214.
504 Ibidem p. 192. 505
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Por otro lado, al analizar el perfil de los depositantes en los años que se tiene registro de estos, se pudo comprobar que efectivamente entre 1918 y 1924 fueron los profesionales y los empleados quienes pudieron ahorrar en mayor proporción que los obreros, jornaleros o estudiantes. Por lo tanto, las políticas de ahorro popular, durante esa época, no pudieron ser acogidas por los receptores de la publicidad del ahorro (fundamentalmente obreros, estudiantes y mujeres de los sectores populares) que a través de los distintos esfuerzos estas políticas buscaron captar. Del mismo modo, el comportamiento de los imponentes según sus edades demostró que la expectativa del ahorro fue mayor entre los que por su edad tenían más posibilidades de trabajar; por eso, entre 1921 y 1924, abrieron un mayor número de cuentas las personas que tenían entre 11 y 30 años; sin embargo, los que pudieron depositar una mayor cantidad de dinero, durante estos mismos años, fueron los que pertenecían al rango de edad de entre los 31 y 40 años. Un segundo factor que demostró tener incidencia en la práctica del ahorro fue el estado civil, ya que entre 1918 y 1924 las personas casadas ahorraron proporcionalmente más que las personas solteras, probablemente motivados por la intención de dar un resguardo económico al contexto familiar.
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CONCLUSIONES
Desde mediados del siglo XIX, el Estado chileno se mostró partidario de la idea de fomentar el ahorro entre la población. Ante el fracaso de la primera Caja de Ahorros instaurada por la Sociedad Nacional de Agricultura, el Estado manifestó su interés por fundar una institución de las mismas características pero bajo su administración. Las intenciones materializadas en la ley de 1861 no se concretaron; sin embargo, el artículo 15 de dicha ley permitió la fundación de la Caja de Ahorros de Santiago (CAS). La nueva institución pertenecía a la Caja de Crédito Hipotecario pero contaba con la garantía y el subsidio del Estado.
Entre 1904 y 1910, mediante el apoyo financiero del fisco, continuó la apertura de distintas sucursales de la Caja de Ahorros de Santiago en diferentes ciudades del país. De este modo el Estado cumplía sus intenciones por fomentar el ahorro popular. Luego de un extenso periodo de discusión, el 22 de agosto de 1910, se creó la ley N° 2.366, la cual unificó todas las sucursales de la CAS en la Caja Nacional de Ahorros, sólo las sucursales de Santiago siguieron funcionando como CAS. Durante el transcurso de ese periodo, el Estado fue dando muestras de distintas contradicciones. Por una parte se mostraba a favor del ahorro popular, pero por otro lado no estaba de acuerdo en financiar los costos que ello implicaba. De todas formas, los partidos políticos de los distintos sectores coincidían no sólo en la necesidad de contar con una institución estatal que fomentara el ahorro, sino que además creían que el ahorro era un problema público que debía resolver el Estado.
La clasificación de la Caja Nacional de Ahorros se mantiene en una situación ambigua, ya que pertenecía a una institución privada, pero había sido creada por ley, con autorización del Presidente de la República y era subvencionada y garantizada por el Estado. Esta ambigüedad fue experimentada también por los contemporáneos a la Caja que, en diversas oportunidades, manifestaron distintas posturas en referencia a la categoría de ellas. Sin embargo, resultó evidente que para el Estado existían sólo dos
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lugares seguros donde el pueblo podía confiar sus ahorros, la Caja de Ahorros de Santiago y la Caja Nacional de Ahorros.
Además, la Caja Nacional de Ahorros y la Caja de Ahorros de Santiago se diferenciaban del resto de las instituciones privadas en que tenían por objetivo el ahorro y pertenecían a una sociedad anónima donde eran repartidas las ganancias entre sus accionistas. Por eso, la Caja siempre destacó que no tenía fines de lucro y que los fondos eran invertidos en forma responsable y de acuerdo a lo estipulado en la ley (primero la de 1861 y luego la de 1910). Del mismo modo, los funcionarios de la Caja manifestaron que esperaban que el Estado concretara su ayuda hacia el ahorro a través de dos mecanismos: el fomento del ahorro popular y la fiscalización de las instituciones que decían practicar el ahorro, pero que terminaban por perder los dineros depositados.
Por otro lado, se entendió que el ahorro popular debía ser considerado un tema público, fundamentalmente por los beneficios colectivos que su práctica traería a la comunidad. De esta forma, la elite presentaba la necesidad de impulsar el ahorro debido a “la paz social”, el aumento de liquidez para la construcción de obras sociales, la contribución que haría en la riqueza de la nación y su aporte a la cultura. Sin embargo, fue sobre todo el factor ideológico el principal motor que motivó a los impulsores del ahorro. La oligarquía se convenció que el sistema de ahorro individual y voluntario era la mejor alternativa para enfrentar la “Cuestión Social”, disminuir la pobreza y atenuar los descontentos sociales.
De ese modo, el ahorro se transformó en una de las respuestas que los sectores liberales encontraron para enfrentar la crisis que a principio del siglo XX estaban viviendo. Mientras tanto, los sectores de izquierda, ligados a una ideología social demócrata, preferían continuar incentivando un ahorro solidario a través de las mutuales, donde el ahorro debía utilizarse como herramienta para lograr la autonomía de la clase obrera. Sin desmerecer que podían hacer uso de las instalaciones de la Caja Nacional de Ahorros como lugar para guardar los fondos que recolectaban. Por ello, algunas sociedades de socorro mutuo contemplaban en sus estatutos que los ahorros serían administrados por
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un tesorero en una Caja propia a menos que la Caja Nacional abriera una sucursal en la localidad donde funcionaba la mutual. Menos receptivos a cualquier forma de ahorro se mostraron los sectores anarquistas quienes veían en estas prácticas una forma de mantener el sistema que los oprimía y los alejaba del centro de sus verdaderas luchas.
Respecto a la demanda social en pro del ahorro, fueron fundamentalmente los sectores medios, empleados y trabajadores organizados quienes respondieron al llamado de la política del ahorro, siendo éstos los que realmente ahorraron en las Cajas. Pero, además, fueron los que pidieron que el Estado tomara más medidas en favor del ahorro, toda vez que las que había les parecían insuficientes. De este modo, las políticas que se originaron teniendo como especial foco los sectores populares, repercutieron fundamentalmente en los sectores medios. Éstos, a su vez, no se comportaron como una clase dominada-pasiva que acató los designios de otra clase hegemónica-activa, sino que incorporaron el ahorro y los valores asociados a él como parte constitutiva de su identidad.
Progresivamente el tema del ahorro, impulsado fundamentalmente a través de la CNA se fue instalando en la discusión social y fue preparando el camino para la aceptación de las leyes sociales de 1924 que impusieron las cotizaciones obligatorias para los empleados. De este modo, las acciones propagandísticas que realizó la CNA se volvieron fundamentales para los objetivos de la cruzada por el ahorro. Los mecanismos utilizados para dar a conocer las ideas del ahorro fueron las conferencias populares, el “ahorro a domicilio”, la difusión de estampillas y alcancías, la Fiesta del Ahorro, el ahorro escolar, los cuentos morales, obras de teatros, testimonios de obreros y estudiantes y la edición de revistas y carteles con máximas sobre el ahorro. A través de estos medios se intentó dar a conocer el sistema de la Caja de Ahorros y los beneficios que el ahorro podía ofrecer, pero además la propaganda se utilizó para combatir la voz anti ahorro que había surgido en el país a raíz de las malas experiencias con las instituciones particulares. Por eso una de las mayores preocupaciones de la Caja fue devolver la confianza en el ahorro.
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La idea de entender el ahorro como medio para superar la pobreza, considerándolo, ante todo, un problema de voluntad, traía aparejado como supuesto implícito que los pobres eran culpables de su pobreza porque no tenían la suficiente fuerza de carácter para ahorrar. De ese modo, el discurso del ahorro fue definiendo al mismo tiempo un perfil del obrero imprevisor que lo caracterizaba como una persona propensa al vicio, al derroche y al gusto por el lujo.
Por este motivo, el ahorro no fue comprendido exclusivamente como un tema económico. Si bien la acumulación de riquezas era el norte, observamos que la moralización era el fin. Desde sus primeros años de vida, la Caja Nacional de Ahorros defendió que el ahorro, además de progreso económico, permitía cambiar algunos estilos de la vida popular que no resultaban beneficiosos para el país. De este modo se planteaba que el ahorro lograría además cambiar los malos hábitos del pueblo. La falta de moralidad fue el motor de la elite por lograr inculcar el hábito del ahorro en el pueblo, fundamentalmente porque ella (la inmoralidad) era la explicación para comprender la miseria del país o cuanto menos, uno de los factores más fundamentales. De esta forma, terminar con los problemas sociales significaba intervenir en los hábitos del bajo pueblo, sin tocar las estructuras económicas del capitalismo. De acuerdo al pensamiento de la elite, una adecuada conducta, apegada a la normativa social hegemónica, traería por añadidura la riqueza material. Producto de lo mismo, la búsqueda de la moralización se transformaba en un medio y al mismo tiempo se comportaba como un fin.
Con estas motivaciones a la vista, el discurso para impulsar el ahorro definió el tipo de ciudadano que necesitaba para dar vida al proyecto modernizador. Esto significaba que el objetivo de la CNA era lograr intervenir en la naturaleza del obrero imprevisor, vicioso, derrochador y culpable de su pobreza para lograr transformarlo en un imponente de la Caja. El trabajador modelo, mediante la práctica del ahorro lograría controlar sus pasiones, alejarse de los vicios y la flojera, practicar la austeridad y fortalecer su carácter. Mientras que de la mujer se esperaba que se encargara del ahorro doméstico. Principalmente, la tarea de ella en el ahorro debía realizarse desde su condición de esposa y madre, dedicada a las tareas del hogar.
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Si bien la Caja intentó demostrar a lo largo de su historia los exitosos resultados que estaban obteniendo, también existieron problemas y dificultades que se presentaron como un verdadero impedimento para la política de ahorro. Uno de ellos fue la desconfianza popular hacia las instituciones financieras por los abusos cometidos por sociedades anónimas como “La Imperial” y “El Ahorro Mutuo” y la búsqueda del lucro. También se consideró como impedimento la falta de hábitos de ahorro entre los chilenos y el tipo de carácter de los mismos que poseían una débil fuerza de voluntad. Del mismo modo, la Caja debió hacer frente a problemas de tipo interno, que estaban dificultando el logro de sus objetivos. Uno de ellos era la falta de recursos, que se traducía en carencias en la cobertura, escasez de personal, falta de las competencias de los funcionarios e insuficiencia de medios de propaganda.
Aun así, discursivamente existió al interior de la CNA una tendencia a aumentar las cifras referidas a la recepción de depósitos para demostrar que las políticas de ahorro popular estaban dando buenos resultados. Además de lo anterior, el discurso exitista que ponía el acento en los millones acumulados pretendía fortalecer la confianza quebrada entre el público y las instituciones dedicadas al ahorro demostrando que cada vez eran más personas las que confiaban en la CNA y la CSA. Por lo mismo, pese a todos los momentos de fractura en los cuáles los empleados reconocían que no se estaban cumpliendo los objetivos, existió en paralelo la intención por demostrar que las clases populares habían incorporado el hábito del ahorro
En 1926 el ahorro popular en la Caja Nacional de Ahorros y la Caja de Ahorro de Santiago, representó un 96% de los ahorros si se compara con los depósitos que acumularon por el mismo concepto los bancos. Es decir, el sistema de ahorro por medio de las Cajas de Ahorros fue utilizado en mayor medida que el sistema de ahorro en bancos. Por otro lado, la política del ahorro popular entre los años 1910 y 1927 tuvo efectos sobre todo en los sectores medios y en los niños, quienes si bien no podían ahorrar grandes cantidades, por la ley de ahorro escolar, sí exhibían una gran cantidad de cuentas abiertas.
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Pese a los discursos sostenido por la Caja, observamos que la cantidad del porcentaje de cuentas fue persistentemente decreciente entre un año y otro. Mientras que los depósitos reales tampoco fueron constantemente en aumento. Por el contrario, ellos cayeron cada vez que en el país se produjo un decrecimiento de la economía. Por lo mismo el comportamiento del ahorro en las Caja se mostró en directa relación al comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. Sin embargo, el ahorro no experimentó una relación directa en comparación al aumento o disminución de las tasas de interés, así como tampoco al comportamiento salarial.
En cuanto al perfil del ahorrante, en su mayoría se trató de profesionales y empleados que representaron el 65% de los ahorrantes en la Caja. De acuerdo al número de cuentas, éstas fueron mayores en los grupos etarios que tenían más posibilidades de realizar algún tipo de trabajo. En cuanto a los depósitos efectuados en éstas, también considerando el factor etario, se comprueba que a medida que las personas tenían más rango de edad, aumentaba también la cantidad de ahorro que podían acumular. Esa situación llegaba a su punto máximo entre los 31 y 40 años y luego, tendía a decaer. En cuanto al Estado civil, los hombres casados, así como las mujeres casadas, demostraron ahorrar más que los solteros y las solteras.
De este modo podemos considerar a las políticas de ahorro como parte del conjunto de políticas en las que a través del control social la elite pretendió moralizar a la población, bajo el supuesto que así terminaría con la pobreza. De igual forma, los resultados nos permiten comprobar que entre 1910 y 1927 en Chile la posibilidad de poder responder al ahorro voluntario e individual se encontró en relación a los recursos económicos y –sobre todo- a la adscripción de los valores que la clase media incorporó como constitutivos de su identidad.
El problema de suponer que en contextos de pobreza podemos plantear como solución herramientas que están fuera del alcance de los más pobres, no sólo demuestra la falta de empatía de una clase con su entorno social, sino también nos permite acceder a
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problemáticas que continuamos presenciando en el presente. De ahí que sea pertinente cuestionarse por el rol del Estado frente a temáticas como la previsión. En la actualidad el sistema de las AFP está comenzando a discutirse, sin embargo, ya en los inicios de esa discusión se han levantado cuestionamiento al lucro y a la necesidad de encontrar formas más solidarias de acumulación, en la cual los empleadores y el Estado también participen. Finalmente, futuras investigaciones podrán considerar y analizar cómo se comportó el ahorro en las mutuales, sociedades de socorro mutuo y en las sociedades comerciales durante el periodo aquí estudiado. De esta forma se podría reconstituir la totalidad del ahorro nacional y confrontarlo con el comportamiento del ahorro en la Caja Nacional. Del mismo modo, el tema del ahorro tratado como problema histórico propone como nuevas posibilidades de estudio la historia del consumo en las distintas clases sociales y sus diversos dilemas. En definitiva, investigar sobre el ahorro nos ha permitido profundizar un poco más en las perspectivas que ofrece no sólo el estudio de las políticas sociales, sino también el de una historia que intenta vincular lo material a lo cultural y preguntarse por las posibilidades de acceso y las representaciones sociales que ambas aristas ofrecen.
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FUENTES IMPRESAS
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Arrieta, Luis, Un manuscrito, algo sobre el hombre y otros escritos, Imp. Cisneros, Santiago, 1926. Biblioteca del Congreso Nacional, Recopilación de Leyes, Tomo 6, BCN, Santiago, 1910 – 1911 Bustos, Pedro, Conferencias Populares. I serie. 1° Conferencia sobre el Ahorro. Dedicada a los obreros de La Granja, Imprenta Buenaventura, Santiago, 1914.
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