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Equality Cross Sector Analysis

Section 5. Comparison of sectoral analyses

4. Equality Cross Sector Analysis

Si echamos una mirada objetiva a la formación en tera- pia familiar, notamos que no ha habido ningún aporte nove- doso para salvar a los docentes. Aun cuando apliquen un nuevo enfoque, la mayoría de los programas formativos en terapia familiar se limitan a utilizar ideas heredadas del pasado. El principal método didáctico es hacer que el estu- diante centre su atención en sí mismo, ya sea en una terapia

personal o mediante el uso de historias familiares presenta- das en forma de genogramas. Sin embargo, el lenguaje es más contemporáneo. Por ejemplo, un partidario entusiasta lo define así: «La capacitación en el conocimiento de los sis- temas atrae la atención de los terapeutas en formación ha- cia las resonancias de nivel en nivel de sistemas continuos. Las resonancias con lo más íntimo de nuestro ser producen la curva de aprendizaje más aguda». (Esta cita se encontra- rá escondida en el anuncio de un curso de terapia familiar, publicado en un lugar apropiado.)

Algunos supervisores saben entrevistar a una familia y explorar los problemas, pero no saben cómo cambiarlos. Cuando se objeta que estas entrevistas no modifican en ab- soluto a las personas, un supervisor puede hacer ver su im- portancia trayendo a entrevistadores huéspedes para que hagan demostraciones públicas destinadas a los terapeu- tas en formación. A veces, los organizadores de los talleres llaman a estos docentes nacionales «terapeutas magistra- les». Al parecer, llaman así a cualquiera que haya disertado en público alguna vez. Para distinguir a los docentes de los

terapeutas, es preciso hallar el modo de diferenciar a un te- rapeuta magistral de un «supervisor legendario» (definido como alguien que ha disertado en público más de una vez). En el ámbito nacional, estos supervisores legendarios hacen entrevistas familiares demostrativas frente a audiencias multitudinarias. Miles de jóvenes aprenden a entrevistar familias frente a una sala colmada, si encuentran. alguna.

Apropiación de ideas

¿Pueden los supervisores contemporáneos proveer al te- rapeuta en formación soluciones para los problemas sin tener que idear ninguna? ¿Es pedir demasiado? Afortuna- damente, los supervisores han hallado un modo de hacerlo.

Si no se nos ocurre ninguna solución para el problema de un cliente, un recurso obvio es pedírsela al cliente y aplicar- la. Esto se llama «terapia de apropiación de soluciones». Es más fácil enseñar este procedimiento a los terapeutas que capacitarlos para inventar soluciones por sí solos. Hay dos técnicas opuestas. Una es preguntar a los clientes qué in- tentaron hacer para resolver su problema, y decirles des- pués que insistan con eso. La otra es formularles la misma pregunta, y después decirles que esa solución no dio resul- tado pero, con una leve modificación, resolverá su problema. Esta.. técnica se denomina «el cliente debe de estar equivo- cado o, de lo contrario, no tendría un problema pero, aun así, puedo tomar prestada esa solución». De este modo, el supervisor no necesita discurrir ninguna solución novedo- sa: le basta birlar la que propone el cliente.

¿Hay alguna otra posibilidad de salvar a los superviso- res a quienes no se les ocurre ninguna solución o plan tera- péutico? Con que sólo pudieran decirle a la gente que siga como está, no necesitarían lucubrar ninguna otra interven- ción. Esta novedad ha sido introducida por los supervisores contemporáneos. Se llama «paradoja» y es de uso corriente en terapia, pero no suele discutirse el valor que tiene para el supervisor.

Una intervención paradójica es aquella en que el tera- peuta imparte a los clientes la directiva de prolongar situa- ciones cuya modificación solicitan. Les dice que mantengan

su síntoma, tal como indica a las parejas que sigan riñendo y alienta a ]as familias a persistir en sus conductas pertur- badoras. Salta a la vista que esta técnica debe de haber sido elaborada para los docentes incapaces de idear y enseñar una intervención terapéutica. Un supervisor sólo tiene que enseñar a sus supervisados a decir a las familias que sigan como están. Sin duda, los supervisores con un nivel mínimo de inteligencia podrán captar esta intervención.

Conclusión

Si contemplamos retrospectivamente los últimos veinte años, parecerá evidente que los diversos programas for- mativos han tomado mucho del pasado y no han introducido nuevos modos de salvar al docente que no sabe qué hacer. Después de todo, siempre hubo teorías abstrusas, para- dojas, terapia personal y entrevistas ilustrativas.

Alguien, tal vez un ingenuo terapeuta en formación, po- dría preguntar «¿Por qué hemos de salvar al supervisor in- competente?». ¿Por qué proteger al docente que no sabe có- mo cambiar a las personas? ¿No deberíamos incitar a los te- rapeutas en formación a rebelarse contra la ineptitud? Al considerar un plan tan temerario, examinemos un aspecto de la formación que nos ha sido impuesto con el adveni- miento de la terapia familiar y la. teoría de sistemas. Se ha advertido que en la terapia sucede lo que en el programa formativo. Esto es, lo que ocurre detrás del espejo de visión unilateral es una copia de lo que ocurre delante de él (aun- que no haya ningún espejo). Si se excusa a los terapeutas en formación incompetentes alegando que tienen problemas emocionales, se fomentará la misma idea en las familias tratadas, cuyos miembros se excusarán entre sí de manera idéntica. Si en la sala de observación se impone el insight a los terapeutas en formación, estos lo impondrán a las fa- milias en el consultorio. Si los terapeutas en formación se acusan mutuamente con interpretaciones de su horrible psicopatología, tal como la encuentran en el DSM-IV, los miembros de la familia podrán endilgarse curiosas catego- rías de anormalidades psicológicas expresadas en el lengua- je popular. Si el supervisor y los terapeutas en formación

mantienen un trato amistoso y benevolente, integrando equipos democráticos que son fieles reflejos los unos de los otros, la familia en terapia perderá su estructura y verá desorganizarse su jerarquía. Como afirman insistentemen- te los neoconstructivistas, en terapia, las jerarquías espejan a las jerarquías.

¿Qué tiene que ver esto con el salvamento de los supervi- sores? Si, en vez de proteger a los supervisores incompeten- tes, los programas formativos incitan a los terapeutas en formación a no respetarlos e incluso a reírse de ellos porque no saben cambiar a la gente, ¿qué les sucede a las familias en tratamiento? En el consultorio, de este lado del espejo, toda autoridad familiar será ridiculizada y reinará el caos al aumentar la impotencia de los padres. Si ha de mantenerse el respeto a los clientes y entre los clientes, todo programa formativo debe respetar y proteger a los numerosos docen- tes ineptos.

Hoy por hoy, son cada vez más los terapeutas en forma- ción insatisfechos que protestan porque no aprenden a ha- cer terapia y hasta procuran eludir a sus supervisores. ¿Qué podemos hacer? Una solución ideal sería declarar ilegal la desatención al supervisor. De hecho, ya se ha tomado esta medida. Los poderosos grupos de presión que representan a las organizaciones profesionales han persuadido a los legis- Iadores de que un terapeuta sólo puede ejercer la profesión, y cobrar honorarios, si posee una matrícula o licencia otor- gada por dichas entidades. Todo aquel que haga terapia sin estar matriculado infringe la ley. Para obtenerla licencia, el terapeuta debe escuchar a un supervisor y pagar por tal pri- vilegio. Así, ahora se les exige por ley a los terapeutas que escuchen a los supervisores; de lo contrario, nunca podrán ganarse la vida haciendo terapia. El supervisor también debe poseer un título habilitante pero, por suerte, no se re- quiere mucho para obtenerlo. No se piden pruebas de haber tenido éxito en la enseñanza de las técnicas inductoras del cambio; basta que el supervisor y el terapeuta hayan pasa- do largas horas sentados, conversando. Cualquier supervi- sor que posea un sillón cómodo y unas cuerdas vocales sa- nas puede hacerlo.

Afortunadamente, el número de supervisores que saben cambiar a la gente va en aumento y cabe esperar que esta feliz tendencia continúe. Los que no saben qué hacer segui-

rán salvando ese obstáculo del mismo modo en que lo hicie- ron las generaciones anteriores. Un sinnúmero de supervi- sores de terapia son respetados y venerados; hasta han fun- dado nuevas escuelas de terapia; si bien no enseñan a nadie a cambiar en absoluto a ningún cliente ni a resolver ningún tipo de problema.

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