Volvamos por un segundo al Estado de Naturaleza; llegados a cierto punto de conciencia, los hombres no to- leran más la situación de inseguridad y miedo, y deciden crear un contrato a través del cual renuncian a todos sus derechos, otorgándolos al soberano, de modo de evitar el continuo avasallamiento que de los derechos se hacía bajo la bandera del ejercicio de los mismos. Dicho de otro modo: lo que estaba ausente del Estado de Natu- raleza es la noción moderna y liberal que explica que el derecho al ejercicio de los derechos de un individuo ter- mina en el mismo punto donde comienza la capacidad de goce de los derechos de un segundo individuo.
Aunque es claramente comprensible la situación de inseguridad en la que vivía Hobbes, la idea de que una persona renuncie voluntariamente a todos los derechos luce algo excesiva, pero el argumento de Hobbes en ese sentido resulta sugestivo: reconoce que en una sociedad, específicamente en la del Estado de Naturaleza, hay in- dividuos buenos y hay individuos malos.
Y observa, también, que el comportamiento de unos y otros es cambiante, y que quien hoy es generoso y sen- sato puede ser mañana violento e irrespetuoso de los de- más. “La dificultad práctica estriba en que no hay elemen-
tos que permitan reconocer ni a unos ni a otros como tales de antemano. Hay que tratarlos y conocerlos para saber lo que son, y además a cada uno (...); y a veces, si se trata de gente perversa, cuando se sabe es demasiado tarde. Por eso la prudencia aconseja que se considere a los hombres como si fueran malos. Pero no por naturaleza: ‘porque aunque los malos fuesen menos que los buenos, al no poder reconocer
a unos y a otros, aun los buenos y honrados se ven conti- nuamente en la necesidad de desconfiar, de precaverse, de anticiparse, de someter y defenderse de cualquier modo. Pero no se sigue de ello que los malos lo sean por naturaleza’”. Tal
es lo que modernamente explica el profesor Joaquín Ro- dríguez Feo en la introducción a la edición que estamos recomendando.
En el título octavo del capítulo XII de “El Ciudada- no”, Hobbes trata “De las causas internas capaces de di- solver un Estado”, y dice lo siguiente: “se opone al régimen
civil (...) el que los hombres no distingan suficientemente entre pueblo y multitud. El pueblo es una unidad que tiene una sola voluntad, y al que se le puede atribuir una acción común. Nada de esto se puede decir de una multitud. En todo Estado el que reina es el pueblo, porque incluso en las monarquías el pueblo reina; es el pueblo el que quiere por la voluntad de un solo hombre. Pero los ciudadanos son multi- tud, esto es, súbditos. (...) En la monarquía, los súbditos son multitud y por paradójico que parezca, el rey es pueblo. El vulgo, y otros que no advierten que esto es así, hablan siem- pre de un gran número de hombres como del pueblo”.
En la Hoguera
Tenemos, pues, que una de las grandes preocupacio- nes de Hobbes es la disposición de los hombres hacia el palabrerío ridículo. Dice en el título 12 del mismo capí- tulo: “la elocuencia es de dos clases: una es la que explica
con claridad y elegancia las opiniones y los conceptos de la mente, y se crea en parte de la contemplación de las cosas mismas, tomadas en su significado propio y definido; la otra
es la que mueve las pasiones del alma (tales como la espe- ranza, el miedo, la ira, la misericordia), y tiene su origen en el uso de palabras metafóricas y acomodadas a las pasiones. [El primer tipo de elocuencia] estructura su discurso con principios verdaderos, [la segunda clase] con opiniones ya es- tablecidas. Es propio de aquélla la lógica, de ésta la retórica. El fin de aquélla es la verdad, de ésta la victoria. Y ambas tienen su aplicación: aquélla en las deliberaciones, ésta en las exhortaciones. Aquélla va unida a la sabiduría siempre, ésta casi nunca. Que esta poderosa elocuencia separada de la ciencia de las cosas, esto es, de la sabiduría, constituya el verdadero carácter de los que agitan al pueblo y lo inci- tan a novedades, se deduce fácilmente del objetivo que se proponen. Porque no podrían inculcar al pueblo aquellas absurdas opiniones contrarias a la paz y a la sociedad civil si ellos mismos no las tuvieran. (...) Si pueden convertir a sus oyentes de tontos en dementes, si pueden hacer ver a los que les va mal que les va peor, y que a los que les va bien les va mal, si pueden exagerar la esperanza y empequeñecer los peligros, todo eso lo pueden hacer al margen de la razón y se lo deben a la elocuencia, pero no a la que explica las cosas como son, sino a la que, conmoviendo los ánimos, hace que todo aparezca como ellos, con sus ánimos previamente excitados, lo han concebido”. La confusión que se genera
en el espíritu de la muchedumbre, sostiene, es la verda- dera naturaleza de la sedición, que desencadena la caída de los Estados y la re-emergencia de la situación caótica anterior a su existencia.
De este modo resume —y lo hace con precisión— las virtudes y las potestades del Estado en los siguientes términos: “Los beneficios de los ciudadanos que afectan sólo
teriores; segundo, la conservación de la paz interna; tercero, la abundancia en cuanto es compatible con la seguridad pública; cuarto, el disfrute de una libertad inofensiva. Los soberanos no pueden contribuir más a la felicidad de sus súbditos que protegiéndolos de la guerra exterior y civil para que puedan disfrutar de la riqueza creada por su trabajo”.
La aparición de su trabajo generó fuertes disputas, y todas las personas más o menos bien informadas se apre- suraron a tomar partido; la insensatez, como siempre, terminó por prosperar. El parlamento inglés investigó las obras del ciudadano Hobbes y los maleables estudian- tes de la Universidad de Oxford —institución a la que él ingenua y animadamente había concurrido— fueron azuzados por sus biliosos maestros, y con toda prolijidad y diligencia donaron a la pira uno a uno todos los libros que llevaban “la rúbrica del infame”.
Esto sucedía en 1683, pero ya en 1654 Roma se había adelantado con un Decretum que situaba a “De Cive” entre los libros condenados y prohibidos.