4.1 Descriptive Statistics
4.1.3 Endogenous Variables
Incluimos en este apartado los habitáculos de uso funerario practicados en la piedra natural, en los que no se utilizó obra alguna de sillería o mampuesto como medida para embellecer y reforzar la estructura. En la mayoría de los casos la fisonomía y la forma de trabajar vienen determinadas por las características propias del terreno, así como la orientación, que pasa a ser un factor secundario. Recientemente, han sido establecidas dos variantes, cuyos antecedentes directos se sitúan en el mundo fenicio: las “graves cut in sanstone” y las “shaft tombs” (mazart, 2003, 77 - 145). A esta última modalidad corresponden las tumbas de cámara de la Necrópolis Occidental de Carmona172 (bendala, 1976b), con ante- cedentes en territorios costeros de influencia orientalizante (caso de la sepultura de pozo de Puente de Noy, en Almúñecar; pachón, pastor, 1990, 355 ss.), de donde pasarían a tierras del interior (pachón, ruiz, 2006, 454). En ellas pre- domina la planta de tendencia rectangular, con loculi excavados en las paredes para la disposición de los enterramientos de cremación y bancos corridos desti- nados a las ofrendas funerarias. Para el acceso se dispone de un pozo, cegado en el momento de la clausura definitiva, o de una escalera que en ocasiones da paso a un gran espacio abierto en el que se disponen ustrina, triclinia, pozos y más enterramientos. Presentan huellas de estuco policromado, pudiendo conectar con el exterior por medio de conductos para las profusiones, las cuales tendrían lugar en las estructuras monumentales construidas por encima de los propios hipogeos, de las que no nos ha quedado ningún resto (vaquerizo, 2006, 322).
Por lo que se refiere a las “graves cut in sandstone”, al igual que las anteriores, aparecen también en terrenos en los que resulta fácil el trabajo de la roca natu- ral. Se corresponden con la variante más antigua de enterramiento detectada en la Península Ibérica, puesto que las cuevas excavadas en laderas son conocidas ya desde época prehistórica. Un ejemplo paradigmático del tipo en época roma- na lo encontramos en la Necrópolis Sur de Carissa Aurelia (Bornos/Espera, Cá- diz), generada entorno a uno de los caminos que daba acceso a la ciudad, donde destacan dos agrupaciones de hipogeos descubiertas tras varias campañas de excavación (lavado et alii, 1990, 117-125; lavado, perdigones, 1990, 113-119). El conjunto más septentrional se sitúa en la parte alta de este sector de la necró- polis y se compone de 5 estructuras vaciadas en el escarpe del terreno, próximas entre sí y con una alineación bastante uniforme. Las cámaras, de planta semicir- cular, cuentan con una pequeña entrada y, a veces, un minúsculo corredor que da acceso al interior, donde se disponen los loculi y los bancos corridos tallados directamente en la roca. Aunque en ningún caso se ha conservado la cubierta, la presencia cercana de grandes lajas de piedra podría sugerir su función como tal. Por último, delante de los hipogeos se extiende una zona bastante nivelada
172. Tumbas semejantes pudieron formar parte de las áreas funerarias de otras ciudades, como Baelo Claudia, tal como pone de manifiesto una posible cámara subterránea ubicada en su Necrópolis Este, reinterpretada a partir de los restos inicialmente identificados con los de un ninfeo (sillières, 1995, 189).
173. Existe una preponderancia de las urnas de vidrio en fundas de plomo sobre las elaboradas en cerámica, a torno o a mano. Todas, en general, se ubican en oquedades, calzándose con piedras y cubriéndose posteriormente con tierra,
tegulae o ladrillos, o en fosas cuadradas revestidas por ladrillos verticales y cubiertas con este mismo material (lavado,
177 hipogeos
en la que se ha detectado una gran cantidad de enterramientos de cremación en urnas, cuya importancia reside en el hecho de permanecer in situ173. La dis- tribución de las mismas muestra una estrecha relación con las cámaras, pues la mayoría se sitúan en el perímetro exterior de éstas mismas o a ambos lados de las puertas de entrada (lavado, perdigones, 1990, 113), lo que permite suponer una cronología coetánea o posterior.
Por su parte, el grupo meridional está compuesto por hipogeos de caracte- rísticas análogas, aunque éstos se presentan más espaciados en el territorio, si- tuándose incluso a distintos niveles. Al igual que los anteriores, han perdido las techumbres, muy afectadas por el paso del tiempo, destacando entre los hallaz- gos más relevantes varias inscripciones funerarias realizadas en pequeñas placas de mármol (lavado, perdigones, 1990, 116).
Yacimiento de la Mocha en Cerro Muriano (Colonia Patricia)
Las excavaciones de urgencia llevadas a cabo en 1996 (moreno, 1996; penco et
alii, 1999) permitieron documentar dos estructuras, de planta y alzado irregu-
lar, practicadas en la propia roca geológica. El denominado “Enterramiento 1” (rodríguez sánchez, 2006, 335) hace referencia a una cavidad de planta más
o menos rectangular (2,30 x 2,18 x 1,34 m), con un ligero ensanchamiento en el ángulo Sureste (fig. 65). Precisamente, en este lugar se dispuso una fosa (1,48 x 0,64 m) excavada en el terreno natural, que contenía los únicos restos óseos humanos detectados en el interior de la estructura, acompañados de algunos elementos de ajuar 174 y seis fragmentos de clavo. La presencia de huellas de calor en algunos de estos objetos invita a pensar en la cremación como rito funerario utilizado. Para la cubierta se utilizaron varias tegulae, cuya disposición original se desconoce.
Junto al anterior, siguiendo también una orientación no-se, se dispuso el “En- terramiento 2” (fig. 66) (penco, moreno, 2000, 257-273; rodríguez sánchez, 2006, 335 ss.). En este caso la cámara presenta una planta de tendencia circular (1,94 x 2,46 x 0,86 m), a la que se accedía a través de un arco de medio punto ligeramente apuntado, elaborado con dovelas trabadas a hueso, cuyos riñones laterales se encajaban en la pared rocosa del terreno (rodríguez sánchez, 2006, 335). Según sus excavadores, el vano de entrada quedaría completamente cega- do por medio de un sillar. En su interior se han localizado los restos óseos de un individuo en una fosa de 0,86 x 0,62 m, en cuyo interior se recogieron elementos del ajuar compuesto de varios ungüentarios de vidrio, cerámicas de paredes finas con decoración a la barbotina y una lucerna 175.
174. Diez ungüentarios completos de la Forma Oberaden 29; una lucerna con aletas laterales Dressel-Lamboglia 3; una lucerna con decoración radial Tipo Ricci G; un vaso de paredes lisas Tipo Mayet xxxiii -Marabini xxvi; una taza carenada con asa bífida fragmentada; un plato con carena baja y acanaladuras a interior fragmentado de imitación Tipo Peñaflor; veinte fragmentos de olla con borde vuelto hacia fuera del Tipo 1 A de Vegas; y seis piezas de las Formas Isings 28 A y 6/26 (penco, moreno, 2000, 260 ss.).
175. Una lucerna bicónica con asa lateral completa del Tipo Ricci C; una olla con borde vuelto hacia fuera com- pleta del tipo 1 de Vegas; fragmentos de ungüentario del Tipo Oberaden 29; un vaso fragmentado de Paredes Finas con decoración de hojas de agua del Tipo Vegas 35; una varilla de batir en diversos tonos azules de la Forma Isings 79; cuatro ungüentarios de la Forma Isings 8; veintisiete cabezas de clavo de hierro y una moneda del Tipo Obulco (penco, moreno, 2000, 262).
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La calidad y cantidad de sus ajuares, que han permitido precisar para ellos una cronología augusteo - tiberiana, parece que los dos hipogeos rupestres esta- ban destinados al enterramiento de cremación de dos personajes de alto rango social. Los objetos en cuestión se alzan como un elemento de representación en una zona donde el principal recurso económico fue la minería y la metalurgia, lo que implica la posibilidad de que nos encontremos ante individuos relaciona- dos con alguna de estas actividades (penco, moreno, 2000, 263).
fig. 65 Planta del “Enterramiento 1” de Cerro Muriano (Córdoba). Fuente:
penco, moreno, 2000, 261, fig. 2
fig. 66 Planta del “Enterramiento 2” de Cerro Muriano (Córdoba).
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fig. 67 Cortado pétreo por el que discurre la Vereda de Granada.
Fuente: pachón, ruiz, 2006, lam. 29.
fig. 68 Vista general de la mitad occidental de la Vereda de Granada.
Fuente: pachón, ruiz, 2006, lam. 40. Cuevas de Osuna (Urso)
La naturaleza estratificada de la arenisca ursaonense 176 ha permitido a lo largo del tiempo la creación de caminos artificiales, los cuales facilitaban la aparición de cortados pétreos en los que se disponían espacios de distinta funcionalidad (fig. 67). Este es el caso de la Vereda de Granada (fig. 9a y 68) y la Calle de Arca- dio Martín (fig. 9b y 69), perpendicular a ésta; flanqueadas ambas por “cuevas funerarias” en sus márgenes (pachón, ruiz, 2006, 286, fig. 13). Enterramientos rupestres son también conocidos al Norte de la localidad: nos referimos, con-
176. Caracterizada por escalonamientos y resaltes, por lo que resulta cómodo el trabajo de perforación y recorte de la piedra (pachón, ruiz, 2006, 21-34)
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cretamente, a una cueva de época prehistórica y otra de difícil adscripción cro- nológica, localizadas en el denominado Cerro de las Canteras. Es muy probable que la diferencia tan evidente en el número de hallazgos entre ambas zonas tenga que ver con la mayor incidencia de las labores de cantería modernas en la última, que habrían borrado las huellas de los sepulcros excavados en la roca (pachón, ruiz, 2006, 292).
El conjunto, en general, se conoce como las “Cuevas de Osuna”, reciente- mente revisadas en la obra de Pachón y Ruiz (2006), en las que parece detectarse una verdadera programación del espacio, tal como pone de manifiesto su dispo- sición sistemática, a ambos lados del camino, llegando incluso a superponerse en varios planos, sirviéndose para ello de la inclinación natural. Así, las deno- minadas “Cuevas 8” y “9” se ubican en un nivel superior, contando para su ac- ceso con una escalera que utiliza la propia estratigrafía geológica, con escalones sin trabajar (fig. 70). En ellas se aprecia un mayor descuido en la planificación, en contraste con las ubicadas en los escalones inferiores del roquedo, caracteri- zadas por su buen trazado, lo que podría poner de manifiesto cierto crecimiento en vertical de la necropolis(pachón, ruiz, 2006, fig. 9, lam. 95).
Los espacios definidos no superan los 7,30 m de anchura ni los 8,60 m de pro- fundidad, localizándose oquedades de poco más de 1,88 por 1,44 m en las que se disponen únicamente tres fosas excavadas en el suelo (“Cueva 1-2”). Precisa- mente, las reducidas dimensiones presentes en algunas cuevas motivaron que algunos enterramientos se dispusieran en el exterior (fig. 71). Por el contrario, la enorme profundidad de algunos casos obligó a la disposición de sistemas de sujeción con los que evitar la caída del techo, como ponen de manifiesto los pilares cuadrados encontrados en las “Cuevas 2”, “4”, “5” y “del Caracol” (fig.
72). Su finalidad como elementos de descarga viene determinada por la posi-
ción completamente centrada del hallado en la “Cueva 6”. Sin embargo, estos
fig. 69 Cuevas flanqueando la Calle de Arcadio Martín. Fuente:
181 hipogeos
fig. 71 Nichos para enterramiento localizados en el exterior de la
Cueva 8. Fuente: pachón, ruiz, 2006, lam. 93.
fig. 72 Presencia de un posible pilar central en la Cueva 6. pachón,
ruiz, 2006, lam. 91.
fig. 70 Escalinata excavada en la roca que permite el acceso a la Cue-
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supuestos pilares se conservan a poca altura (unos 0,45 m), lo que se ha querido explicar por el reaprovechamiento de material para otras construcciones. Así pues, creemos que la solución no está clara y que no podemos cerrarnos a otras posibilidades. En este sentido, podemos citar algunos hipogeos de la necrópo- lis de Tipasa, los cuales, además de contar con nichos para la disposición de los distintos enterramientos, servían también como espacio para los banque- tes funerarios, dotándolos de mensae que se tallaban directamente en la roca (bouchenaki, 1975, 171).
La mayoría de las cuevas cuentan con una única cámara y tan sólo la co- nocida como “Cueva del Caracol” podría responder a una estructura múltiple en planta177 (fig. 73). En el interior disponen de varios habitáculos de carácter secundario abiertos al espacio central, lo que no conlleva una configuración regular ni simétrica en prácticamente ningún caso. Estos “arcosolios” podrían ser el fruto del uso continuado de las cuevas, al igual que las fosas existentes en muchos de los suelos178. Precisamente, estas ampliaciones excesivas pudieron influir en la caída de las techumbres, las cuales vienen determinadas, en general, por el trabajo de los canteros179, que seguían para su configuración el desarrollo de las capas naturales del terreno, optando por un perfil abovedado o plano, de concepción más sencilla.
Los vanos de entrada, colocados de forma centrada en uno de los lados me- nores180, se configuran por medio de dinteles arquitrabados o redondeados (fig.
74). Únicamente la “Cueva b” de la Calle de Arcadio Martín cuenta con un
triángulo de descarga, aunque se desconoce si esta configuración responde a la original. Las jambas, por su parte, disponen de rebajes hacia el interior para facilitar el encaje de la laja de piedra que actuaría de cierre181. A ello contribuiría la colocación de umbrales escalonados con los que se conseguía que la cámara quedara siempre por debajo de la cota exterior, evitando así posibles arroyadas y buscando la deposición de los difuntos en un nivel inferior al de los vivos (pa- chón, ruiz, 2006, 434).
A pesar de que la mayor parte de enterramientos visibles en la actualidad responden a fosas excavadas en el suelo, destinadas a inhumaciones (fig. 75), las cuevas acogieron también el rito de cremación, tal como se desprende de los ni- chos, practicados en algunas de las paredes de la “Cueva -1” y de las referencias del hallazgo de cenizas en el diario de excavación de Arcadio Martín. Del mis- mo modo, la ausencia de adecuación entre las dimensiones de los arcosolios y los espacios generados por ellos presentes en la “Cueva 1” podría dar a entender que en principio se destinaban a acoger urnas cinerarias y sus correspondientes ajuares. Sin embargo, las transformaciones sufridas con el tiempo habrían ter- minado por borrar las huellas de estos primeros enterramientos, algo que puede apreciarse en la disposición irregular de las tumbas de inhumación; resultado de una planificación escasa que tiene como base el reaprovechamiento de los huecos existentes, adaptándolos a las necesidades propias de cada momento. En este sentido, resulta interesante la presencia de un muro de mampostería
177. Un caso excepcional lo representa la “Cueva 4”, de planta pentagonal.
178. Esto se observa perfectamente en la “Cueva 5”, donde se distinguen dos momentos claros de uso: un primero en el que se utilizó el espacio rectangular central y otro en el que se habilitaron los recovecos auxiliares.
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separando los dos arcosolios de la pared de fondo de la “Cueva 9”. Es posible que este tabique fuera construido después del derrumbe de la techumbre, lo que pone de manifiesto la existencia de reparaciones.
Los hallazgos pictóricos descubiertos en la “Cueva e” por Demetrio de los Ríos a principios del siglo xix le indujeron a presentarla como una sepultu- ra perteneciente a primitivos cristianos. Por su parte, Thouvenot (1940, 666) y Abad (1982, 363) los encuadraron en época severiana, en concreto, a principios del siglo III d.C.; una fecha que asumiría también Corzo (1989, 287). Cierto es que el pavo real y otro tipo de aves, así como la cruz griega y la estrella de ocho puntas, forman parte del repertorio simbólico cristiano, pero esta misma icono- grafía fue usada en el mundo pagano del Alto Imperio. Precisamente como los primeros resultados de los análisis realizados en un fragmento de fresco revelan una cronología centrada entre el siglo I d.C. y mediados del II d.C., fechas muy tempranas para plantear la existencia de comunidades importantes de esta re- ligión en Hispania.
179. La aparición de cruces de gran tamaño grabadas en el interior de la “Cueva del Caracol”, podrían responder a momentos cruciales en el desarrollo del trabajo, como la apertura de un nuevo frente de corte o la finalización de la extracción en otros sectores (pachón, ruiz, 2006, 445); pero también hemos de tener en cuenta que estas marcas podrían pertenecer a momentos recientes.
180. No obstante, la preparación posterior de los interiores, incluso su modificación para dar cabida a un mayor número de sepulturas y, en ocasiones, la preparación de las paredes para ubicar enterramientos infantiles o crematorios hizo que, en algunas de ellas, las puertas no quedaran exactamente centradas en las paredes frontales (pachón, ruiz, 2006, 435). Así ocurre en la “Cueva del Caracol” y en la “Cueva 9”.
181. En la puerta de la “Cueva 2”fue detectado un gozne excavado en la propia roca que serviría para cerrar.
fig. 73 Cueva del Caracol, según dibujo de Bonsor. Fuente: pachón,
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fig. 75 Planta con indicación de las fosas conservadas en el interior
de la Cueva 1. Fuente: pachón, ruiz, 2006, fig. 17.
fig. 74 Puerta de acceso a la Cueva 2 vista desde el interior. Fuente:
185 hipogeos
También durante las labores de excavación por parte de Arcadio Martín entre 1784 y 1785 se produjeron algunos hallazgos escultóricos, que fueron traslada- dos a París, confundidos con los restos procedentes de la muralla pompeyana. Un reciente estudio sobre estos materiales (lópez garcía, 2006 145-156) nos permite reconocer algunos de los hallado en el entorno de las Cuevas, como una cabeza masculina, con corona radial, una cabeza de toro, otra de un personaje báquico, parte de la garra de un animal y el fragmento de un brazo que sostiene una granada, interpretado como una posible representación de Juno. Una de las piezas más interesante es la referida por Rodríguez Marín en el Anónimo de Osuna e identificada con un relieve actualmente depositado en el Museo de Saint- Garmain - en - Laye (fig. 76):
En la segunda cueva, a más de que su construcción es de fábrica más costosa que las hasta aquí descubiertas, hubo la particularidad de hallarse a su entrada una estatua de algo me- nos de medio cuerpo, de muy basta hechura (…) según parece, es la figura de Baco con un brazo pegado al pecho, sosteniendo en su mano derecha un cáliz o vaso y en la siniestra, apoyando su cabeza, en figura de recostado, bien que a este brazo le falta el codo; y su nariz algo corroída, pero es todo monstruoso en su configuración. También se advierten en la cabeza como señales que circundan su rugosa frente y denotan haber tenido algún ornato en ella (anónimo, nº 43 cfr. lópez garcía, 2006, 149 ss.).
Por la descripción es posible identificarlo con un Dyonisos-Attis, de moda a partir de finales del siglo II d.C. y a lo largo del siglo III (alvar, 1993, 223 - 234; lópez garcía, 2006, 151).
fig. 76 Representación en relieve de un posible Dionysos -Attis conservado en
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