• No results found

Paradójicamente, mientras los primeros siglos de la Edad Media son bastante pobres para la teología especulativa, sí tienen mucha importancia para la moral cristiana, pues es en esa época cuando encontramos los que se pueden denominar tímidamente primeros «manuales» de teología moral, aunque su intención era bien distinta de lo que hoy entendemos por manual. Se trata de los llamados Libros Penitenciales, en los que tienen un papel fundamental los monjes irlandeses. En este sentido, hay que entender que la población de Irlanda era de tradición céltica, hasta que comenzó a incorporarse al cristianismo al ser evangelizada a través de sus relaciones comerciales con el Imperio romano y posteriormente, hacia mediados del siglo V, por la legendaria figura de san Patricio. Ahora bien, la vida cristiana irlandesa, por su propia tradición y configuración, era de un carácter más bien monacal, de modo que los monasterios eran los centros de su propia Iglesia, donde los monjes, muy independientes e incluso laicos en su mayoría, desarrollaron una espiritualidad con una marcada tendencia rigorista, ascética e intransigente, fruto de lo cual es la práctica de la penitencia privada, para lo que era

necesario la confesión de los pecados al confesor, la imposición de la penitencia y la absolución final. La penitencia era tarifada, de manera que variaba según el número y tipo de pecados cometidos, por lo que para ayudar al confesor muchos autores elaboraron precisamente los Libros Penitenciales1

. Es importante observar que, a diferencia de lo que ocurría en algunas áreas del cristianismo primitivo, esta forma de penitencia se podía repetir, y poco a poco se fue extendiendo primero hacia Bretaña y luego hacia el resto de Europa.

Pero quizá la mayor originalidad de esta forma de penitencia es la introducción de las tarifas penitenciales, es decir, que a cada culpa o pecado se le asignaba una penitencia precisa (sobre todo ayunos), de acuerdo con una casuística diferenciada que tenía en cuenta las circunstancias de la acción y también la situación de los penitentes: si era laico, clérigo, monje, mujer, etc. Los Libros Penitenciales no hacían sino indicar las tarifas para que los confesores pudieran orientarse en su tarea. Ahora bien, no solo existen diferentes tradiciones de estos libros (irlandesas, bretonas, continentales...) sino que también la enumeración de culpas y penitencias era muy variable de unos libros a otros, a pesar de que en algunos momentos se quiso poner orden, aunque con bastante poco éxito. Quizá entre los más conocidos merezca la pena mencionar el Penitencial de san

Columbano (†615) y el Corrector sive Medicus, que constituye el libro XIX sobre la

penitencia del Decreto de Buchard de Worms (†1025). Asimismo cabría mencionar también a Alcuino (†804), Rabano Mauro (†865) y Pascasio Radberto (†860). Hay que tener presente que no enseñan ninguna doctrina moral concreta, sino sencillamente una casuística que, sin embargo, nos hace ver las preocupaciones morales de la época, y en donde están presentes muchos temas económicos y sociales, pero también sexuales.

Así, por ejemplo, en el Penitencial de san Columbano se afirma que «la diversidad de las ofensas provoca la diversidad de penitencias. Los médicos del cuerpo también agrupan la medicina de diversas formas; así, curan de una forma las heridas y de otra las enfermedades, los forúnculos, los hematomas, las ulceraciones que supuran, las enfermedades de la vista, las fracturas y las quemaduras. Del mismo modo, los médicos del espíritu deben tratar con distintas curas las heridas del alma, sus enfermedades, [ofensas], dolores, malestares y padecimientos. Pero dado que este don lo tienen solo algunos, que conocen las sutilezas de todos estos asuntos para tratarlos y para tornar lo débil en totalmente saludable, estableceremos algunos preceptos según la tradición de nuestros mayores y de acuerdo con nuestra propia comprensión parcial, pues en parte profetizamos y en parte sabemos»2

. Por eso, y en referencia a los pecados cometidos por monjes, se estipula el homicidio con un ayuno de diez años, el robo con siete, la sodomía con diez, la masturbación uno, y la fornicación con tres si solo ha sucedido una vez y con siete si ha tenido lugar varias veces.

También curiosos son algunos de los casos recogidos en el Corrector sive medicus de Buchard: «¿Comiste aves y animales que fueron estrangulados en una red, y así fueron encontrados muertos? A menos que lo hicieras en la necesidad del hambre, debes hacer penitencia diez días a pan y agua»3

tu hijo, y después tu hijo tomó a esta mujer? Si lo hiciste, por eso, porque le ocultaste el crimen a tu hijo, haz penitencia hasta tu muerte, y permanece sin la esperanza del cónyuge. Por otro lado, tu hijo, por eso, porque ignoraba tu pecado, si quiere, tome a otra. Por otro lado, esta, cumplida la penitencia, permanezca sin la esperanza del cónyuge»4

. «¿Estuviste presente o consentiste con las vanidades que practican las mujeres en sus tejidos, en sus telas, que cuando empiezan sus telas, esperan que pueda hacerse una u otra cosa, con encantamientos y con la posesión de las mismas, para que los hilos de la trama, y del tejido se unan mutuamente así, que excepto estas otra vez por otros encantamientos del diablo se vuelvan lo contrario, todo muera? Si estuviste presente, o consentiste (en eso), haz penitencia treinta días a pan y agua»5

. Los ejemplos y casos son innumerables y a veces no poco curiosos, pero hacen ver muchas de las prácticas que por aquel entonces se realizaban y que por eso mismo eran una preocupación para los confesores.

Aun así, no se puede tampoco obviar que a pesar de la poca producción teológica de todo este periodo inicial de la Edad Media, sí aparecieron esporádicamente autores significativos, como es el caso de Juan Escoto Eriúgena (810-877), que anticipa de alguna manera los problemas derivados de una filosofía y teología de la subjetividad, y cuya obra titulada Periphyseon constituye un clásico de la historia del pensamiento.

Related documents