• No results found

ENCRYPT_PASSWORD

In document PeopleTools 8.53: Data Management (Page 44-47)

La gratitud es fuente de optimismo, gracias al cual el individuo se ve capaz de ser más y mejor persona cada día. Nosotros no somos plenamente lo que deseamos ser... ¡todavía! Pero podemos y queremos llegar a serlo. Merece la pena señalar que Giovanni pronunció el poema que antes citábamos veinticuatro horas después de que un perturbado hubiese asesinado a más de treinta estudiantes y miembros del personal administrativo en el campus de su universidad, lo que representó la más horrible masacre de este tipo. En momentos como ese, más que en ningún otro momento, necesitamos contar con el valor y la voz para creer que somos mejores de lo que creemos ser.

Todos hemos sido empujados, defraudados o heridos por las actuaciones incorrectas de otras personas, y nosotros mismos tropezamos, caemos y pecamos con nuestras decisiones equivocadas. Los optimistas están convencidos de que en este mundo existen la gracia, la piedad, las segundas oportunidades y el perdón; queremos ponernos en pie de nuevo y caminar hacia delante. Y cuando carezcamos de la fuerza necesaria para levantarnos y no podamos caminar por cuenta propia, otros nos echarán una mano para levantarnos y mantenernos en pie.

Somos manojos de necesidades, voluntades y deseos. Los optimistas creen que nuestros deseos y voluntades no necesitan ser esclavizados por ningún apego desordenado que actualmente nos preocupe, o por ninguna promesa superficial que un anunciante pueda ponernos delante de los ojos. Los seres humanos podemos proponernos alcanzar un objetivo más grande que nosotros mismos. Somos capaces de una gran clarividencia y no estamos obligados a rendirnos a la falta de perspicacia. Somos capaces de trascendernos y no tenemos que darnos por satisfechos con cualquier objetivo raquítico que no nos eleve como seres humanos.

La lucha que nos espera tiene que ver con nuestra disposición a encaminarnos, tanto a nivel individual como a nivel de civilización, hacia objetivos más altos, que trasciendan la estrechez de miras reflejada en la observación condenatoria de un reciente candidato a la presidencia de los Estados Unidos: «Los políticos actúan a partir del convencimiento de que esta generación es demasiado codiciosa como para hacer algo por la generación siguiente»3. No puedo saber si esta prominente figura ha emitido un juicio acertado sobre sí mismo y sobre sus colegas políticos; pero yo rechazo categóricamente su pesimista valoración de todos nosotros.

Los políticos y los medios de comunicación pueden condescender a veces a cierta estrechez de miras dictada por la codicia y el miedo que se manifiesta entre nosotros. Pero, entretanto, si nos asomamos al mundo real, podremos ver a legiones de personas que, llevadas de su gran corazón y amplitud de miras, trabajan por la próxima generación, amando y enseñando a nuestros muchachos, sacrificándose para que estos se

eduquen bien, acompañándolos en numerosos casos de inesperada enfermedad y preparando un mundo más hermoso y más interesante para ellos por medio de lo que nosotros hacemos, vendemos o desarrollamos. De hecho, si me decidiese a relatar todos los ejemplos de bondad humana, incluso en una pequeña ciudad, la tarea resultaría inacabable. Podemos aplicar aquí lo que escribió el evangelista Juan al final de su Evangelio: «Si quisiéramos escribir una por una todas las cosas que hizo Jesús, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo» (Juan 21,25).

Como «visionarios de cada día», somos capaces de llevar la civilización hacia delante, independientemente de que nos sintamos demasiado humanos, demasiado frágiles, demasiado distraídos, demasiado codiciosos y demasiado todo lo demás para la tarea que nos espera. Aceptemos el privilegio y la carga de guiarnos a nosotros mismos, a las personas que amamos y a nuestra civilización, independientemente de cuál sea nuestro trabajo y de la modestia del entorno en que se desarrolla nuestra vida. Con una estrategia clara y la valentía de nuestras convicciones, podemos hacer nuestro un gran objetivo, escoger sabiamente y conseguir que las cosas se hagan realidad todos y cada uno de los días de nuestras complicadas vidas.

El tiempo de la civilización del yo ha pasado. Empecemos a construir la civilización del amor.

1. Manual de ayuda para uso de los directores de Ejercicios Espiritualesde 1599, cap. 8, n. 1, citado en W. W. Meissner, «Psychological Notes on the Spiritual Exercises»: Woodstock Letters: A Historical Journal of Jesuit Educational and Missionary Activities 92/4 (noviembre 1963), 355.

2. Nikki Giovanni, «We Are Virginia Tech», Virginia Tech Convocation, 17 de abril de 2007. He utilizado este material con la autorización de Nikki Giovanni.

Agradecimientos

D

eseo expresar mi sincero agradecimiento a algunas personas que han contribuido a mejorar este libro o que me animaron durante el proceso de su redacción.

¡Qué aburrida resulta la lectura del primer borrador de un libro! Por tanto, mi primer agradecimiento es para quienes realizaron esa tarea, sugiriéndome además interesantes comentarios. Fueron Mari Carlesimo, el P. Jim Connors, sj, Tom Loarie, Margaret Mathews, Ramon de Oliveira y Christian Talbot.

Diversos «expertos» en los temas de la vida cotidiana respondieron a las preguntas que yo les hice por correo electrónico, ofreciéndome valiosas aportaciones de todo tipo. Fueron Joe Bringman, Dave Hansen, Harry Walters, Joanne Wakim, Kerry Robinson, Vin Maher, Joan Van Hise, Fred Fields, Susan Blansett, Marilynn Force, Dominique Gallego, Mike Henderson y John Law.

En el libro refiero historias protagonizadas por héroes de la vida cotidiana que, dicho sea en su honor, pondrían serios reparos al hecho de que yo calificara de «heroicas» sus vidas. Mi gratitud para todas las personas que han aceptado que hable de ellas en las páginas de este libro; a algunas las menciono por su nombre real; en otros casos las historias son anónimas. El tiempo que me dedicaron y la buena dosis de paciencia que tuvieron conmigo me ayudaron a perfilar sus historias para provecho de los lectores. Quiero dar las gracias también a quienes me ayudaron a encontrar esas historias o a reunirlas, particularmente a Arturo Serrano, Colleen Scanlon, Linda Worley, Maha Elgenaidi, Mike Dahir, George Simon y Gail.

Mi sobrino Colin podrá leer ahora todas estas palabras por sí mismo. Es un gran chico, y estoy encantado de que sea mi sobrino. ¡Gracias, Colin, por ser mi amigo!

Estoy agradecido a Jim Fitzgerald, que hizo de agente para este libro. Joe Durepos no se limitó a presentar estas páginas a Loyola Press, sino que además ofreció su consejo durante todo el proceso de edición y, sin perder su buen humor, aguantó mis ocasionales salidas de tono. Vinita Wright corrigió este libro (así como mi primera obra); ella sabe (y ahora lo saben también los lectores) lo mucho que personalmente confío en su criterio y lo profundamente que valoro sus habilidades y dominio del idioma: no solo tiene una admirable capacidad para mejorar frases, párrafos y capítulos, sino que es, además, una competente asesora. De modo similar, Katherine Faydash introdujo significativas mejoras en el manuscrito. Escribo esta nota cuando el proceso de comercialización del libro está en sus inicios, por lo que pido disculpas al personal comercial de Loyola Press por no poder mencionar a cada uno de los colaboradores. Pero sería una falta de atención por

mi parte no recordar aquí a Michelle Halm, por el valioso apoyo que durante algún tiempo me dio en Loyola Press.

De todo lo que poseo, ¿acaso hay algo que no me haya sido dado? Por eso estoy agradecido a las personas cuyo amor, trabajo, inspiración, amistad o ejemplo me han ayudado a alcanzar los objetivos previstos. Entre estas muchas personas, quiero nombrar expresamente a mi difunto padre y a mi madre, Maureen, y a Sean y Tony, a Annette y Colin; a mis profesores de la escuela secundaria y de la facultad; a muchos jesuitas, vivos o ya fallecidos; a mis amigos de la universidad, que han cumplido los cincuenta años mientras yo escribía este libro, y a sus familias; a mis compañeros de Morgan y de Fordham; y a otros muchos amigos que han seguido siéndolo durante los muchos años de nuestras respectivas (y compartidas) odiseas.

El apoyo de todas estas personas ha mejorado mucho este libro, que seguramente sigue presentando insuficiencias, de las que únicamente yo soy responsable.

Índice

Portada

2

Créditos

3

Índice

4

Nota a la presente edición

7

Introducción: Conscientes de nuestro poderoso destino

8

In document PeopleTools 8.53: Data Management (Page 44-47)