• No results found

Chapter 7. General Discussion

7.1. Structural and functional neural patterns in gray matter

En el decimoctavo capítulo de su obra “El Príncipe”, Maquiavelo nos explica que “los hombres son tan simples,

y se sujetan en tanto grado a la necesidad, que el que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar”. Unos

diecisiete siglos antes su pariente Aristóteles explicó para siempre que hay una rutina y un sistema para practicar el engaño; lo hizo en un apéndice de su “Órganon”, que es el conjunto de sus escritos lógicos, y lleva por nombre “De los Argumentos Sofísticos”. Dicho apartado, pese a su concisión, es un completo repertorio de los argumen- tos que son simulacros de verdad, que aparentan ser ver- daderos aunque efectivamente sean falsos o, para decirlo con la voz del escolástico Pedro Hispano, que “nos dan la

apariencia, pero no la existencia de la verdad”.

Urgido o inspirado por la necesidad de remozar esa tradición analítica, que en rigor es crítica porque es de advertencia, de alarma y de denuncia, hacia 1816 Je- remy Bentham escribió un congénere tratado sobre los sofismas políticos. Contaba sesenta y ocho años y con justicia lo acompañaba una gloria que muy pocos de sus contemporáneos podían ostentar con tan certeros méri-

tos. Su obra principal —“Principios de la Moral y de la Legislación”— era por ese entonces una suerte de canon para quienes estudiaban filosofía política y filosofía del derecho. Y sus muchos trabajos sobre los límites del go- bierno, los fueros del individuo y el concepto de felicidad personal con relación a la utilidad social le valieron ser reconocido como el fundador de la escuela utilitarista, además de aparecer como su más acreditado exponente.

La merecida fama que obtuvo en el orden académico la vertió allí donde pudo. Así, alentó y asesoró a los pri- meros revolucionarios franceses (la Asamblea Nacional lo nombró ciudadano ilustre del país, pero rechazó el honor por sentirse muy lejos de los excesos de ese orga- nismo), fue reclamado por los diputados liberales en las Cortes de Cádiz para la redacción de una Constitución y de un Código Civil y, de visita en México, trabó con- tacto con Bolívar y San Martín, a quienes instruyó en la necesidad de dotar a la naciente revolución independen- tista de valores y sistemas de leyes que aseguraran el or- den, la libertad y los criterios del Derecho en los nuevos Estados.

Esa fervorosa manera de comprometerse en los ven- davales de la historia no le quitó, sin embargo, distancia y serenidad para analizar las anemias de la política; creía moderadamente en la democracia, pero no condescendía a las incrustaciones que le imponían los torpes o los in- nobles. Por eso su tratado sobre los sofismas, contrarian- do el prudente consejo de amigos muy leales, se empeñó en publicarlo a riesgo de ofender a muchos y de descon- certar a unos cuantos.

Hay que reconocer que el tiempo y la depravación de los hombres le han conferido incesante actualidad a sus apuntes. Allí nos revela que, entre otros perjuicios suplementarios, las falacias producen dos ostensibles ti- pos de daño: uno particular y otro general. El primero ocurre cuando la falacia tiende a impedir u obstaculizar la introducción de una medida útil en la organización social, mientras que el otro se produce cuando la corrup- ción moral o intelectual engendra el hábito de razonar de modo insincero.

Al igual que Aristóteles, este pensador de marcada influencia en el desarrollo de la filosofía liberal se tomó el trabajo de realizar un catálogo de las falacias que son de uso común entre la especie de los políticos. A diferencia del griego, en lugar de trece encuentra catorce vicios en la lógica de la argumentación; y también, por contraste con aquél, considera que el fenómeno no es meramente una infracción a la lógica —punible en el aula de filo- sofía—, sino una ofensa al intento de la civilización por darse una convivencia libre, respetuosa y en todo punto basada en la verdad.

Bentham entiende que la falacia que ocupa el primer rango entre los timadores del discurso es la que, cobiján- dose en la supuesta sabiduría de los antepasados, rechaza toda posibilidad de análisis novedoso sobre una propues- ta presente. Consiste esta figura “en establecer una suerte

de supuesta incompatibilidad entre la medida que se propo- ne y las opiniones de quienes habitaban el país en tiempos pretéritos”.

A esa falacia le sigue en importancia y abuso el llama- do “argumento de la falta de precedentes”, esto es, aquel re-

curso que descansa en desestimar un proyecto solamente porque a las anteriores generaciones no se le ocurrió nada parecido. La tercera de las falacias observadas se divide en dos versiones y lleva por título “Autoridad Autoatribuida”. Una de las versiones consiste en la apelación a la falsa modestia simulando ignorancia en un asunto, sólo para demostrar que si el que habla no se atreve a emitir opi- nión, menos puede hacerlo el incauto que tiene enfrente. La otra versión, todavía más socorrida simplemente por menos sutil, descansa en esconderse el político detrás de la imagen de probidad y sapiencia que él mismo se ha creado y desentenderse de toda duda o todo cuestiona- miento basándose en su reputación: “alguien como yo, con

mi trayectoria, jamás aceptaría tal cosa...”

Encontramos en la región de la cuarta falacia —lla- mada “La Personalidad Laudatoria”— una debilidad que sin duda es muy frecuente y se relaciona con el hábito anterior. Personas que tienen pudor de alabarse a sí mis- mas y de ponerse de modelo para otros, alaban a terceros y los ponen de modelo como forma de sofocar cualquier intento de crítica: “alguien tan serio y tan responsable como

fulano jamás aceptaría lo que usted está diciendo”. En rela-

ción inversa, los cultores de la quinta falacia —que son una legión en franco crecimiento— se dedican al arte de la vituperación cuando se quedan sin argumentos (hay algunos que son felices sin ellos), y a su contendor oca- sional le imputan malas intenciones, mala reputación, malas motivaciones, incoherencias o conexiones sospe- chosas. De este modo, sin necesidad de echar mano a la razón, avanzan en la derrota de su adversario.

Con su buen sentido del humor Bentham bautiza “El

la sexta falacia. Dice el autor: “el fantasma cuya posible

aparición denuncia este argumento es la anarquía, cuyo tre- mendo espectro tiene como presagio el monstruo innovación. Las formas de denunciar este monstruo son tan numerosas y variadas como lo puedan ser las frases en las que pueda introducirse la palabra innovación. (...) Decir que todo lo bueno es malo, es tanto como decir que todo es malo, por lo menos en su inicio, puesto que de todas las cosas antiguas que hemos visto u oído, ninguna hay que no fuese nueva alguna vez. Todo lo que hoy está establecido fue en su día una innovación”.

Bentham considera la siguiente falacia uno de los vicios más habituales de la demagogia; la llama “El Ar-

gumento Quietista o ‘Nadie se Queja’”, y consiste en no

aceptar ningún cambio en la legislación vigente porque, precisamente, nadie se queja, como si la ausencia de rui- dos y gemidos fuera un valor componente de la verdad o un elemento de pertinencia de una medida legislativa.

A este recurso le sigue la falacia que casi podría ser considerada corolario de la anterior, es la “Falacia del

Falso Consuelo”, cuyo sello distintivo descansa en invocar

los males o padecimientos de otro país como forma de evadir el análisis y, lo que es peor, la revisión crítica de los problemas propios.

Los parlamentos se han especializado universalmente en la práctica hasta extremos de impensable virtuosis- mo de la falacia que Bentham denomina “El Argumento

Dilatorio”, una figura utilizada por quienes siendo en su

fuero interno hostiles a una propuesta, prefieren disi- mular la oposición apelando al sentido de oportunidad. Estos sujetos no ahorran palabras para elogiar la medida

sometida a su consideración, pero se escapan aduciendo que “quizá más adelante sea todavía más eficaz adoptar

esta decisión; hoy sería contraproducente”. La falacia que

nuestro autor numera décima se denomina “El Argu-

mento del Paso de Tortuga” y, obviamente, está referida a

la invocación abusiva de la gradualidad como regla para resolver las cosas; algo que la mayoría de las veces es una regla para no hacer nada.

Un lugar de honor ocupa, desde luego, la inveterada

“Petición de Principios”, de la que ya hacía mofa Aristóte-

les en un escrito análogo al que estamos comentando, y que obliga al interlocutor a comulgar con quien hace el discurso so riesgo de sentirse miserable por no abrazar los mismos postulados. “Los Ídolos Alegóricos” es una falacia que tiene su utilidad “en reafirmar el debido respeto a las

personas que ocupan cargos públicos con independencia de su buen hacer”, asociando al personaje con el cargo y no

con su conducta.

La decimotercera falacia es quizá el auxilio que más mimos recibe de los demagogos; se llama “La Corrupción

Popular” y Bentham la explica de la siguiente forma: “es el argumento que establece que el origen de la corrupción está tan manifiesta y ampliamente enraizada en la mentali- dad popular que no existe reforma política capaz de acabar con ella”.

El último recurso, en su doble sentido, es el que lleva el número catorce y se titula “Falacias Antirracionales”. Consiste en desactivar los argumentos del contendor aduciendo que se trata de algo “especulativo”, o “excesi- vamente racional”, o “muy teórico”, o “demasiado bueno como para que se pueda poner en práctica”, o “soy un

hombre de acción” y otras tonterías que ubican como irremediable defecto la posible lucidez y la concordancia interna que puede tener una propuesta.

Jeremy Bentham murió el 6 de junio de 1832. En- tregó su vida a la filosofía y embargó sus mejores años y energías en la causa de la libertad. Su cuerpo lo donó a la ciencia, siendo objeto de una lección de anatomía en el University College de Londres, donde hoy permanece embalsamado. Había sido hijo de un abogado puritano, temeroso de Dios y conocedor de la inconstancia de los hombres.